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26 Feb 2019
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Ortografía

Por ‘fabor’, no disparen sobre la correctora

Antonio Martín

No, no se escribe cada vez peor. Sí, sí existen los correctores. Aunque su nombre no sea agradable, son controles de calidad imprescindibles

Solo en el año 2018, en un periódico como El País, se publicaron once artículos cuyo titular estaba relacionado con las faltas de ortografía. Cinco en el último trimestre. ¿Se ha desatado una alarma? En España, en junio del 2018, se convocaron unas 20.000 plazas para profesor de secundaria, FP o escuela de idiomas. Se presentaron cerca de 200.000 candidatos. A pesar de ello, casi 10% de las plazas quedaron vacantes. Es decir, 2.000 plazas no se cubrieron porque los opositores fallaron en las pruebas de gramática y ortografía. En 2017 tampoco se cubrió ni 50% de plazas a bomberos en Burgos por el mismo motivo. Y en enero de ese mismo año, el Ministerio del Interior tuvo que anular esa prueba a los aspirantes a policía por las quejas recibidas al considerarla «demasiado compleja». Pero lo que resulta aún más paradójico es que los medios, que se han sumado a dar la voz de alarma sobre esta carencia, son quienes reciben constantemente cartas de lectores indignados por el número de erratas que encuentran a diario en sus páginas, tal como reconocía la defensora del lector del citado diario, Lola Galán, en un artículo del 2014.

Esto ha servido para propagar un par de ideas con combustible apocalíptico: por una parte, que «cada vez se escribe peor»; y por otra, que ya no existen correctores. La primera es fácil de rebatir; la segunda toma algo más de tiempo porque de los correctores se suele saber más bien poco, ya que su trabajo es, precisamente, ser invisibles al lector. Desde luego, si hay problemas de ortografía, no es culpa de los correctores.

Disparo

La culpa fue, es y será de los jóvenes

Veamos la primera propuesta: cuando se afirma que se han perdido las habilidades de redacción, directamente se culpa a los jóvenes. Si fuera así, cabe preguntarse ¿realmente se escribe peor? ¿Solo los jóvenes? Mejor deberíamos preguntarnos qué importancia le damos todos a nuestra imagen escrita y cómo nos valoran por ella. No hace falta buscar una demostración en ningún estudio ni estadística para saber que hoy se escribe mucho más que lo que nunca hizo la Humanidad en toda su historia. Así, es lógico que a mayor cantidad de textos escritos también aumente proporcionalmente el número de erratas —razonamiento que no exime a quienes tienen que demostrar sus conocimientos de gramática y ortografía para optar a una plaza profesional—. Cómo escriben los jóvenes también es responsabilidad de los mayores que los enseñaron, del valor que les dieran al mostrarse ellos mismos en su imagen escrita.

El ruido de fondo

Una errata es una mancha, un ruido de fondo, un mal olor, un descuido que podríamos ignorar puntualmente por la compasión de perdonarnos a nosotros mismos al reconocer que siempre se nos puede escapar alguna; pero las erratas que pasan de puntuales a constantes muestran un descuido en nuestra imagen tan grave como el mal aliento, unas manos sucias o, para los profesionales, una peculiar manera de faltar el respeto. Pero es, ante todo, un error de transmisión, un problema de comunicación que dificulta la comprensión, tan molesto como un ruido de fondo. Para demostrar respeto por sí mismo y por las ideas que propone en un texto, uno debe conseguir una redacción clara y un texto pulcro; que, si bien suena a lo que aprendíamos en las últimas lecciones de los libros de lenguaje redactados por Lázaro Carreter, no deja de ser un mensaje completamente actual, ya que cualquiera puede ser asaeteado por sus errores en un simple tuit.

balazo

De ahí que en Facebook existan grupos como «No eres tú, es tu ortografía», «Quiero que activen la opción ‘denunciar falta de ortografía’», «Tus faltas de ortografía me impiden unirme a tu grupo, en serio», «Tus faltas de ortografía hacen llorar al niño Dios»; grupos que también son una demostración de que no se redacta tan mal como parece, pues la alfabetización en España ha pasado de rozar el 84%, en 1981, hasta alcanzar con rapidez valores cercanos al 100% en la entrada al siglo XXI. Esta es una de las razones más importantes por las que las erratas saltan cada vez más a la vista. Por eso hasta se crean esos grupos de escarnio en Facebook; aparecen comandos que pasan a la acción para limpiar las calles de erratas, como Acción Ortográfica de Madrid —que sigue la estela del grupo de Quito—, o dan lugar a iniciativas como #acentúate, de Fundéu-BBVA, para recordar que aquí llevan tilde hasta los hashtags.

La mano invisible que mece el texto

Aquí llegamos a la siguiente propuesta: los correctores no han desaparecido. Ni son un reducido grupo. Cada vez hay más, porque se necesitan más sus servicios. Acabar con este ruido de fondo antes mencionado es parte del trabajo de los correctores de textos. Son los profesionales del lenguaje cuyo objetivo es suprimir todos los errores que impiden entender con claridad el mensaje que contiene un texto: conseguir que las palabras y su composición ayuden a transmitir la idea de su autor. Que su imagen escrita tenga el valor y la importancia que se merece. Pero es cierto que cada vez se los ve menos en las redacciones o en las oficinas editoriales. En los medios se ha derivado su tarea a la del propio periodista, quien debe confiar en todas sus habilidades gramaticales y en las de un software incapaz de ver todos los errores reales que se presentan línea a línea. Y en las editoriales siguen existiendo, pero no se ven porque son autónomos; trabajan en su propia casa.

Dicho esto, también hay que reconocer que los correctores tenemos un nombre poco agraciado. A nadie le gusta que le corrijan, porque supone aceptar que ha cometido errores. Esta es una de las razones más simples por las que se suelen encontrar pocos correctores fuera del mundo editorial —en lugares donde son imprescindibles: agencias de comunicación o de publicidad—, porque su nombre toca sin querer el orgullo de quien los necesita. Por eso puede que los encuentre bajo un epígrafe más cercano: asesores o consultores lingüísticos, un nombre que difícilmente puede levantar suspicacias ni molestar a nadie.

La definición más precisa sería «técnicos de control de calidad en comunicación», pero tradicionalmente asumimos el nombre de correctores de pruebas y correctores de estilo. Y hay que seguir aclarando: el corrector de estilo no corrige el estilo de nadie, ajusta el texto a las normas de estilo de su cliente. El corrector trabaja para su cliente, que es quien le paga; pero en secreto, trabaja para el lector. A pesar de que se asocie la falsa idea del corrector a la de un tiquismiquis que es capaz de interrumpir la charla de cualquiera para corregirle un gerundio que le ha hecho saltar todas sus alarmas (eso es el perfecto ejemplo de grammar nazi), en realidad quien le preocupa es el lector: si va a comprender o no el texto tal y como viene de las manos de su autor. Esta es la idea que Carol Fisher Saller —editora de una de las biblias de la profesión, The Chicago Manual of Style Online— defiende en su libro The Subversive Copy Editor. Este es un punto clave: los mejores correctores son aquellos que no tratan de defender a capa y espada las normas, porque no son defensores del lenguaje (el lenguaje se defiende bastante bien él solito) ni son agentes secretos al servicio de la Academia de la Lengua más cercana. Las normas son la herramienta, no el fin. La comprensión del texto mejora cuando se someten las normas a la elasticidad que permita el contexto. Poner en cursiva todos los tecnicismos anglosajones o cambiarlos por un equivalente en español en una revista de informática no tiene ningún sentido porque no va a ayudar a un lector que ya está familiarizado con esos usos en ese contexto. Sí debe hacerlo —y aquí actuaría casi como un intérprete o un médium— en una propuesta que una empresa de marketing on line envía por escrito a su posible cliente: si quieren hacerse entender y vender su producto, tienen que adaptarse a su objetivo, al lenguaje de sus clientes, no al de su especialidad y su jerga, que se vuelve incomprensible fuera de su entorno.

Gráfico

 

Cazar erratas + control de calidad

Los correctores de estilo son quienes reciben el texto, recién salido de las manos del autor, para someterlo a una primera lectura en profundidad, desde el punto de vista del lector. Tratan de entender qué se ha escrito y si el lector lo comprenderá sin problemas. Esto le puede llevar a ajustar frases largas (más de 30 palabras); desentramar líos de subordinadas ramificadas, a base de darles una buena puntuación que las hagan digeribles; suprimir expresiones redundantes o vacías (esos «en base a» o «nuevas novedades»); o estructurar y sintetizar si se lo piden.

balazo

Los correctores de pruebas son quienes comprueban que el texto y todo lo que le rodea —una vez maquetado, compuesto y diseñado con o sin imágenes— está limpio y preparado para leer. Por eso un corrector de pruebas no se centra tanto en cómo lo dice ni qué dice —esas cuestiones de fondo las habrá revisado ya el corrector de estilo— sino en comprobar que cada palabra tiene sus caracteres, ni uno más ni uno menos; que todo concuerda en una frase; que los elementos gráficos, pies de ilustraciones y notas están todos en su sitio; que es coherente el uso de los recursos ortotipográficos (para qué y cómo se están usando la cursiva, las comillas, las versalitas… todo aquello que se trata en el manual
descargable y gratuito El libro rojo de Cálamo & Cran); y, por supuesto, que no quede ni una maldita errata.

Esta separación de tareas es esencial, ya que los procesos de lectura y atención son completamente distintos para unos y para otros. Además, todos los cambios que introduce el corrector de estilo también son susceptibles de contener sus propias erratas o que el texto vuelva a modificarse en el proceso de composición. Por ello, esa última comprobación de la corrección de pruebas tiene que ser una tarea posterior y separada. Dos controles de calidad imprescindibles. Nada que ver con los paseos cinegéticos para atrapar ocasionalmente una errata perdida.

¿Y quién es ella?

Someter un texto a todos estos cambios requiere reconocer responsabilidad y autoridad en una persona de confianza, porque tendrá que tomar decisiones. Una máquina, el corrector de Word, puede detectar errores de bulto, pero es incapaz de averiguar si la expresión «le atacó por la espada» quería decir, en realidad, «le atacó por la espalda». Y no es cuestión de echarle la culpa a Word por arruinar la imagen de, por ejemplo, un banco, cuya nueva campaña o en su balance anual o en sus notas de prensa ofrezca un nuevo sistema de cerditos en vez de créditos.

Según los datos que recoge cada dos años la Unión de Correctores (UniCo), la asociación de profesionales de la corrección de España, en su encuesta Radiografía de la corrección, el perfil profesional típico es una mujer de entre 30-50 años, con estudios superiores relacionados con el área de Humanidades, que vive en el entorno de las grandes capitales (Madrid y Barcelona en el caso de España). Trabaja como autónoma y en ocasiones combina este trabajo con otros propios de la edición y de la traducción. Sus principales clientes son editoriales, empresas de servicios editoriales, publicaciones y autores. Son personas que, además de su historial de estudios y bagaje profesional, han tenido formación especializada para acceder a este puesto y suelen estar en constante proceso de reciclaje para ponerse al día de las nuevas normas, nuevos recursos y procesos.

¿Por qué no hay más correctores?

Basta mirar. Rótulos de las calles, artículos en prensa, libros autoeditados y mucha documentación administrativa. Están llenos de erratas. Si usted piensa que ve errores, para un profesional de la corrección es como un paseo como el niño del Sexto sentido, pero repleto de fantasmas ortográficos. Pero, si hay tantas erratas, ¿por qué no se contratan más profesionales?

La necesidad de una buena corrección tiene que luchar contra varios enemigos:

El tiempo es el primero. Corregir toma su tiempo, como cualquier proceso de control de calidad, pero suprime errores antes de que estos empiecen a generar otros problemas (de imagen, de desconfianza y de rechazo) que tomarán mucho más tiempo enmendar y corregir, y con un coste mayor.

La fe en la informática. Se sigue pensando que los autocorrectores bastan. Si comparte esta creencia, haga la prueba del cerdito en su Word.

Las no devoluciones. Un libro se devuelve si le falta un cuadernillo, por defectuoso, y no pasa lo mismo si está lleno de erratas. Si los libros se devolvieran, el daño sería palpable y los lectores, los clientes, exigirían con vehemencia rigor en ese control de calidad. Esto es lo que ocurre con textos técnicos, científicos, médicos… y publicitarios: un error puede ser ruinoso y perjudicial. Por eso hay un control riguroso y apenas se hallan erratas en estos textos.

La dificultad de localizarlos. Cuando alguien busca a un profesional de este tipo fuera del entorno editorial, le cuesta definirlo: «Quiero alguien de letras que lea esto y lo ponga bien». No piensa en un corrector. Y si antes de necesitarlo ve a un profesional con este nombre, le cuesta identificarlo con este trabajo. Por eso hay una migración al asesor lingüístico, que da más pistas. Pero lo más fácil es buscarlos en las asociaciones de correctores de cada país o en las empresas de servicios editoriales.

El coste. ¿Pagar por que alguien se lea mi novela? Sí. El valor de una corrección depende de las horas de trabajo de lectura, análisis y documentación. Pero un corrector no lee como cualquiera, cuando le apetece. Es su trabajo y puede leer y corregir más de ocho horas diarias. Por eso, puede leer una novela sencilla, un balance anual, una propuesta comercial o un catálogo en un tiempo estimado de entre uno y cuatro días y dejarlo como nuevo. Un amigo, con todo su cariño, no tiene el bagaje de un profesional. Nunca ponga sus textos en manos de alguien inexperto. Lo barato sale caro. Y los correctores no suelen ganar más de 20 € / hora.

En conclusión, como decían aquellos carteles de un saloon del Oeste, «No disparen sobre el pianista», en este caso sobre la correctora. Cuando llega el fuego cruzado para saber de quién es la culpa, por qué se escribe peor, son ellas las que ya están enmendando textos sin parar. Y ahora ya sabe dónde están. Solo queda llamarlas para que salven su imagen con la de su texto.

 

En 2020, nueva cumbre hispana de correctores

Del 15 al 18 de noviembre del 2018 tuvo lugar en Colonia (Uruguay) el V Congreso Internacional de Correctores de Textos en Español. Allí se encontraron las delegaciones de las asociaciones profesionales de Argentina (PLECA) y Uruguay (AUCE), organizadoras del congreso, de la recién nacida asociación de EE. UU. (SEA), de Perú (ASCOT), de España (UniCo), de Ecuador (ACORTE) y de Colombia (CORRECTA), quienes serán los responsables del próximo congreso, en 2020. Además participaron correctores de otras nacionalidades del ámbito hispanohablante. Si bien fue un congreso de corte más académico, sirvió para tomar el pulso a los distintos puntos de vista sobre esta profesión. Lo más destacado es que se retoma e impulsa la propuesta de la Alianza Internacional de asociaciones, lo que va a revitalizar la unión entre los profesionales y va a servir para que tengan aún más presencia en un momento en el que juegan un papel importante ante movimientos como el lenguaje inclusivo, la transformación de la edición ante los nuevos procesos, la oportunidad en el boom de los audiolibros y la autoedición, y su rol esencial en el lenguaje claro.

 

Este artículo sobre los Oficios de la Lengua es uno de los contenidos del número 2 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías.
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