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26 Jul 2021
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Reportajes

Miguel Delibes y Manu Leguineche, dos brazos de un mismo río

Pedro Aguilar y Raúl Conde

Maestro y discípulo fraguaron desde la escuela de 'El Norte de Castilla' una relación intensa y duradera gestada a partir de pasiones comunes como el periodismo, la naturaleza y los viajes

Cuando el joven Manuel Leguineche aterrizó en 1960 en la redacción de El Norte de Castilla, el primer cometido que le encomendó Miguel Delibes fue hacer una crónica sobre la inauguración de una fuente a cargo de un gobernador civil. «Y allá me fui yo, a ver a un señor que en todos los sitios decía las mismas cosas, que siempre citaba a san Ignacio de Loyola y que, como esos actos tenían lugar casi siempre a media tarde, nunca olvidaba mencionar lo de que «el sol tiñe de rosado las lomas».

Si es pertinente establecer un vínculo entre Miguel Delibes y Manu Leguineche con motivo del centenario del nacimiento del primero, que se cumplió en octubre pasado, es justo por la fecunda relación que se estableció entre ambos gracias a la forja de pasiones comunes. El periodismo, ante todo. Pero también el campo, la naturaleza, la caza, los viajes, la infinita curiosidad por el ser humano y la fidelidad a un estilo sencillo y, a la vez, sabio de contar el mundo. Sujeto, verbo y predicado. Contando historias, buscando testimonios, pegando la hebra con los parroquianos, ya sea en Castilla o en Vietnam. Yendo a lo mollar. Sin estridencias ni alharacas estilísticas.

Una amistad duradera
Leguineche definió a quien fue su director de El Norte de Castilla como el «Von Karajan del periodismo». Desde que se conocieron en esta cabecera, cultivaron una amistad personal y profesional que se tradujo en un contacto estrecho y una correspondencia frecuente.

Ambos autores acabaron desarrollando con el paso de los años una amistad inquebrantable que se mantuvo hasta el final de sus días. No es habitual que jefe y subordinado asuman una ligazón casi paternofilial. El milagro es obra de la bonhomía de los dos y de una visión compartida de la necesaria jerarquía que exige la profesión periodística. Leguineche dice del novelista que dirigía la redacción «con la elegancia de Von Karajan al frente de una orquesta». En varias entrevistas, llegó a confesar: «No me gusta mandar y mucho menos ser mandado, salvo por Miguel Delibes y algún que otro genio más».

El autor de El camino dirigió El Norte de Castilla, dio cobijo a Leguineche en este periódico después de recibir una carta de recomendación de un amigo común: Bernardo de Arrizabalaga. Ese gesto fue un punto de inflexión en la carrera del periodista vasco, que intentaba compaginar su vocación profesional con los estudios de Filosofía y Letras. «Vente mañana por el periódico, muchacho», le dijo Delibes. El padre de Leguineche le preguntó por el futuro que le esperaba a su hijo en una especialidad tan mal vista como el periodismo. «Su hijo va a ser un número uno», respondió el escritor, tal como cuenta Víctor López.

Aún quedaba mucho para que el entonces plumilla vizcaíno se convirtiera en un referente indiscutible del reporterismo, con un importante eco dentro y fuera de nuestro país. La experiencia en la histórica cabecera de Valladolid le sirvió para curtirse en el periodismo local, que es donde se aprende el oficio porque te obliga a hacer de todo. Él mismo confesó: «No puedo decir que fuese un trabajo emocionante, pero me sirvió para visitar una gran cantidad de pueblos castellanos y hacerme una idea geográfica, sociológica y casi antropológica de los pueblos de Castilla, la “Castilla dermoesquelética” de la que hablaba Unamuno».

Leguineche solía aconsejar a los periodistas imberbes que no hay que desdeñar ningún tipo de trabajo ni ningún género de periodismo. Cualquiera de ellos, pensaba, puede servir a un profesional para iniciarse en la gimnasia de lo que es el meollo de este trabajo, lo realices donde lo realices: cumplir el cometido de informar del modo más profundo y atractivo posible. «Hay que investigar las cosas con curiosidad para enterarse bien de lo que son, verlas con claridad y profundamente, para ser capaz de hablar de ellas con un estilo sencillo y preciso. Y hay que espabilarse mucho. Un carácter lanzado y controlado».

Tras dejarse embriagar por el olor a tinta de uno de los diarios decanos de la prensa española, Leguineche comenzó a firmar críticas de películas y comentarios culturales que excedían la crónica de fiestas locales e inauguraciones revestidas de la retórica engolada del franquismo. Por las mañanas, asistía a clase. Por la tarde, se iba al periódico y allí permanecía hasta la hora del cierre. Su sueldo ascendía a quinientas pesetas al mes, que completaba con colaboraciones en La Gaceta del Norte. «Nunca fui tan feliz —admitió— como cuando esperaba, ya de madrugada, junto a la rotativa, la primera tirada del diario. Me gustaba mancharme las manos de tinta y luego, con el redactor jefe, Carlos Campoy, comerme en el bar de al lado un bocadillo de anchoas regado con vino blanco de Rueda».

El padre de Leguineche estaba aterrorizado ante la idea de que su hijo se dedicara a una labor tan desprestigiada como el periodismo. «En Guernica, mi pueblo, decían que tenían dos periodistas: el hijo de Manu, que era yo, y Pepe, el que vendía periódicos». Los salarios eran tan escuálidos en este trabajo que hasta el propio Delibes compaginaba la dirección del periódico con su trabajo de profesor de Mercantil. Pocos vivían del periodismo, así que el novelista recomendó al impetuoso pupilo que acabara la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Valladolid y preparara después una ayudantía de cátedra.

Vano intento. Las compuertas del periodismo se abrieron de par en par para un chico tímido y sagaz que encontró el bautismo en este oficio entrevistando al portero del Athletic de Bilbao. Leguineche escribía en el suplemento semanal de la cabecera pucelana, que integraba algunas de las secciones más conocidas, como «Artes y Letras», «El caballo de Troya» y «Ancha es Castilla». Coincidió allí con una generación de oro: Francisco Umbral, José Jiménez Lozano, José Luis Martín Descalzo, Javier Pérez Pellón, César Alonso de los Ríos y Emilio Salcedo. «Gente joven que estaba preparada intelectualmente más que muchos de los que llevábamos años en el periodismo», le confiesa a Alonso de los Ríos.

Todos ellos contribuyeron a reivindicar la dignidad de Castilla y a señalar la postración de un sistema agrario que castigaba a sus vecinos. Tras acceder a la dirección en 1958, Delibes dimitió de este cargo en 1963, aunque aún permaneció otros tres años al frente de la redacción sin figurar en la mancheta. Se enfrentó al entonces ministro Manuel Fraga y la censura acabó forzando su salida de un periódico al que había entrado como caricaturista.

Ramón García Domínguez, biógrafo de Delibes, resume el periodismo del narrador vallisoletano: «Lo más independiente posible, comprometido con su tierra y sus lectores y dispuesto siempre a plantar cara al régimen censor». Restauró una línea editorial liberal, abrió el periódico a la información internacional y convirtió la cabecera en un foco de debate cultural». El autor de Los santos inocentes admitió: «Mi condición de novelista se apoya y se sostiene en mi condición de reportero». Y añadía: «El periodismo ha sido mi escuela de narrador». De este oficio aprendió el arte de sintetizar y a valorar las noticias desde un punto de vista humano, lo que engarza con el estilo profesional de Leguineche. El periodismo concebido desde la honestidad, el rigor y la disposición a jugar limpio con el lector, siguiendo la máxima de Hubert Beuve-Méry, fundador de Le Monde.

Tres gigantes del periodismo y la literatura. Miguel Delibes, Francisco Umbral y Manu Leguineche paseando por Cuéllar (Segovia) en 1975. Los tres forjaron su relación personal una década antes, en la redacción de El Norte de Castilla.

Leguineche obtuvo el carnet de periodista número 5383, según reza en la acreditación expedida por el extinto Ministerio de Información y Turismo, el 21 de marzo de 1972. Diez años antes había agarrado un ferri en Alicante para plantarse en Argelia a cubrir su revolución. El tránsito entre el reportero en Tierra de Campos y el cronista de guerra le acabó erigiendo en el «padre» de la tribu de las tres D, el grupo de corresponsales divorciados, dipsómanos y depresivos. Umbral creía que el oficio y la malicia profesional son mejor que tener un sueldo: «Manuel Leguineche sabe mucho de estas historias que no ha vivido, pero él eligió la profesión del riesgo mejor que la profesión del truco, por eso todos son hoy hijos suyos».

Leyendo a ambos uno se reconcilia con el periodismo y con la literatura que cultiva las palabras a través de un mosaico de personajes de carne y hueso. Ambos compartían el fervor de la tierra, pero también por la narrativa apegada al campo. «Un hombre, una pasión y un paisaje», con tres sustantivos (y no con tres adjetivos), resume Delibes la esencia de su obra novelística. Un paisaje y su paisanaje son el alma de los dos libros más líricos de Leguineche: La felicidad de la tierra y El club de los faltos de cariño. «Yo no me enamoro de una catedral, me gustan pero nunca han sido mi fuerte las piedras. Lo que me ha atraído más ha sido el paisaje y el paisanaje (…) La gente que, además, resumen en su forma de ser toda esa belleza que tienen alrededor. Y hay que creer en ella», confesó.

Manu solo escribió una novela en su vida: La tribu. Un relato sobre las peripecias de los reporteros de guerra. Apostó por el libro-testimonio centrado en los acontecimientos históricos contemporáneos. Llegó a escribir más de cuarenta títulos. Una prolongación de sus crónicas. Libros confeccionados a partir de experiencias vividas, historias leídas, testimonios de los protagonistas y reflexiones cargadas de humanidad. Cuatro decenas de obras en las que subyace «un hombre de bien que ponía el mal ante nuestros ojos», como dijo de él su maestro vallisoletano. Solo al final de su vida, quiso Manu escucharse sin perder de vista el paisaje que le envolvía y parió las dos mencionadas perlas literarias nacidas de sus diarios y cuadernos de notas, al más puro estilo Delibes. Cuando el maestro leyó El club de los faltos de cariño, mandó una carta al vasco en la que le decía: «Bajo los renglones subyace la vida, la bondad y el amor que estaban dentro de ti».

Manu Leguineche quiso que la portada de La felicidad de la tierra fuera una imagen suya, tomada de espaldas mientras caminaba por una solitaria carretera de La Alcarria. Años después, en la portada de Castilla, lo castellano y los castellanos se reproduce la figura, también de espaladas, de Miguel Delibes paseando por un camino austero, flanqueado por un campo de cereal a la derecha y carrascas a la izquierda. Un paisaje castellano que cautivó a los dos escritores y se convirtió en su refugio.

La vida y la obra delibeanas no se entienden sin su amor a la naturaleza y al medio ambiente. La Alcarria fue para Leguineche lo que Sedano (Burgos) para Delibes: un verdadero hogar en el paisaje ideal. «El mar de surcos, el páramo pedregoso, los sombríos montes de encina, los pueblecitos de adobes, rodeados de bardas (…) esta es la Castilla esencial, la Castilla por antonomasia y, por ende, la Castilla literaria», escribió Delibes. Leguineche llega por primera vez a su casa de La Mata (entre Cañizar y Torija, Guadalajara) y apunta en el diario que le regaló días atrás su hermana Rosa: «Estreno casa, chimenea, leños, paisaje de La Alcarria cenicienta, colmenera y erial. Demasiadas emociones para un solo día. El viento silba por la línea de arriba y azota los árboles. Suena a mar, a lamento». Y, desde entonces, el paisaje se transforma en un escenario vital.

La caza, afición común. El contacto con el campo y la naturaleza y, en especial, la práctica de actividades cinegéticas fue una actividad compartida por Miguel Delibes y Manu Leguineche. En la imagen, durante una cacería en una fecha indeterminada.

Un paisaje que lo inunda todo y que Leguineche y Delibes van descubriendo en paseos y jornadas de caza. Los padres de ambos eran cazadores. De su afición se empaparon los hijos. La caza se convierte para ellos en un desahogo y en una huida de la rutina semanal. Sostuvo Delibes: «La claudicación, el retiro de todas aquellas actividades que hemos amado con pasión, es una muerte pequeña (…) ¿Por qué no beber moderadamente en las comidas, fumar cuatro o cinco cigarrillos diarios, cazar media jornada? La media ración, he ahí una solución a pelo, es por otra parte la única forma de que, aunque mitigada, uno a los sesenta y ocho años pueda seguir bebiendo, cazando y fumando».

La falta de medias raciones le impidió a Manu seguir cazando antes de tiempo, pero no dejó de salir al campo. Le apasionaba escuchar el canto de las perdices, incluso participó en una suelta de faisanes cuando ya le costaba andar. Ambos se entusiasmaban ante un acercamiento progresivo a los animales domésticos y salvajes, hasta el punto de humanizarlos. Lo explica muy bien Delibes: «La aproximación hombre-animal es patente en Castilla, donde no se concibe la vida sin un can ladrando en la noche». «El movimiento de la cola de los perros —anota Manu— es su forma de sonreír. El campesino emplea voces femeninas, más tiernas y maternales, para designar árboles y pájaros que el vocabulario capitalino. Torda por tordo, noguera por nogal, olma por olmo». Leguineche bautizó a los árboles de su jardín con el nombre de sus escritores favoritos. «Al nogal, que aquí llaman noguera, le he puesto de nombre Pío Baroja; al ciprés de alargada sombra, Miguel Delibes; a uno de los laureles, Unamuno; al pino, Azorín; a la higuera, Hemingway; al ciruelo, Josep Pla, y al magnolio, Lin Yutang».

Ambos se quejan de que no se le presta atención a la gente del campo. Un canto humanista que ilumina toda su obra, que clama por la salvación del hombre. Ninguno de los dos abomina del progreso, pero sí de esa voracidad insaciable de una sociedad de máquinas y frías estadísticas. «Nuestro coche lleva más electrónica que el primer Airbus, un avión lanzado en 1974. El gran invento es la simplicidad, que no quiere decir simpleza. La simplicidad, lo he leído en algún sitio, es una virtud democrática cuando la oferta se multiplica», escribe el autor de Los años de la infamia.

En esa recreación atmosférica de la sencillez que representa el mundo rural, el estilo literario de los dos maestros del periodismo se aproxima hasta rozarse. El uso de refranes, frases cortas, topónimos y apodos son el locus amoenus perfecto para engarzar la sentencia socarrona salida de la boca de sus personajes. Los hombres y mujeres que pueblan sus libros son auténticos por sus palabras, casi siempre escasas y precisas en cantidad e intención, pero francas. El habla de los pueblos es, para los dos, mucho más rica y matizada que la de las ciudades, se ve en las novelas de Delibes y sobre todo en los diarios de ambos, un formato que comparten para adentrase en el alma castellana.

Filósofos a veces más que periodistas, usan el diálogo clásico para exponer reflexiones e ideas sobre la realidad. Diálogos entre personajes, diálogos con Jesús El Jardinero o con Marcelo El Barbas, con un gato o un pato, incluso con el cuco que anuncia la primavera. Pensamiento e imaginación con un esquema muy similar en las dos obras: descripción, anécdota (historia) y reflexión. El uso de preguntas retóricas, la crítica velada de la sociedad y la continua utilización de anécdotas forman parte de un estilo común realista que, lejos de limitarse a poner un espejo delante del paisaje natural y humano del mundo rural, busca la cavilación y la complicidad del lector, todo ello aliñado con unas gotas de sensato pesimismo.

Ambos utilizan el viaje como excusa para hacer literatura. Delibes evitaba el avión siempre que podía. En cambio, para Leguineche, era una herramienta imprescindible. El reportero vasco reunió sus crónicas periodísticas sobre los acontecimientos históricos que le tocó vivir, incorporó las notas de sus viajes y con ellos elaboró, aportando reflexiones, documentación, personajes, referencias históricas y buena prosa, lo que Umbral llamó «libros reportajes»: Los ángeles perdidos, En el nombre de Dios o Adiós, Hong Kong, entre otros. Algo que también hizo Delibes en Europa: parada y fonda, Por esos mundos, USA y yo, La primavera de Praga o Dos viajes en automóvil.

Reconfortan los caminos paralelos que transitaron estos dos grandes periodistas y escritores. Leguineche siempre reconoció la maestría que ejerció sobre él Delibes en sus primeros años de profesión. Este reconoció en aquel al maestro que supo contar como nadie lo que pasaba fuera de España. Los dos navegaron por las aguas de un mismo río vital y profesional. Sentían una especial admiración por la obra de Unamuno, sobre todo, en lo de acercarse a lo universal a través de lo local. En ambos, su intención literaria no fue tanto estética como documental; «no culterana sino social», así la definió Umbral. Delibes fue siempre más dómine que Leguineche a la hora de plasmar sus ideas en los escritos personales. En el vasco encontramos una mayor propensión al humor y a la ironía. Fueron trabajadores infatigables «como sus carreras cinegéticas» y esperaron la muerte con la dignidad de los hombres sabios.

«El hombre muere cuando el proceso paulatino de despegue e incomprensión hacia los hombres, las cosas y los hechos que nos rodean alcanzan el tope, de modo que uno llega a sentirse extranjero en su propio pueblo. Llegado este extremo, el hombre intuye que aquí sobra, coge y se va», escribió Delibes. Y se fueron, pero nos dejaron una obra impagable y una lealtad sin fisuras: «Delibes —confesó Leguineche antes de fallecer— le dijo a mi padre que se haría cargo de mí, que no me preocupara. Así fue y así ha sido hasta hoy».

Miguel Delibes. El narrador mayor de Castilla

Retrato de Miguel Delibes de Iván Cuervo

Nacido en Valladolid el 17 de octubre de 1920, Miguel Delibes puede considerarse uno de los principales novelistas de las letras españolas contemporáneas. Dirigió El Norte de Castilla y en 1948 obtuvo el Premio Nadal por La sombra del ciprés es alargada. Ahí arranca una fecunda trayectoria que le lleva a publicar títulos tan conocidos como Cinco horas con Mario, El camino o El hereje. El contacto con la naturaleza, el retrato de Castilla y la denuncia de las injusticias sociales están en la base de su obra. Obtuvo el Príncipe de Asturias y el Premio Cervantes, entre otros galardones. Fue académico de la RAE y murió el 12 de marzo de 2010 en Valladolid. «Soy un hombre de fidelidades: a una mujer, a un periódico, a un editor, a una ciudad», proclamó.

Manu Leguineche. Maestro de periodistas

Retrato de Manu Leguineche de Iván Cuervo

Manuel Leguineche, escritor y periodista, decano de los corresponsales de guerra en España, nació en Beléndiz-Guernica, el 28 de septiembre de 1941. Con 19 años comenzó a colaborar en El Norte de Castilla y a viajar por el mundo. A los 23 años cubrió su primera guerra, entre India y Pakistán. A partir de entonces, estuvo presente en todos los conflictos bélicos que se libraron en el mundo. Fundó cuatro agencias de información (COLPISA, Cover, LID y Fax Press), escribió miles de artículos y más de cuarenta libros, entre ellos Los ángeles perdidos, Premio Espasa de Ensayo; El club de los faltos de cariño, Premio Euskadi, y Los topos, junto a Jesús Torbado. Tiene en su haber el Premio Nacional de Periodismo, el Ortega y Gasset, el Cirilo Rodríguez y el Julio Camba, entre otros galardones. Falleció en Madrid el 22 de enero de 2014.

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 10 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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