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01 Abr 2020
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Reportajes

Felipillo, Melchorejo, Juliancillo… y sobre todo La Malinche

Javier Rada

Cuando fondearon por primera vez en América, los conquistadores tenían superioridad técnica, pero estaban mudos, y esto era un gran problema

Nada más pisar América, Colón se dio cuenta de que estaba mudo. El problema lingüístico fue el primero de todos los conflictos en la Conquista. Un proceso arduo, azaroso y complejo, solucionado a base de secuestros

Cuando el 12 de octubre de 1492 el almirante Colón fondeó por primera vez en América, el español no supo pronunciar la palabra «conquista». Solo fue un habla sedienta, un castellano disentérico, sangrado por el escorbuto. Y en aquella isla de Guanahaní, que bautizaría como San Salvador, encima, estaba mudo.

Está frente a un espejismo, un accidente que considera Asia. Poco tiene que ver con la imagen de una «lengua compañera del imperio» con la que había soñado Nebrija al dedicarle su gramática a Isabel la Católica.

«Bajan enfermos, son solo un grupo de desgraciados, supervivientes que quieren comer algo fresco», recalca la lingüista Emma Martinell, profesora emérita de la Universidad de Barcelona, y experta en esta clase de encuentros iniciales entre europeos e indígenas. «Lo primero son siempre pequeños gestos, porque allí no hay súbditos de España, ni requerimientos, ni curas, ni nada…», añade.

Solo más tarde vendrán la épica, las crónicas, el trueno del arcabuz, la lluvia de flechas, los esclavos, las noches tristes, la Malinche y Hernán Cortés, que juntos, al fusionar sus lenguas, harían temblar la tierra…

Pero antes de esto, es el cuerpo, y nadie más que él, la única vía de comunicación. Eso que la traductología llama «lengua de necesidad». La barba, identidad de una extrañeza. Las manos que conjugan en el aire una emoción constrictora (la enfermedad, el deseo, el gusto y el disgusto…). Un «yo» y un «tú» sentido. Un «dónde estoy» extendiendo los brazos hacia la selva. El balbuceo de un imperio extraviado señalando al Este: «Castilla» «Castilla…». Y los regalos, obsequios, el trueque, llamado pertinentemente el «rescate», como única posibilidad (y así los españoles se fijarían en el oro).

Son alianzas simples, gestuales, pacíficas, donde no gobiernan los reyes sino el asombro y la curiosidad; a veces, la desconfianza y el miedo. Un trabajo de mimos con los ojos enrojecidos. Pura desnudez icónica, basada «en la semejanza, en el señalamiento y la contigüidad», explica Valeria Añón, profesora de literatura latinoamericana de la Universidad de Buenos Aires.

Los conquistadores tenían los arcabuces, trabucos y lanzas. Gozaban de superioridad técnica militar, sí, pero estaban mudos. Y esto era un problema. La lengua, con el mismo doble filo que su hermana la espada, en mitad de aquellas selvas y cordilleras, les servía mejor que el sobrenatural caballo. Poder usarla era «tan importante como tomar agua», rotularon los expedicionarios en sus diarios.

Siempre en movimiento, necesitaban avanzar hacia el Oeste, tras el espejismo de Asia, el Gran Kan, el Cipango, el marfil, la caleidoscópica Macao, el reino de las Indias Orientales, donde abunda el clavo, la pimienta y los puertos árabes… Todas las maravillas descritas por Marco Polo estarían allí, un paso más allá.

La lengua, por tanto, ya tuvo que ser su arma predilecta: servía para explorar, conocer la nueva ruta, informarse sobre las riquezas, los equilibrios de fuerzas. Era básica para pactar, engañar, adoctrinar, evangelizar, y, finalmente, dominar.

Un recurso que conocían bien los castellanos tras una eternidad batallando contra los musulmanes de habla pagana en la Reconquista; platicando, sellando pactos gracias a la intervención de intérpretes expertos (farautes mercenarios).

Colón conocía su valor, y por eso en el primer viaje se llevó a un políglota: Luis de Torres, converso judío que hablaba árabe, hebreo, arameo y algo de latín, lenguas que creían francas en los puertos meridionales de Oriente. Un primer intérprete que resultó allí, en las Antillas gobernadas por los caciques taínos, del todo inútil.

«En estos contactos tempranos no hubo la más mínima posibilidad de encontrar un idioma común», explica Icíar Alonso, experta en historia de la mediación lingüística en las colonias, profesora de la Universidad de Salamanca. «Los primeros intentos de intercambio lingüístico se construyeron sobre una ficción», añade.

Las Crónicas de Indias refieren numerosos diálogos, monólogos y conversaciones entre los conquistadores y la población local, pero en realidad se produjeron en lenguas incomprensibles. Diálogos fantaseados luego por los cronistas (el soldado Bernal Díaz del Castillo, el eclesiástico Francisco López de Gómara, por ejemplo…).

Solo conjeturas que habitan aún hoy en las escasas fuentes directas de las que disponemos, unos escritos, hemos de recordar, casi siempre redactados por los vencedores, nunca neutrales, basados en lo que cada uno deseaba oír.

«¿Dónde estamos?», preguntaron los españoles. «¡Yucatán! ¡Yucatán!», escucharon a los naturales. Y así se bautizó dicha península, el más célebre error de denominación de los muchos que hubo, porque en lengua maya, tectetán podría haber significado sencillamente ‘no te entiendo’, si atendemos al cronista inca mestizo Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios Reales.

Colón se supo pronto mudo, pero no estaba ciego. A falta de un idioma común tenía eso que hoy los ingleses llaman un know how. Había un modo ibérico de hacer empresa (las primeras expediciones, en manos de los adelantados, serían privadas).

Los portugueses llevaban casi un siglo explorando la costa africana, y superando cuando les convenía el «comercio mudo» (intercambio sin mediar palabra). El navegante Gil Eanes, en la primera mitad del siglo XIV, ya había trasladado 200 africanos a Portugal. Las rutas árabes de la esclavitud eran una horripilante escuela de idiomas. En Constantinopla, los turcos habían desarrollado centros educativos tomando niños de otras culturas para educar a sus dragomanes (intérpretes). Castellanos y aragoneses habían practicado mucho en la toma de las Canarias. El modo de hacer empresa, el primer ELE (español para extranjeros) de la historia, era, por tanto, el secuestro.

Desde el primer viaje, los conquistadores tomarían naturales, en preferencia jóvenes, y los llamarían «indios ladinos» o «indios lengua». Los cazarían al azar, o fruto de sus cabalgadas. A muchos los meterían por la fuerza o engañados en las bóvedas de esa canoas gigantes que llamaban las naos: ninguno de ellos estaría preparado para enfrentarse al mar infinito, y no serían pocos los que muriesen durante la travesía. Otros, ya en tierra firme, padecerían algo parecido a un «enloquecimiento cultural».

Una vez bautizados en público, servirían a los intereses del imperio y de la Iglesia (con sus dos enfoques distintos, pero complementarios en la conversión de los nuevos súbditos), de regreso en las siguientes expediciones.

Los primeros aprendizajes, el primer español americano, tuvo que ser muy rudimentario. Así lo resume Martinell, este sería el nivel A1: «Estaba basado en el aquí y ahora, el yo y tu, el sitio, la localización, el antes y después, el mucho-poco, la cantidad, las nociones locativas, temporales, identificadoras, los numerales, el 1,2,3, las partes del cuerpo, y en general las relaciones de parentesco, padre, madre… los nombres de poder, el cacique, y entonces a partir de esto, frases cortas». También destaca la temprana aparición de los imperativos en estos vocabularios: la lengua descortés que el esclavo debía aprender.

Uno de los primeros aprendices, y hoy casi olvidado, fue Diego Colón. Un aborigen del pueblo taíno capturado en el primer viaje, al que el almirante tuvo el detalle de bautizar con el mismo nombre de su hijo (el verdadero vástago sería a la postre virrey las Indias). Pasó casi un año de «estancia lingüística» en España, y lo llevaría después de regreso como intérprete en la segunda travesía, ya en La Española.

Es el otro Colón de la Historia: irónicamente, pues cargaba con el mismo apellido que el descubridor, fue uno de los primeros americanos en «descubrir las Europas». Torres, el judío infructuoso, ya habría sido asesinado entonces por los guerreros caribe en el fuerte de la Natividad, quién sabe si por un error de interpretación.

Colón también utilizó otro método clásico portugués, el de «los degradados» (condenados, réprobos, que eran utilizados como exploradores solitarios para comprobar a su riesgo y suerte la bondad de los indígenas).

En el segundo viaje, envió, al menos, a su tocayo, un jovencísimo marinero andaluz, Cristóbal Rodríguez, para que se internara entre las comunidades nativas y aprendiera. Apodado «el lengua», está considerado el primer intérprete de origen español en las Indias.

Las políticas de castellanización fueron ordenadas por los Reyes Católicos desde el principio. «Ya entonces el reino estaba organizado alrededor del castellano», explica Martinell. Y esas gentes, salvajes o no, aún sin una «lengua verdadera» (así los describieron en sus diarios), iban a ser súbditos de Castilla, por las buenas… o por las malas. Así empiezan los célebres Requerimientos, un texto lleno de subordinadas y sin apenas comas, que serían leídos por primera vez en 1513; un texto legal complejo, de inspiración divina, avalado por el papado, un formalismo que buscaba justificar el pleno derecho de la tierra conquistada tras el tratado de Tordesillas. Sería leído a los nativos, y traducido a veces, con escasa efectividad, por estos rudimentarios intérpretes.

Estas fueron las bases de la expansión. Conquista y lenguas. Saqueo y gramática. Pero pronto comprenderían que las políticas lingüísticas iniciales estaban condenadas al fracaso. «Se toparon con una realidad mucho más compleja de lo esperado en lo que respecta a la diversidad de lenguas y dialectos, incluso en territorios relativamente pequeños como las islas del Caribe», añade Alonso.

Los primeros «lenguas» formados quedarían de nuevo mudos solo con cruzar de una isla a otra (en la península de Florida habría unos 350 dialectos) o, ya en el continente (en el tercer viaje, Colón llega a Venezuela, en 1498), al cruzar al siguiente valle.

Se estima que en la época colonial la complejidad idiomática abarcaba al menos unas 170 grandes familias de idiomas y que estos grupos lingüísticos comprendían a su vez numerosas lenguas, y estas, múltiples dialectos muy distanciados entre sí, miles de hablas locales y variedades dialectales.

Se avanzó de un modo improvisado, movidos por la urgencia. La Conquista ya no iba a detenerse, y la necesidad de nuevos intérpretes iría en aumento. Las estrategias comunicativas, pasada ya la luna de miel del asombro y la complicidad, se multiplicaron.

Tuvieron que ser miles los intérpretes utilizados, olvidados en las crónicas o nombrados de paso (han sobrevivido apenas un centenar de nombres, casi siempre en diminutivo, como el indio Felipillo —que por una mala interpretación sentenció el cuello de Atahualpa frente a Pizarro—, Melchorejo, Juliancillo …). Lenguas muy móviles y poco preparadas, de lealtades volátiles, dispuestos a desvestirse a la primera de cambio.

Los españoles siguieron tomando muchos «niños lenguaraces», pero también jóvenes, mujeres, ancianos, familias, y lo que encontraron a su paso. Los educaban a veces en la misma cubierta (luego los religiosos llevarían las primeras cartillas de lectura y los rudimentarios vocabularios bilingües). Lo hicieron sobre la marcha, a base de la repetición, como si fueran loros enrolados en las huestes, o llevados a centros administrativos, ya no en la lejana Metrópolis, sino en América, en plazas fuertes como La Española y en las primeras escuelas de letras.

Sobre muchos de ellos pesó la desconfianza, la sospecha de que no transmitían bien la información, a pesar de que las crónicas indican que «aprendían en general rápidamente el español», explica la historiadora de América Beatriz Vitar, de la Universidad de Sevilla.

También surgieron nuevos ayudantes en el bando cristiano: marineros, soldados, comerciantes y miembros de órdenes religiosas que por desgracia o naufragio fueron tomados como prisioneros, o como voluntarios —por órdenes de sus superiores— y pasaron largas estancias entre los nativos.

Sin duda los religiosos, por aquella voluntad de monopolizar las ánimas, serían los que pusieron un mayor empeño en comunicarse y comprender al otro (y también los que complicaron aún más la traducción con sus extrañísimos dogmas).

Los conquistadores tomaron como presente de los caciques a esclavas —una práctica común en América—, que les sirvieron inicialmente para satisfacer su violencia carnal, pero también, muy pronto, se convertirían en una fuerza definitiva.

Malinche

Un papel que llegaría a alterar el magma de la historia, como fue en el caso de Malintzin, conocida en las crónicas como la Malinche. Junto a ella aparecerán otros dos nombres, enfrentados en el mismo relato: el clérigo Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero (recuerden su nombre, de este último hablaremos más tarde).

En apenas solo dos décadas desde que un confundido Colón utilizara aquel primer castellano disentérico en América, ya en 1519, un extremeño de 34 años que había suspendido sus estudios de derecho se iba a proponer nada menos que tumbar al mayor imperio americano, una organización política muy avanzada en la época.

Hernán Cortés se encontrará con los dos primeros intérpretes que actuarán en un rol (casi) moderno en América. Dos traductores que conocían bien las culturas que estaban a punto de colisionar. «En la Conquista de México fue fundamental esta capacidad de conocer la lengua del otro además de la propia», apunta Vitar.

Una se llamaba Malinalli, también conocida por Malintzin, la Malinche, o Doña Marina (así fue bautizada). O quizás la conozcan por la traidora, la gran chingada. Un símbolo de una identidad desgarrada (el «malinchismo» del actual México, que aún exige, en boca de su presidente López Obrador, disculpas al rey español por los desmanes de la Conquista, el origen, dice, de su corrupción). Fue también la madre simbólica de los futuros mestizos (pues tuvo un hijo con Cortés, llamado Martín). Fue la lengua del conquistador, la voz que arrodilló a Moctezuma…

Un personaje novelesco. Se cree que era una noble de origen azteca caída en desgracia. Esclava de los mayas chontales, tras ser vendida en el mercado fronterizo de Xicalango pasó de mano en mano por las distintas geografías de Mesoamérica, hasta ser entregada por un cacique, siendo adolescente, a Hernán Cortés.

El otro intérprete que le sería propicio es Jerónimo de Aguilar. Rescatado por el extremeño también de entre los mayas, con los que había pasado ocho años tras un naufragio, suficientes como para aprender su lengua. Juntos iniciaron un sistema de traducción en cadena que aún hoy sorprende a los lingüistas.

Ya entonces, recién desembarcado en Veracruz, había llegado a los oídos del conquistador la existencia de un gran imperio en el interior. En ese lugar, aún distante de la costa, se hablaba el náhuatl, idioma que desconocía Aguilar. «A partir de su intervención por la incompetencia de Aguilar, Malinche cobra valor, no solo por su capacidad para interpretar, sino por su acceso a información vital», explica María Elena Gaborov, intérprete argentina que ha estudiado su figura.

Así comenzó este proceso de doble traducción en el que Malinche interpretaba del náhuatl al maya, y Aguilar del maya al español, para Cortés. Gracias a Malintzin, por primera vez, ambos mundos pueden penetrarse. «Fue una cadena de traducción para llegar hasta Tenochtitlan», constata Vitar. Un sistema más útil que el machete para abrir camino.

La victoria de Cortés se explica en que supo aprovechar las enemistades ya existentes entre las tribus sometidas contra los mexicas, como los tlaxcaltecas y toltecas. Y para ello, necesitaba hablar, comprender, confundir, mentir, sacar provecho. Cortés pudo llegar así hasta el corazón del imperio, y derrocar nada menos que a Moctezuma, que hasta entonces era el tlatoani, título que lo convertía en «el que habla».

Una mujer robaría por tanto el poder exclusivo de los dioses (se cree que para los aztecas la lengua era sagrada). Una fémina que había sido sometida por un yugo doblemente patriarcal, y que ahora era admirada como la voz que intercede, la «venerada Marina» que «tenía fuerza viril».

Vitar apunta al impacto que tuvo que generar semejante intérprete: «En los dibujos de las crónicas de Bernardino de Sahagún, la Malinche aparece dibujada en medio y con unas proporciones mucho mayores que Cortés y Moctezuma».

Desde entonces pasaría a la historia como la «vendepatrias», la que entregó su lengua y corazón a los conquistadores. «No creo que fuera consciente del poder que iba a desatar, hasta cierto punto fue víctima de ambas partes», explica Gaborov.

Bajo un enfoque lingüístico —como alegaría el búlgaro Tzvetan Todorov—, más que una traición pudo tratarse del «triunfo de la comunicación».

La Malinche, retratada por el pintor mexicano Alfredo Ramos Martínez.

Junto a Malinche también surge el mestizaje, un proceso de igual o mayor calado que la evangelización en la ayuda de esta expansión. «El mestizaje fue tan superior entre los españoles —si se compara con otros pueblos colonizadores—, que hizo que las lenguas se hicieran mucho más permeables», afirma Martinell.

Con Malinche llega la mezcla de los mundos pero también la glotofagia (el genocidio lingüístico, la perdida de identidad). Al calor del poder de los vencedores, muchos hijos de los nobles nativos aprenderán el habla del nuevo emperador. Se forman las primeras élites, se aculturalizan. Se promulgan leyes de protección indígena que quedan casi siempre en papel mojado. Continua la evangelización hacia los Andes, el Sur y la Pampa helada. La imprenta llegará a América (1532), y también las universidades (como la de Santo Domingo, 1538), que incluirán cátedras de lenguas nativas, al ser conscientes de que el reto inicial, aquella orden de Isabel la Católica, iba a ser lento, e incluso aún hoy en día, en algunas zonas, fracasado.

Durante un tiempo el español y las lenguas comunes (el náhuatl, el maya…) serían cooficiales en la práctica en estos virreinatos. Los intérpretes se profesionalizarán, regulados, pagados por la Corona, y participarán en la justicia de las audiencias.

Hoy, tras este pulso, sobreviven por suerte el quechua, el tupí-guaraní, el mapuche, el aymara… y son lenguas reivindicadas (paradójicamente algunas fueron salvadas por la intercesión de los misioneros al estudiarlas). Pero otras muchas, fueron devoradas, como les ocurrió a los primeros que entraron en contacto con aquel español balbuceante, los taínos, el pueblo que había visto nacer al otro Colón.

Recordaran que según nos cuentan las crónicas hubo también un hombre llamado Gonzalo Guerrero. Como Aguilar, fue preso por los mayas. Hoy se discute si existió o si es leyenda, si fue solo un rumor, o una amenaza. «Hay muchas dudas acerca de su verdadera existencia como personaje», concluye Añón.

Es el otro traidor, el renegado, el español que decidió realizar el camino inverso: dejarse conquistar. Asentado entre los aborígenes, casado con una mujer de la tribu, y con tres hijos, decide olvidar el castellano y abrazar el maya. Reniega de Castilla y es el primer «aindiado».

Algunos han querido ver en su figura el contrapié de esta historia. Guerrero, el padre de «los otros» mestizos, rechaza a Cortés. «Su historia y personaje han sido utilizados para plantear una idea (errada) de mestizaje pacífico, heroico incluso. Pero estas imágenes fueron revisadas en el último tiempo», explica Añón.

Es el «contralengua» de Malintzin, el intérprete que también abraza otra cultura, el adverso que demuestra la permeabilidad del escenario y la atracción bilateral. El fundador de un linaje que declaró la guerra esta vez a los castellanos y la prueba de que América también, a su modo, conquistó Europa.

«Los intérpretes, muchas veces silenciados en las crónicas, fueron en realidad el hijo rojo que permitió tejer la trama narrativa de lo que Occidente ha llamado la Conquista», concluye Alonso.

Un hijo híbrido, sincrético, complejo, tatuado por múltiples interpretaciones, que transformó y fue transformado. Un fruto simbólico tan legítimo de aquella Malinche superviviente como del espectral Guerrero, aunque de ninguno de ambos lenguas, paradójicamente, nos haya llegado su voz directa para poder confirmarlo.

Malinche

Del trujamán a la interpretación moderna

Si bien debe tratarse de uno de los oficios más antiguos del mundo (los faraones egipcios ya disponían del oficio de trujamán), la figura del traductor e intérprete ha cambiando mucho con los años hasta llegar a la edad moderna. Continúa en evolución, especialmente tras el impacto de las tecnologías de traducción simultánea. Apareció en su forma actual en la primera mitad del siglo XX. A partir de los noventa, se convierte en ‘ciencia’, con la Traductología, una disciplina de estudios autónoma con carácter interdisciplinar. De perfil variado, son mediadores lingüísticos, expertos en la comunicación y capaces de atender a las necesidades interculturales en un mundo globalizado y tecnológico, sujetos a estándares de calidad. Hoy esta rama del conocimiento se enseña en las universidades (grado en Traducción e interpretación), y es un sector que actúa en el ámbito profesional, científico, público, jurídico, pragmático y crítico. Ha desarrollado procedimientos y métodos de trabajo propios. Han surgido nuevos perfiles laborales (terminólogo, posteditor, localizador, intérprete social), y tiene presencia tanto en el ámbito público como privado (su principal nicho, con unas empresas volcadas en encontrar soluciones lingüísticas de cara a los mercados emergentes). En países como los Estados Unidos, se prevé un crecimiento de las oportunidades laborales del 29% para 2024, según las predicciones del Departamento de Estado.

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 6 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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