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09 Feb 2021
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Reportajes

Si el extraterrestre es ciego… ¿Cómo le doy la mano?

Javier Rada

La ciencia ficción ha especulado casi desde sus inicios con el primer contacto con extraterrestres. Pero desde una perspectiva lingüística y científica –o astrolingüística– nos hallaríamos ante el mayor reto comunicativo que hayamos afrontado jamás

Si usted pudiera superar las fronteras celestes de este planeta nuestro, se adentraría en el espacio profundo y a años luz a la redonda solo encontraría… silencio. Un silencio mayúsculo, inexplicable, inaudito. Un silencio tan sideral como metafísico que rodea a un planeta azul y por lo demás ruidoso.

Si hubiera vecinos, deberían conocernos. Somos la Nueva Delhi del espacio. La rave de las ondas de radio. La cosa más sonora a centenares de años luz, más molestos que el Sol. Un mundo que lanza cláxones inconscientes, continuas señales, residuos de actividad frenética, como botellas de náufrago hacia lo desconocido… pero nadie responde o a nadie parece importarle un meteorito.

Son ya décadas con las orejas y ojos terrestres puestos en ese infinito esperando algo, buscando la aguja sin conocer el pajar, constatando la frialdad del cometa como único emisario de la soledad. Un contacto con una civilización avanzada del espacio exterior, un diálogo con compañeros, amigos, dioses, depredadores… quién sabe. Ganáramos o perdiéramos, sería un hito en la comunicación. Y no pueden acusarnos de vagos…

Hemos lanzado muchos mensajes al espacio, y hasta genios como Stephen Hawking nos han tirado de las orejas por ello: si no son amigables, sería como si Moctezuma hubiera decidido lanzar al Atlántico canciones de bienvenida en náhuatl clásico. Lo hemos hecho por radiotelescopio, o en sondas y naves (recordará los discos de oro del Voyager…) que siguen, mientras lee esto, su camino hacia el origen.

Pero estos «mensajes de botella galáctica» (dibujos, canciones, coordenadas…), no deberían llevarnos a engaño. No fueron enviados con una voluntad real de contacto. No sirven de mucho si esperamos contactar con auténticas civilizaciones alienígenas. Hacer sonar una canción de los Beatles en Saturno no es muy funcional.

Este es al menos el enfoque de la astrolingüística (heterodoxa disciplina que especula bajo un prisma científico cómo debería ser la primera comunicación con extraterrestres) o de la xenolingüística (el estudio de los lenguajes que no son humanos). Hemos lanzado noticias a las estrellas destinadas a nosotros mismos. Digámoslo claro, en vulcaniano: mucha nostalgia y propaganda galáctica.

Conversar con los extraterrestres no sería tan sencillo. Solo encontramos problemas al tratar de imaginar cómo podría darse una conversación verosímil entre dos seres que, aunque inteligentes, estén separados por miles de años luz de evolución. Lo saben bien las personas que llevan años especulando con ese hipotético contacto, en programas de universidades como el SETI (acrónimo en inglés de «búsqueda de inteligencia extraterrestre») que aún rastrean el cielo.

Fernando J. Ballesteros. Doctor en Ciencias Físicas y jefe de instrumentación del Observatorio Astronómico de la Universidad de Valencia.

«Si aparece vida inteligente en un mundo muy frío, como, por ejemplo, en Titán, una luna de Saturno a unas temperaturas de -180 grados, esto haría que su química fuera más lenta. Quizás para decir ‘hola’ gastan una hora»

Lo piensan matemáticos que inventaron lenguas cósmicas como sistema puente. Se trata del mayor desafío comunicativo que nosotros, huerfanitos terrestres, pudiéramos enfrentar. Nada parecido a cuando Colón secuestró a unos indios taínos para enseñarles español en Castilla. Aprender chino imperial, íbero, arameo extinto, seducir en vasco o alemán está en comparación chupado.

¿Pero qué ocurriría si ese silencio se partiese? ¿Sabremos acaso reconocerlo? ¿Cómo entablar conversación con unos seres cuyo linaje evolutivo y lingüístico no llegamos ni a imaginar?

En esta Archiletras galáctica queremos invitarle a las estrellas. Hemos entrevistado a algunos de esos soñadores, científicos y lingüistas, y ya les adelantamos que cuando esto ocurra, sí: Houston, tendremos un problema.

¿Tendrán boca con la que hablar?

Imagine que, como en el cuento La historia de tu vida, del escritor Ted Chiang, que inspiró la película La llegada, de Denis Villeneuve, usted está a cargo del primer contacto lingüístico con esos seres que se esconden en la nave que acaba de plantarse sin invitación previa en el cielo de la Tierra.

Como xenolingüista, sabe que el primer problema que encontrará es demasiado físico, tan de base en la comunicación que se agobia por el riesgo. Le gustaría volver a casa, tirar la toalla, unirse a los histéricos que exigen al presidente que mande al ejército.

Esos alienígenas, que aún no ha visto, no tienen por qué ser como uno se los imagina (normalmente humanoides de ojos grises o insectoides de rictus religioso). No tienen por qué tener boca, oídos, vista, manos, simetría bilateral, cara, culo, delante o detrás, en un sentido terrestre.

No tienen por qué tener un lenguaje tal como lo conocemos aquí (ni humano, ni animal ni vegetal). No hay ley que les obligue a tener el mismo rango de percepción sensorial, y toda comunicación debe partir al menos de una lógica y lugares comunes.

Pueden ser cualquier cosa salida de las incontables estrellas, evolucionados en lugares impensables, con adaptaciones quizás no vinculadas al carbono, la molécula versátil que da largas cadenas de vida en la Tierra.

Se pone a especular… Tal vez hayan salido del silicio, del grupo SiO2 —silicio y dos átomos de oxígeno— construidos a base de siliconas, capaces de sobrevivir en un mundo de fuego como es Venus… ¡Y cómo hablo con semejante cosa!

Ante la duda, llama a uno de sus colegas. Es Fernando J. Ballesteros. Doctor en Ciencias Físicas y jefe de instrumentación del Observatorio Astronómico de la Universidad de Valencia. Autor del libro Gramáticas extraterrestres: La comunicación con civilizaciones interestelares a la luz de la ciencia, uno de los mayores expertos en este campo en lengua española. ¿A qué me enfrento?, le pregunta.

«Podría ser que todo su organismo esté adaptado a una química distinta a la nuestra. Hay muchos estudios científicos sobre químicas alternativas que apuntan a esa posibilidad. Y está además el tema de las velocidades de percepción. Si aparece vida inteligente en un mundo que es muy frío, como, por ejemplo, en Titán, una luna de Saturno a unas temperaturas de ciento ochenta grados bajo cero, esto haría que su química fuera más lenta. A lo mejor resulta que para decir hola gastan una hora», explica.

Empezamos mal. Una hora para la primera palabra (si es que usan palabras) mientras un presidente de tupé anaranjado está nervioso y con el dedo sobre el botón rojo. O al revés: puede que nuestra forma de hablar les resulte molesta, tan rápida, como acelerando un radiocasete, y que ellos también tengan su botón violeta… Y esta es solo una de las incontables posibilidades de este primer contacto.

Como astrolingüista, usted tiene en mente la biodiversidad terrestre. Las formas imaginativas, las múltiples soluciones que ha dado la evolución aquí, en nuestro planeta y solo entre los vertebrados. Tiene en cuenta la biodiversidad que puede haber en un universo con 13.800 millones de años de antigüedad, con 100.000 millones de galaxias, con 100 mil millones de masas solares y miles de millones de planetas similares al nuestro en cada una de ellas, según el último cálculo…

Tiene en cuenta que ni siquiera somos capaces de descifrar el lenguaje de un delfín, ¡un mamífero! Sí, empieza a sufrir su primera gastroenteritis galáctica. Estos seres podrían ser tan distintos a nosotros que el primer contacto, el «hola, terrícolas», sería sencillamente imposible. Y ahora póngales la canción de «Across the Universe» —el tema de los Beatles que envió la NASA al espacio para conmemorar su 50 aniversario— a ver qué les parece como bienvenida.

¿En estas condiciones podemos aprender su lenguaje?

Pero recuerda de sus tiempos mozos en la universidad un concepto interesante: la convergencia evolutiva. Se tranquiliza. Sabe que enfrentados a los mismos problemas —las leyes físicas del universo, en este caso— los organismos, al menos en la Tierra, adoptan soluciones equivalentes. Lo mismo podría ocurrir con el lenguaje.

Los ojos han aparecido cincuenta veces en la evolución y en especies sin linaje en común (funcionan en lugares de atmósfera limpia como la nuestra). Lo mismo ocurre con las aletas en espacios líquidos (que comparten el tiburón y el extinto ictiosaurio). A mismos problemas de movilidad y percepción, las respuestas pueden ser equivalentes.

Después de todo, los alienígenas habrán prosperado en un medio concreto. Comen y defecan, de acuerdo, ¿pero cómo preguntan dónde está el baño? ¿Y será un habla lo que usen? Nuevo susto. Escribe a otra colega. Es la doctora Sheri Wells-Jensen, profesora de la universidad Bowling Green State en Ohio, y miembro de METI, organización cuyo objetivo es crear y transmitir mensajes para hipotéticas civilizaciones espaciales. Teclea la pregunta que esta lingüista lleva años intentando resolver: ¿podríamos aprender su idioma? Al poco, responde:

«Esta es la gran pregunta. El científico Marvin Minsky señaló que es razonable esperar que cualquier ser pensante sepa que hay objetos en el mundo. Si tuvieran un lenguaje, tendrían palabras para referirse a esos objetos. Estos seres entenderían que puedes hacer cosas con los objetos y el lenguaje tendría verbos. Puedes imaginar que si tienen sustantivos y verbos y nosotros también los tenemos, entonces tal vez podríamos aprender su idioma… pero muchas cosas podrían salir mal desde aquí».

Por un principio similar al de convergencia evolutiva podrían tener lenguaje, un idioma, una forma de comunicación con rasgos comunes al nuestro. ¿Pero serían sonidos y no señales eléctricas, como hacen las anguilas? ¿Ecosónar? ¿Utilizarían el gusto y no el habla para comunicarse? ¿A qué sabe un buenos días? ¿Podemos aplicar las tesis de la gramática universal de Noam Chomsky si ni siquiera está constatada en humanos? El mismo Chomsky dijo que ellos pensarían que todos los terrícolas hablamos un mismo idioma solo que en distintos dialectos.

Sheri Wells-Jensen. Profesora de la universidad Bowling Green State en Ohio, y miembro de METI.

«Es posible que, incluso intentando molestar lo menos posible, nuestros actos sean completamente incorrectos… Trataría de ser amigable, recordando todo el tiempo que ser amigable es algo tremendamente subjetivo»

Sigue usted especulando, mirando a esa nave que dormita como un murciélago bajo la luna llena… Puede que sean tan específicos en su detallada visión interestelar, quizás hayan vivido tantas cosas, o incluso doblegado a la muerte, que en vez de las casi cien mil palabras que tiene el diccionario de la Real Academia Española, tengan, pongamos, cien mil millones, y que las usen con extensión para explicarle a usted cómo ha sido su mañana de aterrizaje.

«Si fuera un genio y pudiera aprender una palabra a cada minuto, eso me llevaría ciento noventa años… suponiendo que mi cerebro pueda aguantar tanto. Mi memoria a largo plazo podría no ser adecuada y te quedarías rápidamente sin memoria a corto plazo», apunta Wells-Jensen. «Tal vez pudiéramos resolverlo con máquinas, pero ¿qué pasa si nunca aprendieron palabras porque nacieron sabiéndolas? ¿Qué pasaría si su lenguaje se transmite en un sonido de super alta frecuencia o en pequeños chorros de productos químicos?», continúa.

Puede que sean bolsas de gasolina, con tres cabezas y quince manos… y esta idea le hunde un poco más. La lingüista experimental y escritora de ciencia ficción Suzette Haden Elgin sugirió que tal vez podríamos aprender el idioma de otra especie humanoide, pero quizás nunca comprender la jerga de un alienígena cuyo sistema corporal fuera dramáticamente diferente al nuestro. ¿Y como serían además las reglas de cortesía, tan complejas entre humanos? ¿Qué es un insulto para un extraterrestre?

«Es posible que, incluso intentando molestar lo menos posible, nuestros actos sean completamente incorrectos… Trataría de ser amigable, recordando todo el tiempo que ser amigable es algo tremendamente subjetivo», le recomienda Wells-Jensen. «Dejaría que tomen la iniciativa. Si han llegado hasta aquí estarán muy avanzados. Carl Sagan sugirió que podrían tener una ciencia de xenolingüística o xenosociología, y así sabrían cómo hacer un primer contacto con éxito», concluye.

A falta de algo mejor, ellos llevarán la batuta. Será como hacer el amor por primera vez con alguien con más experiencia. Pero como astrolingüista en jefe no le convence este idilio adolescente. Sabe de lo que habla su colega porque ha leído la novela de Stanislaw Lem llamada Fiasco. Allí los terrícolas, tras aprender el idioma de los extraterrestres, se dan cuenta de que aunque entienden y comparten el alfabeto, la lógica y forma de pensar diferentes hacen imposible el entendimiento. Como explicarle Spinoza o la crítica de la razón pura de Kant a su gato. Y ahora pongamos la canción de «Yesterday» para la primera cita.

Oh, claro, ¡las matemáticas!

Visto el lío interestelar, recuerda que la mayoría de científicos que han especulado sobre este tema apuestan por dos formas de comunicación iniciales: las matemáticas y su lógica, y las señales de radio.

La razón es simple: podrían ser la única cosa en común que tengamos. Mientras piensa en esto, recibe un nuevo mail. Le ha contestado otra colega. Es la lingüista Bridget D. Samuels, científica de la Universidad Southern de California, autora de varias conferencias en los simposios que organiza el Instituto SETI.

Vuelve a citarle al científico Minsky, que está considerado el padre de la inteligencia artificial y fue asesor de la película 2001: Odisea del espacio: «Él argumentó que los extraterrestres tecnológicamente avanzados podrían compartir nuestra comprensión de la aritmética. Si tiene razón, quizás haya alguna posibilidad de que también puedan compartir nuestro motor sintáctico, porque nuestras habilidades aritméticas están vinculadas a nuestra sintaxis lingüística, como ocurre con la función sucesor. Pero las probabilidades están en contra. Podrían utilizar modalidades extremadamente diferentes de las que vemos en los idiomas humanos, que usan principalmente sonido, señales visuales o señales táctiles como en el lenguaje sordociego. No hay garantía de que podamos comunicarnos con ellos, o de que incluso podamos reconocer su idioma como comunicación».

Creemos, sin embargo, que las matemáticas, al menos las básicas, podrían ser universales. Las señales de radio, por otro lado, son una forma muy barata y efectiva de comunicación en el espacio. A estas alturas, usted ya sabe que canciones, dibujos, discos de oro fonográficos que nos costarían hoy reproducir en la Tierra puede que no sirvan de mucho si sus sentidos no convergen con los nuestros.

Incluso el famoso mensaje de radio de Arecibo, la transmisión más potente que hayamos lanzado, enviada en 1974 desde el entonces mayor radiotelescopio que había, en Puerto Rico, se pudo comprobar después que ni los propios humanos (hijos de la misma cultura académica) sabían descifrarlo bien.

Así que vuelve a recordar sus años de estudio. Tiene un sueño extraño. Como si fueran tentáculos, bailan con usted los números primos, la entropía y la ley de Zipf. Un cambio de paradigma. «La mejor oportunidad de encontrar un terreno común está en ciencias como la física, la química y las matemáticas», confirma Samuels.

Los números primos apenas se dan en la naturaleza, y repetidos en secuencias enteras, jamás. Podrían ser utilizados como una especie de llamada inicial. Un «hola, estamos aquí, somos inteligentes». Pero el problema viene después. ¿Cómo identificar su respuesta?

La señal más famosa que hemos recibido en la Tierra —y la que tiene más números de haber tenido un origen inteligente— es la Wow! (que sería ‘¡guau!’ en español, la expresión que señaló el científico que la descubrió al verla por primera vez impresa). Fue hallada por la universidad de Ohio, que años más tarde desmantelaría su radiotelescopio para construir un campo de golf.

Bridget D. Samuels. Científica de la Universidad Southern de California.

«La mejor oportunidad de encontrar un terreno común está en ciencias como la física, la química y las matemáticas»

Se trataba de una señal en banda estrecha. «Esperamos que las señales artificiales que nos envíen, así como las propias para su consumo interno, sean de banda estrecha», explica Ballesteros. Y esta fue muy intensa (como treinta veces por encima del sonido de fondo del universo), a la misma frecuencia que el hidrógeno (a veintiún centímetros de longitud de onda), una zona silenciosa, por lo que se especula que podría ser un mensaje dirigido a civilizaciones que hayan descubierto que este elemento es la molécula universal. Todo un enigma que solo se recibió una vez. Y la durabilidad es uno de los patrones esperados para identificar una comunicación inteligente.

Otro de los elementos que la hacían distinta era su baja entropía. Con esta magnitud física, se puede medir la cantidad de información que hay en una onda. Los mensajes articulados, no aleatorios, tienen menor entropía que los naturales.
No vamos a entrar aquí en física pura, ya tenemos suficientes espantos galácticos. Pero puede hacerse una idea: una señal de radio producida por una aurora boreal pesará menos al comprimirla —porque tiene más entropía o caos— que un discurso humano articulado. Puede usted hacer la prueba. Escriba en un texto de Word un discurso aleatorio y después otro en su idioma y con el mismo número de caracteres. Al comprimirlo debería pesar más el texto organizado, pues tendrá menor entropía.

Esto tiene relación con la ley de Zipf, una ley de potencias que sirve para medir la frecuencia de estructuras en un mensaje. George Kingsley Zipf fue un lingüista de la Universidad de Harvard que en 1940 se dio cuenta de que todos los idiomas articulados siguen patrones y esto hace que disminuya la entropía, con un exponente de -1. Hay un mayor uso de palabras cortas que de largas, lo cual demuestra que se optimiza la información. El sonido o señal que capte de los alienígenas debería cumplir con este patrón. Aunque no sepa qué se están diciendo esas bolsas de fulgurante metano, podría determinar que sí están transmitiendo algún tipo de información por estas leyes físicas, como ocurre con el caso de los delfines.

El primer contacto, va entendiéndolo, se parecerá a un acertijo. Una charada galáctica. Juegos de matemáticos, concursos de lógica, deducciones. Y en este sentido, usted recuerda el Lincos, título de un libro que encontró por casualidad en la biblioteca de la facultad de filología.

Lincos es el acrónimo de la expresión latina lingua cosmica. Es un lenguaje artificial inventado por el matemático neerlandés Hans Freudenthal. Una forma de comunicación abstracta que parte de ecuaciones ejemplo y a partir de ellos se enseña por sí mismo. Números naturales mediante una serie de pulsos repetidos, separados por pausas.

El interlocutor va deduciendo los significados. Es decir, una especie de esperanto matemático, un lenguaje intermedio, que quien lo recibe podría aprenderlo sin más guía que su intelecto y utilizarlo después para comunicarse (siempre que se tengan en común las matemáticas). Tal vez ellos dispongan de una lingua parecida, como apuntaba Carl Sagan. Un Lincos alienígena que te enseña mientras deduces.

Pero antes de llamar a un matemático, la nave, por fin, desaparece, regresa a las estrellas. Otra vez el silencio… Su misión, querido astrolingüista, ha fracasado. Pero no se culpe. Era difícil. Y estábamos quizás en riesgo. La amenaza no era de una invasión militar sino del «impacto cultural», como recuerda Ballesteros: «Sería serio que nos llegara un montón de información que no fuéramos capaces de digerir».

Le queda un consuelo improbable. Recuerda una noticia asombrosa: en nuestro ADN han encontrado una forma enigmática. La llaman la señal Wow! del código genético. Una estructura que es difícil que se haya dado de manera aleatoria. Los científicos Vladimir I. Shcherbak y Maxim A.Makukov, autores del descubrimiento, aún no saben qué es, pero aseguran que su «tipo de precisión coincide con los criterios de ser considerada una señal informativa». O eso afirmaron en su artículo publicado en Science Direct.

Quizás no era necesario buscar tan lejos. Hoy sabemos que es posible almacenar información no biológica en el código genético. Acaso el mensaje esté a un lado de su corazón, en una región más profunda que su imaginación. Puede que los tripulantes de esa nave que hemos imaginado solo quisieran ver cómo les iba a sus sordomudos hijos en ese planeta recóndito. Quizás no estemos tan solos como pensamos mientras suena esa canción de los Beatles allende en el espacio, entre pirámides extrañas y ruinas enterradas en dunas de plástico. Puede que el mensaje seamos nosotros mismos. Sí, usted tiene un gen que está a punto decirlo: ¡Guau!

Soluciones a la paradoja de Fermi

Mucho se ha especulado sobre el silencio exterior. Se ha dicho que tal vez se hayan extinguido pues ese es el destino para las civilizaciones avanzadas, o eso se infiere a partir de la paradoja de Fermi: si sumamos la edad del universo y las probabilidades de vida en la galaxia, y el crecimiento exponencial de sus hipotéticas colonias, por pura ecuación matemática, esto debería estar lleno de gente… verde. Se han vendido tomos enteros intentando responder a la contradicción que planteó el físico italiano. Acaso allí afuera esté repleto de depredadores, como sugirió Stephen Hawking, y los más racional sea estar callado. Tal vez no tengamos los instrumentos precisos para recibir o emitir y, qué ironía final, ambas especies seamos como ciegos mandándonos señales de humo. Acaso, debido a las distancias imposibles, nos hayan respondido, pero no llegue el mensaje pongamos que en mil años. O cuando lo recibamos ellos ya no estén allí. Puede que nosotros seamos los primeros de la evolución, porque el universo al principio fue muy inestable.

Hola, ¿qué tal?

HCWTE3 MARS ATTACKS!, 1996. ©Warner Bros./Courtesy Everett Collection

La opinión de Sol Genafo Amselem

Sol Genafo

No sabemos cómo se comunican los habitantes de otros planetas y cómo podríamos entendernos con ellos. Sus referentes pueden ser totalmente distintos a los nuestros

Ante todo, la educación. No sabemos qué canal deberíamos utilizar para enviar un mensaje a los posibles habitantes de otros planetas ni qué tipo de lenguaje podrían entender, pero el saludo que no falte. Ya se les envió discos de oro en las Voyager con saludos en cincuenta y cinco idiomas y, al parecer, sin respuesta de vuelta. Pero la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.

Los planetas aparecen al ojo humano con el aspecto de estrellas, pero a diferencia de estas, que permanecen aparentemente fijas en el firmamento, se mueven con respecto a las estrellas con trayectorias que hoy pueden ser calculadas con exactitud, pero que a los antiguos les parecían caprichosas, por lo que los romanos los llamaron stellae errantes. El nombre planeta, apareció tardíamente en latín sustituyendo a stellae errantes y con origen en el verbo griego πλανάω (planáo), ‘andar errante’, ‘vagar’. Y así es como, de hecho, nos encontramos en este tema.

Teniendo en cuenta que de los delfines, a quienes hemos visto muchas veces e incluso se les puede acariciar y mirar a los ojos disfrutando de un baño con ellos, aún no hemos descifrado su lenguaje —solo sabemos que sus parámetros encajan con los de un idioma y que se comunican con nombres propios—, qué complicado se nos presenta hacerlo con los extraterrestres que hasta el momento suscitan más preguntas que respuestas.

Quizá no debamos descartar que el suyo sea un silencio pensado; o bien, un silencio elocuente como el de los condenados o los enamorados.

Cuando viajamos a un país cuyo idioma desconocemos, recurrimos muchas veces a los gestos, a referentes culturales comunes. Pero, ¿cuáles serían esos referentes con los extraterrestres? Los romanos llamaban «bárbaros» a los pueblos extranjeros en general. En el sentido onomatopéyico, como barbotar o balbucir, por imitación del hablar incomprensible de los extranjeros. En el caso de los habitantes de otros planetas, ni siquiera sabemos si pensar en palabras, melodías musicales, códigos matemáticos de números primos… O a saber qué sentidos tienen desarrollados, ¿la vista, el oído?
En la placa que iba a bordo de la misión del Pioner 11, aparecen las figuras de un hombre y una mujer, la transición del átomo de hidrógeno, la posición del Sol y la Tierra en la galaxia por ver si algo de esto nos ayuda a conectar con ellos, como si les mandáramos un número de teléfono. Me pregunto si les deberíamos poner imágenes más atractivas de lo que encontrarían en la Tierra si vinieran a hacernos una visita, amistosa a ser posible. En 2015, el primer exoplaneta conocido y con agua, fue descubierto a ciento diez años luz de distancia. Por tanto, incluso si diéramos con un lenguaje común para entendernos, un mensaje enviado hoy llegaría en 2130 y su respuesta en 2240. Eso supondría escribir con gran visión de futuro. Todo un reto para unos terrícolas que ya mostramos dificultades de comunicación incluso con quien tenemos cerca y a tiempo real. Si partimos de que son una civilización avanzada e inteligente, podríamos suponer que tienen el deseo innato de aprender y, si es así, una buena forma de entendernos sería primero mostrarles nuestro idioma de la manera más pedagógica posible y luego, como en cualquier aprendizaje, invitarles a que lo apliquen practicándolo con nosotros. Los científicos han trabajado en lenguajes de «autointerpretación», escritos de una manera que tiene como objetivo enseñar al lector el idioma a medida que avanza. En fin, que no estaría nada mal que habláramos antes de que se les ocurra la posibilidad de colonizarnos; el diálogo podría ser un antídoto ante una posible invasión hostil. Oberhaus aduce argumentos que ponen en relación la forma de vida y la gramática. Cualquiera que sea el tipo de sociedad que habitan, las formas de vida extraterrestres tendrían un tiempo y energía limitados, como lo hacen las personas. Del mismo modo, la gramática humana permite la creación de una gran cantidad de oraciones a partir de un número finito de reglas. Cualquier hombre lunar con recursos limitados también podría desarrollar esa gramática. Ya en el siglo XVII, cuando en Inglaterra apenas se escribía en prosa y los géneros predominantes eran el teatro y la poesía, Francis Godwin se propuso describir el lenguaje de los habitantes de la Luna en The Man in the Moon. En su novela, los selenitas hablan un curioso idioma a base de melodías musicales que el protagonista aprende rápidamente, lo que le permite comunicarse.

Percy Greg se sirvió del artificio de la traducción en Across the Zodiac para mostrar el lenguaje de un mensaje llegado a la Tierra desde el espacio. En la Trilogía cósmica de C. S. Lewis, los pobladores de Marte y Venus hablan el mismo idioma, el solar antiguo. En mi opinión, Noam Chomsky es quien definitivamente trasladó este tema de la ciencia ficción a la ciencia a secas, o por ahora digamos protociencia porque todavía no aparece en los manuales de lingüística de referencia. El hecho de que se organice un taller al que acuden Noam Chomsky, Ian Roberts y otros lingüistas de renombre, en el año 2018, con el apoyo del SETI (Search of Extraterrestrial Intelligence), que se encarga de la búsqueda de inteligencia extraterrestre, de detectar los mensajes, y del METI (Messaging Extraterrestrial Intelligence), con la misión de enviar mensajes a la inteligencia extraterrestre, da que pensar. «El lenguaje marciano podría no ser tan diferente del lenguaje humano después de todo», Chomsky. ¡Y lo dijo en serio! Apuntó que, si las leyes de la física funcionan del mismo modo en todas partes, las lenguas de los alienígenas podrían estar sujetas a los mismos factores que las lenguas de los seres humanos. La idea básica de su ponencia es que hay aspectos del universo que, valga la redundancia, son universales. Otra posibilidad es desproveer el tema de todo indicio de solemnidad y, dejando los intentos de localizar frecuencias de radio ya que estamos en la era digital, mandarles un simple whatsapp que diga algo así como: «Estimado desconocido, deseando saber de ti. Hablemos».

Quizá así fluiría la conversación en banda ancha y con fibra óptica. Conviene tener amigos en todas partes, tanto en Marte como en Venus. Tal vez necesitamos acercarnos a la señal del lenguaje desde un punto de vista ingenuo, ignorante, asumiendo lo menos posible. Reflexionar sobre todo esto plantea otro pensamiento, no sobre los extraterrestres sino sobre lo que la humanidad tiene en común. No vaya a ser que encontremos el modo de comunicarnos con los alienígenas, pero no entre nosotros, para ver quién hablaría en nombre de la Tierra y cuál sería el mensaje.

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 9 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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