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03 Ene 2020
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Reportajes

È ben trovato, pero quizás poco vero

Xosé Castro. Ilustración de Pedro Perles

Las llamadas etimologías populares -las del pueblo, en contraste con las académicas- resurgen impulsadas por las redes sociales y los medios que las divulgan

En 1852, el historiador Ernst Förstemann publica el
artículo «Über deutsche Volksetymologie» y con él acuña el término «etimología popular» (Volksetymologie), es decir, la ‘etimología del pueblo’, en contraste con la etimología académica y erudita. A los que nos gusta esto, también le decimos paretología, pero es por despistar.
[…]
«La belleza es verdad y la verdad, belleza…
Nada más se sabe en esta tierra y no más hace falta».

Siento empezar este artículo desdiciendo al conspicuo John Keats, que ensimismado ante la belleza de aquella urna griega del Museo Británico le dedicó esta oda, traducida por Julio Cortázar. No, la belleza no siempre es verdad, créame.

Traigo a colación a un poeta porque, como bromeaba mi querido amigo Rafa Millán: «A veces, la etimología parece una rama de la poesía». Compartíamos Rafa y yo una profunda afición por el origen de las palabras y las expresiones. Y su comentario irónico surgía siempre que nos topábamos con la etimología de una palabra que resultaba tan bella o poética, tan conveniente o curiosa que uno quería creerla (al fin y al cabo, Se non è vero, è ben trovato), aunque resultaba sospechosamente falsa.

Tan bonitas y atractivas resultan que muchos medios de comunicación de renombre han caído en la trampa y, como pasa con las fake news, han publicado las más disparatadas teorías sobre palabras, dichos y refranes.

Por eso, traigo aquí unos cuantos ejemplos de lo que mi amigo Jorge de Buen denomina Etimología Ficción. Como en el caso del teléfono roto, algunas explicaciones sobre el origen de ciertos vocablos empezaron siendo sencillas, pero, con el tiempo, se fueron llenando de detalles, florituras y multitud de licencias poéticas.

En el próximo número de Archiletras revelaremos el verdadero germen de estos vocablos, pero, entre tanto, vamos ya con las etimologías populares, convenientemente bellas o curiosas, de ciertas palabras y expresiones:

Chumino

Esta ha sido una de las últimas en llegar. Este año dio mucho que hablar y se hizo viral en redes sociales. Yo mismo recibí este whatsapp en julio del 2019:

«Muchas son las aportaciones malagueñas a la forma de hablar de los españoles. Sí, el vocablo chumino tiene su origen marinero, al igual que aliquindoy, que se disputan los puertos de Málaga y Cádiz.

En los siglos XVII y XVIII, muchos eran los barcos ingleses que venían a nuestro puerto a cargar nuestros productos o avituallarse, entre otras cosas, del agua procedente del recién estrenado acueducto de San Telmo.

Las meretrices de la ciudad, también llamadas putas, se acercaban al puerto desde sus locales de ejercicio, pues, en realidad, era cruzar una calle, y esperaban los barcos. Al avistarlos, se subían las faldas y enseñaban a los marineros ‘el material’. Pero las autoridades empezaron a perseguir esta práctica y las chicas tenían que disimular esa falta de compostura.

Los marineros ingleses que llegaban, extrañados por no ver esos alzamientos falderos ni coñetes al aire, gritaban «Show me now!» que se pronuncia más o menos «shouminou».

El malagueño que andaba por el puerto y veía tal espectáculo, faldas al aire con toda la bollería al descubierto, pensó que ese era el nombre que los guiris daban a lo que en Málaga se conocía de otra manera… y empezó a llamarlo también chumino. A veces nos dejamos invadir con facilidad.

Gran aportación semántica, hereje muy poco agradecida y deliberadamente ocultada por la RAE».

Tiovivo

En la primera mitad del siglo XIX, vivía en Madrid un hombre afable llamado Esteban Fernández, popularmente conocido como el Tío Esteban, que tenía un carrusel instalado en el madrileño paseo de las Delicias. En el verano de 1834, cuando Madrid sufrió un gran brote de cólera, la desgracia quiso que el Tío Esteban cayera enfermo y, posteriormente, falleciese.

La noticia de su muerte corrió como la pólvora, porque el Tío Esteban era muy apreciado por todos los vecinos y los niños que montaban en su carrusel. Y así, cuando el cortejo fúnebre pasaba por delante del carrusel, se abrió el ataúd y, desde dentro, pudo oírse al Tío Esteban exclamar: «¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo!». A partir de ese momento, la gente empezó a llamar «Tío Vivo» al Tío Esteban y, luego, a su carrusel.

Joan Corominas, el célebre lexicógrafo, también tenía una imaginación desbordante. Según él, el uso del término tiovivo está documentado en España desde finales del siglo XIX y
podría venir de la «viveza del tío» que lo inventó. Lamentablemente, el tiovivo no fue un invento español…

Gringo

En el siglo XIX, los Estados Unidos y México se enfrentaron en una guerra. Los estadounidenses ya eran entonces, por así decirlo, «de naturaleza expansionista», así que decidieron crear la república de Texas, separándola del estado mexicano de Cohauila y de Texas. Ese fue el detonante, pero había planes mucho mayores detrás de esta maniobra.

A modo de spoiler, diré que la guerra terminó resultando nefasta para México, porque Estados Unidos se anexionó los actuales estados de California, Nuevo México, Arizona, Utah, Colorado y parte de Wyoming. Ahí es nada.

La cuestión es que, durante aquel conflicto bélico que duró de 1846 a 1848, se produjeron numerosas deserciones en el ejército yankee, mayormente entre irlandeses y alemanes católicos. Estos desertores formaron el batallón de San Patricio. Sus uniformes eran de color verde, en honor a su santo patrón, y como quiera que se parecían a los estadounidenses contra los que guerreaban, los mexicanos, confundidos, les gritaban que se marcharan: «Green, go!» (o sea, «¡Verdes, fuera!»).

Así fue como en México empezó a llamarse gringo al estadounidense y, de ahí, se extendió el término a toda Hispanoamérica, a Brasil y a España.

Estar en pelotas/bolas

Bueno, cae de cajón, ¿no? Es obvio el origen de esta expresión: cuando un hombre se desnuda, se le ven las susodichas. ¿Y si es mujer? Bueno, podría decirse que los pechos de una mujer también se asemejan a cuerpos esféricos.

Mandarina

En realidad, el nombre original, como muchos ya saben, era mondarina y, con el tiempo, la gente pasó a decir mandarina, lo que hace que muchos hablantes hayan olvidado el verdadero significado de la palabra: ‘una fruta que es fácil de mondar’. Reconocélo, querido lector: al leer estos renglones, has sentido ese olor dulzón y ácido de la mandarina cuando le hincas el pulgar para mondarla…

Horchata

Esta famosa bebida, tan típica de Valencia, tiene un origen regio: cuenta la leyenda que el rey Jaime I el Conquistador paseaba a caballo por Alboraya un caluroso día de verano, cuando… hete aquí que se topó con una muchacha que vendía un brebaje dulce, lechoso y blanco. La joven le dio a probar la bebida al rey, que, muy complacido por su sabor, le preguntó:
—Què és això?
—És llet de xufa, senyor —respondió la moza.
—Això no és llet, és or, xata! —exclamó el rey.

Lo que en español vendría siendo:
—¿Qué es esto?
—Es leche de chufa, señor.
—¡Esto no es leche, es oro, guapa!

De ese «… or, xata» procede el valenciano orxata y de ahí, el español horchata.

Poner a alguien mirando pa’ Cuenca

Como decía más arriba, algunos medios de prestigio han hecho etimologías populares. Esto contaba el diario ABC en el año 2014:

«El origen de esta expresión que hace referencia a la ciudad castellano-manchega, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1996, se remonta al reinado de Juana la Loca y Felipe I el Hermoso, época en la que la corte castellana, ubicada en la ciudad de Toledo, contaba con una gran presencia de conquenses entre sus miembros.

«[…] aprovechando esa circunstancia, el rey Felipe se hizo construir un pequeño observatorio astronómico desde el que podía determinar la dirección de las distintas ciudades del reino de Castilla. Como Juana no sentía ninguna clase de interés por la ciencia, la torre era el lugar ideal para mantener sus frecuentes aventuras amorosas sin despertar las sospechas de la reina.

La leyenda cuenta que cuando Felipe deseaba mantener relaciones con alguna moza procedente de la ciudad castellana, no tenía más que decirle a la reina que subía con la dama al observatorio, donde la iba a poner mirando para Cuenca. Los guardias del rey, que por supuesto sabían lo que iba a hacer el monarca en el observatorio, comenzaron a utilizar la frase en sus visitas a los burdeles de Castilla.

La acción de estos soldados no solo contribuyó a que la expresión tuviera una rápida difusión, sino que la hizo perdurar hasta nuestros días».

Pepe

Así me llaman algunos amigos; al fin y al cabo, es el hipocorístico de José (Xosé, en gallego). Llevo toda la vida oyendo el origen de este nombre a gente mucho más sabia que yo.
En concreto, recuerdo que, cuando era pequeño, el padre Severino, a la sazón profesor en mi colegio, me explicó que venía de las siglas de Pater Putativus (‘padre putativo’), por el famoso José de Nazaret, padre putativo de Jesucristo.

Cachondeo, Cachondo

En su libro Salazones y ahumados, una tradición milenaria, Carlos Azcoytia explica el origen de esta conocida palabra, que guarda relación con los pescadores de atunes de Zahara de los Ídem, siglos ha:

«La diversión corría a manos de un surtido grupo de prostitutas y tahúres que hacían las delicias de todos. Las primeras descargaban las tensiones de los hombres que permanecían todo el día en la playa bajo la solana […].

Los lugares de citas clandestinas estaban situados en apartados rincones de los arenales adornados de ramajes en lugares reservados, siendo famoso el enclavado a orillas del río Cachón, en Zahara, por lo romántico de sus cañaverales y lo apartado de las miradas indiscretas, y que hizo famosa la frase de ‘estar de cachondeo’, una expresión muy andaluza, o ‘estar cachondo(a)’, como signo inequívoco de tener ganas de juerga insana o sana, dependiendo de quien lo diga o haga».

Y hasta aquí este variado ramillete de etimologías. Sí, me temo que todas falsas. Pero descuida, querido lector: en ocasiones, las verdaderas son más apasionantes que las populares. Lo veremos en el próximo número de Archiletras. ¡Hasta la próxima!

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 5 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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