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20 Jul 2020
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Reportajes

Antes de Leonor: las reinas políglotas

Lola Pons

Algunas de las consortes extranjeras de reyes de Castilla o de León fueron, posiblemente, las primeras mujeres políglotas de la Edad Media ibérica

Cuando en noviembre de 2019, durante la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Girona en Barcelona, la princesa Leonor se dirigió al público, sorprendió con un discurso que enhebraba fragmentos en español con otros en catalán e inglés, además de unas palabras más breves en árabe. En un país acostumbrado a que sus políticos no den apenas muestras dignas de plurilingüismo, el discurso de la heredera al trono fue de una gran solvencia lingüística y reveló una educación en la que se puede adivinar una adquisición muy temprana de, al menos, las tres lenguas principales dominadas en el discurso. Fuentes de la Casa del Rey añaden que la princesa habla francés con fluidez, tiene nociones de chino y «también está trabajando con los otros idiomas oficiales», el gallego y el euskera.

Nuestro conocimiento sobre los idiomas hablados por las antecesoras de Leonor en el trono de España nos revela mucho sobre cómo ha cambiado nuestra aproximación educativa y social a las lenguas (maternas o aprendidas); los colegios españoles actuales ofrecen, como mínimo, el aprendizaje de dos lenguas extranjeras en el currículo educativo, y, a lo que parece, la monarquía integra el manejo de lenguas como parte del programa de enseñanza de la heredera.

La situación en otras épocas fue bien distinta de la actual: el dominio de otros idiomas o, incluso, el propio estudio del español para los reyes o consortes que venían de fuera, no fueron, en general, tenidos en consideración hasta la Edad Contemporánea, y en general, el aprendizaje de las lenguas era una cuestión de azar o de iniciativa propia más que el objeto de planificación estudiada. Veamos con algunos ejemplos de otras reinas de España el peso tan distinto que han tenido las lenguas en los modelos educativos regios.

Podemos suponer que muchas de las reinas de España fueron políglotas por el hecho de que fueron infantas o nobles extranjeras que se casaron con algún heredero de la casa real en el trono: reyes de la dinastía Trastámara, Austria o Borbón contrajeron matrimonio con mujeres extranjeras que llegaban a España tras el pacto de unas bodas concertadas, normalmente sin haber visto antes al pretendiente en persona y sin saber demasiado del lugar al que se trasladaban a vivir. Las crónicas medievales, que con detalle explican cuestiones de dote, acuerdos de compromiso o ceremonial de los esponsales, no dan noticia particular de la posterior integración de la extranjera en la corte y, por tanto, poco podemos saber de cómo aprendieron español esas reinas no hispanohablantes. Singularicemos el caso de Beatriz de Suabia (1205-1235), nacida en Núremberg, reina de Castilla y León, primera mujer de Fernando III de Castilla y León y madre de Alfonso X el Sabio. Como optima, pulchra, sapiens et pudica (‘buenísima, bella, sabia y honrada’) la describía el cronista Rodrigo Ximénez de Rada. La historia nos narra su matrimonio y su descendencia, así como la reverencia con que la trataba su hijo y el hecho de que introdujo en España la práctica de la cetrería, pero, a siglos de distancia, nos queda la duda de la intrahistoria que las crónicas de su época nunca narraron: ¿qué lengua usaba la alemana Beatriz de Suabia en la corte castellana en que se integró? ¿Cómo y cuándo aprendió el castellano que su hijo Alfonso ayudó a dignificar?

Inés de Aquitania, Constanza de Borgoña, Berta de Toscana y Riquilda de Polonia fueron, como Beatriz de Suabia, algunas de las consortes de reyes de Castilla o de León entre los siglos XI y XIII; a través de ellas, los reinos peninsulares establecieron lazos con territorios europeos lejanos en costumbres y desconocidos en sus lenguas, pero nada sabemos de cómo ellas se comunicaron con su entorno peninsular inmediato. Fueron, posiblemente, las primeras mujeres políglotas de la Edad Media ibérica.

Las relaciones entre casas reales europeas dieron lugar, pues, a figuras concretas de consortes que debieron de ser plurilingües y también fomentaron, a través de sus enlaces, la difusión en Castilla de vocablos cortesanos de sus propias lenguas de origen. Pensemos en Isabel de Portugal (1503-1539), esposa de Carlos I, hija de un portugués (el rey Manuel I) y de una española (María de Aragón). Muy probablemente tuvo al portugués y, secundariamente, al español, como lenguas maternas, y fue ella, a buen seguro, el mejor estímulo para que su marido dominase con mayor soltura la lengua del país donde se casó y reinó. El inventario de bienes de la emperatriz Isabel es uno de los primeros documentos que testimonia la introducción en español de la palabra búcaro, portuguesismo que designaba a la pieza de barro que hoy sigue denominando al botijo en el suroeste peninsular y que Isabel de Portugal incluyó en su ajuar como recuerdo de la tierra en que se había criado. Una nota autógrafa de la reina, de 1530, muestra su empleo poco hábil del español escrito, que mezclaba con rasgos portugueses («que non aja dilaçao en vosa partida» le dice a su interlocutor).

Contrario a este ejemplo es el de una de las nueras de Isabel de Portugal; María I de Inglaterra (1516-1558), la tercera esposa de Felipe II, casada apenas cuatro años con el hijo de Carlos I. La llamada Bloody Mary nunca llegó a pisar España. Él no hablaba inglés ni ella se manejaba en español, por lo que, según parece, su comunicación se hacía fundamentalmente en una mezcla de latín y francés.

Conocidas son también las biografías lingüísticas de otras reinas de la Edad Moderna. Bárbara de Braganza (1711-1758), mujer del rey Fernando VI, era de origen portugués y hablaba seis lenguas. Su cuñada, Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, se hizo reina de España después de ser reina de Nápoles y Sicilia. El hijo de Felipe V y de Isabel de Farnesio reinaba en Italia y ocupó el trono español en 1759, cuando, al morir sin hijos su hermano, Fernando VI, hubo de ocupar el trono. Carlos no hablaba alemán y su esposa Amalia no hablaba ni italiano ni español, así que se comunicaron en francés hasta que ella aprendió el italiano, la lengua de la corte napolitana en que vivió.

Reinas más periféricas por no integrarse en dinastías sucesorias fueron las esposas extranjeras de los reyes extranjeros José I y Amadeo de Saboya. José I Bonaparte, el hermano mayor de Napoleón, fue rey de Nápoles entre 1806 y 1808 y rey de España de 1808 a 1813. Casado con Julia Clary, de procedencia marsellesa, mantuvo durante su estancia en España relaciones con diversas nobles (la condesa de Jaruco, la condesa del Vado…). Julia Clary (1771-1845), que acompañó a José Bonaparte mientras este fue rey de Nápoles, fue llamada en España «la reina ausente», ya que no llegó a pisar España y permaneció en París durante el reinado de su marido. En la distancia, aprendió español; cuando su marido se exilió a Estados Unidos, marchó sin ella. Poco practicó, pues, ese español aprendido como segunda lengua. Su hermana, Désirée Clary, fue reina consorte de Suecia y Noruega y, en cambio, no logró aprender sueco.

Por su parte, Victoria del Pozzo, primera esposa de Amadeo I, fue reina consorte de España entre 1870 y 1873. Mientras que Amadeo de Saboya hablaba español con cierta dificultad, su esposa, que había estudiado la lengua, lo hablaba con soltura, lo que impresionó a los diputados españoles que la conocieron.

Las reinas de origen castellano aprendieron también lenguas en su etapa formativa. De Isabel la Católica sabemos que conversaba en latín con la humanista Beatriz Galindo, que encargó a Alonso de Palencia su diccionario latín-español (Universal vocabulario en latín y en romance, Sevilla 1490) y que fomentó la traducción al castellano (1486) de las Introductiones latinae, el célebre manual de aprendizaje de latín del gramático sevillano Elio Antonio de Nebrija; pensaba la reina que sus damas y las monjas de su entorno también podrían así aprender latín. De su homónima Isabel II (1830-1904) conservamos las páginas de un cartapacio escolar en que se reúnen ejercicios de materias como la sintaxis, la aritmética básica, técnicas de caligrafía y rudimentos básicos de francés como segunda lengua. El francés era, desde el XVIII, el idioma más aprendido como segunda lengua en la corte y la nobleza españolas.

Cabe recordar que en su primer discurso como rey, Felipe VI nombró exclusivamente a cuatro escritores de España: el andaluz Antonio Machado, el vasco Gabriel Aresti, el catalán Salvador Espriu y el gallego Castelao, representantes cada uno de ellos de las cuatro lenguas españolas: español, vasco, catalán y gallego. Sin duda, hay otro mapa lingüístico y otra sensibilidad hacia las distintas lenguas de España en la nueva corona. Solo cabe pedir que en ese itinerario educativo de la nueva realeza no falte el latín, la lengua tristemente destronada de los itinerarios educativos actuales.

 

Las lenguas de Sissí emperatriz

Sissí

Isabel de Baviera (1837-1898), la famosa emperatriz de Austria y reina de Hungría conocida familiar y cinematográficamente como «Sissí», fue una relevante políglota dentro del panorama de las monarquías europeas decimonónicas. Hija de bávaros, y, por tanto, hablante de alemán, Sissí sentía una profunda admiración por Hungría y su cultura; por ello, aprendió húngaro y educó a una de sus hijas (María Valeria, a la que llamaba «mi hija húngara») en la cultura de este territorio. Con el fin de
disfrutar de los clásicos, Isabel de Baviera aprendió también griego. Al alemán, el griego antiguo y el húngaro hay que sumarle su aprendizaje del inglés y del francés, lengua tenida en el XIX como de buen tono dentro de la cortesanía. Curiosamente, su marido, el emperador Francisco José I de Austria, fue responsable de una decisión de planificación lingüística de gran relevancia: en la rebelión de Hungría contra el imperio austriaco, Francisco José impuso una serie de medidas para acallar los focos de rebeldía húngara, entre ellas la imposición de la lengua alemana en el territorio húngaro. Hoy quedan en Hungría focos germanoparlantes en ciudades cercanas a la frontera con Austria, como Sopron.

 

 

El español de Carlos I de España

Carlos

Carlos I de España y V de Alemania, de habla materna francesa, no dominaba ni el alemán ni el flamenco; tenía nociones de latín y cuando llegó a España en 1517, joven de 17 años, apenas sabía español. Pronto comienza a dar muestras de un rápido aprendizaje, pero en 1524 aún se carteaba en francés con su hermano menor Fernando, criado en España.  La Crónica burlesca del emperador Carlos V (1529), que se ríe de toda la corte imperial, retrataba lingüísticamente al rey como hablante de una mezcla de español y francés; de hecho pone en su boca una frase como «¡Id vous con todos los diablos!». Sus escritos autógrafos muestran, con grafías como fransesa y firmesa, que pronunciaba como /s/, a la forma francesa, las consonantes ç y z del español.

 

Este artículo es uno de los contenidos del número 7 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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