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30 Mar 2021
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Diccionario

Al calor del hogar…

Concepción Maldonado

María Moliner trabajo en su diccionario en mesas que nunca fueron solo suyas, en espacios de trabajo que nunca fueron solo sus espacios, en entornos que solo eran lexicográficos a ratos porque la familia demandaba de ellos otras funciones

Hablando en la radio el otro día sobre María Moliner, la autora de uno de los más colosales diccionarios del español (Diccionario de uso del español, 1966-1967), llamó mucho la atención a los oyentes que aquella labor titánica, realizada en soledad durante quince años, se hubiese desarrollado de forma habitual cada mañana en la mesa de la cocina.

Es bien sabido que Doña María era madrugadora y que cada día, antes de ir a su trabajo como bibliotecaria en la Escuela de Ingenieros Técnicos Industriales de Madrid, dedicaba algunas horas a elaborar su diccionario. A las 5 o 6 de la mañana andaba ya entre fogones, con su máquina de escribir a punto y sus fichas desplegadas. Cuando la familia iba amaneciendo, ella despejaba la mesa y las palabras dejaban sitio al condumio matinal.

Se iba entonces a trabajar a esa biblioteca a la que había sido destinada, después de haber perdido dieciséis puestos en el escalafón del cuerpo de Archiveros en represalia por sus actividades intelectuales con la República; una biblioteca en la que el material archivado y catalogado no era considerado por las autoridades material “de contenido sensible” para una represaliada como ella al final de la Guerra Civil.

Aquella mujer, nacida en 1900, había sido una de las pioneras universitarias del siglo XX, y se había licenciado con Premio Extraordinario en Historia en Zaragoza. Había sido, además, la mujer más joven en ingresar, por oposición, en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos del estado. Había sido después una profesional que, en los años 30, en Valencia, formó parte de las Misiones Pedagógicas de la República, se encargó del proyecto de creación de bibliotecas rurales y populares, y dirigió la Biblioteca Universitaria. Y quizá solo si se conocen estos datos se pueda explicar (y entender) que aquella mujer de espíritu inquebrantable decidiera empezar ella sola un diccionario que, quince años después, en 1967, pesaba casi tres kilos y ocupaba en torno a 3000 páginas, divididas en dos volúmenes.

María Moliner tuvo cuatro hijos que siempre dijeron que habían tenido un quinto hermano: el diccionario. Fue precisamente a raíz de un regalo que uno de ellos, Fernando, le trajo de París en 1951 cuando María Moliner inició su tarea. El regalo en cuestión no fue sino un Learner’sDictionary, es decir, un diccionario de inglés escrito en inglés para estudiantes de inglés como lengua extranjera. María Moliner descubrió lo mucho que aquel diccionario le ayudaba a mejorar su capacidad de expresión en ese idioma, y decidió que sería muy bueno que el español contase con una obra parecida. Y a ello se puso, calculando que, en unos dos añitos, la tarea estaría cumplida. No fue un cálculo acertado… Sí fue acertada, en cambio, la visión que sus amigos Rafael Lapesa y Dámaso Alonso tuvieron del valor de aquella obra que estaba naciendo; y fue, además de acertada, valiente, la decisión de la editorial Gredos de firmar en 1955 un contrato de edición de un trabajo que solo vería la luz once años más tarde.

Pero volvamos al hogar de Doña María, y a su forma cotidiana de trabajar, en mesas que nunca fueron solo suyas, en espacios de trabajo que nunca fueron solo sus espacios, en entornos que solo eran lexicográficos a ratos porque la familia demandaba de ellos otras funciones.

Sabemos que, tras su jornada laboral fuera de casa, María Moliner trabajaba en la mesa de la sala, frente a la terraza. Allí, en uno de los sillones, se sentaba a pensar cuando una ficha difícil de abordar le daba más quebraderos de cabeza de los previstos.

No descansaba de sus labores de redacción ni en verano. En los dos meses que la familia pasaba en La Pobla (Tarragona), cerca del mar, Doña María cambiaba su mesa de la cocina por una mesa al aire libre en el cenador del jardín. Allí se instalaba cada mañana al amanecer, y allí trabajaba hasta que, a mediodía, había que despejar la mesa para convertirla en lugar de encuentro entre todos los miembros de la familia mientras compartían el pan de cada día. Tras una siesta, Doña María volvía a montar allí su rincón de trabajo, hasta que el sol se ponía y la falta de luz natural le impedía continuar en su empeño.

Así trabajaba aquella mujer a mediados del siglo pasado. Sin aspavientos. Sin grandes despliegues. Sin romper con lo cotidiano de su entorno ni con lo previsible de sus rutinas y obligaciones

Estamos hoy en 2021. Estamos viviendo la situación más anómala que se haya vivido nunca en este mundo global que habitamos. Son tiempos raros, muy raros. La vida nos ha dado a todos la vuelta como aun calcetín, y aún estamos recolocándonos las costuras. El año 2020 trajo una pandemia que cambió nuestros hábitos y rutinas, que nos tuvo meses confinados y que aún nos tiene replegados en nuestras casas, mientras conciliar es la acción más heroicamente intentada por todos aunque sea un verbo apenas nombrado…

De un día para otro, y sin previo aviso, esas casas que quedaban desiertas de buena mañana y a las que íbamos volviendo según iban acabando nuestras obligaciones y compromisos de estudio, de trabajo, de ocio, de amistad, hoy están con lleno hasta la bandera desde que sale el sol hasta que se pone, y son escenario permanente de una convivencia forzosa entre generaciones y de una conciliación obligada entre teletrabajos, telestudios y telegaitas…

Históricamente, quizá, hemos sido las mujeres las que, al calor del hogar (¿al calor del hogar?), sacábamos adelante nuestras carreras profesionales (en especial, si estas eran del ámbito académico e investigador). Entre amigas era habitual contarnos cómo nos levantábamos al alba para aprovechar el silencio de la casa en los amaneceres y poder así acabar de escribir el libro que tuviéramos entre manos, o cómo compatibilizábamos los garbanzos en remojo para el cocido del día siguiente con el repaso de las notas para la conferencia inaugural previa al cocido. Siempre nos costaba renunciar a encargos y retos fabulosos que no veíamos compatibles con la crianza de los hijos o con el cuidado de nuestros mayores. Y, además, preparábamos nuestras oposiciones como quien hace la lista de la compra antes de ir al mercado: como un proceso natural, necesario si queríamos seguir creciendo.

Hoy estamos en 2021.Y, al menos en el ámbito doméstico, creemos percibir una ligera tendencia de cambio: cuando se trata de sacar adelante compromisos laborales y de estudio, la mesa de la cocina incluso se ha visto puesta en valor y es motivo de disputa: “Mami, ¿puedo ponerme en la cocina a las 5, que tengo un examen y mi hermana es una pesada y necesito dos horas sin que nadie me moleste?”; “Cariño, que tengo una videoconferencia con América esta tarde a las 8, y prefiero la cocina, que en el cuarto de estar no paráis de pasar todos por detrás de mi silla”…

Estamos en 2021, sí. Y percibimos que, ante la falta de espacio (¿cuántas casas cuentan con tantas habitaciones y zonas de trabajo como miembros de la familia son?), por la mesa de la cocina van pasando todos los miembros de la familia, uno tras otro, según el horario y las distintas necesidades de cada quien.

Queremos creer que hay motivos para la esperanza. Al calor del hogar, al que le toque trabajar con el ordenador en la mesa de la cocina le tocará estar también pendiente de mover de vez en cuando las alubias estofadas. Al amor de la lumbre, quien pare cinco minutos a hacerse un café y a descansar la vista de la pantalla, podrá aprovechar para sacar el friegaplatos. Entre fogones, cuando la lavadora avise de que el programa de lavado ya ha terminado, el que esté en la cocina exponiendo un informe ante el consejo de dirección sabrá que, en cuantito que acabe su intervención, le toca tender… Grande será el día en que el cuadrante de horarios y tareas domésticas no solo esté bien repartido y equitativamente equilibrado, sino que haya sido elaborado por cualquier miembro de la familia. Sin aspavientos. Sin grandes despliegues. Sin romper con lo cotidiano del entorno ni con lo previsible de las rutinas y obligaciones en casa. Como Doña María.

Los corpus lingüísticos actuales nos muestran que es con “hogar” con el sustantivo con el que más se combina la expresión “al calor de”, y que con esas cuatro palabras hablamos del amparo y de la ayuda que un hogar nos presta. Al calor del fuego del hogar se tejían antaño las relaciones familiares. Al calor de ese mismo hogar, desde hace bien poco, se desarrollan nuestras carreras profesionales y se suceden las etapas académicas de nuestros hijos. En una estrecha (y forzosa) convivencia. En un estrecho (y forzado) espacio vital. Confiemos en que no ganen terreno otras combinaciones de palabras también posibles y que los turnos de uso de la mesa de la cocina los establezcamos en paz y de común acuerdo, y no al calor de disputas, polémicas o discusiones…

 

 

Entrevista con Carles Mesa y Estrella Montolío en Radio Nacional de España, en la sección Todo es lenguaje del programa No es un día cualquiera, el 17 de enero de 2021.https://www.rtve.es/alacarta/audios/no-es-un-dia-cualquiera/diccionario-maria-moliner-estrella-montolio-todo-lenguaje/5763796/