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24 Sep 2020
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México

RAE, te quiero pero te odio

Paulina Chavira

500 años después, para muchos mexicanos la Real Academia Española representa un esfuerzo por prolongar la Conquista; para otros es la única autoridad lingüística en el mundo hispanohablante

Hay un sentimiento que casi todas las personas de México compartimos: el «amorodio» que le tenemos a la RAE. «Amorodio» no está en ningún diccionario, pero sabemos que eso no niega su existencia ni impide que hayamos experimentado ese sentimiento: la atracción y el rechazo simultáneos hacia algo o alguien. Lo escribo sin guión porque este «amorodio» no identifica límites entre un sentir y el otro. Como sucede con las figuras de autoridad, el «amorodio» nos hace rechazar casi automáticamente los lineamientos que nos dan, aunque no los ignoremos por completo, ya sea porque compartimos una historia o porque —admitámoslo— las reglas propuestas facilitan nuestra convivencia.

Parece que es historia pasada pero casi 500 años después, para muchas personas mexicanas la Real Academia Española representa un esfuerzo por prolongar la Conquista; para muchas otras es la única figura de autoridad lingüística en el mundo hispanohablante. Sí, la RAE son los papás… y parece que nosotros somos esos hijos que, aun dueños de su propia casa y decisiones, siguen culpando a los padres de sus traumas actuales.

Es más fácil despreciar a la RAE que asumir que ni aunque representamos el mayor grupo de hispanohablantes en el mundo somos capaces de crear, impulsar o recurrir a instituciones que reflejen las variantes de uso que hay en nuestro país, y que puedan hablar de tú a tú con la academia española o con cualquier otra. En cambio, el «amorodio» mexicano hacia la RAE se empeña en ser arrebatado, fuerte, casi irracional: «Los mexicanos seguimos acentuando ‘solo’ porque ninguna academia española y monárquica va a venir a decirnos cómo escribir esa palabra que nos enseñaron desde la infancia, ni que dejáramos de ser soldados aztecas resistiendo el embate colonial». Sí, sin importar la (in)utilidad ortográfica de esa tilde: ese signo se convierte en una bandera de resistencia que no atiende a la razón. Pero, eso sí, el descendiente del guerrero azteca acudirá de inmediato a buscar respuestas en la cuenta de Twitter de la RAE ante cualquier duda lingüística. Porque no hay otra fuente dotada con la autoridad que le reconoce un gran número de hispanohablantes a la academia española.

Se puede argumentar que la antigüedad y el presupuesto de la RAE le han dado una ventaja que ninguna otra institución latinoamericana equipara. Muy pocas personas en mi país conocen la Academia Mexicana de la Lengua o el proyecto del Diccionario del español de México del Colegio de México, y la culpa —temo decirlo— no es de la RAE, sino de las mismas instituciones mexicanas que no han procurado los fondos, el contenido y la divulgación que se requieren para posicionarse como referencia lingüística que informa sobre la lengua, las normas y los usos en México.

Entonces, ¿cómo podemos asegurarnos de que todas las personas que escribimos y hablamos en español nos entendamos? La RAE no es la academia que tiene la verdad sobre el español, pero parece que ninguna otra institución latinoamericana está dispuesta a hacerle competencia y los mismos hispanohablantes no le damos la autoridad lingüística a ninguna otra. ¿Será que en lugar de seguir con este «amorodio» hacia la RAE podríamos crecer e impulsar instituciones que representen más las muchas variantes que hay del español? ¿Por qué no empezar por tener una Asociación de Academias de la Lengua Española presidida por alguien de Latinoamérica? ¿Un pleno representativo del panhispanismo que tanto se propugna y un diccionario realmente panhispánico (¿qué tal fundir el Diccionario de americanismos con el Diccionario de la lengua española?)? Nos conviene tener un panhispanismo fortalecido que apele más a nuestras similitudes, sin dejar de reconocer y consignar nuestras diferencias, para contar con un referente más representativo y horizontal del español. Si la RAE son los papás, es tiempo de que los hijos asumamos nuestra mayoría de edad.

 

Este artículo es uno de los contenidos del número 7 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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