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23 Jun 2020
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Guatemala

Del Popol Vuh al nobel Asturias o Rigoberta Menchú

Ramón Luis Acevedo Marrero

La literatura del país centroamericano, que arranca en la indígena precolombina, es rica, abundante y variada, pero poco conocida fuera de allí

En un país donde históricamente los indígenas han constituido la mayor parte de la población, cualquier recuento de su literatura debe comenzar con la literatura indígena precolombina. Además, entre lo que ha sobrevivido se encuentran dos obras de categoría universal: el Popol Vuh y el Rabinal Achí. Este último es un drama ritual que combina la palabra, la música y la danza, y exalta la valentía y la dignidad de los grandes guerreros quichés. El Popol Vuh, obra anónima, escrita en quiché con caracteres europeos, es la historia del pueblo quiché; historia que se remonta al origen del mundo y a la creación de los hombres y las mujeres de maíz. El relato va de lo mítico a lo histórico y termina con la conquista. La densidad mítica y simbólica del Popol Vuh, su lenguaje extraño, sugerente y rítmico, encierra toda una concepción del cosmos, la existencia, la vida, la muerte, la naturaleza y el lugar del ser humano en el universo. La obra, que empalma con el surrealismo y el realismo mágico, ha servido de inspiración a muchos escritores contemporáneos.

Sobre el mundo guatemalteco y su conquista escribieron algunos de los principales cronistas como Fernández de Oviedo, Bartolomé de las Casas y Bernal Díaz del Castillo. A este último, excelente narrador, quien escribió desde Antigua, Guatemala, su famosa Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, lo reclaman como propio los guatemaltecos. También es figura prominente Rafael Landívar, nacido en Guatemala y expulsado junto a los demás jesuitas en 1767. Desde Bolonia escribe, en latín, su monumental Rusticatio Mexicana, evocación nostálgica de su mundo americano ya perdido.

A principios del siglo XIX, existe mucha efervescencia ideológica con motivo de las nuevas ideas enciclopedistas y los movimientos separatistas. El auge de la prensa también propicia la renovación y el cultivo de la literatura. Sobresale el ensayista, político y periodista José del Valle, de un pensamiento social y económico americanista muy adelantado, apoyado en su sólida erudición. También sobresalieron dos fabulistas, siendo la fábula un subgénero altamente valorado en la época: Fray Matías de Córdova y Rafael García Goyena. (Resulta interesante que un escritor guatemalteco contemporáneo, Augusto Monterroso, recupere el género en su libro La oveja negra y demás fábulas).

Ya dentro del romanticismo, se destaca el poeta José Batres Montúfar, quien escribió tres cuentos satíricos en verso sobre la sociedad guatemalteca, un excepcional poema amoroso, «Yo pienso en ti», y otro sobre la naturaleza bárbara de la selva americana. No obstante, el escritor mas destacado del siglo XIX fue José Milla y Vidaurre, autor de novelas históricas coloniales de buena técnica folletinesca y de sabrosos cuadros de costumbres.

Ya entrado el siglo XX y bajo la égida del modernismo, sobresalen dos grandes prosistas: Enrique Gómez Carrillo y Rafael Arévalo Martínez. Gómez Carrillo fue maestro de la crónica, especialmente de la crónica de viajes sobre lugares exóticos como la China, el Japón y la India. Dueño de una prosa ágil, refinada y elegante, sus crónicas se difundieron ampliamente. También escribió relatos sobre la vida bohemia y una novela histórica erótica. Arévalo Martínez, poeta y narrador, pertenece a la etapa final del modernismo y lo supera. Un año antes de La metamorfosis, de Kafka (1915), publicó su extraño y originalísimo relato El hombre que parecía un caballo, marcando los inicios de la narrativa contemporánea en Hispanoamérica. Sus inimitables cuentos «psicozoológicos» y sus novelas anticipan el surrealismo y la literatura del absurdo.

El vanguardismo no fue muy intenso en Guatemala; pero en el exterior dio dos figuras. Luis Cardoza y Aragón, desde París, con sus poemarios Luna Park (1923) y Maelstrom (1926) fue uno de los grandes innovadores. Su poesía, muy influida por el surrealismo, bucea profundamente en la condición humana y lo confirma como uno de los grandes poetas hispanoamericanos del siglo XX. También se destacó como ensayista por su libro Guatemala, las líneas de su mano. Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura, descubrió en París el Popol-Vuh, el surrealismo, su propio país y su gran creatividad verbal enraizada en la cultura popular. El primer resultado es el realismo mágico de sus Leyendas de Guatemala (1930). Luego publica El Sr. Presidente (1946), visión pesadillesca de la dictadura, y Hombres de maíz (1949), incursión en el mundo mítico indígena y su choque con la modernidad.

La llamada Revolución Guatemalteca (1944-1954) fue un paréntesis de diez años de libertad, democracia y reformas sociales que propiciaron una gran efervescencia cultural. Surgió toda una nueva promoción de excelentes escritores, que tras el golpe de Estado del 1954, optaron por el exilio; entre ellos, Mario Monteforte Toledo, Augusto Monterroso y Manuel Galich. Monteforte —novelista, cuentista y dramaturgo— examina la realidad guatemalteca desde una perspectiva sociológica y existencial. Sus novelas Entre la piedra y la cruz y Donde acaban los caminos, sobre las profundas divisiones entre indígenas y «ladinos», son de lo mejor del indigenismo hispanoamericano. Galich sobresalió por obras de teatro social y político de innovadora teatralidad como El tren amarillo y El pescado indigesto. Monterroso es maestro de la ironía, la sátira y el humorismo crítico en sus cuentos, ensayos y textos inclasificables que cuestionan, con espíritu lúdico, hasta la literatura misma. Entre sus libros destacan Obras completas y otros cuentos, Movimiento perpetuo y la novela Lo demás es silencio. A estas figuras hay que añadir al dramaturgo guatemalteco-mexicano Carlos Solórzano que en Los fantoches y Las manos de Dios logra fundir elementos populares con una temática existencial universal.

Tras la Revolución Guatemalteca, el militarismo, la represión, la censura y el surgimiento de la guerrilla hacen difícil el cultivo de las letras. No obstante, van surgiendo grupos, tendencias y figuras muy relevantes. El poeta guerrillero Otto René Castillo, asesinado en 1967, se convirtió, con su poesía militante y amorosa, en modelo admirado. Desde otra posición, se distingue la poesía depurada, dolorida y muy enraizada en el
país, de Francisco Morales Santos. Muy guatemalteca y muy humana es también la lírica de Luis Alfredo Arango. Con lenguaje coloquial y motivos cotidianos de la ruralía indígena penetra, con empatía solidaria, en su dolor milenario. Estos y otros poetas forman parte de Nuevo Signo, grupo variado, que renovó la poesía guatemalteca.

Mención aparte la poesía femenina a partir de la década del sesenta. El grupo es numeroso. Destaquemos a Luz Méndez de la Vega —honesta, sincera, rebelde—; Margarita Carrera —profunda, angustiada, desmitificadora—; Carmen Matute —de erotismo fino y desenfadado—; y Ana María Rodas, por sus audaces y reivindicativos Poemas de la izquierda erótica (1973).

Los nuevos narradores asumieron la representación de la Guatemala oscura, pobre y violenta que surgió tras el
golpe del 1954, renovando, además, las formas narrativas. Marco Antonio Flores problematiza la lucha guerrillera en Los compañeros (1976), recurriendo a una técnica experimental. Mario Roberto Morales emprende un proyecto semejante en sus cuentos y novelas.

Dante Liano, con sensibilidad y gran destreza narrativa, ve al país desde la perspectiva de personajes que son a la vez protagonistas y testigos de procesos colectivos. En su novela El misterio de San Andrés vuelve a representar, dentro de la intrahistoria contemporánea, la escisión del país entre dos mundos que ocupan el mismo espacio. Arturo Arias aborda temas semejantes recurriendo a lo grotesco y carnavalesco. Su ambiciosa novela Jaguar en llamas es una historia total y paródica de Guatemala desde la perspectiva de los vencidos. Rodrigo Rey Rosa, sobrio, elíptico, sugerente, escribe cuentos y novelas sabiamente urdidas, perturbadoras e inquietantes, desde una perspectiva amplia donde lo social no excluye lo fantástico. Piedras encantadas y Lo que soñó Sebastián son buenos ejemplos.

La situación sociopolítica del país propició también el cultivo del testimonio. Dos obras sobresalen: Los días de la selva, donde Mario Payeras nos narra con sobriedad e intensidad humana sus inicios como guerrillero; y Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, donde la Premio Nobel de la Paz nos cuenta la violenta destrucción de su familia y de su comunidad, a la vez que nos introduce en las costumbres, creencias y valores de su cultura milenaria. También es autora de un libro sencillo y entrañable, Li M’in, una niña de Chimel, evocación amorosa y nostálgica del mundo de su infancia.

La mención de Rigoberta Menchú nos lleva a destacar un fenómeno fascinante: el resurgimiento de la literatura indígena. Precursor de este resurgimiento es Luis de Lión. Su única novela, El tiempo principia en Xibalbá, nos presenta, desde adentro, la subjetividad torturada y desconcertante de su comunidad cakchiquel. Esta escritura neoindigenista, que obliga a repensar la literatura guatemalteca, se ha manifestado más en la poesía. El poeta más destacado es Humberto Ak’abal, quien en sus poemarios exhibe un lirismo transparente y refinado, afianzado en su identidad.

La literatura guatemalteca es rica, abundante y variada. Fuera del país solo se conoce el tope del «iceberg». Por suerte, sin embargo, muchas obras antes inaccesibles se encuentran ahora en la red.

 

Este artículo es uno de los contenidos del número 6 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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