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22 Dic 2020
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Estados Unidos

La lengua perdida

Roberto Rey Agudo

La atrición lingüística, el desgaste o erosión gradual de la lengua materna, es inevitable cuando hay lenguas en contacto, pero tiene costes personales y sociales

«Hablas raro». Como español viviendo en Estados Unidos, estoy más que acostumbrado a comentarios similares. Para lo que no estaba preparado era para oír un comentario así sobre mi español. Peor aún: quien me lo dijo era, como yo, un profesor de ELE al que finalmente conocía en persona.

Quizá una de las creencias más extendidas sobre las lenguas, junto con la idea de que en tal o cual lugar se habla mejor que en otros, es la de que uno no puede olvidar la lengua materna. Hay algo tan primordial en la relación materno-filial con la que metafóricamente nos referimos a la primera lengua que la idea de romper ese vínculo se hace inconcebible.

¿Cómo pierde una persona adulta su primera lengua después de haber crecido en un entorno monolingüe y de haberse educado en ella? ¿Qué se siente como hablante? Se pierde poco a poco por interferencia con otras lenguas. Perder en realidad no es la palabra correcta, porque «perder» se centra en el más dramático de los resultados posibles e ignora lo que pasa hasta llegar a ese punto. En lingüística se habla de atrición, desgaste o erosión lingüística. Al contrario que la afasia, una pérdida súbita parcial o total de la capacidad de habla producida por un traumatismo, un ictus, un tumor o una enfermedad neurodegenerativa, la atrición es un proceso gradual al que contribuyen una serie de factores. Para entender cómo funciona la atrición, podemos imaginar una fotografía que pierde definición y aparece cada vez más pixelada.
La atrición lingüística es la cara B de la adquisición de lenguas. Pero así como la adquisición tanto de primeras como de segundas lenguas es una subespecialidad en auge, la atrición es un fenómeno hasta ahora mucho menos estudiado y peor entendido. Sabemos que igual que ocurre con el aprendizaje, factores como la edad o la exposición a la lengua influyen en su pérdida también, aunque no de la manera que uno pensaría.

Pongamos el caso de una familia española que emigra a otro país. Para ilustrar la edad como factor, digamos que en esta familia hay una hija adolescente y otra hija algo más joven. No sorprende que los adultos resistan mejor la atrición que la niña y la adolescente, que tienen mayor neuroplasticidad para aprender una segunda lengua pero también han pasado menos tiempo viviendo y hablando en su primera lengua. Lo que no es tan obvio es que aun si los adultos continúan hablando español en casa, se rodean de otros hispanohablantes o el español es una de sus lenguas de trabajo, la exposición a la lengua no será suficiente para evitar la atrición. Lo digo no solo por haber leído sobre este fenómeno, sino también por haberlo vivido. Cambiando varios detalles biográficos, uno de esos adultos soy yo.

La opinión más extendida es que, más que olvidar o perder la lengua, quienes sufren de desgaste lingüístico tienen dificultad para acceder con total naturalidad a su primera lengua. El contacto con otra lengua dominante interfiere en la capacidad de encontrar lo que necesitamos en el disco duro de nuestra memoria y de arrancar el sistema operativo sin fallos.

Donde más se nota esta interferencia es en el léxico y en la pronunciación. En el habla pixelada que caracteriza a la atrición lingüística podemos detectar más pausas o más largas de lo habitual, dificultad para encontrar la palabra adecuada, cierta vaguedad léxica, muletillas en la otra lengua, cambios más o menos perceptibles en el acento y en la pronunciación. Quizá una cierta imprecisión morfosintáctica, quizá un empobrecimiento expresivo.

Hasta cierto punto, la atrición lingüística es un fenómeno inevitable cuando hay lenguas en contacto. No hay por qué sentir estigma, pero eso no quiere decir que debamos permanecer indiferentes. Para empezar, tiene un coste personal. Es difícil no sentir desarraigo cuando uno siente su lengua menos suya. Sentirse (o que te hagan sentir) extranjero en tu lengua es comparable a sentir que la ciudad y el país en los que creciste ya no te son familiares.

Tiene también costes sociales. Sabemos ahora que la presión que (nos) ponemos para acelerar la asimilación de la población inmigrante, ya sea lingüística o de otro tipo, no produce los resultados esperados. La presión de las lenguas mayoritarias sobre las minoritarias conduce a que estas se dejen de enseñar, o se enseñen solo parcialmente, a la siguiente generación porque se consideran menos prestigiosas o prácticas en aras de la integración. Es el caso, por ejemplo, del español en los Estados Unidos.