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25 Feb 2020
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Cuba

El español se exporta al mundo

Alfonso C. Cobo Espejo

Desde los años sesenta, Cuba ha sido una gran academia de español para alumnos procedentes de los países con los que estableció una cooperación educativa

Una isla convertida en la mayor academia de Español como Lengua Extranjera del mundo. Una isla cosmopolita, con más de 50.000 estudiantes procedentes de alrededor de 45 países de África, Asia y América Latina. Eso ocurrió en Cuba a partir de los años sesenta del siglo XX y se ha prolongado durante más de cuatro décadas. La sede principal de dicha academia fue a su vez la segunda isla en extensión del archipiélago cubano, situada a unos 162 kilómetros de La Habana: la Isla de la Juventud.

Originariamente denominada Isla de Pinos, fue rebautizada en 1978 debido a los miles de jóvenes que fueron a estudiar allí. Para Cuba, la cooperación en la esfera educativa era una forma de apoyar a los países del entonces llamado Tercer Mundo en sus esfuerzos de independencia y de desarrollo.

A pesar de la diversidad cultural y geográfica, la mayoría de estudiantes africanos y asiáticos coincidían en un aspecto: el desconocimiento por completo del español. Por tanto, la primera barrera que debían derribar para continuar su formación académica era la lingüística.

Josefina Patricia Trocones y Lilia Rosa Hernández, de la Universidad Jesús Montané Oropesa de la Isla de la Juventud, en su artículo Experiencias metodológicas en la enseñanza de ELE, afirman que la enseñanza de ELE tenía sus antecedentes en otras instituciones del país, pero fue en la Isla de la Juventud donde se agigantó y se elaboraron programas que respondían a las necesidades del sistema de estudio cubano y preservaban la cultura e identidad de los países de origen de los estudiantes.

«Los profesores se centraron en el enfoque comunicativo, prestando especial atención a actividades como la lectura oral de textos de poca complejidad, que ayudan a fijar el sistema fonológico español», sostienen las autoras en su artículo.

Yara Mayra Giraut, también profesora en la Jesús Montané Oropesa, enumera para Archiletras la procedencia de los estudiantes: Angola, Ghana, Etiopía, Cabo Verde, Yemen, Mozambique, Sahara Occidental, Corea del Norte, Sudán del Sur, Burkina Faso, Congo, Zimbawe, Namibia, Vietnam, Timor Oriental, Nigeria, Guinea Ecuatorial, Brasil, Antigua y Barbuda, Santa Lucía, Barbados, Gabón, Mongolia, Argelia. «Y seguro se me quedan algunos fuera», puntualiza Giraut.

Tras lograr el dominio del idioma, el alumnado continuaba sus estudios, llegando muchos de ellos a completar carreras universitarias. Hoy en día son médicos, ingenieros, arquitectos, maestros, etc. en sus países de origen. Otros se han quedado en Cuba o han buscado fortuna en algún país de habla hispana, al ver que las oportunidades laborales de vuelta a casa no cumplían sus expectativas.

El etíope Belay Derebe nos habla de su experiencia: «En el caso de Etiopía, el Gobierno cubano se ofreció a dar estudios gratuitos a los hijos de los soldados que perdieron la vida en la guerra contra Somalia. Por esta razón, más de cinco mil niños etíopes se formaron en Cuba».

Derebe, que se graduó en Cibernética Matemática en la Universidad de La Habana, tiene un recuerdo maravilloso de su tiempo en la isla, donde pasó su infancia y adolescencia, un total de diez años y cinco meses. «Allí conviví con gente muy acogedora; con un pueblo que ama a otro pueblo». A su regreso, consiguió ganarse la vida gracias a lo que había estudiado. Cuba fue su primer contacto con el español y los primeros seis meses solo los dedicó a su aprendizaje. Ahora lo sigue practicando en su país con paisanos como él. Junto a ellos, organizan actividades y recuerdan anécdotas en el grupo de Facebook, Afrocubanos.

Đăng Văn Dũng, vietnamita que estudió Ingeniería Civil también en La Habana, destaca que la experiencia supuso un choque cultural y en el modo de vida entre dos mundos: el Oriental y el Occidental. «Se trata de un fenómeno social e histórico único en el siglo XX», añade Dũng.

«A los vietnamitas, como al resto de orientales, nos llamaban los chinos. Estudiamos español durante un año y después ingresamos en la universidad», cuenta el estudiante asiático, que recuerda con añoranza su tiempo en la nación caribeña. Como su colega etíope, Dũng también forma parte de un grupo de Facebook, Memorias de Cuba. En él está compartiendo algunos de los capítulos de la novela que escribió, inspirada en su vida en la isla.

Las redes sociales están sirviendo para que estos miles de estudiantes africanos, asiáticos y latinoamericanos mantengan el recuerdo de su vida estudiantil cubana, retomen el contacto perdido y practiquen su español. Tanto es así que, si uno bucea por la red social, pronto encontrará grupos como los caimaneros, de Angola; los cubanitos de Ghana; los Jubanos, de Sudán del Sur o los cubarahuis, del Sahara Occidental.

 

Este artículo es uno de los contenidos del número 6 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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