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24 Ene 2020
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Léxico profesional

De las tablillas a las tablets

Pedro Martín Baños

Hay que convenir en que la educativa es una de las instituciones humanas más complejas. Confluyen en ella tensiones muy diversas, ideologías diversas, modos diversos de estar en el mundo y de tomar partido ante la realidad. La educación es y debe ser emancipadora y estimulante, pero también es y puede ser fastidiosa y repetitiva en grado sumo. Nadie negará su extraordinaria fuerza democratizadora, que sin embargo se construye sobre una estructura indiscutiblemente jerarquizada, y admitamos que socavar el principio de autoridad —la autoridad de los maestros— resulta peligroso y contraproducente. Aprender es un proceso largo, gradual, una carrera de fondo en la que ha de invertirse tiempo y esfuerzo, pero al final del camino lo que se otorga es un título, un papel, una nota que a menudo iguala (y por lo bajo) al perseverante y al indolente. Laeducación, en fin, conforma al individuo, cuando sus cimientos y su andamiaje son, de manera paradójica, esencialmente sociales y colectivos.

Platón

El propósito de estas modestas líneas, que se completarán con un glosario final, es reflexionar, en estos meses de vuelta al cole, sobre algunos aspectos del complejo y rico fenómeno educativo y de sus actores, pero desde un ángulo quizá desacostumbrado: el etimológico. Aun siendo una suerte de divertimento erudito, la etimología no es en absoluto inocua ni carece de profundidad. Al contrario: alcanzar el tuétano de las palabras, llegar hasta lo más íntimo de su ‘huella genética’ suele arrojar una buena dosis de luz y exteriorizar algunas verdades que a veces permanecen más o menos veladas.

Comencemos por escuela. La etimología nos lleva hasta el griego scholé y su adaptación latina schola, que ya en aquellos tiempos añejos significaban lo que hoy entendemos por escuela. El origen último del término, no obstante, es altamente revelador. En griego, scholé era ‘ocio, tiempo libre’, y no por casualidad en latín se llamaba igualmente a la escuela con la misma palabra que servía para denominar el ‘juego’: ludus (o ludus litterarius). Y no era tanto porque los niños aprenden jugando cuanto por una razón de índole sociopolítica: en los tiempos antiguos, la inmensa mayoría de los chiquillos debía incorporarse al mundo laboral —en casa, en el campo, en el taller— de forma inmediata, sin tener aún uso de razón, y solo unos pocos podían aparcar la necesidad perentoria de contribuir a la economía familiar para dedicarse a aprender, a recibir una formación. Las materias en las que estos muchachos privilegiados se instruían eran lo que los romanos llamaban artes liberales, esto es, aquellas que ‘liberaban’ al ser humano (o las que lo hacían más humano: las artes humaniores o de humanidad), en contraposición con las artes serviles o mechanicae (incluso sordidae) reservadas para quienes, sencillamente, no tenían otra que ponerse a trabajar con sus manos. La escuela, pues —que etimológicamente debería ser siempre lúdica—, no era un simple espacio físico (ni una guardería donde aparcar a los niños ricos), sino todo un marco conceptual que permitía a una ínfima porción de la sociedad transformar el ocio de sus hijos en posibilidades de futuro.

Otros sinónimos de escuela, en cambio, tienen que ver más bien con la noción de ‘agrupación’ o ‘comunidad’, casi siempre desde un punto de vista formal, organizativo. Colegio, por ejemplo. Los collegae, en latín, eran ‘compañeros juristas’, ‘compañeros de magistratura’, y el collegium la corporación que los congregaba. La palabra extendió luego su significado a cualquier tipo de corporación o sociedad, pero el colegio de los niños sigue conviviendo con otros colegios (de abogados, de médicos, el colegio apostólico) más serios y graves. También quiso igualmente sonar serio y grave instituto, que en el español de España se entiende preferentemente como ‘instituto de secundaria’, aunque los haya de otras clases: instituir es ‘fundar un ente, un organismo’, si bien es preciso recordar, para entender correctamente la palabra, que instituir tuvo en castellano clásico el sentido de ‘instruir, enseñar’ (de donde las célebres institutrices a lo Mary Poppins). La universidad, tal y como la conocemos, es un invento (y un vocablo) medieval. Nació como universitas magistrorum et scholarium o ‘asociación de maestros y estudiantes’. Las universidades fueron inicialmente gremios educativos, corporaciones que trataban de protegerse dotándose de un estatuto jurídico propio. Fueron conocidas también con la expresión studium generale (estudio o estudio general en el castellano de la Edad Media).

Tablets

Otros términos similares llegan cargados de evocaciones sugerentes. La academia que hoy entendemos como ‘establecimiento docente privado’ (o como ‘sociedad de científicos, artistas o literatos’, de donde deriva el adjetivo académico, tan circunspecto) era el nombre —Hekademeia o Akademeia— de la escuela fundada por Platón, que la etimología popular quiso tempranamente emparentar con el dios-héroe ateniense Academo. De igual modo, Aristóteles daba sus clases en el Liceo, así llamado por la deidad de Apolo Licio: en muchas partes de Europa, la educación secundaria se imparte justamente en liceos. O en el gymnasium, que procede del griego gymnázomai, ‘ejercitarse, realizar ejercicios físicos’, pero que ya en época helenística asumió la significación de ‘escuela’. Nuestros profesores de Educación Física deberían dejar de renegar de que se les llame profesores de gimnasia, porque gimnasia se acomoda de manera perfecta al carácter educativo de la ejercitación del cuerpo: mens sana in corpore sano, ya se sabe.

Pero pasemos de las instituciones y los edificios al núcleo mismo de la educación. Educatio era, en latín, el sustantivo correspondiente a educere, ‘hacer salir, conducir hacia fuera’, confundido con educare, ‘alimentar, criar’. Etimológicamente, educación es una palabra tan potente como hermosa: educar es una mixtura de nutrir, por un lado, y por otro de revelar las cualidades interiores de cada cual, de descubrir, pulir y potenciar lo que el propio educando lleva dentro. En esta misma línea se nos presenta alumno, que deriva del verbo alere, ‘alimentar, hacer crecer’ (de donde asimismo proceden alto, adulto o adolescente). En ambos casos, educatio y alumnus, hablamos obviamente de proporcionar alimentos espirituales. La etimología, como vemos, pone las cosas en su sitio: permite reivindicar que la verdadera educación nada tiene que ver con esa formación puramente pragmática o sometida a las exigencias del mercado que quieren algunos.

Y en la misma dirección apuntan enseñar y estudiar. Del latín vulgar insegnare, enseñar lleva en su seno el signum (la raíz seña procede del plural, signa): enseñar es primariamente ‘señalar, mostrar’, pero en su traslación al ámbito de la enseñanza vino a querer decir algo como ‘mostrar los signos’ o ‘ayudar a desvelar los significados ocultos’. De estudiar, por su parte, el étimo lo dice todo: el verbo studere era ‘esforzarse, trabajar con celo y cuidado’, y studium, ‘diligencia, interés, pasión por algo’ (todavía hay restos del significado más prístino del lexema en expresiones como una pose estudiada). Por supuesto que no todos los estudiantes responden a este modelo ideal de conducta, pero a los profesores puede cabernos al menos el consuelo de que los estudiantes apáticos o los tramposos no dan, etimológicamente, la talla.

En el glosario final que hemos preparado podrán los lectores interesados bucear en el origen de muchas otras palabras relacionadas con la enseñanza y el aprendizaje, y solazarse, si quieren, con alguna que otra curiosidad. Terminaremos ahora con una ojeada etimológica a aquellos sobre quienes descansa la mayor responsabilidad en el proceso educativo: los profesores, los maestros, los pedagogos.

En su etimología, profesor es un término bastante neutro. Procede de profiteor, ‘reconocer, admitir públicamente’, y está emparentado con profesar y profesión: si decimos que alguien profesa una religión o unas creencias, lo que buscamos significar es que admite pública u oficialmente determinadas ideas, y lo mismo ocurre con la profesión, que no es otra cosa que una ‘carta de presentación’ ante la sociedad. Profesor resulta de una especialización semántica del término: los profesores se postulaban para profesar tal o cual materia, en la que reconocían de manera pública estar suficientemente versados. Mucha más enjundia tiene el maestro, magister en latín: su raíz es magis, ‘más’ (con un sufijo –ter que servía para clasificar o acentuar diferencias entre grupos). De modo que el magister era, sencillamente, el ‘más’, el ‘jefe’, el ‘guía’, el ‘cabecilla’. Originalmente, su ámbito de aplicación era militar, político o jurídico (de ahí magistrado y magistratura), y al significado de ‘líder’ o ‘dirigente’ sumó luego el de ‘experto’ o ‘especialista’ (acordémonos de maestría), y por supuesto el de ‘maestro de niños y adolescentes’. Este último maestro tiene en español una innegable connotación de calidez, cercanía, afabilidad, pero la etimología nos previene: por su propio significado, el maestro debe guiar, liderar, poseer autoridad. Una autoridad moral. Los modernos pedagogos han tendido a olvidar, en aras de un mal entendido igualitarismo —porque por descontado no se trata de defender ni los castigos, ni ningún tipo de prepotencia o arbitrariedad en el ejercicio de la autoridad— que también ellos, los paedagogi, recibían de la sociedad el delicado encargo de conducir o capitanear a los niños: paidagogós era un compuesto de paispaidós, ‘niño’, y de ágein, ‘llevar, guiar’. Claro que, en puridad, los pedagogos eran esclavos de confianza y el delicado encargo era tan solo acercar a los muchachos hasta el colegio: será mejor que en esta ocasión no tratemos de extraer demasiadas enseñanzas etimológicas.

 

Glosario

Academia. Del griego Hekademeia, luego interpretado como Akademeia. Era el espacio donde Platón impartía sus lecciones.

Artes liberales. Ars es ‘técnica, habilidad, conocimiento de algo’ (solo a partir del siglo XVIII la palabra se cargó de ese otro significado ligado al talento o genio artístico). Las artes liberales conformaban el currículo académico de los jóvenes romanos, y eran llamadas de esa manera porque ‘liberaban’ al hombre (de las artes mechanicae o ‘trabajo manual’).

Aula. En origen, aulé en griego y aula en latín era una ‘sala de palacio’. El adjetivo áulico sigue significando ‘relativo al palacio, a la corte’. Por extensión, aula pasó luego a denotar el espacio o habitación donde se imparten clases.

Bachiller. La etimología de bachiller es controvertida. Lo más probable es que proceda del francés antiguo bachelier, que era un ‘caballero joven’ (o el futuro heredero de una baccalaria, ‘parcela’ o ‘granja’). La condición de mancebo sin matrimoniar se mantiene, por ejemplo, en el inglés bachelor, ‘soltero’. Sea como fuere, en la universidad medieval el término se reinterpretó etimológicamente como baccalaureatus, es decir, ‘coronado o laureado con las bayas [del laurel]’.

Bártulos. Nuestros bártulos, ‘conjunto de enseres que se preparan o lían y pueden llevarse de un lado a otro’, tienen su principio en el currículo escolar de la Edad Media: en concreto en el comentario de Bartolo de Sassoferrato a los textos legales de la época, un pesado volumen que los estudiantes de Derecho acarreaban de una clase a otra.

Beca. La etimología es incierta. La beca era una banda de tela que ciertos estudiantes sin recursos estaban obligados a llevar sobre el hábito estudiantil (tradicionalmente la loba y el manteo), para indicar que eran merecedores de una pensión de estudios. O sea, que eran pobres.

Cartilla. La cartilla infantil es tan antigua como la educación. La palabra es un diminutivo de charta, ‘papel’. La imprenta convirtió estos librillos en superventas.

Cátedra. Los profesores medievales y renacentistas que poseían una plaza en propiedad eran catedráticos porque se sentaban en un sitial honorífico, de madera maciza, que recibía el nombre de cátedra (del latín cathedra, ‘silla’). Desde allí, con la autoridad que se les suponía, hablaban y pontificaban ex cathedra. Como curiosidad, la cadera procede igualmente de la cathedra, porque la palabra pasó humorísticamente a significar ‘nalga’ o ‘cuartos traseros’.

Catón. Los Disticha Catonis (o ‘Dísticos de Catón’) eran un conjunto de versos utilizados en la Edad Media en las clases por los principiantes de latín y atribuidos a Marco Porcio Catón. Por extensión, catón comenzó a emplearse como cualquier manual de iniciación a alguna materia.

Ciencia. En latín, scire es ‘saber, conocer’, y scientia el sustantivo correspondiente. En principio todo conocimiento era (y es) ciencia, aunque el humanismo contrapuso de manera muy marcada los studia humanitatis, o humanidades, a los saberes prácticos y naturales. Los colegios del siglo XVI perpetuaron la división de los estudios en ciencias y letras.

Clase. Classis en latín era ‘clase, categoría, grupo’, con un sentido taxonómico que sobrevive en clasificar. Lo clásico procede también de esta raíz.

Colegio. Del latín collegium, ‘corporación profesional’ (inicialmente de tipo legal). Se discute si collegae se construyó directamente a través de lex, o fue un compuesto del verbo legare (‘nombrar oficialmente’).

Cuaderno. La raíz de esta palabra es ‘cuatro’: un cuaderno (del latín vulgar quaternio) era un pliego de papel doblado dos veces, lo que creaba un pequeño librillo de cuatro hojas y ocho caras. El cuaderno fue, realmente, el primer paso en la invención del libro tal y como lo conocemos, que resulta de coser juntos muchos cuadernos. Suelto, servía a los estudiantes para tomar notas manuscritas.

Cuadrivio. El quadrivium (‘cuatro vías’ o ‘vía cuádruple’) comprendía, en las escuelas altomedievales, el estudio de la música, la aritmética, la geometría y la astronomía.

Currículum. Curso. Ambos nombres significan originariamente lo mismo: ‘carrera, curso, recorrido, trayectoria’, en la noción de que la educación es un camino, un recorrido a través de varias etapas. Proceden del latín currere, ‘correr’. Nótese que los grados y licenciaturas universitarias son asimismo carreras.

Didáctica. Del griego didásko, ‘enseñar’. El autodidacta es que el ‘se enseña a sí mismo’ o ‘aprende solo’. Un cultismo también derivado de didásko es didascalia, ‘instrucción, enseñanza’ (usado también, en teatro, como sinónimo de las acotaciones o indicaciones que ofrece el autor para la representación).

Diploma. El díploma en griego era una tablilla o un papel doblado en dos (diplóos era ‘doble’). En latín, diploma adquirió el sentido de ‘documento oficial’. En el ámbito educativo, los diplomados son merecedores de un título universitario.

Discere. En latín, ‘aprender’. La raíz es el origen de discente y discípulo, así como de disciplina, ‘materia de estudio’. Los resabios más autoritarios de la educación de los tiempos pasados asoman en el significado rigorista de disciplina y disciplinar (y recuérdese que disciplina es también sinónimo de ‘látigo’).

Docere. En latín, ‘enseñar’. De ahí docente y docencia. También documento, primitivamente ‘enseñanza escrita’, y por supuesto docto, ‘educado, instruido’ (y su antónimo indocto), y doctor, titulación máxima en el nivel universitario.

Dómine. ¿Quién no recuerda al dómine Cabra de El Buscón? Domine es el vocativo de dominus, ‘señor’, con el que los estudiantes de latín debían dirigirse a su maestro.

Educación. La educatio tiene en su raíz el verbo ducere, ‘guiar, conducir’. De él proceden dos verbos: educere, ‘conducir hacia fuera, hacer salir’, y educare, ‘alimentar, nutrir’.

Enciclopedia. Hoy en día la entendemos como el libro, usualmente en varios volúmenes, que contiene información sobre todos los saberes, pero en griego (en kyklo paideía) era algo así como ‘educación en círculo, panorámica, completa’, esto es el conjunto de las materias que un muchado instruido debía dominar.

Escuela. Del griego scholé y el latín schola, ‘escuela’. En griego significaba primitivamente ‘ocio, tiempo libre’.

Estudiar. Del latín studere, ‘poner afán y cuidado en algo’.

Estudio. En el castellano de la Edad Media y el Renacimiento, estudio era también ‘universidad’.

Gimnasia. El adjetivo griego gymnós, ‘desnudo, desarmado’, dio lugar a gymnázomai, ‘ejercitarse, hacer ejercicio’. Las gymnasías y el gymnásion se aplicaron igualmente al cultivo del espíritu a través del estudio. El gymnasium es un centro de educación secundaria en ciertos países europeos.

Grado. Del latín gradus, ‘paso, escalón’ (proveniente, a su vez, de gradior, ‘andar, caminar’). De nuevo encontramos que grado y graduado responden a la idea de que educarse es el resultado de un proceso, de un trayecto que pasa por varias fases.

Lección. En la universidad medieval, los profesores leían o daban lecturas o lecciones. Literalmente: las clases consistían en leer los libros de texto y comentarlos. Los lectores siguen siendo profesores ayudantes (habitualmente de idiomas extranjeros) en la universidad y los institutos.

Licenciado. Tras haber obtenido el título de bachiller, el estudiante medieval podía tratar de obtener una licentia docendi, esto es un ‘permiso para enseñar’ aquella materia en la que se hubiera especializado. De bachiller pasaba, pues, a licenciatus.

Liceo. En nuestro país vale tanto como ‘institución cultural’. En otros países e idiomas equivale a nuestros institutos de secundaria. La palabra tiene origen en el Lýkeion de Aristóteles, consagrado a Apolo Licio.

Maestro. En origen, magister es un derivado de magis, ‘más’. Antes de emplearse en el ámbito educativo fue muy utilizada en el militar y el político-administrativo. De magister tenemos magisterio y, a través del inglés, máster. Y cuidado, también amaestrar. Con la expresión Magister dixit (‘El maestro lo ha dicho’) se ponía fin a cualquier discusión en la universidad de la Edad Media.

Mamotreto. Un mamotreto es sinónimo de ‘libro voluminoso’ (y a menudo carente de sustancia). Su origen es el Mammotrectus, un extenso diccionario bíblico de uso común en las escuelas medievales, que los humanistas despreciaban por inepto y bárbaro.

Matrícula. Los libros de matrícula de las universidades medievales y del Siglo de Oro asentaban ordenadamente la lista de los estudiantes que acudían a las clases. Matrícula es un derivado de madre, en el sentido de que el libro de marras era un ‘libro madre’ o ‘matriz’. A los estudiantes destacados se les concede una matrícula de honor.

Párvulo. El diminutivo latino de parvus, ‘pequeño’, era parvulus, ‘chiquitito’. Antes de pasar a llamarse guarderías o jardines de infancia (del alemán Kindergarten), a los más pequeños se les educaba en el parvulario.

Pedagogo. Los paedagogi eran esclavos que conducían a los niños a la escuela (y por extensión también ‘maestros de primeras letras’).

Pedante. En italiano, pedante era el ‘soldado de a pie’, pero también una deformación coloquial de pedagogo. En su paso al español, pedante adquirió el sentido despectivo con que lo empleamos hoy.

Peripatético. Aristóteles impartía sus clases dando paseos alrededor del atrio de su escuela (peripátos es ‘paseo’ en griego). Los peripatéticos eran, consiguientemente, los discípulos aristotélicos.

Profesor. El antiguo profesor (derivado de profiteor, ‘admitir, reconocer’) admitía públicamente profesar una disciplina, es decir, ser apto para poder enseñarla a los demás.

Pupitre. Procede del francés pupitre, derivado a su vez del latín pulpitum, ‘púlpito, tarima, tablado de madera’.

Tableta o tablilla. Ambos proceden de tabula, ‘pieza delgada de madera’. Recubiertas de cera, eran adminículo indispensable en las escuelas romanas. En ellas se escribía con un punzón denominado stylus. De las antiguas tabletas hemos llegado de nuevo, a través del inglés, a las tablets.

Trivio. El trivium (‘tres vías’ o ‘vía triple’) era la base de la antigua educación secundaria: gramática, retórica y dialéctica. El equivalente a la asignatura de Lengua y Literatura, con nociones suplementarias de lógica y argumentación.

Universidad. Universitas significa ‘corporación, agrupación’. La universitas magistrorum et scholarium surgió primigeniamente con los atributos jurídicos de un gremio educativo. Universus es, de por sí, palabra curiosa: procede de unus y versus, y sería algo así como ‘aquello que converge en un mismo punto’, de donde se extrajo el sentido de ‘todo, entero, general’; el plural universi era ‘todos juntos, todos a una’, y universitas, por tanto, ‘reunión’ o ‘congregación’.

Vademécum. ‘Manual, compendio, libro de texto’. Literalmente, ‘ven conmigo’, en latín.

Este reportaje es uno de los contenidos del número 5 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras. Si desea suscribirse o adquirir números sueltos de la revista, puede hacerlo aquí https://suscripciones.archiletras.com/