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25 Jun 2020
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Teléfono

Cuando Catherine Pozzi decidió por fin darle con la puerta en las narices a Paul Valéry, él no se resignó así tan fácil. Total, nunca habían tenido una relación muy estable. Pero esta vez Catherine seguía en sus trece, y Paul Valéry empezó a falsificar la letra en las cartas que le enviaba con la esperanza de que las abriera al menos.

Spoiler: no funcionó.

En la excursión de fin de curso de octavo, las monjas nos bajaron a la recepción del hotel para que llamásemos a nuestras casas desde un teléfono de monedas. Yo estaba por la mitad de la fila y miraba a las otras niñas hablar y empujarse y decir: «¿Me cuelas? vale, pero detrás de mí», que era una manera muy legítima de adelantar posiciones en aquellos años. Yo notaba que me estaba poniendo nerviosa, me movía de lado a lado, mudando de pierna el peso del cuerpo como si me estuviera meando. Cruzaba y descruzaba los brazos y me asomaba a contar cuántas compañeras me quedaban delante. Y pensaba en mi casa y me imaginaba escenarios. Que justo estuvieran comunicando, o que hubiesen bajado a los perros, o que la moneda que asfixiaba en la mano fuera una de esas defectuosas que no quieren ni los teléfonos ni las máquinas de tabaco. Y qué haría yo entonces, si me escupía la moneda otra vez. Las niñas se pondrían nerviosas, me dirían que me pusiera al final, y no serviría de nada aunque probáramos ese truco de frotar los cinco duros contra la carcasa metálica. Me quedaban por delante nada más que tres niñas y siete baldosas, y la moneda me sudaba en la mano y me dejaba en las palmas una guarrería negra y brillante. Llegó mi turno y me encaramé a la banqueta. Tomé una bocanada de aire, miré de frente al teléfono, y lo juro, que yo marqué bien. Sé que marqué bien porque tenía miedo de marcar mal y perder las veinticinco pesetas. Así que puse cuidado y apreté fuerte justito en el centro de cada tecla.

Me lo cogió una señora, y yo dije: «¡Abi!», y ella: «¡Hola!». Y yo repetí: «¿Abi?», porque no sonaba a mi casa ni a mi abuela, y ella: «Dime, hija». Y entonces yo le empecé a contar que habíamos llegado bien a Granada, que mañana íbamos a la Alhambra y al Generalife, y que me había comido el yogur. Y hablé y hablé y ella me preguntaba, y yo tenía las lágrimas congestionadas en la nariz, porque escuchaba al teléfono deglutir poco a poco mis veinticinco pesetas, y yo sabía que esa no era mi abuela, que mi abuela estaba en el sillón mirando la tele y esperándome llamar. Y justo cuando ya fui a colgar le dije: «Pero tú no eres mi abi». Y ella: «Que sí, hija, que sí».

Y yo me callé, ni la contradije ni protesté, ni fui corriendo a las monjas. Solo me bajé de la banqueta y me resbalaron dos lágrimas directas al suelo. Cené muy callada y con mucha vergüenza, respirando por la boca cada vez que tragaba la pizza, porque tenía la nariz atascada de otras lágrimas que me estaba aguantando dentro. Y la niña a mi lado, María Remedios, contaba que su hermano se había atragantado con un guisante, y otra dos sillas más lejos que ella había hablado con su padre, su madre, su hermana y que le habían puesto al teléfono incluso al perro. Pero no ha ladrado ni nada. Y yo me reía muy fuerte, como todas las otras, para que no se notara.

Me dormí a trompicones, y me venían —o yo las creaba— ráfagas de mi familia corriendo por casa. Mi madre llorando, llamando al colegio y mi abuela buscando los números de todos los hospitales desde Madrid a Granada. Al día siguiente se lo dije a sor Rosa, que había hablado con una señora, pero que no era mi abuela. Y primero me miró raro y luego le entró la risa y me dejó llamar otra vez. La voz dijo: «Diga», y me rebañó el estómago una cabriola de alivio. Mi abuela, la auténtica, también se estaba riendo, que no pasa nada, hija mía, pero por qué estás llorando. Y que no estaban preocupados porque en el telediario no habían hablado de ningún accidente de colegio de monjas ni de ningún autobús.

Yo no sé por qué me dio por llorar así tan de golpe y con tanto hipo. Pero se me pasó deprisa en el desayuno. Me bebí la leche en dos tragos y pellizqué todas las miguitas del sobao pegadas al papel parafinado. Decía: «Pues qué risa, ayer en mi casa se escondió en un armario el gato y tardaron tres horas en encontrarlo».

Del resto del viaje me acuerdo muy poco y a ráfagas. La que no se me olvida es aquella señora con voz de abuela —aunque no de la mía— y con tantas ganas de que yo le contase mi excursión. No sé si le di pena, con esos titubeos de niña lejos de casa. Si estaba también ella sentada en el sillón, igual que mi abuela, pero hacía ya mucho tiempo que no esperaba ninguna llamada.

Nos pasamos la vida buscando canales de acceso. Sobre todo cuando es un amante, o la vida misma, quien nos da con la puerta en la cara. Y a veces uno se apaña. Y otras veces, pues qué vas a hacerle. Te agarras a todo. A lo que tengas a mano, a lo que haga falta.

Un teléfono extraviado. Una caligrafía desesperada.

Cristina Araujo