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Carlos Ayllón

21 Dic 2021
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Firmas

Voladitas, cuestión de orden

En nuestro idioma disponemos de unos elementos ortotipográficos que en ocasiones hallamos escritos en ínfimo tamaño y elevado lugar en su renglón. Si tales signos están elaborados en un procesador de textos en una fuente Times New Roman, cuerpo 12, su volumen aproximado es de un milímetro. Reciben el nombre de letras voladas o simplemente voladitas, así, a secas, y de tal guisa las vemos: elevadas, flotantes, un tanto alocadas; no en vano volada es también sinónimo de trastornada, aunque el DRAE, María Moliner y sus sucesores editoriales lo pasen por alto. Así pues, ahí tenemos esas letras locuelas que, con su modesta exigüidad, nos acompañan para ayudarnos a abreviar o indicarnos un ordinal. Ahí está . (doña), Artº. IV (artículo IV), . (barrio), . (María), Suyo Aff** (suyo afectísimo), nº. (números), . (primero), 35ª. (trigésima quinta)… Y también en el léxico archivístico y bibliográfico, donde si una página se ofrece por su parte delantera, se indica . (recto), y si está por la posterior es . (vuelto o verso).

Aunque estos signos proliferan en los escritos de imprenta en los últimos doscientos años, han convivido con nosotros desde antiguo y se pueden contar por millares las inscripciones latinas y romances, antiguas y medievales, que levantan alguna letra para denotar palabras abreviadas. En francés, se las denomina exposants o lettres supérieures, de donde debe de proceder la denominación de letras superiores, que también se emplea en español para designar a las voladas. Sin embargo, se trata de un fenómeno no demasiado habitual en otros idiomas.

Algunos usos de voladitas (cómo no llamarlas por su nombre más entrañable) se resuelven con su reemplazo por grafemas de tamaño normal, de igual medida que el texto de referencia. Así, por ejemplo, el citado Suyo Aff.** por lo general se registra como Suyo Affmo. (expresión, dicho sea de paso, en peligro de extinción); pero ciertamente este fenómeno apenas se puede trasladar a otros casos. Conviene además precisar que las letras voladas, al constituir abreviaturas, han de escribirse con un punto previo al signo elevado. La generalización de la escritura digital ha favorecido a la gente no especializada familiarizarse con la tipografía y, en consecuencia, se ha desarrollado la tendencia a eliminar el pequeño trazo horizontal que escribimos bajo las voladas como para darles un poco de asiento (y aquí la denostada tecnología ha venido a aportarnos un punto de precisión). Por ello no debemos confundir la escritura de la o volada con la representación de los grados —centígrados o angulares—, y así, en su página web, la Fundéu señala: «La o voladita con la raya apenas se utiliza en la tipografía actual. Se considera arcaica o propia de la escritura manuscrita. En tipografía la raya se sustituye por el punto de abreviación (3.o), que no debe faltar en ninguna abreviatura con una parte en voladitas. En el caso del símbolo de grados ya no se trata realmente de la letra o, sino de un círculo; no es una abreviatura, sino el símbolo de una unidad y por tanto no se utiliza punto ni se subraya».

Pero si existe un uso bien generalizado de las voladas, ese es el de señalar el numeral ordinal. De tal modo, cuando un guarismo se acompaña de una de esas traviesas aes y oes (que ahí andan, como globos sin cordel), el sentido cambia, pues ya no vemos uno, tres ni veinte, sino primero, tercero o vigésimo. Digamos que, cuando una voladita se aproxima a un número, en nuestra bóveda craneal surgen significados afines, pero retumban sonidos diferentes.

Bien es cierto que para designar monarcas, pontífices y poseedores de títulos nobiliarios nos hemos dotado del número romano con equivalencia de ordinal. Eso sí, una tendencia a la simplificación nos ha llevado a expresar la posición numérica del jerarca de un determinado nombre hasta el número diez. Así decimos Luis décimo y no Luis diez; pero tampoco Luis undécimo. Y el onceno aplicado a veces a Alfonso XI de Castilla no deja de constituir una singularidad un pelín arcaizante. Por cierto, aunque así lo hagan algunos viejos manuscritos, nunca usemos voladas con los números romanos (jamás XV.º certamen: indígnense tanto como si certamen lo hubiésemos banderilleado con una tilde en la a).
Todo esto nos lleva en otra dirección, a un problema creciente, como es el que ha llevado a la pérdida del uso del número ordinal en favor del cardinal, cuestión casi irresoluble desde que la Nueva gramática de la lengua española de la RAE ya acepta tal fenómeno. De este modo ya no hablamos del décimo octavo cumpleaños, sino del dieciocho cumpleaños; ni del cuadragésimo aniversario, sino del cuarenta; ni de la vigésima tercera (o vigésimotercera) olimpiada… También en francés se utilizan las lettres supérieures para referir el orden de posición de un elemento, si bien el francófono no emplea un cómodo cardinal como ordinal, lo mismo que los angloescribientes, quienes en cambio no acostumbran a usar voladas las partículas -st (1st), -nd (2nd), -rd (3rd) y -th para indicar orden, pero normalmente sí las anclan, cual perros guardianes, al pie del número que matizan y sin reducir su tamaño.

De acuerdo, pidamos el comodín de la economía del lenguaje. Incluso puede aceptarse que en un ámbito oral y coloquial se lancen semejantes expresiones, máxime si el registro de los hablantes no se mueve en unos niveles sobradamente cultivados. Pero me temo que el problema se extendió en las últimas décadas del siglo pasado, cuando tal simplificación era asestada por titulados y profesionales de la palabra (y aquí cabe incluir a periodistas, escritores, profesores y políticos). Me pregunto si gran parte de la culpa de este hecho no vendrá de la película de Henri Verneuil La hora 25, que luego inspiraría el nombre de la hoy veterana emisión radiofónica Hora veinticinco y de aquí a la más reciente Hora catorce. Por añadidura, este tipo de usos hablados se trasladan a la lengua escrita cuando leemos el 26 Festival de Benicasim, con lo fácil que le resultaría al que redacta el texto, si no añadir un número romano, sí al menos una simpática voladita, que es lo que, por cierto, nos trajo hasta aquí.

Por supuesto que se puede e incluso se debe utilizar el número cardinal para designar una posición. Muchas veces es el contexto el que manda, de igual modo que la posición del numeral en su sintagma obliga a utilizar una u otra forma. Acabo de citar el siglo pasado y podría haber indicado el siglo veinte, pero no el veinte siglo. De igual modo, ¿cómo vamos a decir «Voy por la página centésima trigésima cuarta»? Hipercorrecciones, las justas. Por eso no nos incomoda cuando llega la emisión televisiva Página Dos. De hecho lo celebramos, y no exactamente por cuestiones de título.

Por último, a quienes resulte extraño o les asalte una duda repentina sobre el buen uso del ordinal, siempre les queda recurrir al consejo que ofrece Álex Grijelmo en su Gramática descomplicada (Taurus, 2006, pág. 147), a saber, se puede recurrir al truco de invertir la expresión, dejando el numeral para después de la celebración e intercalar la palabra número, de modo que la 28 Olimpiada se convierte en la Olimpiada número veintiocho, que suena mucho más propio. Pero eso para hablar; para escribir no vayamos a perder las diminutas letras voladas, que nada malo hacen.

Este artículo de Carlos Ayllón es uno de los contenidos del número 11 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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