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Mar Capilla

04 Oct 2021
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Firmas

Oficios en la sombra

Siempre he escuchado decir que una mujer con carácter es considerada una sargenta, que una asistenta no deja de ser una criada, que una gobernanta no gobierna, solo limpia, y que una cortesana ejerce la prostitución, eso sí, de manera elegante y distinguida. Todos ellos son sustantivos de profesiones referidos a la mujer; sin embargo, la abismal diferencia de significado con su variante masculina llama, cuando menos, la atención.

Durante nuestros primeros años, en el colegio, nos enseñan que los sustantivos pueden ser masculinos o femeninos, dependiendo de su terminación (-o y -a). También aprendemos que, en los sustantivos animados, el sexo y el género están estrechamente relacionados. Pero, ¿qué ocurre con aquellos sustantivos animados que han decidido no desdoblar su género, a pesar de ser morfológicamente posible? ¿Significa eso que no existen mujeres que desempeñen las funciones que designan? Rotundamente no.

En español tenemos sustantivos femeninos, la mayoría relativos a oficios, que, por diversas razones, no se han arraigado en el habla. Encontramos casos de rango militar como generala, tenienta, almiranta, coronela, comandanta, sargenta, soldada u oficiala.

Siendo posible su desdoblamiento, se ha preferido comunizar estos sustantivos, cargando sobre el artículo la responsabilidad de designar su género: la general, la teniente, la almirante, la coronel, la comandante, la sargento, la soldado, la oficial. Siguiendo en la línea de cargos o profesiones, observamos palabras que se resisten como concejala, jueza, fiscala, médica o pilota; ahora bien, ¿cuál es la causa de esta negativa? Si se pregunta al hablante, este basará su justificación en una idea común: «Me suena mal» o «No me pega», pero el lenguaje no debería basarse en la musicalidad de sus formas; si fuera así, para muchos, el alemán habría quedado sepultado hace siglos. La aceptación en el habla, por tanto, debe fundamentarse en la posibilidad de formación, apoyándose en el conjunto de reglas gramaticales. Formas como presidenta, abogada o ministra hace años eran impensables, pero en la actualidad referirnos a una mujer como presidente, ministro o abogado irrita e, incluso, en algunos contextos, puede provocar conflictos.

Algo más llamativo es lo que ocurre en el ámbito eclesiástico con voces como obispa, cardenala, arzobispa o sacristana. En muchas de ellas no se ha conseguido asentar el uso femenino, por lo que se mantiene su terminación masculina para designar a la mujer: la obispo, la cardenal, la arzobispo o la sacristán. Podemos echar la culpa a los sustantivos comunes en cuanto al género por rechazar su forma femenina, como ocurre en otros sustantivos masculinos (tipo, personaje o canciller) y sus anómalas formas femeninas (tipa, personaja, y cancillera); pero creemos que, tras la culpa lingüística, se esconde una mayor: la responsabilidad social de apartarlos de nuestro vocabulario.

Es cierto que, siglos atrás, e incluso años, muchos de estos cargos no estaban desempeñados por mujeres; por ende, parece lógico pensar por qué su forma femenina no era tan siquiera considerada. De hecho, en la década de 1920 muchas mujeres preferían usar el sustantivo masculino porque sentían que la variante femenina iba acompañada de jocosidad y desprecio. En algunos sustantivos, incluso, la forma femenina se utilizaba para designar a “la mujer de…”. Tras esto, y basándonos en la situación actual, resulta socialmente anticuado pensar que este significado pueda perdurar hoy en día.

En definitiva, y siendo ahora conscientes del lenguaje que empleamos, conviene recordar que cada persona es responsable, en cierta medida, de las palabras que escoge en su discurso. Ahora que conoce las formas femeninas de estas voces, y sabe que son posibles y válidas, ¿las incluiría en su habla?

 

Este artículo de Mar Capilla es uno de los contenidos del número 11 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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