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Thilo Schäfer

22 Oct 2020
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Firmas

Malabares lingüísticos contra el olvido de un exiliado cubano

El exilio, impuesto o voluntario, ha sido el destino de muchos escritores y pensadores desde la antigua Grecia. Aunque normalmente es una experiencia dolorosa, también sirve como estímulo artístico en muchos casos, lo que José Miguel Oviedo describe como «desarraigo lingüístico». La pérdida del entorno cultural y familiar del exiliado, en muchos casos, puede suponer cierta independencia también del propio idioma en que se escribe. James Joyce y Vladimir Nabokov no solo son exiliados famosos, sino dos de los escritores más experimentales en cuanto al uso de la lengua. En el mundo hispanohablante se debe destacar a Guillermo Cabrera Infante como uno de los maestros en experimentar con el castellano, en su caso el de su Cuba natal.

A diferencia de otros literatos exiliados latinoamericanos, como Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez, el exilio de Cabrera Infante fue definitivo. Luchador contra la dictadura de Batista, pronto se sintió traicionado por la Revolución y, tras unos años de funcionario en la embajada cubana en Bruselas y una turbulenta visita a La Habana en 1965, decidió marcharse para siempre. Se instaló en Londres, donde murió en 2005. Su obra literaria, por la que ganó el Cervantes en 1997, es indisociable de su condición de exiliado, marcado por la obsesión de recordar —y revivir— La Habana, especialmente su vida nocturna, de los años 1950 hasta que el dogmatismo castrista acabara con aquel mundo tan exuberante como cruel.

En sus dos obras maestras, Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto, el autor recrea el ambiente de aquella época de forma minuciosa y deliciosamente viva, con el idioma habanero como protagonista. «No fue fácil hacerlo desde tan lejos», admitía Cabrera Infante años después, ya instalado en Londres: «Aun cuando estaba cerca (…) me veía obligado a la reconstrucción». Considerado por muchos erróneamente como un escritor apolítico, es en el uso del lenguaje donde se esconde muchas veces la crítica social, como en esa conversación entre dos señoras de la alta sociedad en la época de Batista en Tres tristes tigres: «Tú sabe cómo Sipriano es… E, e ¿e? Sí hija no seas boba, si yo misma me río. Él se pone hecho una furia pero yo no puedo aguantar larrisa. Con todo él diese ques un nombre que le ha traío suerte. Total, si el General se llama Fulgensio y un hermano Ermenegildo ¿por qué no se va a llamar él Sipriano? Al menos eso lo quel diese. ¿Sipriano? De lo mejol de lo mejol. En la prángana».

En otra parte de esta novela —Cabrera Infante prefería llamarlo simplemente «libro»— titulada La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos, años después – o antes imita de forma sarcástica el estilo de colegas como Alejo Carpentier, Lezama Lima o Nicolás Guillén, uno de los intelectuales más comprometidos con el régimen castrista:

CORO (Aragón, Eluard, Siqueiros, Sholojov y Brecht acompañan a Guillén):
¡Stalin!
¡Gran Capitán!
Que te proteja Xangó
Y te cuide Jemejá.
¡Cómo no!
¡Esto lo digo yo!

No sorprende que Cabrera Infante contaba entre sus escritores favoritos a Joyce y Nabokov. De hecho, hizo la traducción de Dubliners al «español cubano», como decía. «El libro lo traduje a mi idioma no solo por comodidad, sino porque el propio Joyce ha trabajado su libro con un idioma aprendido más que vivido y en el original abundan, como es de esperar, los irlandismos», dijo a Eligio García Márquez en Son así – Reportaje a Nueve Escritores Latinoamericanos. Cabrera Infante bien podría haber hablado de sí mismo. Tenía que aprender el idioma, como el protagonista en La Habana para un infante difunto —una «ficción autobiográfica», según el autor, escrita entre 1975 y 1978 en Londres— cuando llega de joven con su familia desde el campo a la capital. «Ésta era una verdadera belleza, con un cuerpo curvilíneo (ésa era otra palabra que aprendí en La Habana, donde tuve que aprender tantas, tanto que el español se me hizo exótico)».

Por supuesto que Cabrera Infante había vivido estos años previos a la Revolución que nutrirían toda su obra. Reivindicaba el habla habanero contra las normas como en otra escena de La Habana para un infante difunto: «no podía evitar buscar a las muchachas en el cine, acercarme a ellas, apropincuarlas (dice el diccionario, ese cementerio de elefantes lingüísticos a donde van a morir las palabras, que esta palabra no se usa más que en sentido festivo, pero en mi pueblo era muy claro su sentido: arrimarse con segundas intenciones, que en mi caso, en esta época eran las primeras)».

La acción de La Habana para un infante difunto precede a la de Tres tristes tigres aunque esta última fue publicada mucho antes (obtuvo el premio Biblioteca Breve, de Seix Barral, en 1964). Cabrera Infante empezó a escribir los fragmentos de Tres tristes tigres cuando todavía estaba en La Habana y durante su primer «exilio voluntario» en Bruselas. De ahí que el empleo del lenguaje popular resulte más fresco y vivo. En La Habana para un infante difunto, a pesar del enorme esfuerzo de hacer memoria, el nivel de cubanismos es menor. Además, el narrador a menudo se empeña en aclarar algunos términos para un lector no familiarizado con la jerga habanera. Quizás el autor ya escribía para otro público hispanohablante ya que sus obras fueron prohibidas por la dictadura cubana y su nombre condenado al ostracismo.

Cuando estaba en La Habana en verano de 1995 para escribir mi tesina sobre la obra de Cabrera Infante, muchos libreros me aseguraban poder conseguir sus libros de forma clandestina sin problemas, y que había gente le leía. Cuando volví veinte años después, en una librería tardaron en recordar quién era ese autor. Será anecdótico, pero es probable que la censura inevitable en los regímenes totalitarios haya provocado que las nuevas generaciones de cubanos no conozcan a uno de los mejores escritores que ha dado la isla. El propio Cabrera Infante evoca su destino en La Habana para un infante difunto cuando el narrador habla del cierre de Nueva Generación, otra referencia a la vida real del escritor que colaboró con aquella revista: «La publicación no duró más que cuatro números y se hundió en el olvido total, que es mayor que el olvido literario pero no peor».

 

Este artículo de Thilo Schäfer es uno de los contenidos del número 7 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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