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Cirilo García Román

18 Oct 2019
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Firmas

La herencia etrusca: tres letras o cuatro para un solo sonido C, Q, K y V

Nunca se repara lo suficiente en la importancia del no siempre feliz hallazgo de la escritura y, en particular, de nuestra escritura alfabética. No es solo que la presencia o ausencia de escritura señale en una civilización el comienzo de la historia, esto es: el comienzo de la cultura. Por mucho que esto parezca grande, no es lo más importante. Lo transcendental es que su invención constituye la primera reflexión lingüística del ser humano sobre esa herramienta que llamamos lengua, con la que habla desde no hace tanto tiempo, si lo comparamos con la edad que se calcula para nuestro universo; y habla, además, sin ser consciente de forma plena de cómo es que habla.

Desengáñate, lector —tú que ahora devuelves a tu lengua hablada, en lectura interna, tal vez con un leve bisbeo de tus labios, nuestras palabras escritas, nuestras históricas Καδμήια [i. e., Φοίνικεια] γράμματα (Herodoto: «letras fenicias»)— uno no habla como escribe, por mucho que en ello puedan empeñarse, desde la tahona de sus gramáticas, algunos académicos Nebrijas e instituciones varias. Ponga oído: se dice «me voy pal’ pueblo», pero se escribe «para», so pena de quedar uno como un iletrado inculto, valga la redundancia. Claro que también es decible «me voy para el pueblo», pero en la lengua coloquial de cada día, con la que uno suele hablar a su vecino, atenta contra la economía de medios, uno de los principios básicos del lenguaje humano. Además uno corre riesgo serio de resultar un pedante a oídos de otros. Y se escribe «la casa», con espacio en blanco entre el artículo y el sustantivo, pero se pronuncia [la’kasa], sin ese blanco, porque ¿cómo va uno a pronunciar la nada, pues nada nota, incluso cuando marca una pausa? Como en la música, los silencios se indican en la partitura, pero no se tocan. El espacio en blanco es un signo de ortografía: el primero que se inventó.

¿Que no me creen? Fíjense en los niños cuando aprenden a trazar sus primeros renglones; reparen en cómo escriben nuestros mayores que, por desgracia, no pudieron disfrutar de la escuela más que unos pocos años. Por eso no puedo soportar que alguien se ría de los que escriben mal por no haber podido aprender a escribir; y, a la inversa, esbozo una leve sonrisa cuando oigo pronunciar la palabra «exacto» con tanto empeño, con tanto esfuerzo en marcar la que considera su pronunciación [ek’sakta], que temo no se nos vaya a quedar sin aliento. Y aún recuerdo las veces que tenía que releer las cartas de mi madre, una persona muy leída, pero poco letrada, para enterarme bien de lo que contaban.

Pero tampoco escribimos como hablamos. Si así fuera no precisaríamos, por ejemplo, de tres letras (C, Q y K) para pintar un mismo sonido: nuestra consonante oclusiva velar sorda [k]. Entonces, ¿de quiénes heredamos que en este punto nos sobren letras? Para empezar, es una herencia del alfabeto latino. Y los latinos lo heredaron de los griegos, ¿no? Sí y no. Es innegable la impronta griega en el alfabeto latino, y basta una comparación de la forma actual de las letras de nuestro abecedario con el de la lengua griega moderna. Si la comparación se hace entre los alfabetos que usaron el «elocuentísimo nieto de Rómulo», Marco Tulio Cicerón, y el orador ateniense Demóstenes, ni todas las letras nos pueden parecer las mismas en su forma, ni tampoco en sus valores.

El principio de la escritura alfabética descansa en el intento de utilizar un solo signo gráfico para cada uno de los sonidos. Y digo intento, porque por más que crea aproximarse uno a la realidad, nunca se sale del todo victorioso en todo de tal intento. Y es que la lengua hablada, como la escrita, es un fenómeno social, es una herramienta compartida por una comunidad. Ambas van generando sus propias reglas y sus propias normas, porque sin tales normas, sin tales reglas, sería inviable hablar, y mucho menos escribir. Y las sociedades son además plurales y diversas.

Si comparamos la forma latina de las tres letras citadas con las griegas del alfabeto griego que se enseña —y por desgracia, nada o muy poco, que en esto la sociedad va en franco retroceso— en el Bachillerato, resulta que la C deriva en la forma de la gamma griega Γ (es una gamma en forma de hocino o garullo), pero en los alfabetos griegos epicóricos (locales) expresa una velar sonora [g]. La K coincide en la forma y en el valor, pero no en la frecuencia de uso, pues era ya muy minoritaria entre los propios hablantes latinos. ¿Y la Q? La Q por sí sola no marca en nuestro alfabeto nada, y casi otro tanto sucedía en el latino. En el griego del alfabeto jónico-ático, el que se convirtió en normativo con el avance del poderío de Atenas sobre el resto del mundo griego, acabó teniendo un valor numérico. La Q es junto con la V un dígrafo, cuya conjunción de ambos tiene entre nosotros el valor de [k], el de labiovelar sorda [Kw] entre los latinos.

Los responsables, en última instancia, de estas contradicciones que atentan contra el principio básico o ideal de la escritura alfabética, fueron los etruscos, cuya lengua está muerta, pero no del todo, porque aún resuena en la nuestra en palabras como «persona» (phersu), «satélite» (zatlath) y «espurio» (spure). Una lengua, la etrusca, que contaba con solo cuatro vocales [a, e, i, u], que no tenía sonidos consonánticos sonoros [b, d, g], y que conocía para el fonema velar sordo /k/ al menos tres pronunciaciones distintas, según el timbre de la vocal que siguiera. Por ello usó un tiempo la C (la gamma griega) ante vocal anterior [e, i], la K ante la vocal de timbre más abierto [a] y la Q ante su única vocal posterior [u]. Y los etruscos fueron los intermediarios entre los griegos y los latinos que introdujeron en el Lacio un préstamo cultural de tanta importancia: el alfabeto. La aportación griega en todo este proceso fue la de haber sido ellos los que crearon el alfabeto, aunque fueron otros los que se quedaron con la fama, porque el así llamado alfabeto fenicio no es otra cosa que un silabario muy refinado, cuyas letras indican sílabas con sonidos consonánticos o sonánticos, pero nunca señalan ni de forma plena ni de manera sistemática los sonidos vocálicos.

 

Este artículo de Cirilo García Román es uno de los contenidos del número 4 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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