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08 Oct 2019
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Ciudad Sintaxis

Usos y análisis del lenguaje urbano a través del espejo retrovisor de mi taxi.

Daniel Díaz

Taxista, escritor y viceversa. Licenciado en charlas casuales y amante discreto del verso suelto.

Viajar

Viajar. Viajar como recurso literario. O viajar para huir de algo. O de alguien. Incluso de ti.

Suena raro viajar sin moverte del sitio. Soy taxista: viajo para otros allá donde digan otros, aunque siempre empiezo en casa y acabo en casa. Tal vez por eso vivo con la sensación de no estar realmente en ninguna parte. Estoy pensando en El camino de Jack Kerouac. Estoy pensando en Sal Paradise, en Dean Moriarti, en Old Bull Lee. Pienso por qué ya nada es como antes. Los rostros, por ejemplo. Ahora el miedo se maquilla con la falta de tiempo. Viajamos evitando la quietud (ese eco insoportable, dicen) tirando de teléfono móvil a la mínima de cambio.

Subes en mi taxi. «Al Tanatorio Sur por la M-30, por favor», me dices. Y dicho esto sacas el móvil y ojeas Facebook. Pinchas en el video de una fábrica de galletas robotizada. El video queda interrumpido por un anuncio de desodorantes para hombre. Lo dejas correr a la espera de seguir viendo lo de las galletas. Esos siete minutos te están ayudando a no pensar en la muerte.

Mientras tanto, hemos pasado por una mezquita blanca, por un edificio de oficinas en pleno proceso de restauración. Hemos pasado por la ladera de un parque (cinco chavales bebían cerveza tumbados en el césped), y el sol se cuela por los puentes, y la furgoneta que nos precede lleva escrito en el portón “Dios te guía, sígueme”, y cuando termina el vídeo de las galletas comienza el siguiente: Trucos para hacer trenzas de raíz. Y aunque eres calvo, lo dejas hasta el final, con otro anuncio intermedio de una App para buscar pareja (advertí antes que llevas anillo de casado), y el video justo acaba cuando estamos a punto de llegar al Tanatorio. Y freno, detengo el taxímetro, me pagas la carrera, te vas.

Aprovecho y aparco mi taxi en un hueco que acaba de quedarse libre. Saco el portátil del maletero, y me dirijo a la cafetería del tanatorio. Pido un café americano. Busco una mesa. Me pongo a escribir esto.

Cuando acabe, me iré directo a casa.