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10 Jun 2021
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Reportajes

Y la clase de ELE se convirtió en ‘La casa de papel’

Javier Rada

Las series y el cine se están convirtiendo en los grandes protagonistas de la enseñanza de español para extranjeros. Las nuevas plataformas, junto a las posibilidades transmedia, están impulsando metodologías didácticas muy creativas

Raph Koster, reconocido diseñador de videojuegos, en su libro A Theory of Fun for Game Design, afirma que «en todo juego el aprendizaje es la droga». Como ocurre con la serie Breaking Bad, ficción televisiva donde un aburrido profesor se convierte en narcotraficante, hay algo que te obliga a seguir capítulo tras capítulo. Necesitas pasar a la siguiente pantalla detrás de la metanfetamina azul que cocina el protagonista.

Quizás no sea adecuado empezar un texto sobre la adquisición del español como segunda lengua usando la conjunción de Breaking Bad, metanfetamina y aprendizaje. Acaso hubiera sido mejor arrancar con un clip de Frozen, una aventura congelada, con una de las canciones de dicha película: ¿Y si hacemos un muñeco de nieve? ¿Y si convertimos en muñeco helado el aprendizaje de lenguas? ¿De nieve? Oh, vamos profe, no fastidies, responde la clase. Mejor, metanfetamina.

Nada de princesitas congeladas, entonces. Sigamos con la droga. A medio camino entre el detective y el narrador de un thriller, el profesor deja la vergüenza en casa, actúa con el desparpajo de la serie española Paquita Salas

Se trata de ser creativos para despertar precisamente lo creativo. Que los estudiantes toquen, actúen, trasteen, expresen, investiguen, usen, vocalicen, generen, escriban, deduzcan, creen sus contenidos, medien con la cultura, disfruten del imaginario cinematográfico y, como Frodo Bolsón, formen en clase su compañía del anillo, un equipo en torno a un hilo conductor.

Se trata de usar la lengua cual tesoro que es, y hacerlo como la madre naturaleza los hizo: con todos los sentidos en marcha, que se sientan vivos al poder palpar ese maravilloso instrumento multimodal y transmedia que es el idioma.

Como los rudos protagonistas de Antidisturbios y si nos dejamos de cursilerías y aporreamos la mentalidad estructuralista; y si aceptamos que aprender debería ser droga dura en el aula. La pregunta para el profesor de ELE (español como segunda lengua) aparece en el rótulo incandescente de los créditos:

¿Dónde consigo esa droga? ¿Cómo asalto su corazón, a veces tan frozen con la unidad didáctica? ¿Debo organizar un comando al estilo de La casa de papel? ¿Una casa de Babel? ¿Cómo podemos enganchar a los alumnos para que deseen el siguiente capítulo-unidad, esperando a ver qué ocurre en el próximo giro de clase? ¿Habrá idilio entre el pretérito perfecto y el imperativo? ¿Y si mañana asesinan al subjuntivo?
¿Qué hilo conductor cumple con este teorema? ¿Qué producto es ubicuo y multicultural? ¿Cómo podría sentirse la profesora con más poder que Khaleesi, la madre de los dragones en Juego de Tronos?

Habrán sentido el influjo de esa droga. Sí, estamos pensando en las series y el cine, un fenómeno adictivo gracias a las nuevas plataformas (Netflix, HBO…). El vídeo es el Jefe de Jefes de los Narcos del contenido. Y como en Breaking Bad, la lengua meta puede ser azul. Es una fuerza no contaminada por la educación formal, decía Henry Giroux. ¿Por qué no convertirlo entonces en el juego del aprendizaje del español? ¿Utilizar droga con droga? ¿Que la clase se llene de Stranger Things?

Incluso los más tecnófobos tendrán que admitir que las nuevas tecnologías han multiplicado las posibilidades en el aula. El tirón que están teniendo algunas producciones españolas y latinoamericanas, como La casa de papel, Élite o Las chicas del cable, las ha convertido en un portal más conocido que el Instituto Cervantes. Los alumnos ya no desembarcan tan ajenos a la cultura. Tienen ídolos, un tejido subterráneo.

Las series son un centro de atracción inicial, la madriguera de conejo que los profesores pueden utilizar para llevarlos de este modo a espacios más profundos de la comprensión de la lengua, del lenguaje cinematográfico y de la alfabetización digital.

Sin darnos cuenta, el móvil se ha convertido en un pequeño estudio de creación transmedia. Con cuatro aplicaciones es posible interactuar con todo producto. Hoy los alumnos comparten y cruzan las pantallas. Compadrean con memes. Se convierten en los actores de su propia serie didáctica guiados por el profesor. Es una metodología que va más allá del enfoque comunicativo, una pequeña revolución que convierte el «aprendizaje por tareas» en algo muy creativo.

«Este tipo de tendencias nacen de un contexto que lo permite, lógicamente. Hace años la enseñanza de lenguas estaba centrada en una visión muy estructuralista, tú tenías que aprender una serie de estructuras que conforman un idioma», explica Francisco Herrera, director de la academia Clic y formador de profesores de ELE. «Ahora se entiende que no se aprende una lengua solo conociendo las estructuras, sino haciendo cosas, es el enfoque basado en la acción», concluye.

Estamos en un nuevo capítulo didáctico donde la creatividad y la emoción pueden acompañar a una educación seria. El cambio «está muy relacionado con la explosión de la tecnología. El hecho de que tengamos ahora tantas opciones para diseñar, compartir, producir, grabar, escribir, publicar…», afirma Herrera.

Comunicación, cámara y acción… Atraídos por el caramelo de las series o el cine, los alumnos pueden doblar una película en español con su propia voz con una app sencilla y gratuita. Pueden grabarse a sí mismos en vídeo interpretando a uno de los personajes en una trama alternativa o spin-off digna de una fan-fiction. Ver clips sin voz e imaginar y discutir de qué va el asunto. Subir y compartir materiales, fotos, dibujos, sus creaciones, en muros colaborativos tipo Padlet. Las posibilidades van «hasta el infinito y más allá…» (¿sabrán a qué peli pertenece esta frase los alumnos?).

Quizás quieran hacer de directores de cine amateur, repartiendo los roles en el equipo de clase. Utilizar a los Simpson para comprender los tiempos verbales, como si estuvieran dentro del capítulo. Los alumnos ya no son los sujetos pasivos de la trama: no son los zombis de The Walking Dead.

Es un juguete poderoso, la droga que Walter White (protagonista de Breaking Bad) estaba buscando en el desierto donde predicaba el predicado. Dejarse seducir por la meta azul de las series y el cine, los cortometrajes, los documentales… para encontrarla en el subjuntivo (sí, incluso allí).

El tiempo entre costuras.

Lo bueno del cine y las series es que «tienen todos los elementos verbales y no verbales, son un instrumento de mediación cultural, generan un aprendizaje significativo, llenan de matices y de capas todo lo que estás estudiando, y eso lo convierte en una herramienta maravillosa para aprender lenguas», explica Natalia Contreras, profesora que dirige un curso que fue pionero en España, «Español a través del cine», en el Centro Superior de Idiomas de la Universidad de Alicante.

Cada vez hay más universidades y escuelas que aplican estos métodos. Tenemos cursos de formación de profesores especializados y también para los estudiantes. A su vez, hay más unidades didácticas colgadas en Internet, desarrolladas por profesores. «El aprendizaje basado en vídeos se está convirtiendo en la norma, especialmente en el aprendizaje informal», explica Carmen Herrero, directora del grupo de investigación FLAME (Film, Languages And Media in Education) de la Universidad de Manchester.

No hemos descubierto, sin embargo, la pimienta. Desde hace décadas se intenta utilizar este recurso. Pero antes era engorroso, limitado. Conseguir la película y el aula disponible, que funcionara el proyector… El alumno era además el sujeto pasivo en una producción cultural compleja, concebida para hablantes nativos. La mayor parte de las veces no entendía nada y se frustraba. Muchos profesores lo concebían como una clase ‘maría’, algo ligero o un regalo (un premio de egiptólogo) para los aprendices.

En clase siempre se han usado contenidos culturales. Los profesores tienen claro que una lengua tiene mucho que ver con la cultura de la comunidad que la habla. «Los aprendices deben ser guiados no solo en hacerse con ese código formal y lingüístico, sino también en encontrar su modo de ser como hablante», explica Irene Yúfera, docente del Máster de Formación de Profesores de ELE de la Universidad de Barcelona.

Pero ya no vivimos en El tiempo entre costuras, sino en uno que las revienta… «Las series enganchan, es lo que les llama ahora la atención», confirma Vanesa Casado, profesora en Clic, una de las que utilizan estos métodos didácticos.

El cine está fuera de los circuitos de la educación reglada, «y eso lo hace muy atractivo, más vinculado al ocio, pero hay que trabajarlo mucho», añade Yúfera. Toda droga tiene inconvenientes. Esta requiere preparación, invertir tiempo para sacarle partido. Muchos profesores se rebanan el seso. «Pero te da su recompensa. Si solo ves PowerPoints, eso se borra, pero si has tenido la experiencia, has tocado, te has movido, has visto un fotograma, lo has dibujado… no se olvida», asegura Casado.

Bien mirado, una serie se parece al aprendizaje de una segunda lengua. Se funciona en el aula por capítulos (algunos más extensos que Los Soprano, y a veces parecidos a Perdidos). Los personajes nos son conocidos (el estudiante, el profesor, el gracioso de clase, el mudito asiático…). Como en la ficción serial, pasan de una situación de orden (cuando estaban felices sin saber nada de español) a otra de caos (¿qué diablos es el subjuntivo?), para finalmente regresar a la nueva normalidad.

Las unidades didácticas son fases: arrancan con un teaser del profesor, una exploración de personajes (conocer las necesidades de los alumnos), cotejar sus preferencias (qué les gusta, ¿podrían entrar al trapo en una realidad dura como la de Antidisturbios?) para introducirlos luego en la sesión piloto, crear el ambiente didáctico, que comprendan claves y objetivos y, entonces sí, el primer capítulo de los varios que formarán la unidad. ¿Por qué debería ser aburrido?

Aparece un elemento que lo vincula todo: la narrativa (storytelling, en inglés). «La narración es un elemento muy presente en la enseñanza de idiomas, contamos continuamente cosas en el aula, y allí, en la mezcla de un enfoque lúdico, la narración y el aprendizaje, se dan unos resultados estupendos», apunta Francisco Herrera. Y la narración es precisamente lo que comparten series y aulas.

El meollo del asunto está en esto que nos plantea la profesora argentina Marcela Fritzler: «Si el concepto de narrativa transmedia invita a los lectores a participar en las historias que combinan la narración tradicional con innovadoras nuevas tecnologías, la incorporación de la inmersión de todo el cuerpo y la interacción que incluye la vista, el oído, el tacto e incluso el olfato, ¿por qué no emplear estos principios en la enseñanza de una lengua extranjera a partir de un texto enriquecido que motive a los estudiantes?».

Integrar la narrativa transmedia tiene como meta despertar a los estudiantes-lectores, involucrándolos. «Este enfoque didáctico
se fundamenta en una visión más amplia de las necesidades de los estudiantes permanentemente conectados y con mucha información a su disposición, sin descuidar los contenidos lingüísticos ni el empleo instrumental implicados en todo aprendizaje de una lengua extranjera», añade.

Hace años, los alumnos, como los estadounidenses, no conocían casi nada de la cultura nativa, un batiburrillo de tópicos, quizás a alguna mujer con un ataque de nervios (la peli de Almodóvar) que bien podía ser la profesora. Sin embargo, «ahora han visto mucho cine en las plataformas, y eso está bien, nos allana el camino», confirma Contreras.

A partir de cualquier referencia audiovisual pueden generar otro tipo de materiales. Esto implica una búsqueda autónoma de significado, son fuentes de puntos de vista, «que pueden ayudar a desarrollar pensamiento crítico y una alfabetización audiovisual», según Contreras. Facilita ese concepto de «aprender haciendo», aunque a profesores como Yúfera les guste más «el de aprender pensando».

Con Ocho apellidos vascos, por ejemplo, se pueden explorar los estereotipos nacionales de norte y sur de sus propios países. Decidir sus actores, qué geografía necesitan para trasladarlo, presentarlo tal vez en un PowerPoint, y todo para generar un debate enriquecido, real. La peli puede ser algo mala (y fomentar justo los tópicos), pero la explotación didáctica, bien llevada, es atractiva. «Las actividades clásicas con cine estaban muy centradas en lo lingüístico, pero es interesante utilizarlo como instrumento de mediación cultural», añade Contreras.

Perspectiva de género (La mujer, cosa de hombres, documental de Isabel Coixet) o trabajar las variedades del español (Un cuento chino).
Se puede aprovechar el fenómeno del fan-fiction (los fans que continúan con derivados de las tramas de las series) y que los aprendices inventen nuevas aventuras. Ver un capítulo de Crematorio, y después pasar a extractos de la novela de Rafael Chirbes en la que se inspira. Usar un libro digital y escribir la continuación del final. Aprender la historia reciente de España con Patria o la Guerra Civil con El laberinto del fauno. Usar documentales: Hollywood contra Franco, Las maestras de la República… Compartir contenidos y opiniones en foros nativos. Y plantear hipótesis creativas. Se pueden usar series españolas o de otros países dobladas al español. Hasta el infinito… sí.

El reto que tienen los profesores es no tratar esos materiales audiovisuales como si solo fueran texto (lo que dicen los personajes). «Hay un montón de cuestiones que podemos poner en solfa», asegura Yúfera, profesora de profesores, madre de dragones, entonces. Lo lingüístico y lo contextual, lo histórico y lo gestual, la voz y la música…

«Si consideramos que estamos ante alumnos transmediáticos, es ineludible el desarrollo e integración en el aula de propuestas didácticas que se basen en estas prácticas para desarrollar, entre otras, la competencia intercultural crítica y, en particular, para promover una reflexión más profunda sobre los conflictos y tensiones vinculadas con la diversidad (en el sentido más amplio de la palabra)», añade Carmen Herrero.

El producto audiovisual es el catalizador que permite al alumno superar el muro de los afectos. Pueden expresarse de una manera más cómoda. Pero donde marcan los profesores la diferencia es con la tarea. La graduación del nivel está allí y no en la serie. «En niveles más avanzados ya estamos utilizando, por ejemplo, la subtitulación como actividad didáctica», dice Contreras.

Puede ser una subtitulación creativa, usando algún programa sencillo, como Aegisub o Subtitle Workshop. «No es solo utilizar la transcripción como apoyo de la compresión de la película, sino como una herramienta didáctica en sí», explica. También existe la posibilidad del doblaje cinematográfico y de editarlo luego en Windows Movie Maker, iMovie, FilmoraGo o WeVideo. El alumno dobla con su voz a un personaje, «con todo lo que implica de mejora de la pronunciación, de la entonación, etc., además de ser una actividad divertida», añade.

Los aprendices a veces se sorprenden con las propuestas. «Al principio se pueden quedar descolocados», confirma Casado. Según la dinámica, pueden sentir miedo escénico.

El profesor debe dejar claro que el objetivo es otro (darle musculatura a la gramática), y apostar por tareas que no los frustren, con los fundamentos claros, «con mapas conceptuales, guías, tablas de contenidos léxicos», según Fritzler.

«En las actividades creativas el margen de error es mínimo», añade Contreras, porque se trata de que usen la lengua como motor sin límites. Pero no todos los materiales funcionan igual con todos los alumnos. Para crear algo sólido, «tienes que tener claro que eso es un grupo humano, que va a ser una comunidad de aprendizaje, que más que un grupo va a ser un equipo», apunta Yúfera. Debes ser como Gandalf, invitando a tus queridos hobbits a que abandonen la cómoda Comarca didáctica.
A partir de allí, Yúfera recomienda ir trabajándolo por tareas. «Si trabajara con La casa de papel, por ejemplo, empezaría con carteles, con los trailers, con ese material que rodea la serie y que nos va a permitir plantear toda una serie de hipótesis», explica. Investigar juntos, por ejemplo, el origen de la máscara de la serie, ese Dalí perturbador (¿y quién era Dalí?). Buscar información en la lengua meta es un método valiosísimo para aprenderla.

La serie es el punto de partida (es mejor que la vean en sus casas respetando ritmos de aprendizaje), un material auténtico, sensorial, emotivo. «Yo siempre pienso en la clase que me gustaría recibir como alumna. Normalmente dejo que me inspire la película. ¿Qué vocabulario o gramática puedo sacar? ¿Qué necesitan ellos?», explica Casado.

Toda droga en el fondo nos engaña. Busca despertar al niño profundo a través de la curiosidad externa. Ese niño que usó el juego precisamente para aprender. Las series y el cine son parte de ese engaño. Por eso Yúfera dice que es importante escoger materiales que al profesor le gusten. «Entonces no los harás como algo ajeno a ti, sino que los vas a hacer vibrar, y esta es una de las responsabilidades de cualquier profesor: lo que propones tiene que estar vivo», afirma.

Aprovechar la adicción serial para desarrollar nuevas competencias. Tirar del hilo narrativo por la madriguera lumínica. Un gancho bien testado y multicultural. Solo lo creativo salva una clase, ¿no les parece? ¿Cuál es el verdadero éxito de Walter White?

Este reportaje es uno de los contenidos del número 10 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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