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16 Sep 2022
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lenguaje

Una silenciosa torre de Babel

Adolfina García

Aunque sistemáticamente ignorados en el aprendizaje de idiomas, los gestos forman parte de la lengua, y no en todas significan lo mismo. Incluso pueden significar cosas muy diferentes. Algunos de los gestos, los llamados emblemas, pueden estar tan cargados de significado como las propias palabras

Los mayas yucatecos no utilizan palabras para referirse a las distintas horas del día: se limitan a usar las manos. Ellos solo dicen, por ejemplo, «vamos y venimos», y a la vez que lo hacen señalan distintos puntos en el cielo para indicar el lugar donde estará el sol cuando se vayan y cuando vuelvan. El lingüista y antropólogo Olivier Le Guen lleva veinte años estudiando el lenguaje de este pueblo indígena de la península de Yucatán. Investigador del CIESAS (Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social de México), Le Guen se acercó a los yucatecos intrigado por la ausencia en su discurso de alusiones espaciales como izquierda, derecha o los puntos cardinales («términos que sí existen en su idioma, pero que ellos nunca verbalizan»), y acabó fascinado por su riqueza gestual y su capacidad para transmitir la máxima cantidad de información con el mínimo número de palabras.

El yucateco es paradigmático de la importancia que pueden llegar a tener los gestos en la comunicación, pero lo cierto es que todas las lenguas, sin excepción, se apoyan en componentes no verbales, aunque a menudo ni siquiera sus propios usuarios sean conscientes de ello. «Con frecuencia se considera que lo lingüístico es el habla y los gestos son algo adicional. Sin embargo, muchas investigaciones demuestran que las señales visuales también pueden ser lingüísticas, es decir, símbolos con una forma y un significado estable que se pueden integrar en la gramática. Por ejemplo, levantar el pulgar para indicar que algo está bien», explica Le Guen. A su juicio, los gestos han sido víctimas colaterales, por así decirlo, de la universalización de la escritura como vehículo de transmisión de la ciencia: «Dentro de esa ideología en la que prevalece la legitimidad de lo escrito sobre lo hablado, los gestos se han visto injustamente relegados a la periferia del lenguaje. La escritura es en realidad un medio artificial y limitado, pero los lingüistas estuvieron circunscribiéndose a él durante años, como si lo que no se pudiera recoger por escrito no existiera. Las cosas han cambiado ahora que se puede grabar imagen y sonido fácilmente».

«El componente verbal y el componente no verbal conforman la lengua de manera intrínseca e interrelacionada», corrobora Helena Belío-Apaolaza, profesora del MIT (Instituto de Tecnología de Massachussets) y experta en comunicación no verbal. Esto no significa, por supuesto, que todos los gestos tengan la misma carga semántica: «Algunos son totalmente dependientes del habla, carecen de un significado consustancial y su función es acompañar el discurso oral. Pero otros son autónomos y tienen un significado en sí mismos». A esta última categoría pertenecen los emblemas o gestos emblemáticos, que muchos autores consideran cercanos a las palabras.

En el español de España, algunos emblemas comúnmente utilizados son frotarse las yemas del pulgar, el índice y el corazón (dinero), deslizar dos dedos a ambos lados de la nariz (estar a dos velas) o golpear con una mano el lateral de la otra por la zona del pulgar (marcharse). Sirva este último como ejemplo de lo fácil que es olvidar que dichos ademanes son tan parte de nuestro idioma como las entradas recogidas en el diccionario de la RAE: después de siete años viviendo en el extranjero, en Noruega, me encontré repitiendo inútilmente ese gesto (me marcho) delante de un grupo de personas de diferentes países queme miraban estupefactas, incapaces de comprender. Lo sorprendente del caso no es, por supuesto, que ningún integrante de aquel grupo sin hispanohablantes (mis interlocutores procedían de Europa del Este, Asia y Oriente medio) fuera capaz de desentrañar lo que yo les estaba intentando transmitir. Lo sorprendente es que yo, en lugar de percatarme de inmediato de que me estaba dirigiendo a ellos en mi propio idioma, perseverara y repitiera el gesto asumiendo que no lo habían visto bien, exactamente igual que esos pueblerinos que, en las viejas comedias españolas, hablan a gritos a los turistas como si fueran duros de oído.

Yuhan L., taiwanesa de 37 años, pasó por una experiencia similar en 2020, poco después de mudarse a Noruega: «Entré en un restaurante y pedí una mesa para seis personas. Mi noruego no era bueno y además teníamos que llevar mascarilla, lo que dificultaba aún más la comunicación. Noté que el camarero no entendía lo que le estaba diciendo, así que decidí indicárselo por señas: le mostré el pulgar y el meñique, que es el gesto taiwanés para el número seis. Pero él siguió mirándome sin hacer nada, parecía cada vez más confundido. Entonces comprendí que la gente no conocía aquel signo fuera de Taiwán».

«Cuando aprendemos una lengua nueva, somos conscientes de que nuestro código verbal materno no es válido para comunicarnos, pero no siempre hacemos lo mismo con nuestro código cultural, y entonces asumimos que todos los signos no verbales son universales», explica Belío-Apaolaza. Sin embargo, el repertorio gestual de cada lengua es único. «No hay culturas que compartan todos sus emblemas, aunque sí hay emblemas panculturales, que existen en diferentes lenguas. Estos suelen estar relacionados con actividades básicas como beber, andar o dormir». Como muestra, un botón: «Si en una lengua hay un gesto que significa comer, es muy probable que este implique que la mano se dirija a la boca». Pero Belío-Apaolaza matiza que es frecuente que se produzcan pequeñas diferencias en su realización: «Al indicar el acto de comer, en España los dedos apiñados se dirigen a la boca en movimientos rápidos y repetidos, mientras que en Japón los dedos índice y corazón se acercan y separan de la boca, simulando dos palillos, y la otra mano se sitúa con la palma hacia arriba representando un cuenco o un plato».

Los emblemas que se refieren a conceptos abstractos, o cuyo significado no tiene una relación directa con la forma, son más peliagudos. Y la situación se complica cuando un mismo gesto significa cosas diferentes en distintos lugares, algo que puede ocurrir incluso dentro de una misma lengua, explica Belío-Apaolaza: «El emblema que se utiliza en España para decir ‘mucho’ (apiñar hacia arriba los dedos de una o ambas manos y separarlos en movimientos rápidos y repetidos) significa ‘miedo’ en Argentina, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Panamá, Perú, El Salvador, Uruguay, México y Guatemala». También se da el fenómeno inverso: países que comparten idioma pueden requerir gestos diferentes para una misma palabra. «Por ejemplo, el emblema de ‘tacaño’ se realiza en España levantando el puño a la altura del hombro, mientras que en la inmensa mayoría de Hispanoamérica ese ademán requiere también que se golpee el codo de ese brazo con la palma de la otra mano», dice esta experta.

Cuando un gesto se utiliza con un significado radicalmente opuesto al que estamos acostumbrados, la experiencia es sumamente desconcertante. Mazhar F., iraní de 32 años, lo vivió en carne propia cuando, con 15 años, abandonó su tierra natal para vivir en Turquía. «Estaba recién llegado cuando vi por la calle a dos turcos que se daban collejas entre risas. Aquello me dejó petrificado, porque en la zona donde yo me había criado, el Kurdistán iraní, golpear a otra persona en la parte posterior del cuello, aunque sea con suavidad, es algo extremadamente insultante, es una forma de decirle que no sientes ni el más mínimo respeto por ella. Y, sin embargo, aquellos dos turcos parecían estar a gusto». Sin poder dar crédito a lo que acababa de presenciar, el desconcertado adolescente le describió la escena a un amigo kurdo que llevaba ya un tiempo viviendo en Turquía. «Él me explicó que para los turcos eso era una muestra de afecto, que allí una colleja no significaba desprecio, sino todo lo contrario». El joven iraní sería testigo de muchas otras collejas entre amigos después de aquella: «Durante bastante tiempo seguí sintiéndome raro cada vez que lo veía. Recuerdo que le di muchísimas vueltas a aquello, porque me enseñó lo arbitrarios que son los tabúes, cómo una misma cosa puede ser horrible o estupenda dependiendo de la cultura. ¿Cuál es la lógica en eso?».

Otro emblema considerado de mal gusto en el país de origen de Mazhar y con connotaciones positivas en otros lugares es el pulgar apuntando hacia arriba: «En Irán, mostrarle a alguien el pulgar es similar a levantar el dedo corazón en occidente», explica. «Pero ese es un gesto muy extendido y que yo empecé a ver por la tele desde muy pequeño, así que posteriormente, cuando me lo encontré en la vida real, no tuve ningún problema».

A Priscila Derlam, brasileña de 34 años, la revelación de que un ademán inocuo en una cultura puede ser ofensivo para otra le cayó encima como un jarro de agua fría durante unas vacaciones en la ciudad holandesa de Haarlem. «Estábamos dos parejas y la madre de mi amiga tomándonos una cerveza en una terraza. La madre de mi amiga, que es una señora superamable, quería llamar a la persona que atendía las mesas, así que alzó un brazo y chasqueó los dedos. Y entonces la camarera se puso hecha una furia. Le dijo que ella no era ni un perro ni un gato, que no tenía ningún derecho a llamarla así. Todos nos deshicimos en disculpas con la camarera, pero ella se negó a atendernos y tuvimos que marcharnos. La madre de mi amiga se puso completamente roja, se quedó muy avergonzada. Es que en Brasil chasquear los dedos para llamar la atención del camarero es algo totalmente normal, no se considera ofensivo».

Muchos de los emblemas que utilizamos en nuestro día a día tienen connotaciones distintas en otros lugares, y algunos de ellos, como el archiconocido OK (el índice y el pulgar formando un círculo), cosechan múltiples traducciones. La globalización ha hecho que este signo sea reconocible en el mundo entero, pero el gesto también puede ser utilizado en Francia con el significado de «cero o sin valor»; en Japón (aunque con la palma apuntando hacia el emisor), como dinero, y en Brasil (también con la palma hacia dentro) es un gesto ofensivo similar a la peineta española. El signo de OK es además una de las señas oficiales utilizadas por los buceadores en todo el mundo (durante las inmersiones sirve tanto para preguntar: «¿Cómo estás?» como para responder: «Estoy bien»), y en los últimos años ha sido canibalizado por grupos neonazis: los tres dedos que permanecen extendidos remiten en su caso a la uve doble de white, ‹blanco› en inglés.

Lluís Payrató, catedrático de filología catalana de la Universidad de Barcelona y autor, entre otras obras, del libro sobre emblemas Gestures We Live By (2020, con Ignasi Clemente), considera que España es, junto con Italia, uno de los países con más tradición de estudio de los gestos, «sin duda por su visibilidad y la frecuencia con la que se utilizan». Aunque es muy difícil medir y cuantificar el peso que los mensajes visuales tienen en cada cultura, Payrató señala que «se suele convenir en que hay una clara frontera entre países del norte (Suecia, Dinamarca y Noruega) y países del sur (España, Francia e Italia) en cuanto a repertorio de emblemas y frecuencia de uso». Y, a su juicio, esa misma frontera norte-sur se reproduce a grandes rasgos en España: «Con matices, porque nos faltan estudios y datos, la diferencia quedaría representada por el contraste entre Galicia, País Vasco y Cataluña, por una parte, y Andalucía, por otra. En cualquier caso, hay un conjunto común de emblemas muy notable a lo largo de toda la península, así como fenómenos de intercambio». En catalán, por ejemplo, se usa a menudo la expresión «caradura», que es un castellanismo, y el emblema que la acompaña (golpearse la mejilla un par de veces). Del mismo modo, el pito catalán (gesto de burla que consiste en llevarse el pulgar a la punta de la nariz y mover el resto de los dedos) es utilizado no solo en el resto de España, sino también en otros países como Argentina o Uruguay.

Italia es, probablemente, el primer lugar que a la mayoría se nos viene a la cabeza cuando pensamos en exuberancia gestual. A Sergio González, fotógrafo español de 46 años, también: «Viví cuatro meses en una ciudad del sur de Italia, Bari, durante mi época de estudiante. Yo ya sabía, por las películas, que los italianos gesticulan mucho, pero aun así la experiencia me resultó impactante». Estos son algunos de los emblemas cuyo significado Sergio tuvo que ir aprendiendo a trancas y barrancas: «Si alguien te miraba y se pasaba el pulgar por la mejilla, descendiendo desde el ojo, era una manera de decirte que eras astuto, pícaro. Cuando estaban comiendo y algo les gustaba mucho, ponían la mano en forma de pistola, se tocaban el carrillo con el índice y lo giraban como si estuvieran atornillando algo. Pasarse el dorso de una mano, o las dos, por debajo de la barbilla, como limpiándola hacia fuera, significaba ‘me importa un bledo’. Mover el brazo hacia abajo, flexionándolo a la altura del codo y con la mano en puño, como el gato chino de la suerte, era una alusión grosera al sexo: podías utilizarlo con los amigos, pero había que tener cuidado porque no podías hacerlo delante de cualquiera».

Sergio recuerda que, además de utilizar numerosos emblemas, los italianos se apoyaban mucho en la gesticulación simplemente para acompañar sus palabras: «Estaba el típico gesto de colocar las manos hacia arriba con los dedos apiñados, pero también solían juntar ambas manos, como si estuvieran rezando, y las giraban desde esa posición hacia delante y hacia atrás mientras hablaban. Recuerdo que algunas veces, con amigos con los que tenía mucha confianza, les agarraba las manos en medio de una conversación para que no pudieran gesticular y entonces ellos parecían incapaces de expresarse, era casi como si les hubiera tapado la boca».

La experiencia de Sergio, a quien aquella avalancha de emblemas pilló desprevenido, pone de manifiesto la importancia de una reivindicación en la que coinciden todos los investigadores de la comunicación no verbal: es conveniente abordar también la parte gestual cuando se imparte una lengua extranjera.

«La necesidad de referirse a estos gestos en la enseñanza de idiomas es evidente», afirma Payrató: «Apropiarse de una segunda cultura siempre implicará entender y utilizar sus emblemas para saludar, despedirse, disculparse, describir emociones y un largo etcétera». «Si queremos asegurar que nuestros estudiantes puedan comunicarse exitosamente, los gestos emblemáticos deben incluirse en clase. Y, en el caso del español, debería trabajarse tanto la variación intercultural (español frente a la lengua materna) como las diferencias entre unos y otros países de habla hispana», añade Belío-Apaolaza.

Los gestos forman parte de la comunicación humana desde sus comienzos –algunos autores creen probable que precedieran al habla– y en la actualidad conviven emblemas antiquísimos como la peineta, cuyo origen se remonta a la Grecia clásica, con tendencias emergentes como el remedo de corazón que los ídolos del K-pop forman, cruzando el pulgar con el índice, para enviar amor a sus fans. Como dice Le Guen: «Es muy simple, necesitamos comunicarnos y las palabras no siempre son suficientes. Ahí está el éxito de los emojis para demostrarlo: ayudan a sustituir a los gestos. Son un muy buen ejemplo de que la lengua es multimodal».

Gestos equívocos

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Los dedos pulgar y meñique extendidos significa el número seis… solo en Taiwán.

 

Colleja

Acercar y separar en movimientos rápidos todos los dedos de las dos manos es mucho en España, pero miedo en varios países de Suramérica.

 

Colleja

Dar una colleja en la nuca a alguien es un signo de desprecio en en el Kurdistán iraní, pero una muestra de afecto en Turquía.

 

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También en Irán, levantar el pulgar hacia arriba es un gesto ofensivo. Para el resto de nosotros, especialmente si estamos en Facebook, de aprobación.

 

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Quien forme un círculo juntando los dedos índice y pulgar puede estar dándote un OK, salvo que lo haga en Japón, donde este gesto se refiere al dinero, Francia (al número cero) o Brasil (una ofensa).

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 15 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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