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26 Feb 2020
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lenguaje

Malapropismo o el arte de hablar a ciegas

Julio Somoano

Cambiazos de palabras, mezcla de expresiones y vulgarismos por fusión que ponen el toro sobre la mesa y nos erizan los pelos del corazón

¿Malaqué?

Los escuchamos a diario. Malapropismos. Confusiones entre dos términos con similitudes fonéticas y, en ocasiones, también semánticas. Es decir, un cambiazo entre dos palabras que suenan parecido y que, en ocasiones, también tienen un significado similar:

Acochina (apoquina), que me debes cinco euros.

Ya conocemos la tendencia de nuestra sociedad en los últimos años: primero la tele y luego ya directamente los vídeos de youtube han sustituido a las aulas como referencia lingüística. La sabiduría popular va actualizándose, por así decirlo. Y, aunque la ola audiovisual ayuda a usar correctamente el español en muchas ocasiones, en otras muchas difunde este tipo de confusiones.

El malapropismo, escribía ya Menéndez Pidal en los años ochenta, «es como un cruce de palabras precedente de un error de interpretación respecto de una de ellas». Vamos, como un retruécano, pero que sale de nuestra boca sin ninguna intención. Solo con ignorancia, que ya saben que no hay nada más atrevido:

—Eso me lo sé yo a pies puntillas (juntillas).

En los medios de comunicación, los que más caen en esta confusión son las nuevas celebridades, personajes que han alcanzado la popularidad gracias a concursos cuyos protagonistas destacan más por su forma de cantar, bailar, cocinar, discutir, airear sus interioridades o hacer edredoning (¿edredonismo?) que por su dominio del idioma o su interés por cuidarlo. Entre estos nuevos ídolos de nuestra sociedad, la modelo Sofía Mazagatos ha logrado el récord de colocar en la opinión pública más malapropismos, comenzando por uno inolvidable:

—Me gustan los toreros que están en el candelabro.

«Este tipo de errores y otros sintácticos y ortográficos se multiplican debido a la televisión, y más concretamente a los mensajes [y whatsapps] que aparecen en pantalla constantemente», asegura Luis María Anson, periodista y académico de la Lengua, que insiste en abogar por que «la Administración impusiese en esos programas correctores de estilo, profesionales como los que trabajan en los periódicos» como «una manera de reconducir esta moda que está perjudicando a nuestra lengua». Alberto Gómez Font, excoordinador de la Fundación del Español Urgente, reconoce que «quizá por falta de caudal léxico y de cultura popular se está tendiendo a una lengua más plana, más urbana. Son usos propios de la ignorancia».

«Influye mucho el que el hablante haya oído la palabra, pero no la haya leído», explica Eduardo García Matilla, experto en los efectos de los medios de comunicación en la sociedad. Cuando tú lees una palabra, la haces tuya, contextualizándola y viendo cómo se escribe. Si simplemente la has oído en la televisión o en la radio en un mundo tan fugaz como este, la identificas peor. Si leemos menos y textos menos cultos, hay muchas posibilidades de que nos enganchemos a términos que no entendemos y que utilizaremos erróneamente. Este fenómeno incide nuevamente en la superficialidad y en la frivolidad de la sociedad que nos ha tocado vivir.

Pero este tipo de fenómeno, difundido hoy inconscientemente por los programas televisivos de entretenimiento y los vídeos virales de internet, ya se produce desde hace tiempo. De hecho, otro de los nombres con el que se ha denominado a este error lingüístico es el de pichiponada, en referencia a los que cometía el dirigente catalán Joan Pich i Pon (1878-1937). Una persona de origen humilde aupada a los más altos designios políticos de la época que se maravillaba de la luz genital (cenital) de un nuevo inmueble, aseguraba padecer los calores en plena calígula (canícula) y celebraba asuntos de dudosa celebración: por fin se me ha ajusticiado ( por fin se me ha hecho justicia).

La ignorancia se hace pública —y, por tanto, se extiende— en tres situaciones. En primer lugar, como apunta Gómez Capuz, cuando el hablante cae en un mecanismo de ultracorrección e intenta pronunciar palabras cuya estructura morfológica y etimología no domina (cultismos, tecnicismos, préstamos…). Es decir, cuando se pasa de listo y habla del cuero cabezudo (cabelludo), la cláusula (cápsula), las medidas de comprensión (compresión) o el parque jurídico (jurásico), perla de oro atribuida a la actriz y cantante Carmen Sevilla.

En otras ocasiones, simplemente un hablante poco instruido no ha logrado interiorizar términos de uso común y se refiere a la manga ancha (banda ancha), un nenuco (eunuco), un palacito (palafito) o un sobacón (socavón)…

Por último, esa actualización del saber popular barre de nuestra tradición cultural como un ciclón refranes y frases hechas, para dejarnos estos daños colaterales: ponerse hecho un obelisco (basilisco), quedarse en agua de borrascas (borrajas), nadar en la ambulancia (abundancia), salir como una instalación (exhalación)…

He dividido en tres tipos los malapropismos que llevo coleccionado en servilletas desde hace dos décadas. El primer grupo reúne los sencillos; una palabra confundida con otra, sin más, por razones fonéticas, y en ocasiones también semánticas:
—Estoy tomando clases de adicción (dicción) —explicaba públicamente la modelo Sofía Mazagatos.

Los escuchamos a las celebridades, pero también a los deportistas y a los políticos: «Sabéis que Trini y yo nos hemos conocido en el año 99, pero hemos empezado a intimidar (intimar) en el año 2000», explicaba el entonces ministro José Blanco. «No pasa nada, es una calentura (calentón)», diría Iker Casillas para justificar sus reproches al árbitro en un clásico frente al Real Madrid. Son malapropismos sencillos que se cuelan tanto en los informativos

—El agua embalsamada (embalsada) duplica ya la de hace un año, escuchamos en la SER— como en las series de entretenimiento en televisión:
—Me llevo muy bien con los negros y los chinos, soy muy sociocultural —asegura uno de los protagonistas de Aída.

El segundo paquete de malapropismos reúne las confusiones en expresiones: Ha quedado como los chorros del loro (oro); El Real Oviedo ha puesto una pipa (pica) en Flandes; Se puso hecho un asterisco (basilisco)…

¿Es esto del malapropismo un error grave? José María Caneda, expresidente de la Sociedad Deportiva Compostela, respondería:
—No es para rascarse las vestiduras.

O, como diría el entonces presidente del FC Barcelona, ¡ojo al loro, que no estamos tan mal! La servilleta garabateada con esa expresión de Joan Laporta se encuentra guardada, junto a otras muchas más, en el tercer archivador de malapropismos. El que incluye los vulgarismos por fusión: la creación de una nueva palabra, como consecuencia de la suma de otras dos.

Ha pasado a la historia el adjetivo ostentóreo, inventado por Jesús Gil y Gil. El polémico empresario y político fusionó los términos estentóreo y ostentoso para crear inconscientemente ese término inmortal que los medios de comunicación han repetido hasta grabarlo en el inconsciente colectivo.

Algunos de estos vulgarismos por fusión, en un alarde de ingeniería malapropista, atañen a largas expresiones como poner el asunto sobre la mesa y coger el toro por los cuernos. El en su día presidente de la Junta de Extremadura Juan Carlos Rodríguez Ibarra llegó a fusionarlas, en un doble salto lingüístico con tirabuzón, con la misma valentía con la que veía a su entonces líder:

—González ha puesto el toro sobre la mesa.

Destacados periodistas han señalado que la propagación del vulgarismo por fusión es abobinable. Que están fuera de sus nervios, se les ponen los pelos de gallina y tienen los nervios de punta. En definitiva, la patata caliente está en el tejado de los profesionales. Pero cada uno arrima el ascua a su fuego. Y salva a los suyos:

—Yo voy a defender la labor arbitral a capa y ultranza (defender a capa y espada + defender a ultranza), decía el histórico Andújar Oliver en laSexta.

Al final, todos somos Sofía Mazagatos, a quien atribuyen esta perla: «Trabajando, me dejo la piel en el pellejo»(dejarse la piel + dejarse el pellejo).

Y, como esto del malapropismo es la pesadilla que se muerde la cola (pescadilla), cedemos la intervención final a nuestro inolvidable Pich i Pon, todo un ilustrado afrancesado:

—Al oír la Marsellesa, se me erizan los pelos del corazón (se me erizan los pelos + me llega al corazón).

 

La Sra. Malaprop, Cervantes y Shakespeare

Malaprop

A lo que hoy llamamos malapropismo, pichiponada o incluso mazagatismo le da nombre la señora Malaprop, uno de los personajes de la comedia Los Rivales, escrita en 1775 por el irlandés Richard Brinsley Sheridan. El apellido de esta buena mujer que confundía palabras como allegory (alegoría) y alligator (caimán) procede de la expresión francesa mal à pros, que significa fuera de lugar o impropiamente. Aunque hasta finales del XVIII no se le pone nombre a esta confusión, sí que vemos ya ejemplos en las obras de Skakespeare y Cervantes. El dramaturgo inglés utiliza este recurso en muchas de sus obras, tanto para hacer visible el nivel cultural de algunos de sus personajes, como para introducir el humor: el ama o nodriza de Julieta, en Romeo y Julieta; Nick Bottom, en El sueño de una noche de verano; Launcelot, en El mercader de Venecia; Elbow, en Medida por medida… Y Constable Dogberry, en Mucho ruido y pocas nueces. Este personaje hasta tal punto salpica sus diálogos de malapropismos que se ha utilizado el término dogberrysmo como sinónimo.

En español, ya se sirve de este recurso cómico nuestro mayor clásico, Miguel de Cervantes, en sus Novelas ejemplares, de 1613, donde sus personajes hablan de facinoroso, malino y dares y tomares (dimes y diretes). A pesar de que se recogen muestras de malapropismos en nuestra lengua desde hace cuatro siglos, los autores en castellano lo han explotado mucho menos que los que escriben en inglés hasta la llegada del cine y las series de televisión.

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 6 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en kioscos y librerías.
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