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12 Jul 2021
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Entrevista

«Los lectores de novela negra son unos friquis absolutos… Lo saben todo»

Javier Rada

Entrevista a Alicia Giménez Bartlett

Como en una novela negra, la entrevista empieza fatal, con el macabro asesinato de las reglas del periodismo. Su pelo brilla cual pistola de plata entre librerías titánicas, pero solo llegamos a verla… unos segundos. Quisimos entrevistar a Alicia Giménez Bartlett por videoconferencia y, por alguna razón que ni su inspectora Petra Delicado podría resolver, no funciona el vídeo. El resultado es que ella puede observar al periodista al modo del policía tras el espejo tintado. El entrevistador está como pollo sin cabeza dando cuchillazos (en la jerga policial). Pero, ¿de qué género hablamos? Así dispara el destino: entrevistar a la reina negra en un negro total. El asunto, como en la época dorada de los detectives, es muy radiofónico. No es una voz cualquiera. El caso se parece al asesino del zodiaco, con una géminis en la oscuridad: dos voces en una, una pesimista lúcida y gamberra que destila no güisqui, sino vibrante bondad.

Pocas veces, recapacita luego el periodista, con el cigarrillo en la sucia parábola de su ceniza, un fondo negro pareció tan luminoso.

Creo que no lleva bien que la llamen «precursora» del género…
Al contrario. Así me veo como en el Salvaje Oeste, plantando mi tienda y mi futura casa (ríe). Es verdad que por una serie de circunstancias fui la primera autora en Europa con un personaje mujer policía. Había tantos detectives masculinos que era raro. Pero no me molesta.

Es extraño ser precursor en algo tan antiguo. El género negro viene de lejos. Está en el Génesis de la Biblia: el hurto de la manzana, con un inductor necesario, la serpiente; el desahucio del Edén con el antidisturbios San Miguel; el parricidio de Caín… ¿Los antiguos empezaron fuerte?
(Ríe). Desde luego. La Biblia no es un libro recomendable para menores. Lo que pasa es que en esos crímenes siempre se sabe quién es el culpable. Dios está como último responsable y pierde interés porque no hay nadie que lo investigue. De todas maneras, no solo el origen es muy antiguo, sino que todo libro tiene alguna parte de novela negra. Siempre hay algo que se hurta al lector, que tiene que averiguar, que completar. En ese aspecto no es solo género, sino que sus sistemas se expanden en otros libros.

Los estudiosos afirman que en el género está la base de una escritura eficaz…
Es verdad. Muchas veces hay libros que nos parece que se remansan demasiado, que nos gustaría que nos cazaran, que nuestro interés fuera como si fuéramos a descubrir al culpable de un asesinato, aunque estén tratando de amor.

¿Cree que el crimen funciona como un vehículo efectivo del relato de una sociedad?
Sí. Sobre todo porque este es un género que teóricamente no tiene ambición de perdurabilidad. Explica el presente que nos rodea de una manera más cotidiana. Eso es testimonio, del mismo modo que nació la novela como testimonio de qué pasaba en ese momento. En ese aspecto, yo creo que las novelas negras son las últimas novelas testimoniales que se pueden consultar en la actualidad.

La etimología así lo demuestra: polis (ciudad), policía, política… ¿La novela negra es esencialmente política?
Al final se ve reflejada la sociedad. Pero me pregunto si no sucede siempre, en cualquier tipo de novela. Lo que pasa es que en la negra es más evidente. Tienen nombres y apellidos. Nos cuentan como es Barcelona en los inicios del siglo XXI, por poner un ejemplo que me atañe. Creo que el trasfondo social es inevitable, y en novela negra es evidente y muy importante además.

¿El género tiene la capacidad de contar cosas que son incómodas de narrar?
Sobre todo cuando queremos tener la impresión de que todo funciona, de que las sociedades han llegado en Europa a un punto de perfección… La novela negra te indica que no es así. Eso se vio claramente con Stieg Larsson y la trilogía que escribió. Cuando todos teníamos la imagen de Suecia como un país idílico, él demostró, poniendo la vista en otro lugar, que la corrupción y la interioridad de la vida pública no era tan fantástica como habíamos pensado.

Luego está la construcción de los personajes, que resulta adictiva. Tienen la cualidad de héroe pero a la vez son frágiles, desencantados, desequilibrados…
Es verdad que el detective clásico de aspecto infalible con una personalidad de hierro —o sin ninguna personalidad— ha quedado desfasado. Actualmente casi todo los héroes, entre comillas, de novela negra, sobre todo en las novelas seriales, tienen un tipo de personalidad más compleja que tiende a que veamos sus debilidades. Y a mí eso me gusta mucho, porque el detective infalible era bastante pelma, la verdad. Hemos perdido la inocencia como para admirar a alguien infalible.

¿Se convierten en portavoces de nuestras neurosis y ansiedades?
Sin duda ninguna. En mi caso, Petra es una mujer muy de la época, y tiene un montón de debilidades, como contraponer violentamente lo que ha sido el inicio de su vida, su educación durante las postrimerías del franquismo y el nacimiento de la libertad. Ella se encuentra un poco atrapada allí. Y creo que no solo serían sus neuras personales sino que serían las neuras y dificultades de toda una generación de mujeres.

Petra jugó a subvertir los elementos del género clásico… La mujer era la secretaria, la amante del poli, la femme fatale
Siempre mandaba otro. Eso para mí era muy importante: que Petra Delicado mandara. Porque los estereotipos femeninos de las novelas negras clásicas son horrorosos. Tú dices la mujer fatal, pero también está la víctima. Es el signo de los tiempos. Las mujeres habíamos tenido pocas oportunidades de entrar en campos, no siempre maravillosos, como es la policía. Y eso tiene que tener un reflejo en la ficción.

Petra es un personaje complejo, brusco, con humor. Una mujer lanzada, pero está en un mundo que es la policía, masculino, orden y mando…
Yo creo que la cosa va más allá incluso. Antes hemos hablado de que Petra era la primera mujer policía en Europa, pero había un montón de protagonistas femeninas. ¿Qué pasa, que ser policía se contrapone al alma femenina? Pues en el fondo parecía que era el miedo a pensar que una mujer pudiera ser algo borde, algo injusta, como a veces es la policía. Yo creo que Petra ha normalizado eso. Hay veces que se le va la mano claramente, que abusa de un detenido, ¿por qué iba a ser más angelical que nadie? Vaya con toda su contradicción, pero no hagamos de Petra un ejemplo femenino a seguir, por favor. Eso sería lamentable.

Tengo entendido que el género la atrajo a usted porque le permitía ser gamberra…
Sí, me has calado. Solo me has visto un minuto por este cacharro y has visto mi tendencia al gamberrismo (ríe). Es verdad. Lo solemne me fastidia. La reglas y las leyes también. Subvertir cosas en la literatura me divierte extraordinariamente. Y en la vida, me pasa igual. Si puedes decir una gamberrada que subvierta… la subversión siempre dice algo. Siempre nos hace ponernos en cuestión. Y nos demuestra que la cosa no es para tanto. Que la vida es bastante mediocre. No sé qué creerás tú, pero te aseguro que yo lo creo de verdad.

¿Que todos tenemos una vida mediocre?
La vida en general es bastante mediocre. De todos. Las tragedias absolutas y las alegrías inmensas y la felicidad, todo se tiene que rebajar siempre tantos puntos que al final resulta una línea, tendente a la baja porque vamos envejeciendo, pero mediocre.

¿Cuando se retira el humor aparecen las pistolas humeantes?
Sí, estoy convencida de eso. En este aspecto, me escandaliza un poco la tendencia de la novela negra actual. Creo que es muy sangrienta, que se recrea en el dolor… Ostras, un poco de humor habría servido, incluso a los detectives americanos de la época dorada, para evitar ese sadismo. El humor lucha contra esa recreación del mal.

¿Y no será que se agota el género con tantos autores y novedades?
Ya no somos inocentes, la cantidad de ficción que tragamos, no solo en literatura, sino en series, en películas, es brutal. Por lo tanto: volvamos a los orígenes, hagamos algo que literariamente tenga cara y ojos.

Ya…
¡Ostras, cómo me estoy poniendo…! Parezco la madre Teresa de Calcuta en plan literatura. Esto me lo aligeras un poco, Javier…

Aligeremos: tiene fama de que su humor levanta maremotos…
Tengo una cierta fama de eso. Podría ser la Dorothy Parker de España (ríe)… No lo sé. Creo que el humor es necesario. ¿Por qué hay veces que resulta chocante? Porque dices lo que está pensando todo el mundo. La única diferencia es que te atreves a decirlo en público. Y siempre he sido un poco impertinente, no me ha importado el qué pensarán de mí. No sé… me gusta jugar.

¿Es cierto que alguien le preguntó sobre el título de «dama negra de España» y que respondió: «Antes prefiero ser la dama negra que la puta blanca»?
Eso es completamente cierto (ríe). Conectamos por teléfono con una tertulia donde estaba Marta Sanz, y me preguntó: «¿Qué le parece ser la dama negra de nuestras letras?». Y se me ocurrió decir eso. Y mi marido que no sabía de qué iba el asunto se quedó mirándome como diciendo: «Pero, cielos, qué dice, se ha vuelto loca».

Tendrá a su marido curado de espantos…
Sí, nos relacionamos muy humorísticamente los dos. Soy pesimista. La vida me parece dura y la única manera de echarle un poco de ligereza es el humor.

¿Se considera una petra delicada o una delicada muy petra?
Soy una delicada muy petra. Sí. Tiendo a ser muy hipersensible, y entonces el fenómeno petra, el poner una piedra de por medio, me ayuda.

¿Su punto de izquierdas encaja con la tradición de Hammett, donde el asesino ya no es el mayordomo sino el sistema?
Sin ninguna duda. El sistema, el encuadre, las injusticias… casi todos los asesinatos se comprenden así. No se explican o toleran, claro, pero sí llegas a comprender que en un sistema como el nuestro donde hay tanta gente jodida, pues que pasen esas cosas. Petra es una mujer de izquierdas pero tampoco es militante. Procuro que la obviedad política no esté en mis novelas.

Llegó al género por carambola. ¿No tenía claro desde pequeña que quería resolver crímenes?
El género negro no me fascinaba, y menos de pequeña. Si me hubiera gustado el crimen entonces me habría cargado a mi madre (ríe). Yo había hecho un libro sobre la cocinera de Virginia Woolf. Era casi una tesis y acabé harta. Pensé en algo en que pudiera verter algo de humor: ¿por qué no una novela negra? Pero te aseguro que en ningún momento pensé que eso tendría continuidad, era un divertimento.

¿Pero cómo uno se enzarza hasta llegar a once novelas? ¿Cómo se forma un escritor de género? ¿Viendo en familia programas como Quién sabe dónde, jugando al Cluedo?
(Ríe). Yo tampoco sé cómo se forma. Siguiendo a otros escritores de género se aprende mucho cuando no estás en el mundo del hampa. Yo veía los libros más modernos de novela negra que permitían un montón de desviaciones de las reglas clásicas. Y pensé que había un campo. Luego fue a mi agente a quien le gustó Petra, empezó a tener éxito, y seguí divirtiéndome.

¿No se asustó al meterse en un campo en el que desconocía sus claves, y sabiendo además lo hooligans que pueden ser los fans del género?
Sí, es terrible. Lo del grupo de lectores de novela negra más que hooligans son unos friquis absolutos. Lo saben todo. Cuando metes la pata, se dan cuenta. Pocas veces he metido la pata sin que alguien me dijera: oiga, eso no es así. Como, aparte de la verosimilitud, en novela negra todo lo que alude a procedimiento policial tiene que ser no verosímil, sino cierto, entonces hay que asesorarse mucho y claro que me daba miedo, me daba pánico.

¿Autores clásicos como Chandler podían permitirse ser más fantasiosos?
Sí. Para mí la verosimilitud, que no es lo mismo que la realidad, es básica en literatura. García Márquez nos hace creer que los peces pasan por el aire de una habitación a otra, y tú te lo crees porque ha creado un contexto que es verosímil. En novela negra, actualmente hay tanta gente que ve series televisivas, que se informa… Salirse del esquema de la realidad está muy mal visto.

Pero usted ha dicho que los casos de corrupción que se dan en la democracia española son tan cutres e inverosímiles que no los pondría nunca en sus novelas…
Lo de que la realidad supera la ficción, en nuestro país, es una definición clarísima de esa máxima. Cómo puedes hacer creer a alguien que en una zona como Cataluña, que es democrática y avanzada, se ha estado adorando a un presidente de la Generalitat que tiene montada en su casa, con la mamma y el capo, una organización mafiosa. Yo eso no lo pongo en una novela porque no encuentro los porqués.

¿La novela nórdica le da frío? ¿Se siente más cálida con el escritor Petros Márkaris y su relación casi familiar, mediterránea, con la crisis griega?
En la novela nórdica hay de todo. Pero como ha tenido tanto éxito puntual también se ha editado mucha basura. Es verdad que el ambiente, la manera de investigar y de vivir de los países mediterráneos o latinos me llega más. Camilleri escribió demasiado, desde mi punto de vista, pero está en nuestro mundo, bebe, dice tacos de vez en cuando. Y Márkaris ha sido un indicativo de la crisis en Grecia y ha servido para que mucha gente la entendiéramos mejor.

Hay lectores que le recriminan que Petra bebe demasiado, o que «la verdadera Petra nunca se hubiera vuelto a casar…». ¿Se ha fugado de sus manos?
Recordaré toda la vida la estupefacción con eso de que la «verdadera Petra no lo hubiera hecho». Mi vanidad se ve halagada. Sobre todo el pensar que has creado un juguete que tiene cuerpo. Al final tú haces un personaje o un libro y el lector lo completa. Con sus vivencias, con sus opiniones, con su ideología, crea otra cosa. Igual que las adaptaciones al cine o a la televisión. Es otra cosa. Nadie va a leer ese personaje tal y como tú lo has concebido.

Cuando se le pregunta por las adaptaciones televisivas, si se ajusta o no la actriz, responde que nunca le puso cara a Petra…
Es verdad. No te voy a decir nada original porque lo he contado muchas veces. Pero es que después de analizarlo me he dado cuenta que es así. Soy poco visual en la vida. Soy más auditiva. Consecuencia: en mis libros no hay descripciones, porque me salen fatal, y los diálogos yo creo que no son malos. ¿Por qué? Porque tengo oído. Por eso no concibo a los personajes con cara y ojos.

Tras tantos libros, ¿hay veces que Petra aún le sorprenda?
Me sorprende cuando releo. Y que conste en acta que nunca releo mis libros enteros. Me parecen una birria. Empiezo a ver fallos por todas partes y es algo que he dejado atrás hace muchos años. Pero cuando tengo que corregir, y corrijo mucho —escribo de un tirón y hago por lo menos tres versiones de un mismo libro—, entonces hay veces que me digo: «¿Y esto?». Me suele sorprender por lo descarada y borde que es.

La llaman La Bartlett, suena fuerte. Creo que el apellido se lo puso la editora Carmen Balcells…
Cuando escribí mi primera novela la leyó, no sé por qué demonio, Carmen Balcells. No solía leer los originales que llegaban. Le gustó y me preguntó por mis apellidos. Y de repente me suelta: «No, no… tú tendrás más éxito fuera de España que dentro…».

Y acertó…
Toda la vida me ha perseguido esa frase. ¿Por qué dijo aquello? Y entonces me soltó: «Giménez González es un apellido que no puede pronunciar nadie que no sea de Calatorao. Por lo tanto, ya te lo estás cambiando». Y yo me negaba. ¿Cómo se llama tu marido? Mi marido en aquel momento era inglés, y se llamaba Bartlett. Se lo dije y respondió: «Naturalmente, ese es el punto de inflexión».

¿Ha encontrado respuesta al vaticinio de Balcells?
No lo sé. Es verdad que ha sido así. Petra ha tenido muchas traducciones. Hay un país como Italia donde es un delirio, pero no tengo ni idea. Lo del profeta en su tierra me parece un lugar común. Además, yo no quiero ser profeta de nada. En cualquier caso es práctico. No estás sometido a ningún tipo de presión. Estás como el Cid Campeador en la frontera. Yo eso siempre lo he tenido muy claro, en todo hay que estar en un terreno fronterizo.

¿Quiénes son sus referentes?
Muchísimos. Me gusta mucho Torrente Ballester, hice una tesis sobre él. Actualmente, en el género, han surgido un montón de mujeres que me gustan. Pero yo he tenido sobre todo unos referentes anglófonos. Toda esa generación de literatura judía-norteamericana de la que ya no queda ninguno vivo: Philip Roth, Henry Roth, Bellow, Malamud… Allí he sentido una admiración brutal.

¿Sigue pensado que «si no eres feminista eres gilipollas»?
Sí. Es que me parece tan absurdo que se pueda negar la igualdad de inteligencias, de oportunidades, de capacidades de una mujer y un hombre. ¿Quién hace eso? Pues el cavernícola. Alguien que es bobo.

No sé si tiene relación con una frase de su último libro, Sin muertos: «La persona inteligente no puede estar en paz en este mundo, porque la paz se paga cara…».
Es verdad. Cuando todo te parece bien, o cuando te has resignado tanto que no quieres implicarte en nada, en no ver la realidad… malo. Si eres joven, lo pagarás caro, porque acabarás siendo inhumano. Y si eres viejo, es que te aguarda la muerte.

En la mirada de uno de sus perros dice que encontró una prueba de dios. Sé que es agnóstica, pero: ¿no cree que la existencia del humano y el crimen prueba lo contrario?
Allí está la gran pregunta. Si dios existe, nos está dando un ejemplo horrible. El libre albedrío es excesivo. Pero todos tenemos una rama mística, sobre todo españoles y rusos. Y ese sentirse animal, como un perro, y en esa animalidad ver la divinidad, pues a mí me ha sucedido. Todos somos animales. Y esa indefensión, la bondad natural de un animal, siguen impresionándome.

Cuando ganó el Nadal le dijeron que ya podía superar a Petra…
Tengo la suerte de haberme movido en dos campos, con otros libros. Pero si hubiera seguido los consejos de los editores, que querían un libro anual para aprovechar el tirón, estaría harta de Petra. La suerte es poder hacer un poco lo que te dé la gana. Y yo en esta suerte de marginalidad en la que me muevo, de momento lo he conseguido. Y encima me premian con novelas que no son de género. Pero lo reivindico. ¿Qué pasa? ¿Que me he vuelto tan exquisita que no puedo volver a Petra? Ni hablar. Me ayuda, me divierte. Yo soy esquizofrénica como muchos, no autores, sino contemporáneos…

Géminis, ¿no?
Sí, cierto. Dos caras, una gamberra y animada, y la otra reflexiva y tristona.

¿Eso explica la dualidad de sumergirse en casos escabrosos, vericuetos del alma, pero a la vez tener un vida muy familiar…?
Sí, pero ya te digo que cuando los vericuetos son excesivos, he dado un paso atrás. Recuerdo un libro, era Nido Vacío, sobre pornografía infantil. Estuve hablando con la policía, me asesoraron, tomé muchas notas, y de repente uno de los policías me dice: «¿Quiere ver fotos?». Y dije que no. No me hace falta para hacer el libro. Personalmente me voy acordar toda la vida. Por lo tanto, hay que preservarse un poco, yo no daría todo a la literatura. Me preservaría siempre un pequeño habitáculo de paz.

¿Ese habitáculo está ahora en Vinaroz?
Es una casa aislada. Cuando mi marido pudo jubilarse, vinimos aquí, y no es que me haya acostumbrado… es que me encanta. Yo trabajo en el jardín. Cuando acabo de trabajar en los libros, me canso con las manos, quito hierbas. Ahora estoy en plena temporada de recogida de algarrobas. Se lo recomendaría a quien tuviera el privilegio y la vejez suficiente como para poder hacerlo.

La zona de Vinaroz y del delta del Ebro tiene aroma a novela negra…
Sí, sí. El Delta ahora se ha turistizado mucho, pero es una zona impactante, extraña. Esa frontera Cataluña-Valencia es interesante. Es verdad que debería poner algunas de mis tramas ambientada ahí.

¿No ha pensado nunca en matar a Petra? Creo que ha dicho que cuando llegue el momento no le temblará el pulso de enviarla a un convento de monjas…
No, pobre Petra. Matarla no. La serie tiene más de comedia que de tragedia, y no puedo hacer un final shakesperiano. Lo del convento lo he pensado muchas veces, a veces con amigas lo comentamos, eso de meterse a monja, si no fuera porque hay que rezar tanto, levantarse tan pronto por la mañana y no hay alcohol… es un chollo.

He de reconocer que esta entrevista me daba miedo, como si fuera a enfrentarme a un poli de paisano. ¿Cree que los escritores del género tienen ciertas capacidades detectivescas?
Pues no lo sé. La literatura me gusta más como experiencia que como floritura estilística. Soy muy observadora. Observar tiene que ser una cualidad innata y que se cultive. Miro a todo el mundo. Si un camarero me sirve una copa, lo miro y pienso en quién es.

¿Sigue poniéndose de mal humor si no escribe?
Sí, tengo que superarlo (ríe). Me voy poniendo hosca. Pero sobre todo me doy cuenta de que tengo que volver a escribir porque empiezo a contarme, a ver la realidad como si la estuviera relatando en un libro. Si estoy en el mercado, empiezo: «La señora se aproxima, mira la fruta, no se atreve a coger…». Y me digo: «¿Pero qué haces, que te estás contando a ti misma lo que hace esa señora? Estás loca…». Ese es el momento en que me doy cuenta de que tengo necesidad de volver a contar la realidad en un papel.

La Bartlett: feminista, impertinente, peleona y fuera de serie

E01B3R Alicia Gimenez-Bartlett, 2003

Nacida en Almansa (Albacete), en 1951, y criada en Tortosa (Cataluña), donde estudió en un colegio de monjas «inverosímil», nada hacía prever entonces que Alicia Giménez González se convertiría en La Bartlett, casi un título nobiliario en el mundo del hampa, una ladrona de ley de las letras, fuerza vocálica que evoca crimen, humor y adicción lectora. Esta filóloga revolucionó las claves de la novela policiaca con una mirada femenina. Está considerada una de las grandes precursoras del género, tras el éxito de su inspectora Petra Delicado y su fiel escudero Fermín Garzón. Tras doce libros de la serie, se ha convertido en un fenómeno editorial. Ese humor y mala leche de su inspectora —«un poco hijaputa, porque es poli»— ha atraído a un gran número de seguidores. Es doctora en literatura española y ha ganado los dos grandes premios literarios españoles, el Nadal (con Donde nadie te encuentre) y el Planeta (Hombres desnudos), con obras ajenas al género negro. Su último libro, Sin muertos (Destino), es una biografía de su célebre Petra. Feminista, impertinente, fuera de serie, se considera una mujer peleona que ha perdido con la edad algo de fuelle. Como a Petra, le gustan los tacos cuando son elegantes y es bebedora social, excepto en los confinamientos, que se traga «lo que le echen».

Esta entrevista es uno de los contenidos del número 10 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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