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28 Oct 2021
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Cuando ese simpático loro te dice «te quiero»

Javier Rada

Los loros han demostrado habilidades cognitivas y comunicativas sorprendentes en laboratorio. Son capaces de identificar palabras y de usarlas, a veces, de modo creativo. También de aplicar frases cortas en contextos adecuados

Suena el timbre de la puerta, pero no hay nadie afuera. Una voz le insulta con desparpajo pirata. Su acento le recuerda al de los rufianes del bar de abajo. Antes de acostarse, escucha: «Buenas noches, eres bueno…». Ya acostado, otro sobresalto: es el teléfono móvil, pero sabe que está apagado en la mesilla de noche.

No es una maldición, o un caso de poltergeist, aunque estas voces y sonidos no sean humanos. Es un enigma que debe descifrar (y tiene por delante estas páginas para conseguirlo…). No necesitará en esta empresa a un exorcista, sino a un etólogo.

Son mensajes de una mente que no podemos comprender. Un «juguetito» que quizás compró hace unas décadas en Las Ramblas de Barcelona, un castigo que le repite a las dos de la madrugada la canción de La Cucaracha

Hace años seguramente no se dio cuenta, pero había en Las Ramblas dos especies de trileros. Por si no le viene en mente el asunto, los trileros son una clase de estafadores que, compinchados, invitan a los transeúntes, normalmente turistas, a jugar con unos cubiletes y una bolita en mitad de la calle. Mueven los vasos con velocidad hechicera. La bola aparece y desaparece en el campo visual y en la memoria inmediata.

Como iban apalabrados con un supuesto turista que hacía de cebo, parecía fácil ganar. Pero todo cambiaba cuando captaban a la víctima auténtica. No es nada sencillo saber en qué vaso está la bolita, y el turista, aturdido, perdía la pasta.

Hemos dicho que en Las Ramblas había dos clases de trileros, pero esto lo sabemos ahora. Esa vía, arteria populosa de la ciudad condal, estaba entonces repleta de jaulas con animales: ratas, serpientes, monísimos patitos amarillos (que, al crecer, se convertían en amenazadoras ocas de salón), conejos, y sí, también loros.

Era un mercado de mascotas al aire libre. Y hoy no parece tan fantasioso imaginar que esos loros pasaran horas observando a los trileros humanos (son animales muy curiosos o neofílicos), intuyendo, en ese cerebrito hiperconectado del tamaño de una nuez, que, si les dejaran salir de la jaula, ellos sí podrían ganar…

Los estudios lo demuestran. Los loros no solo saben imitar el sonido de su móvil (indistinguible, sorpréndase en los vídeos de YouTube), insultarle con gracia andaluza («¡joputa!»), darle las «buenas noches» o salirse por soleás con un emocionado «aaay…» de fandango gitano… Son además unos trileros magníficos.

El balcón de su mente

Juguetones, inteligentes, capaces de imitar y usar parte del lenguaje humano… si son entrenados. Animales pensantes que han sorprendido a los investigadores por sus capacidades en ese juego de los trileros. Con las bolas y los cubiletes, según el último experimento llevado a cabo en la Universidad de Harvard, y publicado en Scientific Reports, se salen. Superan a los futuros graduados. «Cuando hemos evaluado sus habilidades de manipulación de la memoria en trabajo visual, han superado las capacidades de niños de 8 años, y en algunas de las tareas incluso… ¡a los estudiantes de Harvard!», explica Irene Pepperberg, psicóloga y etóloga de dicha universidad, experta en las habilidades cognitivas de estos animales, quien destapó el pastel de su inteligencia al entrenar a su célebre loro Alex.

Alex es el acrónimo de Avian Lerning Experiment. Su otro apodo era el de Napoleón con plumas, por su orgullo y dotes de mando: «¡Dame maíz!». Décadas atrás, Pepperberg compró ese animal en una tienda como la de Las Ramblas. Tras años de entrenamiento, este loro gris africano llegó a identificar y a pronunciar más de un centenar de palabras, a emplear frases cortas y etiquetas en el contexto adecuado.

Sus experimentos revolucionaron el campo de la cognición animal. Por primera vez podíamos hacer preguntas a un pájaro sobre su percepción del mundo utilizando nuestro propio sistema simbólico, la lengua. «Pueden aprender que un conjunto específico de sonidos se utilizan para representar un objeto, un atributo, una acción, una categoría (por ejemplo, «color», «forma», «material») o un concepto», explica. Si les muestran un palo y les preguntan «de qué esta hecho», responden, tras tocarlo con el pico: «¡Madera!»

Sigue siendo herético, ¿verdad? Muchos lingüistas, irritados, negaron la mayor: ¿es que acaso Alex puede convertir una activa en pasiva? ¡Conoce el subjuntivo esa cosa con plumas!

Es un tema complejo, porque no es lo mismo cognición que comunicación, como ha constatado Donald R. Griffin, uno de los máximos expertos en comportamiento animal. La comunicación, en realidad, es solo la ventana al pensamiento…

Y qué puede haber tras el balcón de esa mente que se separó de nuestro ancestro común antes de los dinosaurios. Qué pasará por la cabeza de un loro que grita «¡Socorro, déjame salir!» —imitando la voz de una mujer en apuros— hasta que la policía irrumpe en casa de su dueño (esto ocurrió en Florida, EE. UU., y el animal se llamaba Rambo).

La ciencia está dividida en dos grandes grupos: quienes creen que estos seres tienen capacidad semántica, y quienes piensan que solo repiten las cosas, como buenos loros de circo, claro está. Antes de que se ponga a discutir en casa, de divorciarse por las plumas del papagayo, debería tener algo presente: es un conflicto inacabable, jamás podremos resolverlo más allá de ciertas inferencias. Nos limita la biología, la frontera que se infiere del llamado Canon de Morgan: hay un límite que la etología no puede cruzar, y es meterse dentro de la mente de un animal no humano.

Tras adiestrar a Alex, y después al loro Griffin (ambos de la misma especie), Pepperberg lo tiene, sin embargo, claro. Los loros son muy especiales porque, al contrario que los grandes simios, pueden imitar el lenguaje humano. Basta con preguntarles… O hacerles sesudas pruebas cognitivas. Aprenden, además, por su cuenta. «No es lenguaje en el sentido de que no es idéntico a las formas en que los humanos se comunican entre sí. Sin embargo, es una forma bastante compleja de representación simbólica», concluye.

Alex entendió conceptos como «igual-diferente» y «más grande-más pequeño». Derivó la ordinalidad de números de su valor cardinal sin entrenamiento. «Los simios necesitaban cientos de pruebas para lograrlo», explica Pepperberg.

Griffin tuvo éxito en las tareas de razonamiento probabilístico de Piaget, tareas que la mayoría de los niños fallan hasta los 6 años. Cuando Pepperberg empezó a instruirlo, usaron a Alex como tutor. Le mostraron a Griffin dos bolas para que dijera el número. Pero este no respondía. Retiraron las bolas y se las volvieron a presentar. Entonces Alex dijo: «¡Cuatro!». Había sumado las dos operaciones. Daba la impresión de que sabía lo que hacía; si el maíz estaba frío, decía: «Cold». Si estaba cocido, expresaba con aparente placer: «Soft corn». Si su compañero alado no avanzaba: «¡Puedes hacerlo mejor!».

Pronto Griffin entendió un silogismo disyuntivo («¿A o B?») en niveles superiores al de los niños de 5 años. La cosa no quedó allí, porque Alex había demostrado que era capaz de usar, en ocasiones, las palabras de modo creativo. Expresó en inglés «banerry», una mezcla de banana y cherry (cereza) para referirse a una fruta desconocida. «La primera vez que comió tarta de cumpleaños la llamó ‘pan delicioso’», explica Pepperberg. También supo, sin entrenamiento, tras aprender a usar «ninguno» en respuesta a «¿Qué es igual/diferente?», transferir el uso de «ninguno» a cuando dos objetos no difieren en tamaño y cuando la respuesta era «cero».

Trileros semánticos

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Parece que los piratas tenían razón: estos animalillos albergan el suficiente excedente neuronal o encefálico como para saber dónde está el cofre del tesoro. Esto les permite «pensar» de una manera más parecida a nosotros de lo que nos gustaría admitir. Y no es extraño, porque, si aceptamos esto, existe un riesgo metafísico…

«Que ocurren cosas importantes en las mentes de estos loros es evidente. Sin embargo, los descubrimientos yo los situaría más en el terreno de lo cognitivo, en el pensamiento, que en la comunicación», explica Carles-Enric Riba, doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Barcelona, experto en zoosemiótica (disciplina que busca entender la comunicación animal).

Los sistemas de comunicación de los animales están adaptados al entorno y sociedad de cada especie. Cuanto más social es el grupo, su sistema será más potente. «Alex podía llegar a hacer cosas maravillosas. Si le preguntaban de qué color es el maíz, decía: «Amarillo». Pero evidentemente los loros no utilizan estos recursos en la naturaleza», explica.

Se comunican de otra manera, adaptados a los millones de años de evolución. Pero allí, en el punto en que nos separamos las aves y los mamíferos, ya tuvo que existir un germen de la inteligencia. En un laboratorio son capaces de demostrar sus otras capacidades. «Sería como ver hasta dónde puede llegar un hardware introduciéndole un nuevo software», concluye.

Las últimas investigaciones han demostrado que tienen en el cerebro un circuito muy parecido al de los grandes simios, un sorprendente caso de convergencia evolutiva. «Para mí implica que animales con capacidades cognitivas similares, como los loros y los primates, necesitan circuitos neuronales similares», explica Cristian Gutiérrez.

El cerebro de un loro, incluso el de los más grandes, como un papagayo, no excede de 20 gramos. Mientras que el cerebro humano pesa alrededor de 1500. «Sin embargo, se acepta que es el tamaño relativo del cerebro lo que se relaciona con mayores capacidades. En ese sentido, los loros, en general, tienen un tamaño relativo del cerebro, con relación al cuerpo, muy grande», concluye.

Quizás sea ese excedente, junto a una densidad neuronal mayor que en los mamíferos, lo que les permite ganarnos en el trile. Como afirma el primatólogo Frans De Waal, los animales piensan sin lenguaje, del mismo modo que un niño antes de aprenderlo.

«Es verdad que la capacidad cognitiva de los loros en ciertos aspectos, como aprendizaje por imitación, resolver problemas, etc., se aproxima a la de un niño pequeño. No obstante, hay que tener cuidado con la comparación porque las semejanzas son en algunos ámbitos, pero no en otros», concluye Gutiérrez.

Como estamos entre trileros (puede que semánticos), vayamos con la primera apuesta: ¿Dirían que los loros son tan inteligentes como para burlarse de nosotros? Son famosas las gamberradas de los keas. Estas aves de montaña viven en Nueva Zelanda. Es el único pájaro que sepamos que tiene una llamada, un trino, equivalente a la risa. Solo la usan cuando juegan. Varios estudios han demostrado que esa «risa» es, además, contagiosa. Tienen una inteligencia social similar a la de los grandes simios, y siguen divirtiéndose en la edad adulta.

«Los llaman los payasos de los Alpes. Son conocidos por su alegría, descaro y destructividad. De un modo científico aún no podemos decir que entiendan el concepto de diversión, pero lo estamos investigando porque parecen disfrutar de sus payasadas», explica Amalia Bastos, doctora en Filosofía y bióloga de la Universidad de Auckland, quien ha descubierto algo sorprendente.

Según sus experimentos, los keas hacen inferencias estadísticas, como si jugaran al póker. «Nuestros experimentos demuestran que combinan información de diferentes tipos simultáneamente. En los seres humanos, esto se toma como un signo de inteligencia flexible», concluye Bastos. Usando distintas fuentes, realizan predicciones (muy útiles para discernir qué fruta está madura). Así que nunca los rete. «Está llenos de personalidad, y tienen rabietas de niño», asegura Bastos.

La cosa no queda allí. Muchos de estos trileros de la jungla disfrutan de un plus de diversión por su capacidad de imitación de la voz humana. Vamos con la segunda apuesta: ¿cuántos matrimonios habrán terminado por culpa de la inocente mascota?

Un lorito solo puede liarla. En México, un genio de la especie delató a su dueño, Guillermo Reyes, de 49 años, en un control de alcoholemia, diciendo: «¡Está borracho!». Otro, llamado Bud, presenció un crimen y desde entonces solo repite las últimas palabras de su dueño: «Shut up, don’t fucking shot» («Cállate, no dispares»). Lo hace además en una estremecedora imitación de la voz del fallecido. Gracias a él, la policía investigó a la mujer de la víctima. Un matrimonio se divorció después de que el animal repitiera el nombre del amante de ella. «Gary, te quiero, te quiero», soltaba el muy cachondo, imitando la voz de la chica, cuando aparecía el marido (él, claro está, no se llamaba Gary, sino Taylor).

Rufianes en grupo

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Otro loro, cuyo nombre respondía a Nigel, se escapó en California durante cuatro años. Su orgulloso cuidador, un británico llamado Darren Chick, le había entrenado para decir palabras en inglés: «Cheerio!» (¡chao!). Cuando pudo encontrarlo, gracias al chip que llevaba instalado, se sorprendió: ahora decía cosas como «loro macho», con acento español latino. Durante su escapada había sido adoptado por una familia hispana de origen guatemalteco. Era bilingüe.

Estas son aventuras escogidas al azar de loros solitarios. Imagínense lo que pueden hacer en grupo estos rufianes. Los visitantes de un zoo de Lincolnshire, en Inglaterra, empezaron a escuchar insultos y comentarios lascivos. Al principio era un misterio. El director del centro, Steve Nichols, pensó que se trataba de sus propios empleados escondidos. Esta panda de camorristas la componían Billy, Elsie, Eric, Jade y Tyson, loros grises africanos que insultaban a discreción con distintos acentos británicos. Tuvieron que encerrarlos por mal comportamiento con otros loros más comedidos.

¿De dónde habían sacado ese lenguaje soez y por qué parecían disfrutar con él? Los loros provenían de distintos hogares. Todo hace suponer que lo aprendieron en casa. No sabían lo que significa el insulto, pero comprendían algo intrínseco del significado, y esto es fascinante: eran de algún modo pragmáticos.

«Querían la atención de los humanos. No necesitaban entender lo que estaban diciendo, simplemente se dieron cuenta de que los sonidos funcionaban de manera positiva para ellos», explica Pepperberg. Es lo mismo que ocurre con el sonido del móvil: enseguida se dan cuenta de que ese ruido secuestra nuestra atención.

Como a los niños, les reíamos las gracias. «Uno solo podía pasar», dijo el cuidador al periódico New York Times, pero, cuando se juntaban, aquello parecía «un pub de camioneros». Y sí, todo indica que lo pasaban pipa (expresión muy acertada). Trileros de la lengua. Se hicieron más famosos que la hasta entonces estrella del zoo, Chico, que sabía tararear If I Were a Boy, de Beyoncé. El zoo se llenó de visitantes que querían retar incluso a los loros más mojigatos

En busca de atención

Parece un guion de los Monty Python, pero solo es una muestra más de la inteligencia de estos animales. Y esto lo sabemos desde hace siglos, aunque sigamos algo ciegos de antropocentrismo. Son iconos de la literatura y el cine: del loro pirata de Stevenson al de Flaubert. De los loros con los que Gabriel García Márquez dijo que «aprendió a hablar», al de Winston Churchill, que algunos aseguran que le enseñó a maldecir el nombre de Hitler (aunque la hija del mandamás británico aseguró que su padre tenía cosas más importantes que hacer).

Seguramente, hasta hace poco, solo el prejuicio nos impidió ver que tras la falsa alarma de incendios que atrae a los bomberos (ocurrió en Inglaterra y se llamaba Jazz) había inteligencia, una fuerza semántica, una voz pensante de niño travieso.

«La discusión en el fondo es ideológica. Existe rechazo en la cultura occidental de cualquier teoría o dato que acerque el animal al humano. Pero en el lenguaje hay una base lógica que posiblemente sea consustancial a toda la naturaleza», concluye Riba.

¿Cómo surgió el lenguaje humano y qué lo hace tan especial? ¿No estará el loro, cuando responde «amarillo», trasteando con algo sagrado para nosotros? Un riesgo metafísico, sí… pero algo muy íntimo debemos compartir con esas plumas.

En noviembre de 2020, otro loro, llamado Eric, hizo justo lo contrario que Jazz: salvó a su dueño de morir en un incendio. Empezó a gritar con insistencia su nombre, «¡Anton!», hasta que este se despertó y pudieron salir pitando. Las últimas palabras del loro Alex antes de morir, a los 31 años, fueron dirigidas a Pepperberg: «Eres buena, te quiero, voy a cenar, te veo mañana».
Así se despedían cada noche, era su rutina aprendida. «Fue conmovedor que esas fueran nuestras últimas palabras», explica la investigadora. Seguramente, como secunda Riba, Alex sabía, de algún modo indescifrable para nosotros, qué era el afecto.

«Aprendió a ponerle una etiqueta verbal a lo que sentía», explica. Así que ya tienen la respuesta al enigma. Cuando un loro imita el móvil, le insulta o canta a Pavarotti, en el fondo, como nos ocurre a los frágiles humanos, solo busca atención. Un peligro metafísico es comprender la cantidad de afecto que necesitamos los seres sociales, con o sin plumas. Qué cruel es tener a ese magnífico animal pensante metido en una jaula, qué estúpido arrasar su hábitat antes de comprender su generalísima inteligencia.

¿Y cómo verá nuestro simpático loro que dice «te quiero», aun con todo, el corazón humano? Nadie puede saberlo, pero quizás, si nos proyectamos y hacemos alpiste del Canon de Morgan, este sea de un sabroso «amarillo-maíz».

Suena el teléfono en la madrugada, pero usted sonríe. Un susurro en la oscuridad, el pálpito de unos sonidos en su boca: «Buenas noches, te veo mañana, te quiero…».

‘Hablar’ sin cuerdas vocales

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La capacidad de los loros de producir sonidos similares a la voz humana reside en la siringe, un órgano común a todas las aves, pero que está especialmente desarrollado en las de su especie, las psitaciformes, y en otras como los estorninos pintos o algunos córvidos. Este órgano se encuentra en la base de la tráquea, y sus paredes vibran y hacen vibrar el aire que pasa por el tubo respiratorio camino de los bronquios, y que produce un amplio repertorio de sonidos complejos. Los loros, además, son capaces de emitir esos sonidos al mismo tiempo que los que producen mediante movimientos rápidos de su lengua, más larga que en la mayoría de las aves.

 

 

 

Este artículo es uno de los contenidos del número 11 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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