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13 Nov 2020
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Libros

Latinoamérica y el libro viejo: guía personal de norte a sur

Juan Manuel Bonet

Pistas y datos sobre librerías de viejo, descubiertas en mi búsqueda por varios países de tesoros encuadernados

Casi sin preámbulo, algunas notas viajeras sobre mi experiencia latinoamericana en materia de libros viejos, larga ya de una treintena de años. Notas que espero sean útiles a los lectores de Archiletras. En casi todos los casos, doy las señas. En algunos, ha pasado demasiado tiempo, pero proporciono al menos alguna pista zonal. Hablo también del club de los grandes libreros muertos. Solo saco ciudades en que he estado, y de la lista de aquellas en que he estado solo he excluido San José de Costa Rica, porque, aunque compré bastante en ella, las pistas serían demasiado imprecisas. En cualquier caso, en esta materia Latinoamérica no es el Continente vacío de que hablaba Salvador Novo, sino el ámbito de todas las fascinaciones, de todos los hallazgos, de todas las quests imaginables.

México y sus trastiendas

Una de las mejores plazas del mundo en esta materia. Como en Buenos Aires, y aunque en este gremio siempre «todo tiempo pasado fue mejor», la sensación de que el filón es inagotable. Hubo una época en que fui con relativa frecuencia, y en que, además, vivía allá Ramón Reverte, el editor de RM, y el mejor guía imaginable por esos caladeros, que sigue frecuentando mucho. En dos o tres ocasiones, compartimos unos sábados gloriosos: mañana en la Zona Rosa, en el mercadillo de la Plaza del Ángel, calle Londres, 161 (donde además hay una gran librería especializada en gráfica y en modernidad mexicana en general: La Estampa) y luego en la calle Donceles, almuerzo sobre la marcha, tarde en varios establecimientos de la Colonia Roma (avenida Álvaro Obregón) y de la zona de la UNAM, y luego en Coyacán, y remate cena en San Ángel Inn, con harto margaritas, tras desplegar la cosecha sobre la mesa.

Con Ramón se abrían milagrosamente las trastiendas, especialmente las de Donceles, feudo de Mercurio López Casillas (Bibliofilia, en el 78) y su familia. Me llevó también a Burro Oculto, librería que presume de ser clandestina, como si fuera un bar del Chicago de cuando la Prohibición. No conozco Urbe (San Luis Potosí, 105), que se llama así por el libro de Maples Arce, y que por lo que veo en Internet es, de todas las librerías mexicanas, la mejor surtida en vanguardias. No hay que olvidar tampoco la Lagunilla, es decir: el Rastro. ¿La provincia mexicana? Se supone que hay poco que rascar en ella, pero me sospecho que es un mito propagado por profesionales que quieren reservarse cotos ignotos por el común de los viajeros.

Mi experiencia al respecto se limita a Oaxaca, donde no di con libreros, y a Guadalajara, donde sí hice buena cosecha, aunque por lo general no en perfecto estado de revista, en varios establecimientos (con nombres como La Odisea o El Desván del Qujote) de la calle López Cotilla y aledañas. En Internet he visto bastantes cosas de muy buen nivel ofrecidas por una librería de esa ciudad que se llama Campo Minado (calle Alejandro Arango y Escandón, 44790).

Puerto Rico, isla de la simpatía

En la tierra así bautizada por María Zambrano, solo he estado una vez con motivo del Congreso de la Lengua de 2016. Con mi amigo el fotógrafo argentino Facundo de Zuviría me escapé una tarde a los alrededores de la Universidad de Río Piedras, donde dimos con un par de librerías desordenadas, pero con cosas.

En la primera, la de Norberto González (avenida Ponce de León, 1012), en la que dominaba el libro nuevo, compré un par de títulos de Emilio Delgado, poeta comunista local que anduvo por España durante los años de la República y la Guerra Civil. En la planta alta de la segunda, Librería Mágica (justo enfrente, en el 1013), di con un folleto puertorriqueño de Pedro Salinas, con estudios sobre el vanguardismo local, y con un cacho de la biblioteca del disidente cubano Carlos Franqui, que pasó en la isla los últimos años de su vida.

Caracas y una gran pulpería

Solo he estado una vez, en el ya lejano 1992. Me llevaron a dos lugares estupendos. Uno se llamaba nada menos que La Gran Pulpería del Libro Venezolano, y estaba en el centro antiguo, en el funcionalista y ya vintage Pasaje Zinng. Ahora está en Sábana Grande (Google Maps: 3.ª avenida Las Delicias con avenida Solano López, edificio José Jesús, local 2). En aquella Gran Pulpería, caótica como saben serlo las librerías del Nuevo Mundo, di con un Carlos Mérida raro, con los Últimos poemas de Huidobro, y con un Larrea, El surrealismo entre Viejo y Nuevo Mundo. Preguntado el librero por Li-Po y otros poemas, de Juan José Tablada, libro editado allá, me dijo que sí, que tenía un ejemplar, pero en su casa. Quedamos en que me daría noticias, pero no hubo nada.

El otro lugar estupendo era un sótano en un barrio residencial, del lado del Club de Golf, regentado por dos francesas, y con buen material galo. Ese sótano no sé si sigue existiendo.

Bogotá, libros en el burdel

La única ciudad de las aquí glosadas donde no he estado. Trapiello, los Pre-Textos, o Juan Bonilla (que recomienda San Librario, de Álvaro Castillo, calle 70, 1248), cuentan y no paran. Entre las mejores páginas del genial e indispensable manual de Bonilla La novela del buscador de libros, las dedicadas a su visita, allá, a un burdel-librería de viejo donde las pupilas («aquí no es el negocio principal») se ventilaban la biblioteca del poeta Mario Andrés Trujillo.

Quito y un boxeador sonado

En la lista de lugares del mundo en los que he entrado a por libros, la palma se la lleva, no un prostíbulo, sino una librería en el barrio chino de la capital ecuatoriana, regentado por un exboxeador. Casi todos los libros que se expendían ahí estaban afeados por una calcomanía adherida a su cubierta. Aparté un par de cosas, pero la calcomanía finalmente me hizo abandonarlos a su suerte.

En cambio, diré que en Quito está una librería de nuevo de las mejores del continente, Libri Mundi, que por desgracia dejó en 2015 su primitivo emplazamiento y se trasladó a un centro comercial. De la Libri Mundi original hablan Paul Theroux en el correspondiente capítulo de su gran libro sobre los ferrocarriles latinoamericanos, y Juancho Armas Marcelo en una memorable tercera abecedaria. Aparte de cosas traspapeladas, ahí me topé, en un mínimo rincón de viejo, con una de las antologías de nuestra poesía del 27 más difíciles de conseguir, la que publicó, en el Berlín nazi, Hans Gebser, un amigo de Lorca y de Cernuda.

Lima y su virrey uruguayo

Por desgracia, solo he estado unas horas, en un viaje oficial. El gran librero de viejo allá es el uruguayo Walter Sansievero, más conocido como El Virrey (Bolognesi, 510, en Miraflores), que es como se llama la cadena de establecimientos fundada por su padre en 1973. A Walter me lo presentó fugazmente, en México, Ramón Reverte. Por un error de logística, solo estuve en El Virrey del centro, que es de libro nuevo.

Otro librero al que le he comprado cosas por Internet (no tiene tienda) es Carlos Carnero Figuerola. No conozco las Quilcas limeñas de las que habla Bonilla, que saca libros de debajo de las piedras (ha encontrado libros buenos hasta en Cuzco, mientras que yo, no: la pista, que no le he pedido, debe ser más secreta todavía que en el caso bogotano).

Santiago de Chile, huidobriana y surrealista

Otra gran plaza, de donde las dos veces que estuve me traje cosas estupendas, lo mismo que, en la primera de esas estancias, de Valparaíso y Viña del Mar. La capital chilena, respecto de la cual las primeras pistas me las dio el huidobrista René de Costa, es ciudad de muchísima librería, con por lo menos tres zonas: la céntrica calle Merced (sobresaliente, en el 345, El Cid Campeador); un conjunto de kioscos un poco fuera del centro, desdibujados en mi memoria, y el pasaje de la calle San Diego, donde me imagino que la mejor librería seguirá siendo la que fundó el escritor (y en su juventud, carabinero) Luis Rivano, un buen sitio para comprar cosas de Huidobro, de los runrunistas o de la Mandrágora.

Buenos Aires o el paraíso borgiano.

Borges, en la librería de Alberto Casares, sobrino de Bioy Casares y amigo de Borges, en Buenos Aires.

Una de las ciudades del mundo en que ir a por libros es siempre una auténtica fiesta, compartida en más de una ocasión con Sergio Baur. No pocos turistas se quedan con la copla de que allá el epicentro de esa actividad es la calle Corrientes, «la calle que nunca duerme». En ella todavía hay sitios donde rebuscar, por supuesto, pero lo importante sucede ahí. Los establecimientos más potentes son los del vecino barrio Norte.
Una de mis librerías anticuarias favoritas a nivel mundial, la del uruguayo Victor Aizenman, está en un bajo de Las Heras, 2153; él es un gran especialista en Borges y en ediciones argentinas, incluido lo romántico y lo simbolista (ahí vi por vez primera Los raros, de Rubén Darío), pero también tiene cosas francesas o españolas increíbles, de todos los siglos, y siempre en estado prístino.

Asimismo uruguayo es Víctor Breitfeld, otro gran librero, que cuando lo conocí ocupaba una casa entera, en la que cada cuarto era más sorpresivo que el anterior. Ahora, auxiliado por su hijo Gustavo, oficia en dos espacios, su establecimiento principal, Librería de Antaño, en un piso (Santa Fe, 1203), y su sucursal, The Antique Bookshop (Libertad, 1236).

En Libertad también me encantan, en el 1240, El Faro del Fin del Mundo (pero no tengo claro si sigue existiendo), y en un piso en el 1536, Hilario, establecimiento curioso y muy argentino, un poco anticuario (con ponchos, y hasta con caballos disecados), un mucho librero, y un bastante especialista en foto del XIX y en Patagonia. Está muy bien también El Incunable (Montevideo, 1519).

Alberto Casares, sobrino de Bioy Casares y amigo de Borges, es otro gran librero (Suipacha, 521). Sabe mucho de libro moderno Helena de Buenos Aires (Esmeralda, 882), que ocupa el local donde estuvo L’Amateur. Casi enfrente, en el 869, Poema 20, del armenio Dirán Sirinián, máximo especialista en fotolibro.

En la calle Florida, 835 está la Galería Buenos Aires, un pasaje (allá los pasajes se llaman galerías, como bien saben los lectores de Cortázar) con una decena de libreros; Los Siete Pilares, la tienda de mi amigo Héctor Delgado, estuvo allá, pero ahora está en Tres Sargentos, 422. Murió el francés de la galería, el simpático Justin Piquemal Azémarou. En otra galería, la del Este, no estoy seguro de si sigue Gotcha’s, que sabe mucho de vanguardias, pero a buen seguro que ya cerró la Librería La Ciudad, que también frecuentaba Borges, y que era un pequeño paraíso. Otra galería con libreros, al lado de donde vivía Norah Borges: Las Victorias, donde cuando mi primer viaje todavía estaba el rumano Mihail Dimitru, cuya oferta moderna y cosmopolita era de primerísima.

Anotar también Edgardo Henschel (Reconquista, 533), librería alemana, con mucho Bauhaus y Dadá, hoy reconvertida en políglota: The Book Cellar & Henschel, de Daniel Zachariah; Aquilanti & Fernández Blanco (Rincón, 79), próxima al Congreso, y en cuyo sótano di, en una pared de libros franceses del montón, con el ejemplar dedicado a Guillermo de Torre de L’irradiador del port i les gavines de Salvat-Papasseit; o, un poco de fuera de circuito, El Glyptodón (Ayacucho, 734).

Hay más libreros del lado de la avenida de Mayo, empezando por la histórica Librería de Ávila (Alsina, 500), fundada a finales del XVIII, y cuyo sótano (esta de los libros viejos es siempre una historia de sótanos y de trastiendas) es una delicia donde pasar horas.

En realidad, en Buenos Aires hay libro viejo por casi todos los rincones. No olvidemos a los vendedores sin tienda, pero que ofrecen, en Internet, o en ferias, cosas buenísimas, como Alberto Peremiansky, o Alberto Magnasco.

También quiero referirme a un gran librero que falleció hace poco, el tercer uruguayo de esta historia, Washington Pereyra. Lo conocí en el Barrio Norte, y lo primero que vi fue, en la pared tras su mesa, el primer número, enmarcado, de Prisma, la revista mural ultraísta de 1921, promovida por un Borges recién regresado de Europa. Luego Pereyra se trasladó a Boedo, y montó su Fundación Bartolomé Hidalgo, donde seguía vendiendo libros, pero sobre todo atesoraba, tras un museo de Ciencias Naturales que le hubiera gustado a Bruce Chatwin, una impresionante colección de revistas literarias, principalmente argentinas, pero no solo. Ojalá esa colección no se haya dispersado, y ojalá acabe en alguna institución.

El barrio de San Telmo es la zona cultural del Sur; ahí está, los domingos, el Rastro, en la plaza Dorrego y aledaños, más un mercado de abastos que sigue funcionando… incluyendo una zona de anticuarios, con algún puesto de libros. Rastro que es puro Buenos Aires, en el que hasta he comprado un Evola dadaísta, dedicado al ya citado Guillermo de Torre, cuya biblioteca le sigue asaltando por doquier al bibliófilo, lo mismo que libros con el exlibris del misterioso Vogelius. En ese barrio está además El Rufián Melancólico (Bolívar, 857), un caos como de película expresionista.

Buenos Aires, realmente la ciudad del libro sin fin… pero que no debe hacernos olvidar las numerosas librerías de viejo de La Plata, la capital de la provincia, y ciudad de poetas donde las haya.

Rosario y un galpón junto al Paraná.

El librero Armando Vites, en su establecimiento de la ciudad argentina de Rosario

Estuve unos días de 2004, con motivo de la inauguración de una exposición sobre Ramón Gómez de la Serna que comisarié con Carlos Pérez para el Congreso de la Lengua. En las librerías de viejo del centro no di con gran cosa. Otro congresista, Fernando Iwasaki, me sopló generosamente las señas de Armando Vites (Pueyrredón, 138), establecido en un galpón, no muy lejos del río Paraná. Mágica fue la visita (y las compras) que le hicimos en una mañana soleada, que he descrito en otro lugar.

Montevideo, la otra orilla del libro

La librería Oriente y Occidente, en Montevideo

Otra gran plaza, muy castigada por los libreros del otro lado del gran río. El primer establecimiento a visitar es Linardi y Risso (Juan Carlos Gómez, 1435), a cuyo fundador, ya fallecido, conocí pesquisando estanterías en una tienda muy de batalla de Buenos Aires. Me encanta subirme a las estanterías altas de la zona en que el material literario lo tienen dividido por países, y me encantan el patio con plantas tropicales, y el barrio: el viejo Montevideo, y en él la estatua a sus tres poetas franceses, Laforgue, Lautréamont y Supervielle.

Luego está otra librería también de gran nivel, El Galeón, de Roberto Cataldo, antiguo empleado de Linardi. Lo conocí en el local que tuvo en ese mismo barrio, y cuyo sótano era una auténtica cueva de Alí Babá. Ahora sé que El Galeón ancló en un antiguo cine, en la plaza Independencia, 1382, frente al Palacio Salvo. Puro Verso (18 de julio, 1199) y Más Puro Verso (Sarandí, 675) son las mejores librerías de nuevo de la ciudad, ambas con sección de viejo; la segunda ocupa un local inmenso y soberbio de la ciudad vieja, contiguo además al Museo Torres-García.

Y luego está el Rastro, los domingos, en la arbolada calle Tristán Narvaja y adyacentes, relativamente lejos del centro; sus mesas, sus suelos, y sus librerías deparan sorpresas gratísimas. Mis guías por ese laberinto han sido el arquitecto y pintor Pali Lorente, y Wilfredo Penco, hoy director de la Academia (establecida en la que fuera Torre de los Panoramas, de Julio Herrera y Reissig), que tenía tertulia en Oriente y Occidente, preciosa librería por desgracia desaparecida como su dueño, Julio Moses, al que conocí en su anterior local, también en la ciudad vieja, donde le compré cosas espectaculares de la biblioteca de Xavier Abril.

São Paulo, de libros con el agua al cuello.

En contra de la opinión de muchos, me gustó a primera vista, gusto que se ha acrecentado a cada visita, y ello a pesar de que no se trata de una ciudad fácil, sino más bien de todo lo contrario.

La mejor librería, cuando mis primeros viajes, estaba en un barrio residencial un poco perdido, y era la de Pedro Corrêa do Lago, sabio e hiperactivo historiador y editor, gran especialista en autógrafos (pero también en Frans Post y otros precursores de la pintura brasileña) y en fotografía, que entonces llevaba la sucursal local de Sotheby’s, y que más tarde presidiría la Biblioteca Nacional. En la casita de varias plantas que albergaba su negocio, según se iba ascendiendo, iba subiendo la calidad. Su propio despacho estaba a rebosar de cosas de caerse, y no solo brasileñas. La librería cerró sus puertas en 2003.

De las que quedan, mencionar una enorme y magnífica librería en un piso, en el viejo centro: Calil (Rua Barão de Itapetininga, 88), y O Belo Artístico, de Aristóteles Alencar, en el delicioso barrio de Jardins (Estados Unidos, 1426). Ahí, sobre un cacho de la biblioteca de Cabral de Melo, pude hacerme con un Pound dedicado a aquel, no por el poeta, sino por Giovanni Scheiwiller, su editor. En ese local me pilló una tarde la típica tromba tropical, y por poco no puedo salir, de la casi inundación que se formó, y que amenazaba a los libros.

Para las mañanas del fin de semana, recomiendo con entusiasmo tres mercadillos callejeros, el del sábado, pequeño, pero simpático, en Pinheiros, en la plaza de Benedicto Calixto (cerca de la cual hay varias brocantes), y sobre todo los dos del domingo: el de los bajos del MASP, en la Paulista, siempre con mucho papel (libros, revistas, fotos de Marc Ferrez, estampas de Hiroshige…), y el del barrio italiano de Brás, la Feria do Bixiga, en el bonito marco de la Praça Don Orione.

Río de Janeiro y sus ‘sebos maravilhosos’.

La librería Letra Viva, en Río de Janeiro

Sus sebos (así llaman en portugués de Brasil las librerías de segunda mano) proporcionan grandísimas alegrías. Los hay un poco por todos los barrios de la Cidade maravilhosa.

En mi última estancia me encantaron los tres o cuatro que visité en el centro antiguo, cerca de la Facultad de Filosofía, y de ese templo del saber que es el Real Gabinete Português de Leitura, una de las más hermosas bibliotecas públicas del mundo. Los que más me gustaron, Letra Viva, en el 10, y Letra Viva Filial en el 1, con el grato complemento, muy neoyorquino, de un café, están en una calle de nombre tan literario como es ese barrio: Luís de Camões.

En Botafogo, más de batalla, pero con buena oferta, Baratos da Ribeiro (Rua Paulino Fernandes, 15), que ocupa varias plantas de una casa laberíntica. Me sospecho que debe haber, más escondido, otro mercado carioca de mayor lujo y ringorrango, quiero decir, de piezas de caza mayor, pero no lo conozco.

Al igual que pasa en Budapest o en Cracovia, también en Brasil lo más exclusivo empieza a funcionar —costumbre detestable, por más que comprensible— casi solo en subastas.

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 8 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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