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14 Mar 2022
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lenguaje

La vida extraordinaria de las palabras

Laura García Arroyo. Ilustraciones: Patricia Bolinches

Nuestra relación con ellas es única e inolvidable y creamos con ellas vínculos de empatía o desinterés. Están vivas y como todo ser vivo siguen un ciclo que pasa por el origen, la evolución y la desaparición

Amenudo me preguntan cuál es mi palabra favorita. Hasta la fecha me sigue resultando un interrogante difícil de responder con rapidez. Depende, suelo contestar. ¿De qué? Me interpelan sin entender. Del día, del criterio, de lo que me haya pasado, de muchos factores.

Existen tantas palabras… y tantas razones para elegir una entre las demás.

Hay personas que se decantan por términos que les sugieren momentos, recuerdos o lugares que les hacen felices: amor, mamá, paz, vacaciones, carcajada. Son letras que representan conceptos agradables y al decirlas nos hacen sonreír y al pensar en ellas nos sentimos bien. Eso es genial, pero para mí no es suficiente. Una palabra es mucho más que lo que significa. También es lo que transmite. Con su ortografía, su fonética, su historia y la tuya con ella; es decir, dónde te la topaste, quién te la enseñó, cuándo, por qué. Estableces así una relación con ella que la hace única, inolvidable.

A mí me llaman la atención las palabras por su sonoridad, por su juego gráfico, porque pueden ser piezas exquisitas que pocas bocas pronuncian, me gustan las que me obligan a visitar los diccionarios y me permiten añadir léxico a mi vocabulario o, simplemente, me gustan porque sí, porque hay algo en ellas que me atrapa. Y eso es muy subjetivo y cambiante, así que cada día puedo nombrar diferentes favoritas. De ahí mi incapacidad para responder con una sola palabra y sin titubeos.

Soy de la idea de que las palabras no son meros trazos que dibujamos para transmitir un mensaje. Lo veo en muchas evidencias. Por ejemplo, en el hecho de que las letras tienen rasgos (nuestra caligrafía es muy particular y expresa muchas cosas de nuestra manera de ser, sin ir más lejos). La forma en que las escribimos crea figuras y cuerpos a los que damos nombres que se parecen a nuestra anatomía (la panza de la b, el ojo de la o, la lágrima de la r, el cuello de la g, la uña de la a…). De modo que las palabras también nos pueden parecer atractivas, indiferentes, simpáticas, menos agraciadas… como las personas. Y al igual que ellas, algunas nos gustan más, nos llevamos mejor o nos identificamos más que con otras, y se establecen así vínculos de empatía o desinterés, amor o incluso aversión, a pesar de ser solo líneas en un papel o píxeles en una pantalla. Ya que con todas convivimos en algún sentido, porque nos acompañan desde que despertamos hasta que nos dormimos y porque elegimos cuál usar cada vez que tenemos que comunicar algo. Así que a mí, más que de palabra favorita, prefiero hablar de palabras con las que me llevo mejor o peor.

Para mencionar algunas, confesaré que me llevo muy bien con las esdrújulas, porque siento que tienen ritmo interior, porque al pronunciarlas surge la música, nos ponen a bailar. Y si además son palabras poco conocidas puntúan doble.

Por eso me encanta nictémero, que es un sustantivo masculino para referirnos a algún fenómenos que se repite cada veinticuatro horas, o la simpática opopónaco, que me hace detenerme para pensar en cada sílaba que articulo y que define a un tipo de resina que se saca de la pánace (ahí tienes otra esdrújula original, una hierba), cuyo olor es tan fuerte que se usa en perfumería. Y es que las palabras que evocan olores son deliciosas. Y ahí aparecen otras que mueven el acento de sílaba, como almizcle, otra sustancia usada para extraer olores que terminan en esencias, una palabra muy bonita, a mi modo de ver, que, sin embargo, alude a una grasa que se extrae de una glándula que algunos mamíferos tienen cerca del ano (para que veas que me concentro más en la forma y la fonética que en su definición…), o gulusmear, un verbo que exhibe a los que andamos oliendo o probando los guisos mientras cocinamos pero que suele hacerme pronunciar un ummmm.

Claro que no solo hay olores ricos, por supuesto hay olores desagradables ocultos detrás de escrituras atractivas, tal es el caso de catinga, ese olor intenso y repugnante que resulta de la aglomeración de mucha gente después de un largo rato… o choquía, un mexicanismo genial para describir el olor de los platos y cubiertos cuando se dejan tiempo sin lavar o se lavan mal (y sí, todos estamos poniendo esa misma cara). Para terminar con este párrafo asqueroso, voy a mencionar de lejitos lixiviado, el líquido que se produce por la acumulación de desechos orgánicos y que suele escurrir según van pasando los días de descomposición (seguro que estás pensando en la bolsa de basura, ya lo sé).

Antes de que te den arcadas, quiero compartirte palabras que producen una explosión musical antes de salir de la boca. Mi consentida, sin duda, funderelele, el nombre del utensilio parecido a la cuchara con el que se le da forma de bola a los helados, a la que le siguen tocando el tambor y los platillos; berborrotear, es decir, beber a menudo y en poca cantidad, y chorroborro, que hace alusión a una gran cantidad de cosas inútiles. Y que tiene una fuerza fonética enorme.

Además de llegarme por la nariz hay palabras que al ser leídas pueden llevarme a situaciones o recuerdos que me encantan, como espadañar, que es ese movimiento que hacen algunas aves con su cola para separar las plumas y que me hace pensar en los pavos reales, o desbullar, con la que automáticamente me traslado a un puesto de castañas asadas en invierno, quitándoles las cáscaras, que es lo que significa este verbo.

Si sumamos a eso el estar atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que las circunstancias que van surgiendo como novedades hacen poner en primera línea palabras que quizá antes pasaban desapercibidas. Por supuesto, en este apartado hay que destacar el adjetivo obnoxio, que se refiere a algo expuesto a una continencia o peligro, y el verbo encaratularse que significa cubrirse la cara con una mascarilla, palabras que describen muy bien acciones que todos hemos tenido que padecer los últimos meses y que podríamos usar a diario.

Como verás, la lista de palabras favoritas podría seguir y seguir y no acabarse nunca. Porque las palabras están vivas y como todo ser vivo siguen un ciclo que pasa por el origen, la evolución y la desaparición. ¿No se te ocurre cómo? Sigue leyendo.

Cuando aparece una realidad por primera vez o surge la necesidad de nombrar un nuevo concepto, se inventa una palabra. Por ejemplo, en esta época pandémica hemos conocido vocablos como teletrabajo, infodemia o covidiota, pero han pasado más cosas además de las relacionadas con el virus y esa llegada de nuevo vocabulario sin duda es una manera de reflejar los acontecimientos de una época o una sociedad. Arboricidio, panhispanismo, postureo, audiolibro y cisgénero son recién nacidas que creo que tendrán larga vida en el mundo lingüístico. Pero también se pueden construir nuevos términos y lanzarlos al espacio comunicativo a ver qué pasa. La creación de léxico ya no está restringido a expertos en el idioma, cualquiera puede proponer una palabra para denominar algo y si es bueno, gusta y es útil, quizá se quede y termine en los diccionarios. Pueden ser cosas obvias y hasta graciosas, como petaloso, que un niño de ocho años pidió incluir en los diccionarios a la academia italiana de la lengua porque no encontraba otra forma de decirle a las flores con muchos pétalos. O la que usa la nieta de un amigo, que unió acurrucarse y arrullar en la palabra acurrullar, porque pensó que era una sensación demasiado bonita como para no tener una palabra propia. Igual que mi amiga Vicky, que siempre decía imprepactante, para algo que la impresionaba y la impactaba a partes iguales. Todos los que la conocemos terminamos usando esa palabra, un poco por recordarla a ella y un poco porque nos gusta cómo suena y la reacción que provoca en quien la escucha. Un colega extranjero me abrió todo un mundo de imágenes al confesarme que al llegar a México creía que ojalatería, que él escuchaba sin hache, era el lugar donde se vendían esperanzas e ilusiones. Hasta la fecha la sigo teniendo presente por lo mágico del concepto y lo lógico de la deducción. Y una vez en una película escuché a un personaje cuestionar por qué las escuelas de magia no se llamaban abracademias, y me pareció absolutamente atinado, genial e ingenioso. La uso, aunque no encuentro muchas situaciones para hacerlo, la recuerdo para cuando se preste el momento.

Las palabras son inmortales. 

Con el tiempo, las palabras crecen. No siempre a la misma velocidad, ni al mismo ritmo. Para este desarrollo no se alimentan de comida pero sí de nuevos significados; cuando surgen usos, algunas ven crecer sus acepciones. Nominar surgió para dar nombre a algo, pero después se usó además para proponer a alguien para un premio y multiplicó sus definiciones. Envergadura empezó siendo la distancia entre los extremos de las alas de un avión y, por extensión, también la que hay entre las manos de una persona que tiene sus brazos extendidos en cruz. Hoy se usa principalmente para señalar el tamaño de un cuerpo (normalmente por ser grande) o la importancia de un asunto (por ser relevante, por lo general). En algunas ocasiones este crecimiento se hace a pesar de la resistencia de los puristas del idioma. No creo considerarme entre ellos, pero reconozco que me dolió cuando aplicar entró en el diccionario con el significado de solicitar un trabajo, una beca o una plaza universitaria, por extensión de su uso procedente del inglés. A veces se usan términos ya establecidos para añadir significados nuevos, como etiquetar, alunizar o llanta, que pasaron a incluir las acepciones para nombrar a alguien en una publicación en redes sociales, entrar a un establecimiento rompiendo la luna de su escaparate con violencia para robarlo o ese molesto pliegue de grasa que aparece alrededor de la cintura por sobrepeso.

También cambian según van creciendo y similar es el caso de azafata, que nació siendo una asistente de una monarca, que la ayudaba a vestirse y a ponerse sus alhajas; ahora ya nadie usa ese sentido, sustituido por el de persona que atiende a los pasajeros en un avión. Formidable, por muy raro que parezca, se refería a algo muy temible, que infundía miedo o asombro y hoy nadie puede pensar en otro significado que no sea el de algo magnífico, excelente, maravilloso. O alienígena, que antes de que el ser humano viajase por el espacio o imaginase criaturas de otros planetas se refería a la gente que era de un país diferente al propio.

Las palabras se pueden equivocar y aunque son los hablantes los que las pronuncian o escriben mal la *diabetes, *financía, *arrascarse, *hechar o *tí siguen causando urticaria entre quienes buscamos en los libros cuando dudamos de alguna ortografía antes de arriesgarnos a usarlas mal. También pueden confundirse, como cuando usamos hindú para referirnos al gentilicio de la India en lugar del seguidor del hinduismo, decimos severo como sinónimo de serio o grave en lugar de riguroso o duro, o empleamos doméstico para decir que un vuelo es nacional, y lo sacamos de su ambiente correcto, el hogareño.

Y desde luego, pueden viajar. En el tiempo y en el espacio. Como arroba, que surgió en la Edad Media para designar una unidad de medida y de volumen y hoy es un elemento imprescindible en el mundo tecnológico e informático. Se enferman, se pelean, cuando intercambian insultos y ofensivas, juegan, como en los albures, en los chistes y en la ironía, se enamoran, como en manœuvre, que en francés logra una maniobra perfecta en la que la o y la e se funden en una sola. Y finalmente, llegan a morir, principalmente cuando las dejamos de usar.

Aunque a mí me gusta pensar que las palabras son inmortales, que en realidad solo se quedan dormidas un tiempo cuando nadie las pronuncia, pero basta que una sola persona las diga al menos una vez en cualquier rincón del mundo para que tomen un nuevo aire y vuelvan a respirar. Pero para eso hay que conocerlas, compartirlas. Hay realidades que ya no existen y por lo tanto las palabras que las nombraban van desapareciendo con ellas. Así pasó con alcabala, un tipo de impuesto que ya no existe; jubón, una prenda de vestir que ya no se confecciona; o moyo, una unidad de medida para el vino o algunos granos que ya ha sido sustituida por otras. Ahí permanecen, en ese cajón de palabras en reposo hasta que alguien las vuelva a emplear, salgan a volar y recorran espacios idiomáticos que las hagan revolotear.

Pero aunque no mueran del todo, lo cierto es que el vocabulario se está reduciendo y eso es preocupante y triste. Si se pierden las palabras, se pierden las formas de nombrar el mundo, maneras de verlo, entenderlo, relacionarse con él, la diversidad en el pensamiento y en la forma de expresarlo. Por eso es importante cuidarlas, conservarlas, usarlas y difundirlas. Algún día podemos necesitarlas para contar algo: un descubrimiento relevante para la humanidad, una noticia que nos afecta a todos, una necesidad o petición de ayuda, un deseo, una emoción que nos conecte con alguien, una queja, un recuerdo… Para todo necesitaremos palabras. Y es mejor tenerlas a mano, porque si mañana tuviéramos que dar un discurso ante mucho público y quisiéramos tener un vocabulario extenso para decir las palabras precisas y que nuestro mensaje se entendiera lo mejor posible, no serviría de nada ponerme hoy a memorizar listados de palabras, el vocabulario no funciona así. Yo tengo la imagen de una mochila invisible que cargo en la espalda pero que no pesa, que no se ve, que puedo ir llenando con cada palabra que voy encontrando y que me parece útil, apropiada, única. Y así cada vez que me tope con un término que desconozco lo busco, me detengo unos segundos en conocer sus significados, sus peculiaridades, sus historias y lo echo a esa mochila. Y así poco a poco voy llenándola y cuando necesite usar una de ellas, ahí estarán para ayudarme a comunicarme.

Necesitamos el léxico para describir quiénes somos, qué hay más allá de nuestra apariencia y nuestro físico, qué pensamos, qué sentimos, qué necesitamos, qué deseamos, quiénes queremos llegar a ser. Es nuestra carta de presentación, parte de nuestro ADN, esa parte intangible de lo que somos y que nos define, al igual que lo hacen nuestro peinado, nuestro perfume o nuestra ropa. No es lo mismo decir que siento tristeza que añadir matices con palabras como aflicción, desazón, congoja, pesadumbre, angustia, quebranto y ese largo etcétera de sentimientos. Si puedo describir mejor cómo estoy y qué necesito va a ser más fácil que me ayuden, encontrar la solución, mejorar. Así que se puede decir que las palabras pueden llegar a salvarte.

Por eso es mejor llevarse bien con todas las que se pueda, conocerlas, hacerse amigos de ellas y tenerlas presentes. Y regalarlas. Cuando te topes con una palabra que encuentres maravillosa y adecuada para nombrar algo, coméntalo con quien tengas cerca. Además de ser gratis, le estarás dando una opción para recordar un concepto y un momento, para recordarte a ti, que le diste ese término y que te hará inolvidable.

Porque las palabras tienen ese don, ese poder y esa magia. Y con esos atributos es imposible llevarse mal con ninguna de ellas. Piénsalo, ¿con cuál te gustaría llevarte bien?

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 13 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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