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22 Nov 2019
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Reportajes

El salvaje Oeste de la enseñanza del ELE

Javier Rada

Acaba de nacer Profesión ELE, una asociación de profesores de español como lengua extranjera que denuncia la precariedad que padecen los docentes. En Archiletras hemos hablado con los principales actores del sector para ver qué se puede mejorar

Muchas profesoras de ELE (español para extranjeros) conviven con su doble. Dos caras, corazones y cuerpos. Si cierran la puerta y están en el aula, son sacerdotisas de las palabras. Libres en sus metodologías, directoras de emociones.

Si mantienen el entusiasmo suele producirse la magia, porque el aprendizaje en esta disciplina surge de modo natural: por primera vez, venidos de los cinco continentes, los aprendices observan toda una cultura en la pasión, el rigor y la transmisión de conocimientos propios del actual método comunicativo.

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A veces sus alumnos les escriben cartas como esta de un japonés: «Has sido amable, inteligente y apasionada. Me salvaste cuando estaba cansado de estudiar». Ojos vidriosos. La profesora sintió que eran valiosas, portales de comunicación. Bienvenidas de una cultura real, palpable. Recuerdos que viajarán luego a Tokio, Los Ángeles, Teherán…

En cuanto salen del aula, suele aparecer el doble: es el momento en que el entusiasmo zozobra. Recuerdan su salario, las horas mal o nunca pagadas, la imposibilidad de conciliar su vida. Sospechan que su entusiasmo ha sido mercantilizado. No son pitonisas del lenguaje: limpian preposiciones, dan brillo a los sintagmas y acunan los plus(cuán)imperfectos verbos. Y todo a pesar de estar cada vez más formadas, con caros másteres especializados. Algunas llegan a decir que su profesión es un oficio de exilio: única salida el extranjero. Oficio de tránsito, en espera de algo mejor.

«Llevo dando clases desde que terminé la carrera en 2002. Mi pareja ya lo ha dejado. Yo me he resistido, pero siento que me expulsan de una profesión para la que sirvo, que me apasiona», explica la profesora Isabel Leal, filóloga, ampliamente formada y con sobrada experiencia en distintos países. Y así siguen las metáforas…

La lengua con la que trabajan podría ser vista como un edificio. Una casa, quizás. Las profesoras reciben a los invitados en la puerta. Lo decimos desde el principio en femenino porque las mujeres representan la mayoría, 74,1%, según el estudio Perfil laboral, formativo e investigador del profesional de español como lengua extranjera o segunda (ELE/EL2) de Javier Muñoz-Basols, profesor de la Universidad de Oxford. Algunos analistas no dudan en afirmar que esta feminización del sector aporta un sesgo añadido.

Los poderes públicos cuidan el jardín: es la zona en la que brindar por el futuro del español. Está de moda, es una lengua que ha crecido en números de aprendices. Más de 21 millones de estudiantes lo aprenden en 107 países. Allí están el Instituto Cervantes, los ministerios, universidades de prestigio y las empresas con interés en Latinoamérica.

España, al ser cuna lingüística, pero sobre todo por circunstancias geoestratégicas ventajosas, se ha convertido en el gran salón. «El ELE es una empresa eminentemente española», se apunta en el informe De camareros a profesores de ELE: La mercantilización del español y de su enseñanza como lengua extranjera del profesor de la Universidad de Princeton (EE. UU.) Alberto Bruzos.

Cuenta la casa con espacios donde recibir a los invitados (provienen de todas partes, muchos de ellos son ahora asiáticos). Habitaciones que alquilar en estancias lingüísticas, vistas con encanto (Barcelona, Salamanca, Cádiz…). Actividades culturales de diversa índole, experiencias.

Jóvenes y adultos que son los mejores embajadores de nuestra cultura, según el discurso oficial. Y por este motivo, la paradoja: «De ellas depende el buen funcionamiento del sector; las profesoras tienen más poder del que piensan», señala Bruzos.

Ajenas a su poder, muchas profesoras creen subsistir en el sótano de la casa de la lengua. Algunas se han rendido (oposiciones a magisterio es la salida habitual). Otras han decidido luchar. Acaba de constituirse una asociación profesional, Profesión ELE, que aglutina a las que trabajan en el principal mercado y uno de los más saturados: España.

«La situación que se vive en España puede escucharse en otros países. Pero no tan precariamente. Si ganar menos de mil euros en una profesión que exige grado, máster y cursos extra no es indigno es que nos hemos vuelto locos», explica el profesor Fernando Plans, que actualmente trabaja para un centro privado en Puerto Rico enseñando francés.

Hubo antes denuncias, como en la Declaración de Alicante de 2007, emitida por la Asociación para la Enseñanza del Español como Lengua Extranjera (ASELE). Pero la queja no se ha extendido hasta hoy por las telarañas sociales del caserón.

«No somos un sindicato. Hemos nacido para ser una asociación que capte las necesidades que tienen los trabajadores, para que no sea necesario significarse a nivel personal, porque el miedo es una de las razones por las que no ha habido mucho cambio», explica Sergio Ruiz, portavoz de Profesión ELE.

Todas las partes entrevistadas en este reportaje asienten en un punto común: hay muchas cosas que mejorar, empezando por el convenio que los rige en España (en la mayoría de los casos se les aplica el de enseñanza no reglada, un cajón de sastre para distintas profesiones, inhábil para las necesidades reales del sector).

Estos últimos años fueron el altavoz de un discurso oficial que hablaba de la enseñanza del español casi como del santo grial. Una fuerza telúrica que enriquecía nuestros países y que por arte de magia, sobre todo al explotar la crisis, podía convertir a cualquier parado en un emprendedor de sí mismo como profesor de ELE.

El español era un recurso económico a explotar. Al mismo tiempo, muchas profesoras escuchaban irritadas en el sótano estos cantos de sirena. Creían las exigencias, el intrusismo de los aventureros, y sus condiciones laborales seguían cercanas, o peores, a las de sus inicios.

«El discurso no se corresponde con la realidad, porque en su mayor parte terminan en condiciones precarias y sin posibilidades de mejora», afirma Bruzos, analista muy crítico con el papel de las instituciones. Lanza, además, una opinión inquietante: «Para que sigan existiendo condiciones de precariedad y explotación, es necesario que exista una cantidad abundante de personas formadas en ELE y dispuestas a aceptar trabajos en esas condiciones».

Un discurso que empieza a ser matizado hoy por las instituciones. «Sí, es necesario reformular el discurso, porque las perspectivas en cuanto a la proyección del español no son tan optimistas como lo han sido en las últimas décadas, y porque la situación de los docentes debe mejorar», explican en el Instituto Cervantes (las respuestas que publica Archiletras han sido elaboradas vía cuestionario y conjuntamente por Álvaro García, Nuria Vaquero y Elena Verdía responsables, correlativamente, de los departamentos de Ordenación y Proyectos Académicos, Unidad de Centros Acreditados y Formación de Profesores). «La leve recuperación económica permite un margen de maniobra en el que son necesarias medidas por parte de los agentes del propio sector y de las instituciones, planes estratégicos que garanticen unas condiciones dignas», añaden.

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El ELE es un escenario que no se puede simplificar. Como negocio, fluctúa. Su regulación es deficitaria, con un marco laboral no acorde a las competencias profesionales. Sufre debilidades sistémicas, pero también ventajas (ha capeado la crisis y es considerado por algunos analistas como un ‘yacimiento de empleo’).

En la casa, sin embargo, hay goteras. Es un sector joven, emergió en los años 90, no lleva el andamiaje más de cuarenta años, tanto en el sector privado como en la oferta pública. Nació vinculado al turismo y la desprofesionalización, y esta es una tendencia (marcada por estancias cortas, estacionalidad y precariedad) que no se ha revertido.

Este turismo idiomático estaría influyendo «de manera decisiva en la planificación de la enseñanza de los cursos, en la continuidad de las actividades, la oferta de servicios complementarios y, por supuesto, en las dinámicas laborales que se generan», señalan en el Cervantes.

Tanto academias como universidades se han lanzado a una carrera de captación de estudiantes con fuertes gastos en publicidad, ferias, agentes, intermediarios, o el pago de acreditaciones como las que proporciona el propio Cervantes. «Ha sido un sector que se ha centrado mucho en el precio, y no tanto en la calidad. Es una situación que, poco a poco, estamos cambiando, porque si quieres ofrecer calidad tienes que tener profesionales de calidad que estén a gusto», explica Francisco Herrera, director de la academia Clic de Cádiz.

María Ángeles Álvarez es directora de Estrategia e Innovación de Alcalingua, centro de ELE de la Universidad de Alcalá de Henares. Al hacer una panorámica del sector, nos describe un espacio no regulado, en parte ‘un Far West’ «en el que entra mucho dinero», y en el que los actores pueden pelear entre sí.

Un totum revolutum con universidades enfrentadas al Cervantes por el control de los métodos de enseñanza, empresas buscando beneficios, centros serios y de prestigio junto a otros ‘con situaciones de denuncia’, académicos que defienden la influencia de su máster… En la educación no reglada no hay formación específica o grado, un camino claro para ejercer, con profesores —muchos jóvenes— que aceptan trabajar sin contrato o docentes que ejercen solo por ser nativos, etc. Una falta de regulación cuyas víctimas finales, explica, «son los profesores».

Es un sector que ha bajado precios con ofertas en ocasiones poco profesionales que «han roto el mercado», señala Herrera. Salvo en ciudades con mucho tirón (Barcelona, Salamanca, Madrid), la estacionalidad es estructural, la marca de la casa, empleos discontinuos, una oferta volátil.

Solo 42,4% de las profesoras tiene un empleo fijo, según el estudio a nivel global dirigido por Muñoz-Basols. Las condiciones son a priori mejores en las universidades públicas «porque está todo definido, y más controlado», asegura Álvarez. Es difícil determinarlo ya que los informes son escasos. «La precariedad es generalizada y estructural, pero las condiciones concretas dependen mucho de cada escuela y centro en particular», explica Bruzos. «Es extrapolable al ámbito universitario. La falta de regulación en el sector y la inexistencia de un convenio han fomentado el pluriempleo», dice Muñoz-Basols, presidente de ASELE.

En Profesión ELE denuncian que hay centros que incumplen un convenio que consideran del todo insuficiente. «Hay explotación laboral, vulneración del estatuto de los trabajadores», asegura Ruiz. Dicen que algunas profesoras se ven obligadas a jugar a la orquesta del turismo, a hacer más de operadores turísticos que de académicos, cocinar tortillas de patatas en clase o hacer sangrías (sin el correspondiente título de manipulación de alimentos). La ineludible preparación de las clases y horas extras no suelen ser pagadas al considerarse no lectivas. Visibilizar y retribuir esta dedicación en un nuevo convenio ayudaría a que «los profesores pudieran tener contratos a tiempo completo», aseguran en el Cervantes.

Desde Fedele, federación que agrupa a las principales academias españolas, niegan incumplimientos legales. Si bien su presidenta, Mari Carmen Timor, confirma que el convenio «es bastante mejorable», y reconoce que puede haber malas prácticas en un sector tan amplio, asegura que «las 100 escuelas que pertenecen a nuestro grupo cumplen la normativa y muchas superan las condiciones mínimas».

Si alguna incumpliera, insta a los trabajadores a que «lo denuncien ante la autoridad laboral». Pide a los poderes públicos que reconozcan la importancia de este sector que tiene muchos costes y dice que están atentos a las demandas de ‘ciertos profesores’. «Queremos sentarnos con ellos, conocer qué es lo que les preocupa. Porque son nuestro mayor activo», añade.

«El hecho de que no existiera una asociación de profesores creo que de alguna manera hizo que hubiera la sensación de casi barra libre», apunta Herrera, quien apuesta por algún tipo de regulación interna, con la creación de un ombudsman, o defensor de los docentes y de las empresas, que pudiera canalizar las quejas. «La visión de los profesores, lógicamente, se tiene que complementar con la de las escuelas», añade.

En este sentido, Muñoz-Basols considera prioritario la creación de un nuevo organismo dedicado a monitorizar la internacionalización que está experimentando la enseñanza de la lengua para identificar oportunidades de crecimiento.

El ELE es global, variado, disperso, con escasa representación de docentes en colegios profesionales. La casa de la lengua tiene muchas habitaciones. Algunas mejor aireadas que otras. Hay centros que cumplen con los estándares laborales y los mejoran, o cooperativas que han sido formadas por las profesoras, como Cronopios Idiomas, en Madrid, para protegerse de este entorno precarizado. Y hay centros que acumularían mala praxis, si atendemos a las denuncias de los trabajadores. Según Profesión ELE, en España, estas irían de no respetar la categoría profesional (auxiliar en vez de titular) a incumplir las horas que establece el convenio. Las profesoras muchas veces desconocen sus horarios y deben tener disponibilidad total. El salario bruto estaría en 14.400 euros en jornada completa, «pero otra de las cosas habituales es no darte una jornada completa; te dan 10 o 20 horas a la semana», concluye Ruiz. Y todo esto, en muchos casos, con una remuneración de 10 euros la hora.

«El salario es de vergüenza, y esto va en detrimento del propio estudiante», asegura Ester (nombre ficticio de una profesora que prefiere mantener el anonimato y que ha tenido que irse a Suecia para encontrar mejores condiciones). «Ahora mismo diría que lo más duro de la profesión es lo poco valorada que está», asegura Paula, también nombre ficticio.

Desde la parte directiva, Herrera asegura que es necesaria concienciación interna. «El convenio se tiene que mejorar, lógicamente, pero si marcamos el convenio como línea roja, cualquier maniobra o incumplimiento debería estar totalmente perseguido», concluye.

Muchas de las quejas de profesoras y analistas se dirigen al Instituto Cervantes. Desde su creación en 1991, es el órgano que tiene mayor auctoritas, garante de la difusión universal del español, acreditador oficial de muchos centros, promotor del plan curricular y de instrumentos básicos de estandarización.

Los más críticos acusan a esta institución de velar por sus propios intereses, desde los recortes del año 2013, mediante el monopolio de certificados, de no prestar suficiente atención a los conflictos laborales e, incluso, de no respetarlos en sus centros.

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En el Cervantes reconocen su necesidad de autofinanciación, que consideran proporcionada al ‘riesgo del momento’, pero niegan cualquier vocación mercantilista. Lo cierto es que este año, por primera vez, su director, Luis García Montero, ha hablado públicamente de la situación de precariedad de los profesores.

Entre las competencias del Cervantes, afirman, no está ser un regulador del sector, pero sí actúan, por ejemplo, como evaluadores periódicos para garantizar «las buenas prácticas académicas y organizativas» dentro del marco del SACIC (sistema de acreditación voluntaria de las academias). Afirman que «sería positivo» impulsar que las organizaciones implementaran «sellos de responsabilidad social corporativa». Están valorando, en este sentido, otorgar distinciones.

Desean iniciar «comunicaciones fluidas» con los actores del sector (incluidos Profesión ELE) para identificar «necesidades y prioridades». «Somos conscientes de que el papel de nuestra institución puede ser muy importante en el debate que se ha de generar para avanzar en la consolidación del ELE como profesión, incluidas las condiciones laborales, primero las propias, y también las que se regulan en el desempeño de la profesión en España», apuntan.

Mientras tanto, la vida de las profesoras seguirá soportando los conjuros de este tiempo líquido, tierra de precarios que afecta también a otros espacios oscuros de la casa de la lengua (periodistas, ilustradores, correctores…), un ciclo que a pesar de su evocación acuosa ha secado muchos campos de optimismo.

 

¿Irse al extranjero u otros modelos?

Muchos profesores piensan en el extranjero —especialmente en los países de la órbita europea, norteamericana y algunos asiáticos— como el espacio en el que podrán vivir con mejores condiciones laborales. Lo cierto es que la situación también depende de muchos factores y está muy sujeta a la realidad socio-laboral de cada lugar. Todavía hay sitios donde ser nativo sigue siendo patente de corso para enseñar español. Hay profesores con trabajo, incluso en el ámbito universitario, que tienen que combinarlo en diversas instituciones o centros (pluriempleo). “El sector tiene muchas caras diferentes. No tiene nada que ver dar clase en un instituto en Tokio que en una escuela para adultos en Alemania”, explica Herrera, que considera, sin embargo, que las ofertas más interesantes estarían fuera de España. Están, a su vez, surgiendo otros modelos como las cooperativas. En Madrid encontramos Cronopios Idiomas, creado en 2011, en el momento álgido de crisis. “Es una escuela gestionada directamente por los profesores, como respuesta a la precariedad generalizada. Este es un sector capitalizado por escuelas privadas y universitarias, y con mucha estacionalidad en la contratación, que no necesariamente en el volumen de trabajo. Por eso decidimos montar una escuela nosotros”, explica Santiago Morán. Llevan siete años trabajando y son ya una escuela de tamaño medio que atiende a unos quinientos estudiantes al año. Han conseguido un salario 10% más alto que lo recogido en el convenio y con contratos indefinidos. Tienen medidas de conciliación y 80% de los empleados son socio-cooperativistas. “Constituimos un grupo de gente con relación estable con la empresa y que decide, mediante asambleas, los planes para cada año. Este es un modelo de hacer que se transmite a los estudiantes porque la gente está muy implicada”, concluye.

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 5 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en kioscos y librerías.
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