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05 Abr 2021
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Libros

Jerónima Galés. Historia de una mujer impresora en el siglo XVI

Ana Bulnes

Sacar las puertas de su quicio. Eso es lo que hacía solo por dedicarse a su oficio la impresora valenciana Jerónima Galés. Al frente de uno de los talleres de imprenta más importantes de la Valencia de su época, era consciente de que su posición constituía una excepción. Era mujer y dirigía un negocio. Y vivió en el siglo XVI

En un mundo eminentemente masculino, no es un milagro que Jerónima Galés existiera y desempeñara un oficio altamente técnico, pero sí está cerca de serlo que conozcamos su existencia. Aunque estuvo a la cabeza del taller durante tres décadas y produjo unas doscientas sesenta obras impresas, durante muchos años su nombre no aparecía en las historias y catálogos de bibliógrafos. O, si aparecía, era siempre como viuda de o madre de. Su labor se minimizaba o invisibilizaba. Ahora, una investigación de las fuentes archivísticas de la época ofrece una idea distinta.
Pero empecemos por el principio. ¿Quién era Jerónima Galés y qué sabemos de ella? La historiadora Rosa María Gregori, que dedicó su tesis doctoral a la impresora, concede que «la bibliografía proporciona pocas referencias» sobre su figura. No sabemos de dónde era ni nada de su familia antes de su primer matrimonio. Este fue «allá por los años 1540» con Juan Mey, un impresor de Flandes. ¿Llegó a Valencia con él o fue en Valencia donde se conocieron? Tampoco lo sabemos.

Juan Mey, que fue quien introdujo los tipos cursivos e itálicos en Valencia, montó su taller de impresión en la ciudad. Cuando murió, en 1555, Galés continuó con el negocio. Se casó en segundas nupcias con Pedro de Huete, también impresor, en 1559. Enviudó de nuevo en 1580. Aunque el pequeño de sus seis hijos, Pedro Patricio, se hizo también impresor y mantuvo el taller cuando murió su madre, fue ella quien estuvo al mando desde 1556 hasta su muerte, en octubre de 1587.

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Esas pinceladas biográficas que tenemos de Jerónima Galés coinciden con lo que se sabe de la industria de la impresión en la península ibérica durante el Renacimiento. La imprenta de tipos móviles era un invento reciente —en Europa; en China ya tenían algo similar desde hacía varios siglos, pero se cree que Gutenberg lo desconocía cuando creó su imprenta a mediados del siglo XV—, y los primeros maestros impresores de la Corona de Aragón llegaron de fuera. Que Juan Mey fuese de Flandes no es nada extraño.

Como no lo es que, a su muerte, fuese su viuda quien continuó con el negocio. Los talleres de imprenta que en el siglo XV empezaron a aparecer en distintas ciudades españolas eran negocios familiares en los que trabajaban también mujeres: las esposas y las hijas. Cuando el impresor moría, si sus hijos varones aún no eran mayores, no era del todo excepcional que la viuda se encargase de continuar.

«La viudedad confería a estas mujeres la titularidad de los negocios», explica Gregori en su artículo «Sacar a las puertas de su quicio. Exemples del treball de les dones en el món del llibre (Corona d’Aragó, segles XV al XVII)». Se convertían en gestoras del patrimonio familiar hasta que sus hijos eran mayores, y ese papel activo, contemplado en las estrictas normas de tradición medieval de los gremios, era aceptado y respetado.

En el caso particular de los talleres de impresión, la huella femenina queda en los colofones o en las portadas de las obras: aparecen los «impreso en casa de la viuda de» y fórmulas similares. En 1537, la impresora zaragozana Juana Millán introduce su nombre como responsable de la impresión de un libro, Hortulus passionis in ara altari floridus. Es la primera vez que ocurre esto: un nombre propio de mujer y no un «viuda de».

La excepcionalidad de Jerónima Galés

Estamos en 1562. Jerónima Galés ya es viuda de Mey y ya está casada con Pedro de Huete, y lleva seis años a cargo del taller (es importante aclarar que ya trabajaba en él antes de la muerte de su primer marido). Ese año, entre muchas otras obras, sale de su imprenta la traducción castellana del Libro de las historias, de Paulo Iovio. En los preliminares, bajo el encabezado «De la impresora al lector», Galés introduce un soneto de su propia autoría. Los tercetos hablan de la obra de Iovio, pero los cuartetos se refieren a su labor como mujer en el negocio de la impresión:

Puesto que·l mugeril flaco bullicio
no deve entremeterse en arduas cosas,
pues luego dizen lenguas maliciosas,
que es sacar a las puertas de su quicio.
Si el voto mío vale por mi officio,
y haver sido una entre las más curiosas,
que de ver e imprimir las más famosas
historias ya tengo uso y exercicio.

«Ella misma da valor a su experiencia personal y su oficio, consciente de que irrumpía en un espacio considerado masculino», explica Rosa María Gregori. La inclusión de este soneto es excepcional no solo por ese aparecer hablando de sí misma, diciéndole al mundo quién es ella, sino porque en el mundo de la imprenta hispánica no era muy habitual que los impresores se presentasen en los preliminares.

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Sí hay ejemplos en otros países. Gregori menciona al impresor italiano Aldo Manuzio, que «llenaba los preliminares con notas al lector relativos a los detalles de la confección de la obra impresa, desde la elección de los tipos hasta el trabajo de la composición y de la corrección del texto, y daba noticia de todas las fatigas de la impresión y de las motivaciones intelectuales que le habían llevado editar la obra».

Este soneto es una de las señales más claras de la singularidad de Jerónima Galés, pero no es la única. Hay más ejemplos de su escritura (no literaria). El Hospital General de Valencia fue uno de los grandes clientes del taller y entre sus libros de contabilidad se conservan dieciocho albaranes, de entre 1550 y 1568, del puño y letra de la impresora. El análisis de estos documentos aporta mucha información sobre ella.
«La construcción del texto —incluso cuando la exposición de los trabajos tipográficos realizados se hace de manera detallada, larga y con enunciados complejos— es adecuada y supera el contenido formulario básico de un albarán», asegura Gregori. Hay muy pocas correcciones y el discurso es fluido, lo que apunta a que Galés fue una mujer «instruida en letras y que ocupaba una gran parte de su tiempo escribiendo en el ejercicio de su oficio».

La calidad e importancia de sus clientes dejan también claro que las impresiones que salían de su taller eran muy valoradas. Usaba uno de los tipos gráficos más innovadores de la época, explica Gregori, por lo que acudían a él instituciones como el Consejo municipal, la Universidad o el ya mencionado hospital. Del taller de Mey salieron obras de autores humanistas (clásicos en griego y latín y comentarios de filólogos contemporáneos), manuales universitarios de temáticas como la gramática o la medicina, textos litúrgicos, cancioneros y obras teatrales, entre otros.

Cuando murió Juan Mey, su primer marido, Galés se enfrentó a una situación que otras mujeres en su situación no pudieron superar. Muchas viudas de impresores (y otro tipo de negocios de artes mecánicas) se veían obligadas a vender sus utensilios tipográficos o la tienda. Jerónima Galés, sin embargo, era ya alguien con autoridad como impresora. Pocos meses después de la muerte de Mey, logró asegurar a su nombre la subvención de treinta libras anuales que ya recibía el taller desde 1552. Y la actividad de la imprenta continuó casi como si no hubiera pasado nada, editando a buen ritmo y con una calidad reconocida por los contemporáneos. Todo ello mientras se ocupaba también de educar y criar a sus seis hijos.

Hacia una recuperación de las mujeres en la historia del libro

Durante muchos años, cualquier lectura de lo que los historiadores y bibliógrafos habían escrito sobre la historia del libro impreso pintaba la imagen de un mundo sin mujeres. Esto, apunta Marta Ortega Balanza en un artículo sobre la impresora del siglo XIX Eulàlia Ferrer, «es producto de su subordinación e invisibilización al estar asociadas a un hombre —padre o marido—, que era el maestro librero». Incluso cuando ya aparecían en los colofones los «viuda de», su labor era minimizada o directamente ignorada.

Jerónima Galés no se libró de esta invisibilización. El impresor y tipógrafo catalán de finales del XIX y principios del XX Eudald Canivell, por ejemplo, atribuye a Felipe Mey, hijo de Galés, la impresión de una edición muy alabada de la Crónica del rey Jaime I que escribió Ramón Muntaner. Sin embargo, como indica Gregori en su libro La impresora Jerònima Galés i els Mey, en la fecha en la que se edita la obra, 1558, el precoz Felipe Mey debía de tener entre seis y quince años. En otras ocasiones, se atribuyen ediciones a sus maridos, aunque sean de fechas en las que se sabe que ya estaban muertos.

El bibliógrafo José Enrique Serrano Morales fue el primero en incluir el nombre de Jerónima Galés y reconocer su labor como impresora en su Diccionario de las imprentas que han existido en Valencia, en 1898. Pero, tanto en el caso de Galés como en el de otras mujeres que trabajaron en la industria, es difícil saber en qué consistió exactamente su trabajo y cuál fue su implicación en el taller si no se va más allá de lo que dice un colofón.

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Es innegable que, como explica Ortega Balanza, «muchas mujeres vivieron toda su vida entre libros sin saber escribir», pero esto no debería borrar la existencia de las excepciones. Mujeres formadas en una profesión técnica y cualificada, que sabían leer, escribir y dirigir con éxito un negocio.

Sin una investigación más profunda de los archivos y documentos que generaron los talleres de imprenta y, en general, negocios del libro —investigación como la llevada a cabo por Rosa María Gregori para reconstruir la biografía y poder entender la importancia de Jerónima Galés— será imposible corregir la historia y entender cuál fue el papel de las mujeres en esas primeras imprentas con producción importante.
En 1605, del taller Mey salió la edición valenciana de El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha. Jerónima Galés —quien, desde 2017, tiene una calle en Valencia— había muerto ocho años antes, en 1587. El impresor era ahora su hijo pequeño, Pedro Patricio Mey. No debería sorprender que se convirtiese en un buen impresor y un buen editor para la obra de Cervantes: todo parece indicar que tuvo a la mejor maestra.

 

Las otras impresoras del siglo XVI

No fueron las únicas —hubo también casos en Madrid y Barcelona—, pero son de las que conocemos más detalles que prueban su valía y excepcionalidad.

Francisca López
Del periodo incunable, aún en el siglo XV, no aparece ni su nombre ni el de sus maridos en los datos de impresión de ningún libro (o no se conserva), pero se sabe de su existencia y relación con la imprenta en Valencia por dos documentos: en uno, de 1495, confiesa haberse quedado de forma fraudulenta con los punzones de su ya difunto primer marido (para evitar que acabasen en manos de acreedores). En el otro, de 1498, ya es viuda de su segundo marido y negocia con dos impresores el alquiler de unos tipos de imprenta.

Juana Millán
En 1537 editó la primera obra en España en la que aparece el nombre propio de una mujer como responsable de la impresión. Era de Zaragoza y su marido, el impresor Pedro Hardouin, de origen francés. Enviudó en 1536 y se convirtió en dueña de la imprenta. Volvió a casarse, con el impresor Diego Fernández.

Isabel de Basilea
Prueba del papel que las mujeres de la familia jugaban en las transmisiones y herencias de imprentas. Su padre, Faldrique de Basilea, era dueño del taller de impresión más importante de Burgos. Ella se casó con el también impresor Alonso de Melgar, quien heredó el taller cuando murió su suegro en 1518. Cuando se convirtió en viuda, Isabel de Basilea se puso al frente de la imprenta. Continuó con un papel muy activo en el negocio incluso tras volver a casarse, con Juan de Junta.

Brígida Maldonado
El taller sevillano de su marido, Juan Cromberger, era uno de los más importantes de la península ibérica, y se expandía incluso a América. Ella, de familia de libreros de Salamanca, estuvo al frente del negocio (peninsular y de ultramar) entre 1540, cuando murió Cromberger, y 1545, cuando su primogénito alcanzó la mayoría de edad. No se volvió a casar y la calidad de las obras bajó a partir de 1546. Aparece en algún documento firmando como «la desdichada viuda» o «la triste Brígida Maldonado».

Violante, Catalina y Magdalena Cansoles
Eran hijas del impresor mallorquín Fernando Cansoles y se hicieron cargo del negocio familiar cuando murió su padre, hacia 1585. Tenían un hermano varón, Fernando Cansoles, que heredó el cargo de alguacil real, y su madre seguía aún viva. Fueron ellos, su madre y su hermano, los que intervinieron para que fuesen las tres hermanas las que continuaran con la imprenta.

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 9 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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