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25 Mar 2022
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Lenguaje homínidos

¡Hablaban!

Javier Rada. Ilustración: Mauricio Antón

Cada vez más descubrimientos apuntan a que no fuimos tan únicos. Las otras especies ‘humanas’ con las que convivimos en la prehistoria, como los neandertales, podrían haber hablado y haberse comunicado usando un lenguaje complejo

I. El orgasmo primordial

Habían nacido entre catástrofes, sufrían pesadillas con dientes de sable, el clima tenía las llaves del mundo, un Napoleón de los manicomios celestes, histérico y bipolar, glaciación y calentamiento, cuna y destierro… En esa noche ciega, donde la historia pierde los ojos, bajo la estridencia lunática de unas hienas gigantes, nació, sin que nadie sepa bien por qué, la mente humana y con ella el lenguaje articulado.

Hablar, verbalizar, expresarse, quizá los hizo sentirse más unidos en la cueva. Inventaron un nuevo cuerpo para la caricia simiesca. No sabemos si fue algo gradual o una fulguración, una especie de mutación prodigiosa. Solo sabemos que estamos aquí por puro milagro…

Somos en realidad el milagro que narra el resto de prodigios. Y vamos a narrar una de esas maravillas: el amor a la primera palabra extinta, la voz homínida, un amor cercenado en el callejón de la evolución.

Un relato híbrido sapiens-neandertal escrito para híbridos nostálgicos. Una despedida hecha con palabras que citarán a otras palabras que nunca fosilizaron. El adiós al neandertal, la otra especie humana, nuestra compañera evolutiva y ocasional amante.

Sube a la máquina del tiempo, querido sapiens sapiens, hijo de las grandes diásporas africanas, descendiente de los cromañones. Viajemos a hace unos 60.000 años antes de nuestra era y presentemos la primera prueba. Es solo un saltito. No hay tristeza. Qué noche aquella, hipnótica, incierta. Tuvo que ser un orgasmo, un polvo muy atrevido…

Lo dice la «genética antigua», las últimas tecnologías, desde que en 2010 pudimos secuenciar el ADN de los otros humanos, los neandertales, y más tarde el de sus parientes, los denisovanos, y nos llevamos la gran sorpresa…

Los huesos nos hablaron de sexo y cuevas, de «genes lingüísticos» —como el FOXP2— compartidos con los neandertales, de niños híbridos… De este modo pillamos a «mamá neandertal» y a «papá cromañón» in fraganti en la cama de piel de oso, y a ellos, cosas que pasan, les iba el sexo interespecie. Tuvieron éxito. Nosotros, los huérfanos que miramos a las estrellas en busca de inteligencias hermanas, somos en una mínima parte (entre un 2% y un 4% del rastro genético) sus descendientes.

Y si hubo sexo entre las distintas especies homínidas y tuvieron hijos mestizos, y si eran tan parecidos cultural y cranealmente en ese periodo evolutivo —afirma hoy un bando cada vez más amplio de los científicos—, es plausible que también compartieran la misma adaptación evolutiva, la herramienta que nombró al resto de herramientas, es probable que también… ¡hablaran! Y esto es como una bomba mental: en los siglos precedentes creímos que nuestros parientes eran poco más que unas maras de gorilas armados con navajas de piedra. Es como deslizarse sobre el lomo del mamut: ¿qué se dirían en la cueva, justo antes de la asombrosa cópula?

¿Solo gestos? ¿Vocalizaciones de simio? ¿O quizás palabras en tono y gramática neandertal? ¿Qué tipo de cosas pudieron decirse dos especies de humanos distintas, con sus mentes y fisonomías diversas? ¿Calenturientos alaridos ancestrales? ¿Algún fonema primitivo que expresara «deseo» en esa «lengua franca» que tal vez, solo quizá, tuvieron que inventarse para lograr comunicarse en las fronteras del mundo nuevo?

II. Un viaje asombroso

Mauricio

La palabra es el armamento alado que venció al león de las cavernas sin dejar rastro. No fosiliza, y los paleontólogos son detectives de la fósil inferencia. La palabra es el único artefacto capaz de poner en marcha la máquina del tiempo.

Escribimos en los mandos: «Destino Pleistoceno», y ella, la voz, nos lanza a las puertas del Paleolítico superior. Y qué curioso, ya no estamos solos, el concepto de humano se amplía hasta márgenes insospechados, «unos márgenes que todavía hoy no tenemos bien asimilados», explica Antonio Rosas, director del Grupo de Paleoantropología en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid.

Somos la gran familia de los homínidos bípedos. Personitas de culos rectos y secos. Hacedores de caminos peligrosos. Somos todas las versiones posibles de ser tú y yo. La diversidad de mentes y cuerpos catalogada hoy dentro del género homo, del latín ‘hombre’. Somos, en realidad, más parecidos de lo que muchos pensaron.

Durante centenares de miles de años convivieron en Eurasia las distintas especies: los poderosos neandertales; los esquivos denisovanos (conservamos de ellos apenas un dedo meñique, un fragmento de cráneo y unas muelas halladas en Siberia); los floresiensis, también llamados «hobbits» por su metro de altura, endémicos de Indonesia; los últimos y arcaicos miembros del clan de los erectus, el primer gran explorador que salió de África para conquistar Asia hace 1,8 millones de años… y claro está, entre otras especies que vamos catalogando (Homo longi, Homo Nesher…), también estábamos nosotros, los sapiens, los migrantes eternos, los últimos en llegar, los supervivientes, los huérfanos, la nostalgia bípeda.

Todos ellos tienen la capacidad de producir una cultura material sofisticada y demuestran estructuras sociales complejas. Una familia que comparte características comunes, moduladas y quizás ampliadas según el linaje, separados de su pariente común miles de años atrás. Una familia por lo demás bastante promiscua (se mezclaron neandertales con denisovanos, estos con sapiens, sapiens con neandertales y erectus, etc.). Nómadas perpetuos, cazadores esmerados, erotizados bajo relámpagos, cargaban con armas de sílex preciosas, excáliburs de cuarcita roja, tenían mentes cooperativas, y se cree que usaban un lenguaje más o menos complejo y articulado.

Los nuevos datos nos regalan la posibilidad de que estos homínidos tuvieran semánticas primitivas (al menos los más cercanos a nosotros y tardíos, como los neandertales y denisovanos), lenguas ancestrales, voces que aún hoy —esto defienden algunos expertos— identificaríamos, aunque no las entendiéramos, como próximas.

La apuesta es muy alta. Nos jugamos en realidad la idea de lo que somos. El lenguaje es la prueba nuclear, el gran atributo. Hablamos del «Santo Grial» —así lo llaman los paleontólogos— de la prehistoria.

Quizás nunca encontremos la prueba definitiva. «El lenguaje es la propiedad más obvia de la mente humana, y esta es la gran pregunta, de la paleoantropología, de la arqueología y si me apuras de la filosofía…, ¿somos únicos o no?», explica el paleontólogo Ignacio Martínez Mendizábal, cuyo equipo de la Cátedra de Otoacústica Evolutiva de HM Hospitales y la Universidad de Alcalá, gracias al impulso de la bióloga Mercedes Conde, ha hecho un descubrimiento asombroso a partir de los restos hallados en la Sima de los Huesos de Atapuerca y de cinco ejemplares de neandertales.

Han demostrado que los neandertales tenían un oído similar al nuestro. Esto implica, dicen, que su morfología estaba adaptada para emitir y recibir sonidos cortos, rápidos, múltiples, en un ancho de banda mucho más amplio que el resto de simios, ráfagas combinables que servirían para un lenguaje ágil y eficiente… es decir, que tenían los elementos necesarios para recibir y emitir fonemas, sílabas, palabras, voces… que es posible que hablaran como nosotros…

El lingüista Noam Chomsky, quien dijo con éxito académico que el lenguaje era un atributo exclusivo de los Homo sapiens y que surgió por una mutación fortuita y en un único momento africano, acaba de tropezarse con un huesecito de oído prehistórico. El pasado, no obstante, sigue siendo un osario de vacíos. La prehistoria es el ring de las ideas. Pero sigue leyendo, la máquina continúa su viaje…

III. Eva y Adán en la cueva híbrida

Homínidos

Son especies distintas. La Eva y el Adán de los híbridos. Todas las poblaciones fuera de África, todos los descendientes de este y otros cruces, tienen hoy en día, ya lo hemos dicho, una parte de su legado genético (lo mismo con los denisovanos).

Eva es una neandertal, y Adán, un cromañón, un sapiens, un humano anatómicamente moderno. Sospechamos que estas cópulas fueron múltiples, pero no lo suficientemente extensas como para crear poblaciones mestizas homogéneas o nuevas razas. La elección de los géneros en este orgasmo no es arbitraria. Las huellas genéticas señalan que los híbridos prosperaron mejor en los clanes de cromañones.

Fueron las mamás neandertales las que tuvieron la descendencia, aunque no sabemos por qué (se sospecha de incompatibilidades biológicas, estarían quizás al límite del cruce). Es, de todos modos, una señal genética pequeña. «Para que una señal se mantenga, ambas poblaciones tienen que estar a la par y los neandertales entonces (cuando se encontraron) estaban como en peligro de extinción», apunta el paleogenetista Carles Lalueza Fox, del Instituto de Biología Evolutiva de Barcelona, uno de los primeros en identificar genes neandertales en nuestro genoma.

Así que nuestra abuelita es como un rinoceronte blanco, un animal con el tiempo en contra. Ella es la que será aceptada por las sociedades de los sapiens que invadirán su territorio, la que tendrá el hijo mestizo. Es la que tuvo que aprender, especulan los científicos, el habla de los cromañones para sobrevivir en el seno del clan…

Nuestra abuelita es musculosa, una mujer poderosa. Nuestra chicarrona neandertal. Es la otra humana de apariencia ruda, adaptada a los hielos europeos, a una dieta hipercarnívora que la hizo pura fuerza. Es inteligente, compacta, pálida, achaparrada, a veces pelirroja, de ojos claros, nariz chata, con una frente y cresta de cejas lanzadas hacia el horizonte, siempre armada (su industria lítica, sus piedras talladas, el musteriense, era muy avanzada y fue la gran domesticadora del fuego).

La cazadora del bisonte, el caballo y el ciervo gigante. A veces, luce garras de águila imperial modificadas como colgante. Los día de fiesta tiene la cara pintarrajeada, con franjas de color negro y rojo (se han encontrado estos pigmentos y de purpurina en los yacimientos).

Le fascinan las cuevas profundas, es la primera exploradora del centro de la Tierra. Seguramente allí entierra a sus muertos, los rodea con enigmáticos círculos de estalactitas. Graba arte geométrico en las pezuñas de los imponentes megaloceros. Aunque hay mucha polémica, se cree que también pintaba en las cuevas.

Todas estas son pruebas de «conducta de humano moderno», el paso previo y necesario para que los paleontólogos consideren que puede existir un lenguaje complejo. Es difícil que estos avances fosilicen sin un medio que evite olvidarlos.

Ahora mira por la otra ventanilla… ¿Quién se acerca? Sí, te resulta más familiar. Es nuestro sapiens, un cromañón. Es posible que haya aprovechado un periodo de lluvia excepcional para poder cruzar el Sahara y encontrarse con su prima en Oriente Medio.

¡Qué nervios! Los primos no se veían desde hace mucho tiempo (se habían separado de su ancestro común, quizás el Homo antecessor, años antes, la cifra genómica más aceptada está en torno a unos 600.000). Su historia es, sin embargo, compleja, es difícil saberlo, la evolución humana se parece a una hiedra: nada de líneas rectas.

«A mí que sean o no sean especies distintas es algo que nunca me ha interesado, porque a los genetistas no nos interesa la taxonomía, pero hay una idea que prevalece en los estudios: hubo múltiples contactos, algunos muy antiguos, se podían cruzar y se cruzaban. No es una especie que haya estado en una isla millones de años, y probablemente la capacidad del lenguaje la heredaron de su ancestro común», explica Lalueza.

Desde ese ancestro común, sapiens se desarrolló en África y neandertal básicamente en Europa, y es interesante observar cómo explotaron las mismas capacidades. «Fueron dos líneas diferentes y hubo algún tipo de adaptación, y creemos que fue desarrollada y aumentada probablemente para una comunicación oral compleja que coincide además con una mayor complejidad de su comportamiento», apunta la paleontóloga Mercedes Conde.

Aún con todo, son morfológicamente distintos (los estudiantes de paleontología rezan para que les salga en el examen un cráneo del agreste neandertal). Alucina nuestra chica con los ojos marrones, redondos y saltones de sapiens. Se fija en esa cara pequeña, la frente recta y el curioso mentón (los chicos de su clan no tienen mentón).

Cromañón es negro, delgado, etéreo, si se compara con ella. Él era el hijo de las sabanas africanas abiertas, adaptado al calor y la insolación. Nada menos que el abuelo del pintor de las catedrales de piedra (poco después, a finales del Pleistoceno, es cuando se iniciará en Europa una revolución cognitiva que catapultará a los sapiens a las supuestas cimas de la evolución, gracias, en parte, al desarrollo de un lenguaje sofisticado, diversificado, muy eficiente, como un don natural hipertrofiado, adaptado para comunicarse con grupos cada vez más extensos y foráneos).

Desconocemos la duración de este hito sexual, si fue amistoso o violento. «A lo mejor si comportamentalmente te pareces mucho, esas diferencias físicas te acaban pareciendo poca cosa. El cómo lo harían es algo que no podemos saber, pero creo que es mucho más bonito pensar que llegaron a comunicarse entre ellos, a tener un lenguaje común, cogiendo unas palabras de Homo sapiens y unas neandertales, y mezclándolo todo», especula Conde.

Creemos, sin embargo, que este encuentro tuvo que ser relativamente pacífico. No tenemos huella alguna de violencia entre las especies. ¿Hubo amor, entonces?… «Se mantuvo la descendencia, para decirlo de un modo siendo más cuidadoso con las palabras, ya que estamos hablando aquí de la herramienta del lenguaje. Habría amor de madre y esos retoños tuvieron a su vez un linaje», señala Rosas.
Según algunas teorías, el lenguaje humano pudo inventarse para eso: expresar emociones y sentimientos, cariño y amor, cohesión grupal, cercanía o repulsa…

El gen que cambió la perspectiva

El FOXP2 es un gen descubierto en el siglo XX. Está muy extendido entre los mamíferos, pero en los humanos presenta unas modificaciones muy concretas (dos cambios de aminoácidos que no se encuentran en el resto de primates). Es lo que llaman un gen basal, regulador, del que todavía no conocemos sus implicaciones, pero se sabe que una de ellas está relacionada con el lenguaje. Se apuntó esta relación por el caso de una familia británica que padecía un trastorno en el FOXP2. «Tenían una mutación que lo inutilizaba y presentaban por ello problemas en la compresión del lenguaje y en la articulación de algunos sonidos», explica el genetista Carles Lalueza. La prensa se apresuró a explicar que esos cambios exclusivos en este gen eran el origen del habla humana. «Pero esto no significa ni mucho menos que el lenguaje dependa de un único gen, solo que el FOXP2 está relacionado con las áreas cerebrales del lenguaje», añade. La sorpresa vino al secuenciar el genoma de los neandertales y denisovanos: estos presentaban la misma modificación que los Homo sapiens. Tenían el «gen lingüístico» del que sospechamos su implicación en el habla. «Al principio se pensaba que esa variante humana no estaba en los neandertales, pero luego, con los hallazgos de los magníficos fósiles del yacimiento del Sidrón en España, se vio que sí que la tenían. Y si a toda la evidencia del comportamiento le añades el FOXP2, empezó a flotar en el ambiente la idea de que los neandertales tenían que hablar», explica el paleontólogo Ignacio Martínez. No es una prueba, solo otro indicio. El FOXP2 podría estar en la base del tronco del lenguaje, pero no explica el árbol completo, que hoy desconocemos y que requiere de centenares de pequeños cambios en otros genes para que se articulen y se impliquen en las áreas cerebrales específicas.

 

IV. La oreja robótica

Ya conocemos a la pareja y su idilio. Pero como ocurre con los matrimonios modernos así llega el divorcio. Esta es la era de la dicotomía fósil. La comunidad científica está dividida. Nos toca bajarnos de la máquina del tiempo y hacer de detectives salvajes…

Pocos son ya los que niegan que nuestra chica neandertal tuviera algún tipo de lenguaje. El problema es que las palabras no fosilizan y la discusión está en el grado. Solo tenemos posibilidades anatómicas y huellas del comportamiento.

Los arqueólogos llevan décadas clamándolo: los neandertales eran complejos y esa complejidad se tenía que sustentar en algo. ¿Podrían haber construido esos excelentes bifaces (piedras talladas por ambas caras de forma precisa, elevada y sistemática) solo por muda imitación, como los chimpancés hacen al ver a sus madres insertar palitos en el termitero? ¿Cazar en grupo animales titánicos sin órdenes exactas? Posible, sí, pero difícil… Durante muchos años los paleontólogos buscaron las pistas en la garganta. Una escuela surgida en los años sesenta cerró, quizás en falso, esta discusión. Su conclusión fue que el resto de especies homínidas solo podían emitir vocalizaciones de chimpancés. «Y eso ha tenido mucho peso en la paleontología hasta el siglo XXI», explica Martínez. Pero llegó la genética, y las vías superiores además, con las que emitimos las palabras, son un área anatómica que está repleta de tejidos blandos que no fosilizan (difícil sacar conclusiones exactas).

Es extraño que a nadie se le ocurriera que donde hay un emisor siempre hay a un receptor, y que allí, en el órgano que recibe, tenemos un montón de huesos que sí fosilizan. Esto es lo que hizo el equipo de Martínez aplicando las novedosas técnicas de bioacústica evolutiva.

Gracias a estas tecnologías de ingeniería de telecomunicaciones, a la capacidad técnica de reproducir algo así como «una oreja robótica», han llegado a la solución de que los neandertales podrían haber emitido y recibido los mismos sonidos que nosotros, pues tenían el mismo ancho de banda (entre uno y cuatro kilohercios de rango de frecuencias).

El ancho de banda es la franja de ondas auditivas donde una especie es más sensible y escucha mejor. Creen que para hablar lo necesitamos muy amplio. Los monos de la selva, por ejemplo, utilizan un rango menor que les permite minimizar el constante rumor arbóreo. Hay mucho ruido en la selva y usan, por así decirlo, el espacio libre.

Clasificaron ese rango en otras especies: gorilas, chimpancés, los Homo heidelbergensis (de la Sima de los Huesos, considerados el linaje anterior a los neandertales), Homo sapiens, neandertales y australopithecus. Según sus descubrimientos, nosotros y los neandertales tenemos un ancho de banda superampliado, un 32% superior al de un chimpancé (solo tiene una treintena de vocalizaciones) y al de un australopithecus.

«Sí que parece que mientras va aumentando la complejidad de grupo necesitas un ancho de banda mayor para tener una comunicación más compleja», concluye Conde. De momento no hay ninguna otra hipótesis que se haya propuesto para explicar por qué tenemos este ancho de banda tan amplio si no es para un lenguaje complejo y articulado. Podría ser la prueba que demuestre que hablaban o que podían hacerlo. «La primera prueba paleontológica firme», asegura Martínez.

«Que los neandertales tenían un lenguaje articulado yo creo que está fuera de duda», añade Rosas. «Lo que no sabemos es la estructura propia del lenguaje. La sintaxis, los parámetros puramente lingüísticos, probablemente fueran distintos, serían neandertales. Incluso no me asusta afirmar que lo tenían otras especies más antiguas, como los Homo erectus», concluye.

V. La madre de todas las lenguas

hominidos

Es un caso difícil porque los testigos fueron asesinados en aquel callejón de la evolución. Es el momento de contactar con los lingüistas evolutivos. Aunque estamos lejos de conclusiones definitivas, cuanto más saben sobre la evolución de las lenguas y del lenguaje más parecen ser determinantes los factores culturales o incluso los condicionamientos ambientales (humedad, temperatura, altura, etc.).

Más que un órgano lingüístico (esa fue la célebre metáfora de Chomsky) parece ser que disponemos de un intrincado conjunto de redes neuronales que dependen en gran parte de la sociabilización y del ambiente, como demuestra que los niños perdidos solos en el bosque, los famosos niños-lobo, una vez que han perdido la ventana de adquisición lingüística en la primera infancia, aun siendo completos humanos modernos, no llegan a desarrollarse con eficiencia en las lenguas humanas.

«Ese diálogo entre lo innato y el ambiente es crucial», explica el lingüista evolutivo Antonio Benítez Burraco, de la Universidad de Sevilla. Él cree por ello que no se puede afirmar con rotundidad que neandertales y otras especies tuvieran un lenguaje igual que el de los sapiens de la época. Son plausibles muchos escenarios y formas y grados de comunicación, incluso con gestos (los actuales sordomudos utilizan un sistema muy sofisticado). «Es todo mucho más complejo», añade.

Quizás los neandertales y sapiens tuvieran similares capacidades cognoscitivas y tamaño craneal en ese periodo (en realidad el neandertal lo tenía un poco más grande que el sapiens), y un oído similar, pero tal vez las diferencias más sutiles y sociales de cada grupo fueran determinantes.

«Creo que neandertales y denisovanos (especialmente las formas tardías) ciertamente habrían tenido un lenguaje y un habla lo suficientemente complejos como para merecer el nombre, pero ciertamente no idénticos a nuestros tipos de habla y lenguaje. Sin embargo, no puedo decir cuáles podrían haber sido esas diferencias con los datos actuales», explica el lingüista evolutivo Dan Dediu, investigador de la Universidad Lyon 2. No faltan propuestas que van desde una gramática más simple a un espacio de vocales más reducido, «pero no asumiré automáticamente que nuestro lenguaje y habla son uniformemente “mejores” o más “complejos” que los de ellos», concluye.

Hay una hipótesis que va subiendo por las escaleras teóricas de la evolución y que tiene cada vez más aceptación entre un bando de los lingüistas. Hablan de «autodomesticación», de una evolución biocultural.

Al crearse un nicho social y cultural determinado dentro de los sapiens, unas necesidades de comunicación muy específicas, no existentes previamente en la naturaleza —y quizás tampoco entre las otras especies de humanos (por el momento no hemos encontrado nada parecido a la maestría de las pinturas de la cueva de Chauvet de Francia entre los neandertales)—, el sistema pudo quizás sofisticarse en un periodo corto de tiempo y disparar las capacidades de sus miembros como en un centrifugadora. Es solo una hipótesis, pero muestra la complejidad del asunto. Una especie de «espiral coevolutiva», así lo define Dediu, donde «hay fuertes presiones para seguir complejizándolo, una coevolución constante entre biología y cultura».

Quizás, solo quizás, ese nicho de «autodomesticación», si aceptamos esta teoría, fuera menor entre los neandertales. Tal vez su lengua fuese por esa razón más simple, pero lo cierto es que no lo sabemos. Los chimpancés, animales prelingüísticos, cuando aprenden la lengua de signos en el laboratorio, por ejemplo, son impermeables a su parte gramatical. «Solo prestan atención a los signos denotativos, a las acciones y entidades, a los nombres y sustantivos», explica Benítez. Acaso los neandertales no necesitaran mucho más, pues con un gesto podían explicar la amplitud del misterio.

Hay estudios de especialistas en lingüística histórica que han intentado demostrar cómo puede surgir una lengua gramaticalmente tan compleja como la nuestra a partir de una hipotética lengua primitiva que solo consistiera en sustantivos o en sustantivos y verbos. Han conseguido diseñar distintas etapas evolutivas del lenguaje. El problema es que es muy difícil después asignarlas a una especie concreta. Acaso los neandertales estuvieran a mitad camino, como en la película de En busca del fuego (le encargaron al escritor Anthony Burgess el diseño de su habla y optó por una mezcla entre gestos, pocas palabras, y vocalizaciones de chimpancé, mientras que para los cromañones copió una lengua indígena actual). O tal vez no, quizás tuvieran una lengua tan gramaticalmente compleja como la de los sapiens de la época (durante centenares de miles de años se comportaron de un modo muy similar), pero todo formulado de una manera distinta, una gramática neandertal.

El buen detective siempre debe comenzar con las preguntas precisas, pero en este caso son demasiadas… ¿Cómo hablaría nuestra chica neandertal? ¿Tendría significados y oraciones complejas? ¿Serían oraciones simples sin subordinación? ¿Algo sencillo, como un pidgin, las lenguas fronterizas actuales, tipo las actuales versiones del suajili, que usan los sonidos de la lengua natural pero con una gramática muy simplificada? ¿Sería su idioma parecido al de los bosquimanos, uno de los pueblos con linaje genético más antiguo y que se expresan a base de chasquidos? ¿Toda lengua actual habrá nacido entonces de estas lenguas primarias? ¿Hubo un latín prehistórico? ¿Existieron esos pidgin neandertal-sapiens, un chapurreaó con los que se prestarían información y tecnología (parece que hay pruebas de intercambio cultural), como en la visión algo más hippie de Mercedes Conde? ¿Para copular y tener descendencia se necesitan en realidad tantas palabras e igualdad cognitiva?, como se pregunta Benítez.

«Yo diría que hay muchas formas de llegar a un cerebro con cognición y lenguaje complejos a partir del último antepasado común… Tanto los Mac como los PC son bastante buenos en lo que hacen, y no sabemos si habrían podido crear una civilización como la nuestra si hubieran tenido la oportunidad», concluye Dediu.

El lingüista Benítez nos lanza una última pista. «La mayoría de los componentes que forman el lenguaje, la combinación de sonidos, el simbolismo, y lo que usamos para aprenderlo, la memoria, la capacidad de vincular sonidos y significado, todo eso ya está en los animales, de una manera más o menos desarrollada», dice.

Hay simbolismo en los chimpancés, los pájaros combinan sonidos de una manera compleja, nosotros combinamos sonidos que luego transmiten combinaciones de significados. «Es más la idea de acoplar, como en un Mecano», afirma Benítez.

Tal vez nosotros y los neandertales lo único que hicimos fue pasarnos por el gran centro comercial de la evolución para montarnos una casita lingüística cimentada por presiones biológicas, sociales y ambientales.

Así nacieron las palabras que hoy expresan nostalgia, porque, más que bípedos, somos mamíferos extraños. El único primate que se siente solo en la naturaleza. El que sueña con máquinas del tiempo y contactos con babosas estelares. El que pone nombres de cuevas y valles lejanos a sus parientes perdidos. El que todavía echa de menos a su ocasional amante… nuestra querida y musculosa neandertal.

Martinez

Ignacio Martínez Mendizábal: «Si resucitáramos a un neandertal, le podríamos enseñar a hablar en español»

Martínez es un reconocido biólogo y paleontólogo vinculado desde hace años a los yacimientos de Atapuerca, autor de numerosas publicaciones en revistas especializadas de prestigio (Nature, Science…) y libros de divulgación. Es profesor del Área de Antropología Física de la Universidad de Alcalá de Henares y director de la Cátedra de Otoacústica Evolutiva de HM Hospitales y la Universidad de Alcalá. Su equipo, tras más de 20 años de investigación, ha aportado una de las primeras pruebas paleontológicas firmes de que los neandertales podían hablar.

¿Sabemos cómo surgió el lenguaje humano?
Es complicado. Hay dos corrientes en ciencia que arrancan ya desde los tiempos de Darwin. Darwin decía que la mente humana es el fruto de la selección natural y de un proceso más o menos gradual y que ha dado lugar a esto como les ha dado alas a los pájaros. Es esa visión de los seres humanos en la naturaleza que no crea un foso entre ellos y el resto de criaturas. Yo simpatizo por esta postura, pero tengo curiosidad por saber cuál de las dos tiene razón.

¿Cuál es la otra?
Sale del otro padre de la evolución, Wallace. Él pensaba que la mente humana no es el fruto de un proceso natural. Él lo pensaba por un argumento científico, que voy a simplificar mucho, y es que la mente humana tiene unas capacidades que conocemos ahora, como el cálculo matemático, muchísimas cosas, que cuando surgió hace miles de años no existían. Entonces cómo puede un órgano construirse para adquirir funciones que en ese momento no estaba haciendo. Wallace pensaba que no podía ser la selección natural.

Dos ideas muy enfrentadas, veo…
Pero en esencia las dos posturas son si la mente humana es el fruto de un proceso gradual o es una cosa que ha aparecido de golpe. Wallace le daba un cariz sobrenatural a ese «de golpe», hablaba de espíritus, pero hay muchos científicos que a día de hoy piensan que es lo que se llama una fulguración, es decir, que se concibe en mecanismos evolutivos completamente naturales que pueden provocar cambios muy fuertes en muy poco tiempo.

Como en la teoría de sistemas…
Eso es. Un pequeño cambio provoca que el sistema de pronto tenga una propiedad emergente. Y hay gente que opina que eso ha ocurrido en la evolución humana. Ellos lo que rastrean es el registro arqueológico y lo consideran la prueba evidente de la presencia de una mente humana en el arte.

La pintura rupestre…
Pero es una cosa cogida con alfileres. La posición científica que sostiene que la mente humana es una fulguración se convierte en una base maravillosa para pensar que fue por la creación divina o que han sido los extraterrestres, que es la religión de moda. Y así estamos en este lío metidos con el lenguaje. Porque cualquier cosa que se pueda decir sobre el lenguaje en el pasado incide en este debate que al final es de tipo filosófico.

Pero vosotros sí decís que otras especies de homínidos, como los neandertales, tenían lenguaje, no solo los humanos modernos…
Al principio se discutía si los enterramientos neandertales eran enterramientos o no, pero hoy en día parece claro que son enterramientos, que hay una cultura de la muerte; se han descubierto evidencias innegables de adorno personal, se han descubierto estructuras asombrosas. Los neandertales, desde el ámbito de la arqueología, los vamos viendo cada vez más humanos.

¿Pero hay pruebas sólidas?
Es lo que hemos hecho en el trabajo de mi compañera, Mercedes Conde. Se nos ocurrió una idea que no se le había ocurrido nunca a nadie y es estudiar la audición en vez de la vocalización. Tiene una ventaja inmediata: la mayor parte de las estructuras que necesitas para estudiar el oído fosilizan porque son huesos. Por una cuestión de física, en función de las dimensiones de esas estructuras, de su volumen, de su masa, de sus longitudes, se produce un fenómeno de resonancia. Y eso se puede estudiar. El problema era técnico, cómo estudias eso que está aquí dentro. Afortunadamente en el siglo XX hemos asistido al gran desarrollo de las ciencias radiológicas, sobre todo la tomografía computerizada.

¿Y lo usasteis con los neandertales?
Lo que hicimos fueron cientos de tomografías, como un corte radiográfico, que permite ver una sección muy pequeña. Esas tomografías son capaces de decirle al ordenador qué píxeles corresponden a qué estructura, de manera que al final lo que obtenemos es una reconstrucción tridimensional exacta en el ordenador de las cavidades del oído.

Y también el famoso ancho de banda…
Es el ancho de banda de mejor sensibilidad acústica. Y hay animales como los chimpancés que la longitud del rango de frecuencias en la que oyen es más bien corto. Pero en los humanos, esa longitud de frecuencias en las que oímos muy bien es más larga.

¿Y para qué sirve eso?
Pues eso sirve para que podamos usar más sonidos diferentes a la hora de comunicarnos. Y si tú tienes más sonidos diferentes puedes hacer un número enorme de palabras muy cortas. Las palabras muy cortas son las que usamos para comunicarnos, porque las producimos muy rápido, las percibimos muy rápido, y es difícil equivocarse. Piensa, por ejemplo, que las conjunciones en castellano, que son fundamentales, en todas las oraciones, todas tienen una sílaba. La mayor parte de las palabras en castellano no pasan de tres sílabas, no hacemos palabras larguísimas para comunicarnos. Para utilizar esa gama de sonidos tan amplia necesitamos tener un ancho de banda muy grande. Esta es la base teórica.

Y lo medisteis en distintas especies…
Eso lo medimos en los chimpancés, lo medimos en los humanos, y establecimos la metodología para medirlo en otras. Y lo que nos salió en los primeros momentos es que el ancho de banda de los habitantes de la Sima de los Huesos, en Atapuerca (los preneandertales), era mucho mayor que el de los chimpancés y un poquito más bajo que el de los humanos modernos. Lo cual era lo que uno esperaría si lo relacionas con la complejidad del comportamiento. De la gente de la Sima sabemos que eran capaces de reunirse en grupos grandes para cazar colectivamente bisontes. Se ocupaban de sus muertos y en el mismo sitio a lo largo del tiempo. Se ocupaban de las personas discapacitadas y eran capaces de tallar la piedra de una manera primorosa. Hay una correlación entre ese aumento del ancho de banda y la complejidad social y la complejidad del comportamiento. Es un vínculo con el lenguaje y la comunicación.

¿Y cómo determinar en qué punto del ancho de banda se produce el salto entre el chimpancé y el humano?
Es que no sabemos si hay un salto. Si tuvieran razón los que son tipo Wallace deberíamos ver lo siguiente: una serie de especies humanas que mantienen un ancho de banda constante y de pronto nuestra especie da el salto. Si tiene razón Darwin, lo que veremos es que a medida que va aumentando la complejidad social y el comportamiento, pues ese ancho de banda tendrá que ir aumentando gradualmente. Con el ancho de banda de la audición hemos encontrado una medida que de momento funciona. Nosotros no hablamos nunca de lenguaje de los neandertales, porque en el lenguaje hay cosas que son la recursividad, la sintaxis, la gramática, y solo conocemos una manera, que es la humana, pero puede haber otras gramáticas, otras sintaxis, en fin, eso sí que creo que es irrecuperable. Nosotros lo estudiamos como un sistema de comunicación.

Eran capaces de hablar, entonces…
Mercedes consiguió un resultado extraordinario que es el que hemos publicado. Y digamos de una manera sencilla que los neandertales tenían el mismo ancho de banda que nosotros. Era la prueba que faltaba.

Pero por qué aparece el lenguaje complejo solo entre estos homínidos…
Yo me abono aquí a una teoría y es de Robin Dunbar, un arqueólogo muy famoso británico, aunque no sé cómo se podría comprobar. Él lo asocia, y yo estoy de acuerdo, a que el lenguaje lo desarrollamos para la vida en sociedad. Todo el mundo cuando piensa en el lenguaje cree que es importante por la transmisión de comunicación científica, para hacer un bifaz, para hacer no sé qué, pero yo te digo que no. Siempre pongo el mismo ejemplo: si tú ya estás enrollado con una chica o un chico que te gusta, mandas un SMS y dices a las ocho en tal bar, ¿no? Ahora, como todavía no estés enrollado, joder, necesitas coger el teléfono y bla, bla, bla… Y eso es el equivalente, dice Dunbar, a una cosa que hacen los monos que se llama grooming, que es despiojarse, y yo lo traduzco por mimos, y está estudiado en los primates, los primates que hacen más grooming entre ellos son los que mejor se llevan y si se cabrean dejan de hacerse grooming. Son nuestras caricias, nuestros abrazos y nuestros mimos.

¿Estás diciendo que la ‘Divina comedia’ surge de quitarnos los piojos?
No me lo había planteado nunca (ríe). Yo creo que la Divina comedia surge por muchas cosas. Pero lo que dice Dunbar es lo siguiente: el grooming es importante para mantener la cohesión en un grupo. Pero eso tiene un límite en el número de individuos, porque tú puedes estar abrazando y achuchando a un determinado número, y si es de cinco mil personas ya no te da la vida. Entonces Dunbar lo que opina es que el lenguaje es una manera que sirve para comunicarnos emociones y cosas de esas. Y como es más rápido y más eficiente que el grooming nos permite cohesionar grupos más grandes. Esa es la hipótesis.

¿Entonces tiene un origen emocional?
Diríamos que el lenguaje tiene un origen social. Y que la función del lenguaje es mantenernos unidos. Y eso yo lo suscribo. Yo creo que lo que une a los grupos humanos es compartir valores y los valores los adquirimos por enamoramiento, en la especie humana tenemos un sentimiento brutal de la belleza, yo lo llamo poética. Necesitamos arte, necesitamos música, porque al final es muy emocional, por eso hablo de enamoramiento. Yo creo que en la Divina comedia hay un poco de eso… ¿Qué es lo más importante que nos comunicamos las personas? Lo más importante es belleza, poesía, pura poética. Es la que nos mantiene unidos, nos permite formar sociedades, nos permite hacer muchas cosas juntos. ¿Está bien, eh? ¿No te esperabas esto de un científico?

Si resucitáramos a un neandertal, ¿le podríamos enseñar español?
Yo creo que sí. A lo mejor si lo resucitamos decimos, ostras, pensábamos otra cosa. Pero con los datos que tenemos, no tengo duda de que aprendería cualquier idioma. Tiene las capacidades para producir los sonidos, a lo mejor su cerebro no tenía las mismas capacidades exactamente lingüísticas para aprender un idioma, pero si le damos esa parte por la parte del hardware, vamos a decirlo así, por la parte del hardware se podrían comunicar perfectamente y podrían aprender nuestro idioma. Y lo más divertido: nosotros el suyo. Si fuera al revés, pudo haber cromañones que aprendieran a hablar en neandertal.

Este reportaje es uno de los contenidos del número 13 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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