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25 Jun 2019
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Reportajes

Esperanto, el ‘laboratoria projekto’ al vivanta lingvo

Javier Rada

Su historia parece un ‘thriller’ lingüístico. Una utopía, una lengua franca artificial. No consiguió vencer al inglés, pero sigue viva

Los hijos del inventor del esperanto morirían en un campo de concentración, crepúsculo en el que los presos se enseñarían unos a otros la lengua que inició su padre.

Marcados, su apellido, Zamenhof, los precedía. Hitler había nombrado el esperanto en su biblia de muerte, el Mein Kampf. El enemigo era una lengua artificial, planificada, construida, al servicio de ningún Estado. Una utopía nacida en 1887.

Ninguno de los idiomas nacionales tenía entonces el papel que tiene hoy la lengua de Shakespeare. El francés era la jerga diplomática. Los negocios se hacían en inglés. Los científicos hablaban alemán y ruso. No había un instrumento claro para comunicarse con el mundo. ¿Y quién ocuparía ese vacío? Un proyecto de idioma internacional, cocinado en el laboratorio de las ideas y los ideales, soñó hacerlo. Traía consigo una esperanza: esperanto significa «aquel que tiene esperanza» en su propio léxico. La humanidad podía unirse mediante una lengua auxiliar universal. Secundaria, neutral, justa y apátrida. Un vehículo de paz.

Construido como amalgama de las lenguas romances, germánicas y eslavas. 28 letras. 16 reglas gramaticales y la promesa de dominarlo en uno o dos años de estudio. Sin irregularidades. Fácil. Una lengua fonética que como el español se pronuncia tal como se escribe. Solo cinco vocales. Regla de uno a uno…

Cayó como fonemas de mayo entre internacionalistas y revolucionarios. Su eclosión terminó en thriller lingüístico. El mundo menguaba en la primera globalización: industria, comercio, ferrocarril… Desarrollo que trajo armas, y con ellas, la tentación. La Gran Guerra y después la Segunda. Cristales rotos. Holocausto de personas e ideales. Enigma —la máquina que cifraba los mensajes nazis— fue el lenguaje común.

Ganaron los aliados. Nuevos bloques, muros de acero. Pareciese que un idioma neutral, abierto, universal, ya no tuviera sentido. El inglés emergería después como el habla hegemónica. Pero bajo las ruinas, el esperanto, perseguido por las SS, fusilado por Stalin y hostigado por el macartismo de los Estados Unidos, seguía vivo…

«No pudo convertirse en la lengua franca internacional, pero tampoco fracasó: hoy es una lengua viva, consolidada», explica José Antonio del Barrio, presidente de la Federación Española de Esperanto.

«¿Ha fracasado el ecologismo?», responde suspicaz Xosé Conde. «Para mí el esperanto es el ecologismo de las lenguas», continúa este informático de 48 años que lo enseña gratis en una biblioteca para devolverle a este idioma cuanto le ha dado.

El «software libre de las lenguas» fue inventado por Ludwik Lejzer Zamenhof, un oftalmólogo judío, políglota, humanista. Un pacifista extremo.

Había surgido en Białystok (hoy Polonia), un cruce de caminos a finales del XIX. Pequeña torre de babel en llamas donde el antisemitismo ya alzaba sus orejas.

Zamenhof tuvo un sueño: cada uno con su lengua y una lengua para todos. Solo lo publicó cuando estuvo seguro, cuando tenía alma y podía caminar por sí solo. «Quería reconciliar a la humanidad con ella misma», explica Miguel Fernández, poeta y traductor esperantista. Cedió sus derechos al mundo.

«La lengua de todos» tuvo éxito: primero en el imperio ruso, apoyada por el pacifista Tolstoi, y después extendiéndose como un micelio de voluntades por toda Europa.

«No había nacido para eliminar las lenguas maternas sino lo contrario, y despertó interés incluso entre los nacionalistas», añade Fernández. Es lo que llaman justicia lingüística: evitar la hegemonía vampírica de un determinado idioma nacional.

Como su morfosintaxis, catapultó una amalgama de intenciones. Sus hablantes se dividieron entre los neutrales —«esperantista es quien lo habla sin importar el objetivo»— y los que abogaban por la lucha de clases.

Vasos comunicantes, a veces contradictorios: escritores (Julio Verne, por ejemplo), premios Nobel (Einstein aceptó presidir un congreso del SAT, los esperantistas de izquierdas), anarquistas que lo bautizaron como el «latín de los obreros», pero también patrones, militares, católicos, policías, vegetarianos, excursionistas… (Hoy emiten en esperanto tanto la radio atea de la Habana como la del Vaticano).

Tuvo enemigos, y lo tacharon de Frankenstein. No era natural, gritaron y aún lo acusan sus detractores. Las lenguas son identidad, representan a una etnia, el alma de los pueblos. Y como en la novela de Shelley, los hombres atacaron al monstruo.

Durante la II Guerra Mundial ocurrieron no obstante pequeños milagros, y para muchos esperantistas confirman que su lengua sí tiene identidad: una espiritualidad profana.

A Javier Alcalde, estudioso de este movimiento, le gusta rescatar estas anécdotas, como la de un jefe nazi de un campo de concentración que dio protección a determinados prisioneros porque podía comunicarse con ellos en la lengua auxiliar.

Hay anécdotas de soldados que no dispararon al enemigo al darse cuenta de que podían gritarse en un habla que les había hecho pensar, antes de que cayeran las bombas, que la humanidad iba a entenderse.

Sí, hubo nazis esperantistas que hablaban la lengua iniciada por un judío y esperantistas que salvaron a judíos y que después protegieron a jóvenes alemanes que huían de la venganza.

¿Quedará algo de aquel espíritu?

Imposible saber el número de hablantes (los más optimistas los cifran hoy en dos millones). Su aliado actual, el causante de su segunda juventud, es Internet, la misma herramienta que está articulando a su enemigo: el ultranacionalismo (en Polonia, Zamenhof ha pasado de ser héroe virtuoso a recuerdo molesto).

A pesar de su raíz indoeuropea, crece en China, Vietnam, Corea y Japón. Tiene su nido en Europa, y peso, por tradición, en España (terminada la guerra civil, algunos militares franquistas y religiosos quisieron protegerlo del celo del régimen).

Se habla en África y el cercano Oriente. En Iberoamérica ha germinado menos (sobre todo en Brasil, Cuba, México y Argentina), porque el español juega allí un papel de lengua franca. «Las fronteras lingüísticas no son tan palpables», dice Mallely Martínez, presidenta de la Federación Mexicana de Esperanto.

Tiene una curva de aprendizaje inicial fácil. «En tres meses puedes mantener una conversación simple, pero dominarlo es más complicado», explica Roberto Garvía, autor del libro El esperanto y sus rivales.

La Unesco lo reconoció en 1954 como instrumento idóneo para alcanzar los ideales que esta institución defiende. En algunos países es lengua opcional en las escuelas (Francia, Hungría) y se pueden cursar estudios superiores en pocas universidades (Polonia, China).

Se celebran congresos internacionales y es posible viajar por el mundo usando la red que llaman Pasporta Servo. Cuenta con una nutrida Wikipedia (Vikipedio), y Facebook y Google lo incluyen como idioma oficial. En la aplicación Duolingo, miles de personas están apuntadas a los cursos. Ha evolucionado con naturalidad.

Sigue siendo un instrumento que atrae a idealistas, pero también a pragmáticos. Y ese humanismo de raíz, su corazón metalingüístico, resiste. «Un niño que aprenda inglés amará la cultura inglesa, y eso está bien. Pero un niño que aprenda esperanto amará las culturas del mundo», explica Fernández.

Dicen los esperantistas que cuando lo usas no estás frente a un alemán, un español, un colombiano. El prejuicio lengua-nación se diluye. «Son personas que han hecho un esfuerzo por quitarse el ropaje nacional, quieren hablar a un nivel de neutralidad», asegura Garvía. «No te lleva por sí solo a la interculturalidad perfecta, pero ayuda bastante», añade Alcalde.

Ellos lo llaman la interna ideo (la idea interna). Samideano es el término que utilizan para referirse a «aquel que comparte un mismo ideal».

Archiletras visitó una de las clases que se celebran semanalmente en una de las ciudades históricas del movimiento, Barcelona. Hicimos una encuesta entre los neófitos, ¿qué les pudo atraer de él? Respondieron personas jóvenes y mayores, mujeres y hombres, distintos perfiles laborales.

«Tenía curiosidad», explica Dori. «Su ideal no fue mi motivación principal, pero es interesante», dice Bea. «Buscaba una manera de acabar con la idea del estado nación», apunta Ludoviko. «Soy informático, tengo interés por las lenguas construidas», explica José Luis. «Me gusta la lingüística», alega Mireia. «Lo estoy estudiando a la vez que el chino, quiero saber cómo funciona una lengua sin Estado», dice Xavier.

Los intereses son diversos, y no todos están motivados por esta idea interna, que significa «una profundización en la democracia, nadie es mejor que nadie, ninguna cultura es mejor que la otra, ninguna lengua es superior», explica Fernández.

Fernández, un ingeniero jubilado libertario, lo descubrió a finales de los años 70. Se dijo que se trataba de una «joya filológica» de tal calibre que lo arrebató. Fue la facilidad aglutinante de componer palabras, la posibilidad de avanzar por «selvas nunca transitadas», lo que deslumbró a este escritor que ha traducido a Lorca y Miguel Hernández al esperanto.

Cuesta contraponer el arrobamiento de un poeta hiperbólico con la acusación de engendro artificial, ese arrullo de Frankenstein. «Los idiomas nacionales también tienen su artificialidad, y no hay que olvidar que todos son construcciones», alega del Barrio.

Hay personas que han formado una familia a su alrededor. Hay hablantes nativos, y los llaman denaskuloj. Puede decirse: amo (amor), stulta (idiota) o pasigu al mi la salon, mi petas (pásame la sal, por favor). Cubre sus necesidades.

Los esperantistas de hoy no esperan hacerle sombra al inglés (aunque este siga siendo injusto), e incluso disfrutan de que se trate de una corriente minoritaria. Pero hubo un día en que el esperanto estuvo cerca de convertirse en la lengua común. Fue la época dorada del movimiento. En los años 20, en la Sociedad de las Naciones (la precursora de la ONU) se debatió acaloradamente implementarlo. Entonces los franceses vetaron la propuesta con una boutade de la que hoy se ríen los ingleses: «ya existía un idioma internacional y este era el francés».

Los amantes de las ucronías (el género literario que consiste en plantear un destino histórico alternativo) tienen el terreno abonado y la ciencia ficción escrita en esperanto es rica en imaginar cómo hubiera sido su triunfo…

Imaginemos que la Sociedad de las Naciones hubiera aceptado la lengua de todos. Que en un año las personas del mundo empezaran a hablarlo, una empatía sin fronteras. Se evitan guerras, la idea interna es compartida. Sí, suena naif, pero sigue… Nuestros hijos lo estudian hoy en la escuela, y lo hacen junto a otros idiomas. Tiene un poder propedéutico, según algunos estudios, ayuda a aprender nuevas lenguas, por esa fusión de léxicos que te acostumbra a muchas raíces, por la autoestima de dominar pronto una segunda lengua.

Sueña con la Unión Europea: los ciudadanos pueden entender a sus gobernantes.

¿Utópico?

«Es una idea tan buena que en algún momento tendrá que aplicarse. Hemos impulsado el sistema métrico decimal y otras estandarizaciones, podemos buscar una manera más racional de entendernos», alega Alcalde.

Regresamos al mundo real, el presente. Bolsonaro, Trump… ganan las elecciones. Ultras de la lengua y el sacro estado nación. La ucronía no fue.

Alcalde explica cómo terminó la anécdota que unió a un nazi y un antifascista en aquellos tiempos de las lenguas caníbales.

Cuando los aliados liberaron el campo, el jefe fue a despedirse del prisionero y decidió hacer algo inaudito. Entregó su pistola solo al hombre con el que podía comunicarse en la lengua auxiliar. El nazismo se rendía, y pareció hacerlo a manos del esperanto. Todos los hijos de Zamenhof (Adam, Sofía y Lidia), murieron bajo la barbarie: dos en Treblinka y otro en un bosque. Todos menos el más universal: una lengua semilla, un instrumento que aún aguarda, tal vez, su lluvia.

 

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¿Por qué triunfa una lengua?

Los esperantistas tienen claro por qué el esperanto no pudo convertirse en la lengua franca y sí en cambio el inglés: carecían de poder. Pero es difícil simplificar qué hace que una lengua funcione y otras no. Una combinación de factores que se basan en el poder duro (militar) y blando (prestigio, influencia cultural), en la situación histórica, la expansión demográfica y la oportunidad (¿será mañana el mandarín el idioma internacional?). Todas las lenguas hegemónicas han estado siempre, desde antaño, vinculadas o a un imperio (el latín, el español) o a una efervescencia cultural, religiosa, económica, científica o de colonización (el inglés, el griego, el árabe, el francés…). Han ocupado vacíos, necesidades de comunicación transfronterizas: el instrumento más apropiado por coste y utilidad (como el simplificado koiné griego de la antigüedad). Una vez que se instalan en su reino, a pesar de su naturaleza asimétrica, es difícil desplazarlas. «Hay mecanismos que estudian los economistas que explican esto: si algo cobra mucha fuerza es imposible reemplazarlo con algo alternativo», explica el sociólogo Roberto Garvía.

Los esperantistas alegan que el esperanto no alcanzó su objetivo por distintos factores: no poseía estado o poder económico detrás, no había instituciones que lo respaldaran, sufrió la II Guerra Mundial que arrasó el idealismo y la utopía, y tiene un coste claro de aprendizaje que produce un círculo vicioso: mientras siga siendo un instrumento minoritario ¿para qué aprender algo que dicen que un día será, pero que todavía no es? Algunos autores defienden que la hegemonía de una lengua está en la capacidad de adaptación a la modernidad, en las relaciones comerciales y personales, cuando se convierte en un instrumento útil, una herramienta de acceso al progreso. Otros, en cambio, hacen hincapié en el imperialismo lingüístico. Seguramente ambas tesis tienen su razón, o son caras de una misma moneda. Los esperantistas no tiran la toalla: «Está ahí, sigue vivo, y ese es su éxito. En el momento en que la sociedad se plantee que es necesaria otra situación internacional, el esperanto va a estar disponible», explica José Antonio del Barrio.

 

Los rivales del esperanto

El esperanto ha sido la única lengua planificada que pudo convertirse en un idioma vivo. Son casi un millar de ellas, ya pensadas desde que el latín dejara de tener un papel de habla franca en el medievo. Estas son algunas de las más relevantes.

Volapük
Predecesora del esperanto, e inventada en 1879 por el sacerdote alemán Johann Martin Schleyer, logró un cierto éxito, llegando a tener centenares de miles de hablantes.

Interlingua
Creada en 1951 por un equipo multidisciplinar de lingüistas, cuenta con un grupo de miles de seguidores en distintos países. Se basa en una gramática anglorrománica simplificada, una lengua paneuropea con predominio del latín.

Loglan
Es una de las principales lenguas lógicas, en las antípodas de las lenguas naturales, más cercanas a las matemáticas. Fue diseñada por el sociólogo James Cooke Brown en 1955 y desarrollada para la investigación lingüística. Su sucesora ha sido el lojban.

Lengua ignota
Se trata de una de las primeras lenguas construidas de las que existen registros, de base neolatina. Fue citada en el siglo XII por la abadesa de Rupertsberg, Hildegarda de Bingen. Se desconoce su propósito.

 

Este reportaje sobre el esperanto es uno de los contenidos del número 3 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías.
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