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23 Mar 2021
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Entrevista

«Se habla peor en la radio porque se habla peor en la calle»

Charo Rueda

Entrevista a la periodista Pepa Fernández

Pepa Fernández, periodista en Radio Nacional de España, se encarga a diario de la parte más amable, si se puede decir así, de Las mañanas de RNE, de lo que no es la información política pura y dura. Pero es también una comunicadora muy ocupada en transmitir el uso correcto de la lengua, como lo demuestran los espacios que su programa dedica al español y a otras lenguas que se hablan aquí y que tantos seguidores tiene entre sus «escuchantes» que no oyentes.

Ha pasado ya un temporada y acaba de comenzar la segunda en las mañanas de Radio Nacional. ¿Cómo ha sido el cambio?
Ha sido una adaptación progresiva. Al principio me costó porque fue un cambio importante en mis hábitos laborales y en mi modo de vivir. Pero estoy contenta porque creo que hemos conseguido diseñar un programa lleno de secciones y propuestas atractivas. Al menos esa ha sido nuestra intención… Ahora hace falta consolidarlo porque la radio es una carrera de fondo y el éxito equivale a resistencia. Un programa triunfa cuando se integra en las rutinas de sus oyentes.

Nada menos que veinte años estuvo al frente de No es un día cualquiera, el magacín de los fines de semana de la radio pública. ¿Qué se ha traído a las mañanas? ¿Es verdad que uno se lleva su programa o mucho de él allá dónde va?
Sin duda alguna. Al final uno es su propia marca. Tú eres siempre tú. Aunque hagas cosas distintas acabas imprimiendo tu sello a todo lo que hagas. Es inevitable. Uno no pierde ni su manera de pensar, ni su forma de trabajar, ni su modo de comunicar o de relacionarse. Por eso hay tantos oyentes que siguen a los profesionales que cambian de medio. Es como reencontrarse con un viejo conocido. Y pasa también a la inversa: reconozco a muchos de nuestros escuchantes veteranos. Como hemos viajado tanto, les pongo cara y nombre. A lo largo de estos años hemos establecido vínculos de afecto con un montón de personas.

Sus escuchantes habrán tenido que cambiar el horario también…
Es sorprendente porque hay personas que alteran sus rutinas en función del programa y nos lo cuentan. Salen a caminar antes para estar a las 10.00 en casa o se organizan la compra para no perderse su sección favorita o el juego de Jordi Fortuny, que levanta pasiones. Nuestros escuchantes deben encontrar cinco palabras a partir de pistas ingeniosísimas. Recuerdo una de las últimas: retardan la aparición del grano. La respuesta es rodeo. Son juegos malabares con los múltiples significados de las palabras que resultan muy adictivos. Nos consta, sin embargo, que muchos de nuestros seguidores del fin de semana no nos pueden sintonizar en directo y recuperan los contenidos que más les interesan para escucharlos en otros momentos del día. Es una de las enormes ventajas que nos ha regalado Internet.

¿Qué papel cree que debe jugar la radio en la defensa de la lengua?
El lenguaje es la materia prima de la que nos valemos los comunicadores para hacer nuestro trabajo. Y en el caso de la radio, más si cabe. No disponemos de lenguaje gestual así que todo lo expresamos con palabras, con música o silencios. La radio vive de la lengua y da vida a la lengua. Pienso que desempeña (o debería desempeñar) un papel fundamental en su defensa. Porque si no cuidáramos de esa materia prima, seríamos incapaces de llevar a cabo ninguna obra de interés. Cuando oyes a alguien destrozando el idioma, poco te puedes fiar de lo que te cuente.

Pero salvo contadas excepciones, no se tiene mucho cuidado. A veces da la impresión de que no importa cómo se digan las cosas, sino llegar el primero a decirlas.
Ese es uno de los problemas más graves del periodismo actual. La rapidez siempre ha sido importante en nuestro trabajo, pero ahora prima la prisa. Y por querer ser el primero en contar algo metemos la pata muchas veces. Lo de contrastar las informaciones suena a costumbre de otra época, quizás porque vivimos en una sociedad que no penaliza el error y que no exige rectificaciones. ¿Cuántos medios han publicado y publican mentiras con grandes titulares? Y si llega el caso de tener que rectificar se hace de forma discreta y en letra pequeña. Resulta bastante bochornoso.

Usted cuida mucho la lengua en la radio. ¿Es más difícil cuando se trata de un programa de actualidad más pegado a la inmediatez?
Improvisas más, es verdad. Pero incluso así hay que mantener una coherencia y esforzarse para comunicar con precisión y concisión. Pienso, además, que un medio público tiene una mayor responsabilidad en ese sentido. A pesar de eso sigue siendo cierto el refrán. El que tiene boca se equivoca y el que habla mucho se equivoca más. Creo que no deberíamos obsesionarnos con el error (todos lo cometemos) pero deberíamos preocuparnos por corregirlo.

Por eso mismo también será más difícil mantener su idea de hacer una radio tranquila.
Desde luego. La actualidad diaria transmite poca tranquilidad y yo había hecho siempre radio de hamaca. Radio para degustar de forma relajada. De todas formas, al ocuparme de la segunda parte de la mañana (a partir de las 10.00) me puedo tomar algunas licencias y desconectar de la política para ocuparme de la cultura y los temas de sociedad. Somos el equivalente a los suplementos que acompañan a los periódicos. Sin perder de vista la actualidad profundizamos en otros asuntos.

Además, los últimos meses no han sido nada tranquilos y nos han obligado a aprender o a utilizar palabras que no imaginábamos en nuestra vida diaria: coronavirus, pandemia, confinamiento, estado de alarma, enfermedad, muerte… ¿Cómo lo ha llevado?
Con mucha resignación. Nos hemos tenido que acomodar a una situación que jamás imaginamos vivir. Trabajar desde casa resulta complejo porque pierdes un montón de referencias visuales que sí tienes en el estudio y que son importantes para dar agilidad a tu trabajo. Toda nuestra comunicación con los compañeros era por escrito y eso ralentizaba los procesos para recibir información y tomar decisiones rápidas, que en la radio son esenciales. Yo les decía a nuestros escuchantes que estábamos haciendo radio «de oído» como el que aparca dando golpes a los coches anterior y posterior. Una ruina. Pero a todo se acostumbra uno.

Y ha salido bien.
Y nos ha servido para darnos cuenta de que tenemos una gran capacidad de adaptación y que en el caso de la radio el teletrabajo es posible. Otra cosa es tener que dar datos descorazonadores. Recuerdo todavía el día en el que informamos de que en veinticuatro horas se habían registrado novecientas cincuenta muertes. A eso no te puedes acostumbrar y te deja anímicamente muy tocado. En cuanto al lenguaje, me pregunto por qué los periodistas repetimos palabras o expresiones como «desescalar» o «nueva normalidad». Creo que encontraríamos formas más apropiadas y lógicas para decir lo mismo.

Sí, se nos pegan términos absurdos que dicen los políticos, los repetimos hasta la saciedad y los asumimos con demasiada ligereza. ¿Le ve alguna solución a esto?
Francamente, no. Me sigue sorprendiendo la facilidad con la que repetimos algunos términos sin pararnos a reflexionar sobre ellos. Muchos son simplemente absurdos en sí mismos. Pero otros contienen una voluntad manipuladora. ¿Hay algo más contradictorio que un «crecimiento negativo»? Es una forma de no afrontar la realidad o de dulcificar los malos datos ante la opinión pública. Lo grave es que nosotros, los intermediarios, los que contamos al ciudadano lo que dicen los políticos, caigamos en la trampa y les compremos ese lenguaje cargado de intención. De mala intención, casi siempre porque se usa para no decir la verdad.

Usted dice que tiene escuchantes, no oyentes, lo que implica una intención. En este nuevo programa con cambio de horario y otro tipo de público, ¿tiene más oyentes o escuchantes?
Me temo que sí. Pero nuestra máxima aspiración es conseguir que esos oyentes se conviertan, aunque sea durante unos minutos, en escuchantes. Nos gustaría que prestaran atención a los contenidos que les ofrecemos porque creemos, de verdad, que merecen la pena. Y tengo la sensación de que con el cambio de horario hemos ganado, además, una nueva categoría de seguidores: los escuchantes a posteriori. Son muchas las personas que recuperan el programa entero (o partes del programa) para disfrutarlo en diferido.

Somos más de oír o de escuchar.
Aquí somos más de hablar que de escuchar. Y si podemos gritar, mejor. Estamos construyendo una sociedad de charlatanes que jamás cambian de opinión porque son incapaces de escuchar argumentos que no les ratifiquen en sus opiniones. Así que la mayoría oye porque no le queda otro remedio, pero muy pocos prestan atención a lo que oyen.

¿Se ha llevado al nuevo programa espacios concretos relacionados con el lenguaje del anterior?
Todos los días tenemos una franja relacionada con el lenguaje en la segunda hora de programa (alrededor de las 11.10). Y dos de esas secciones vienen del fin de semana. Son las «Palabras moribundas», de Pilar García Mouton, y «Verba volant», la sección de latín de Emilio del Río. Pero además hemos añadido un espacio que hacemos en colaboración con la RAE, otro que se ocupa de las erratas y el que dedicamos a las lenguas de aquí.

Ha introducido también información sobre nuestras otras lenguas, el catalán, el euskera y el gallego. ¿Tienen peor trato del que se merecen?
No tengo noticia de que se les haya dedicado jamás una sección en una hora de máxima audiencia en una radio de ámbito nacional. Ha sido una apuesta arriesgada, pero estamos muy satisfechos con el resultado. Algunos oyentes nos han reñido y nos reclaman un espacio para el valenciano o el asturiano. Ojalá consiguiéramos estimular el interés y la curiosidad de todos los españoles por esas lenguas españolas que no hablan.

¿Y todas estas secciones relacionadas con la lengua que tanto seguimiento tenían los fines de semana, les gustan a sus por ahora «oyentes»?
En alguna ocasión a lo largo de estos años me han reprochado: «Se nota que eres de letras». Y es verdad. Lo soy. Me enamoré de la lengua y la literatura siendo muy joven. Pero me he dado cuenta de que hay muchísima gente interesada en el lenguaje. Y no resulta raro. Es una herramienta que todos utilizamos. Lo normal es que las personas inquietas proyecten su curiosidad y su interés en el instrumento que permite relacionarnos y que dice de nosotros mucho más de lo que a veces somos capaces de reconocer.

Supongo que es una idea recurrente, pero se suele decir que antes se hablaba mejor, se cuidaba más la palabra, la corrección oral, y que ahora esto ha desaparecido, sobre todo en los medios, que se habla peor. ¿Tiene esa impresión?
Pues sí. También antes solo viajaban a través de las ondas voces hermosas. Los radiofonistas eran profesionales de la dicción. Ahora el acceso al medio se ha democratizado y puede trabajar en él cualquier persona. Se habla peor en la radio porque también se habla peor en la calle. La invasión del inglés ha hecho mella en nuestro vocabulario y parece que en general nos preocupa más nuestra apariencia física que nuestra forma de hablar.

No es su caso, porque dicen quienes han trabajado con usted que es muy rigurosa en la utilización del castellano, tanto que eso le lleva a corregir en directo a sus colaboradores.
En directo, casi nunca. Podría contar las veces que lo he hecho con los dedos de una mano. En cambio sí uso muchas veces una técnica sutil. Por ejemplo, cuando alguien dice: «Este agua no se puede beber», yo respondo: «¿Qué problema tiene esta agua?» para ver si se da cuenta del error. A mis compañeros del equipo, los pobres, cuando no nos vemos, les mando mensajitos al móvil. Reconozco que tengo el síndrome de la maestra de escuela. Hago lo mismo con los libros que leo. Subrayo todas las incorrecciones, las repeticiones de palabras, etc… En mi descargo debo decir que agradezco mucho que me corrijan a mí también. Si no, no se aprende. Cuando empecé a trabajar en castellano (después de muchos años haciéndolo en catalán) los oyentes me ayudaron un montón con las típicas confusiones de los catalanohablantes, por ejemplo los verbos ir y venir.

¿La precisión del lenguaje es un punto flaco de los medios de comunicación, de la radio en su caso?
Sí. A veces cuesta dar con la palabra concreta. Y creo que eso sucede por dos motivos principales: por la presión del directo y la necesidad de improvisar que a menudo te bloquea y te impide dar con la palabra justa, o directamente por desconocimiento. En ocasiones no tenemos vocabulario suficiente para expresarnos con la precisión que sería exigible en profesionales de un medio hablado.

He leído que no le gusta la política y que su programa pretende ser como las páginas de sociedad y cultura de los periódicos y que por ello deben estar más pendientes de la actualidad. Es una tarea difícil en estos tiempos en los que todo es información política. ¿Qué hace para contrarrestarlo?
La política tiende a impregnarlo todo, es cierto. Y cuando se mete en terrenos que no le corresponden, suele estropear lo que toca. Pero al margen de ella, hay vida. Una parte muy hermosa de la vida, por cierto… la que nos hace evolucionar y nos protege frente a la intemperie, como dice Joan Margarit.

Por cierto, ¿sabe qué hacer ahora con los fines de semana? ¿No está perdida?
Un poco, sí. Ya no recordaba lo que eran las fiestas familiares, las bodas y los planes de fin de semana. Intentaba reaprenderlo y llegó la pandemia. Así que he vuelto al retiro finisemanal… aunque ahora lo utilizo para leer, ver películas, para escuchar música o sintonizar la radio. En definitiva, para seguir aprendiendo.

Pepa Fernández: Cervera (Lérida) 1965. Periodista y profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad Ramón Llull. Durante veinte años dirigió y presentó en Radio Nacional de España el magacín de los fines de semana No es un día cualquiera y desde septiembre de 2019, el segundo tramo de Las mañanas de RNE. Tiene en su haber dos premios Ondas, al mejor programa de radio y a la trayectoria profesional.

 

Esta entrevista es uno de los contenidos del número 9 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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