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30 Dic 2020
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Entrevista

«Hay otras mujeres dentro de mí que me critican porque no soy quien quieren que sea»

Javier Rada

Entrevista con la poeta y narradora nicaragüense Gioconda Belli

¡Poeta Belli!». La reconocen sus compatriotas por el pelo, esa fuerza revoltosa de la naturaleza, un nido de metáforas. O por su apellido, de herencia italiana, que parece un onograma, un conjunto de sílabas proféticas, dignas de su novela Sofía de los presagios. Belli, que en italiano significa ‘hermoso’, como su poesía, que desenreda una humanidad emancipadora. Belli, que en latín quiere decir ‘guerra’, como en la que peleó durante la revolución sandinista o el exilio, lugares en los que se fraguó su interés por las armas que vencen a los siglos: la literatura y la poesía, por supuesto.

Escenarios que gestaron a «un animal político», y que dieron lugar a sus dos reconocidos casus belli. Uno es el activismo, que aún dispara indignación contra el actual régimen de un ex compañero de armas, Daniel Ortega, discutido y ensangrentado presidente de Nicaragua. El otro es la trinchera del cuerpo de la mujer, lucha que despertó a todas las mujeres que la habitaban. Quiere ese cuerpo libre, indómito, como su pelo de hechicera. Sigue ahí, a sus 71 años, Como gata boca arriba, maullando a través de la mirada, quizás algo más doméstica, pero capaz de jugar, arañar, brincar, enamorar y enamorarse de esta celebración que sigue siendo la geografía sensual de la vida. Archiletras habló con ella por videoconferencia, de confín a confinamiento, de Barcelona a Managua.

Tengo la impresión de que en su obra el cuerpo, más que un continente, es un territorio en conflicto y una geografía que se funde con la naturaleza…
El cuerpo es lo que somos. Hemos tenido una enseñanza religioso-cartesiana que ha separado el espíritu del cuerpo, pero somos eso: un cuerpo. Con pensamientos, espíritu, pero también con la forma de relacionarnos con la realidad. Y, sobre todo para la mujer, el cuerpo es un casus belli, en el sentido que ha sido el territorio en disputa por los hombres, por la atracción sexual, por los paradigmas que se han creado, como la mujer tentadora, la que hizo que se perdiera el paraíso terrenal, nada menos, y mediante su cuerpo. Las mujeres vivimos entre esos dos paradigmas: la Eva seductora y la virgen María.

¿Quería sacar a relucir ese conflicto en su obra?
No lo hice a propósito. Al principio, cuando era muy joven, lo escribí porque era lo que sentía. Yo tenía una relación muy sana con mi cuerpo, porque tuve una madre muy avanzada que siempre me hizo sentir que mi cuerpo de mujer era una maravilla, el que reproducía la vida, era mi más preciada pertenencia y, por tanto, lo debía cuidar. Eso me hizo crecer con una percepción de mí misma entera. Yo era mi cuerpo, yo era mi pensamiento, yo era mi espíritu también. Me marcó. Y cuando empecé a escribir, que fue como a los 21 años, lo hice desde esa perspectiva.

Pero dejó una marca en su poesía y literatura que aún califican de erótica…
Yo hablé de mi cuerpo, de lo que yo sentía, y nunca pensé que fuera pecaminoso hablar de la sexualidad, del amor desde el cuerpo y no solo desde el alma. Nunca he sentido que eso fuera criticable, pero fue muy criticado. Cuando empecé a escribir a los 21 años fue un escándalo en Nicaragua, en una sociedad pequeña, muy conservadora, y cuando salieron mis poemas fue como una explosión. Porque una mujer hasta entonces no se había atrevido a hablar de la menstruación, por ejemplo, o de lo que era tener un hijo —la parte física de tener un hijo—, o el amor desde el cuerpo, y fue un escándalo.

¿Pero sigue siendo en parte subversivo, no cree? ¿Por qué esa «celebración de lo femenino», o invocar ciertas funciones fisiológicas, despierta aún una voluntad de control?
Porque hay una mentalidad patriarcal y machista donde la mujer no puede hacer uso de su cuerpo a su arbitrio. A mí me llama la atención, como estás diciendo, que todavía me cataloguen como poeta erótica o sexual [se ríe], porque estamos en otro mundo, no son lo mismo los setenta que hoy. Pero obviamente todavía hay en el fondo un miedo. Creo que es un miedo a la revelación femenina, con uve. Miedo al poder que tenemos las mujeres. El cuerpo de la mujer tiene un poder extraordinario, y el hombre lo ha tratado de dominar. La violencia, por ejemplo. Ese mismo cuerpo, ese poder de la mujer, es amenazante para muchos hombres.

La imagen de la mujer fue construida durante muchos siglos por palabras escritas por hombres. ¿Qué función tienen las palabras para liberar el cuerpo de sus símbolos?
Tienen un enorme poder. Como vos decís, la visión de la mujer la ha construido la literatura masculina. Lo que hemos leído de la mujer es lo que los hombres piensan. Desde Madame Bovary a todas las heroínas. Es en el siglo XIX cuando empiezan a ser tomadas en cuenta, sobre todo las inglesas: Virginia Woolf, las Brontë, Jane Austen… Ahora, la literatura de las mujeres está causando un impacto, pero siempre hay resistencia. Y a mí me indigna cuando veo que dicen que son novelas de mujeres, eso de la «novela femenina», considerada rosa, o doméstica. Solo porque habla del amor, por ejemplo, cuando es algo de lo que los hombres llevan hablando toda la vida. Para el 52% de la humanidad su presencia en la vida también tiene que ver con la intimidad, lo doméstico, pero si abordas esos temas, inmediatamente te clasifican como literatura que solo les interesa a las mujeres, y tiene críticamente un valor despreciado. Ahora está empezando a haber quizás una crítica algo más igualitaria.

Yo diría que si contamos a la población total de lectores, las lectoras superan ampliamente ese 52%…
Eso es lo paradójico. El 70% de los libros los compran las mujeres.

Se dice que la empatía es una capacidad muy femenina, pero también es el fundamento, el motor de la literatura…
En primer lugar la mujer tiene biológicamente una condición empática. El hijo se cría dentro del vientre de la mujer pero sale completamente indefenso. Es algo que vos tenéis que cuidar. El cuido está implícito en esa función biológica de la mujer. Lo llevamos como un chip, para decirlo en términos modernos. Y creo que le da a la mujer una capacidad bien interesante. Se está viendo ahora con la pandemia. Las mujeres presidentas y primeras ministras han hecho un gran papel como cuidadoras de sus pueblos en esta pandemia. Han tenido éxitos tremendos en su manera de ver la enfermedad y en cómo tratarla, y en cómo hablarle a la gente con empatía.

¿Pero qué papel juega en la literatura?
La empatía es fundamental para escribir, y yo pienso que los hombres son empáticos también. Esa cualidad la tenemos ambos. La mujer tal vez la tenga más desarrollada porque se le ha exigido más. Yo he visto padres tremendamente empáticos. No es una prerrogativa de las mujeres, pero en la literatura vos tenéis que ser capaz de ponerte en los zapatos del personaje. Si no puedes hacer eso, si no puedes dejar de lado tus ideas, tus pensamientos, y simplemente habitar el cuerpo de ese personaje, para poder ver el mundo desde sus ojos, no puedes escribir. No puedes hacer una novela donde los personajes sean memorables, donde puedas hacer llorar, por ejemplo, a un lector.

Hacer llorar, o emocionar, es la magia de esa empatía…
Cuando escribí La mujer habitada, lloré tremendamente en varios pasajes, y después me emocionaba cuando las lectoras me decían que habían llorado exactamente en los lugares donde yo había llorado. Hubo una comunicación empática, porque yo sentía, me identifiqué, con los personajes me identifico normalmente. Tengo otra novela que se llama Sofía de los presagios y que tenía un final bien trágico. Pero no lo pude hacer porque me enamoré del personaje. Era una novela sobre el abandono. Empezaba con el abandono de una niña e iba a terminar con el abandono de la hija de la niña que había sido abandonada, como para cerrar un círculo. Y no pude hacer eso. Porque Sofía me encantaba, amaba el personaje, no le quise hacer eso. Y tiene un final feliz.

Leí una declaración suya que decía que el hecho de escribir nos obliga a sacar el mejor yo que tenemos dentro…
La dignidad de la escritura. Eso le gustó a mucha gente, está en mi última novela, que se llama Las fiebres de la memoria. Hay una dignidad en la escritura porque cuando cualquier persona escribe no se deja ir, hay un proceso de elaboración. Por otro lado, al escribir vos queréis sacar tu mejor yo, como ocurre cuando estás escribiendo una carta. Yo me refería a eso, a la dignidad de la escritura en ese sentido. Cuando uno es escritor de ficción es otra cosa, porque ya no estás hablando de tu yo, estás hablando del yo de tu personaje, y ese yo no puede ser solamente bueno, porque si no tienes un personaje chato y no es congruente. Todos nosotros tenemos una sombra, como decía Jung, dentro. Tenemos la parte que queremos que sea dominante, pero constantemente luchamos con esa sombra.

¿Cree que por cuestiones históricas las mujeres cargan más con ese doble?
No creo que sea una característica femenina en particular. Lo tenemos las mujeres y los hombres. Pero sí creo que las mujeres luchamos contra determinadas cosas. Hay un poema mío que se llama «No me arrepiento de nada», donde digo que hay otras mujeres dentro de mí, que me critican. Porque no soy quien quieren que sea, no quepo en el molde perfecto de sus sueños, porque me atrevo a ser loca, falible —así me dicen—, tierna, vulnerable… Esas mujeres internas existen en el resto de mujeres, y son las que nos programan para ser. Es la niña buena. La mujer decente, irreprochable, buena madre, buena esposa, que va a la misa, va al colegio de los hijos, que se basa en el servicio a los demás, constantemente. Todavía las mujeres que no hacemos eso, que somos, por ejemplo, escritoras, tenemos que lidiar en nuestra propia casa con ese sentimiento de que yo no soy la persona doméstica. Y menos mal que tengo un marido doméstico, al que le encanta cocinar. Sí, yo he luchado con eso. Contra el hecho de que no seas la madre impecable que solo vive dedicada a los hijos. Todavía lo tenemos, y eso le da culpa a uno, porque tienes ese programa.

Ha trabajado tanto la poesía como la narración, pero creo que se siente más poeta que narradora. Habla como si ambas artes fueran distintos instrumentos musicales.
La poesía para mí es innata. De repente es como que surge solita, hay algo que me motiva, que me mueve, que me emociona, y siento una línea en mi cabeza de algo que quiere ser. Entonces yo tengo que correr en ese momento a escribirla. Es una cosa bien fuerte, sale y luego yo la trabajo. Mi poesía es espontánea. La novela es un proceso similar, porque también tengo que ver una imagen o pensar una idea y allí me siento a escribir y va surgiendo la historia y se van armando los personajes. No tengo mucho trabajo previo al escribir una novela, sino que es más bien una idea, y después lo que hago es mucha prueba y error. Si a las cincuenta páginas veo que la historia no va para ninguna parte, la dejo.

¿Pero cuál prefiere?
La poesía es otro instrumento. Si vos me preguntas si me siento más poeta que novelista, no te puedo decir que sí rotundamente, porque me siento las dos cosas. Son dos parte mías que son yo. Una no es mayor que la otra.

¿Entiendo por lo que dice que cree en la inspiración, en eso que llaman las musas?
Yo creo en los musos [se ríe]. Tengo un poema que habla de los musos. No me acuerdo cómo dice, pero es como quejándome de mis musos, que no aprecian mi trabajo. Porque he tenido situaciones interesantes en mi vida con amores a los que les he escrito poesía. Yo me hubiera derretido si me escriben una poesía así, si me escribe alguien, un hombre, un poema. Les dejaba el poema en la almohada o en algún lugar estratégicamente situado y no le hacían caso. Y yo me decía: «Dios mío, qué musos más indiferentes tengo».

En El país bajo mi piel, sus memorias, cerró su capítulo como guerrillera del frente sandinista, ¿qué se abrió después?
Nunca dejé la política realmente. Todavía estoy inmersa. Ya no como operaria, tengo una posición más reflexiva, y trato de poder aportar con mi experiencia a la experiencia de los demás, porque ahora estamos viviendo paradójicamente otra dictadura en Nicaragua, como la que luché por derrocar. Una dictadura más dura en muchos sentidos, más insidiosa, que viene presentada como un proyecto liberador de izquierdas, y es mentira. Es bien difícil argumentar lo que hay detrás, el engaño inmenso que se está produciendo con ese lenguaje, y esa manera de presentar la realidad que es absolutamente falsa. Están usando todos los términos de la revolución que hicimos todos para provecho de una familia que tiene una visión neoliberal y explotadora, dominante y manipuladora, hasta el extremo.

¿Y queda algo de la guerrillera en usted?
Yo sigo militando mentalmente en contra de este tipo de abusos, por la liberación de Nicaragua otra vez, pero he pasado por muchas cosas. Mis ideas han cambiado bastante. Creo que no conocía muy bien lo que era una democracia funcional, porque nunca la habíamos tenido en Nicaragua. Viví unos años en Estados Unidos, entendí el imperio desde otra perspectiva, entendí cómo funciona internamente, entendí la política exterior horrorosa que tienen, pasé de ser solo poeta a ser más novelista, he viajado mucho, he pensado mucho, soy abuela ahora, o sea que hay muchos cambios que han pasado en mi vida. Pero en mi ser interior soy absolutamente un animal político, y lo voy a ser hasta que me muera. Y lo digo de la manera de la polis, como la realidad de la que hablaban los griegos. Tenemos que ser políticos, porque a todos nos compete. La manera de existir de los pueblos tiene que ver con su política, no podemos estar los pueblos aparte de los que deciden cómo vamos a vivir.

Usted se refiere a Nicaragua como en el mito de Sísifo, siempre levantando una piedra que está condenada a retroceder. Vivió los sesenta, el amanecer de las utopías, pero ahora parece que asistimos a una era de las distopías…
Sí, es duro. Pero yo creo en la historia de otra manera. Nosotros tenemos una visión muy equivocada porque solo vivimos un pedacito muy chiquito. Creemos que la historia es eso que estamos viviendo, pero, si te pones a revisar, los periodos que llegan a dar resultados son amplios. Fíjate en la Edad Media, por ejemplo, en Europa. Ahora los europeos se sienten que son civilizados, pero ándate para atrás y eran crueles, guerreros, las cruzadas, una cosa tremenda. Yo siempre menciono la Revolución francesa: pasó de la revolución al terror, y después a Napoleón, después a la restauración, volvieron a tener rey, y pasaron cien años hasta que lograron fundar una república realmente. Yo creo que uno debe trabajar para tener un mejor mundo, pero sin creer que lo va a ver. Desafortunadamente en eso la naturaleza falló, porque nos hizo la vida muy corta.

Quizás las palabras escritas aguanten mejor en el tiempo…
Por eso la literatura es extraordinaria, porque te pones a leer un libro que fue escrito hace miles de años, tal vez, te pones a leer los clásicos, y te das cuenta de que te están hablando, que todavía te pueden hablar. El ser humano sigue teniendo las mismas experiencias pero en otro contexto. Cambian los paisajes, pero el amor, el odio, la ambición, la maldad… existen, y por eso podemos leer a Shakespeare o el Don Quijote y sentir que nos hablan.

Una feminista que aprendió que lo imposible es posible

Decir feminista es quedarse corto perfilando a Gioconda Belli. Esta poeta y narradora nicaragüense multipremiada (Orden de las Artes y las Letras francesas 2013), activista política y miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua, ha seguido los pasos de los grandes poetas de su país. Nació el 9 de diciembre de 1948 en Managua, ciudad en la que sigue viviendo. Hija de una familia acomodada, se inició en una época convulsa. Se enroló en las filas del Frente Sandinista de Liberación Nacional contra Somoza, ejerciendo de correo clandestino, transportista de armas o enlace en Europa. Tras el exilio y el triunfo de la revolución en 1978, ocupó varios cargos gubernamentales. Comenzó joven como poeta, provocando escándalo por tratar temas femeninos. Su novela La mujer habitada se convirtió en un emblema. Además de sus poemarios, ha publicado ocho novelas entre las que destacan Sofía de los presagios, Waslala, El infinito en la palma de la mano, El país de las mujeres o Las fiebres de la memoria. En la lucha contra Somoza aprendió que lo imposible es posible, y quizás por eso siga luciendo esa amplia sonrisa bajo los ojos cálidos. Reflejan picardía y juego y, quizás aún, los fuegos de artificio del triunfo de una revolución que (todavía) no pudo ser.

 

Esta entrevista es uno de los contenidos del número 8 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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