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18 Nov 2019
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Entrevista

«Para contar lo que pasa en la sociedad, terminás contando una novela negra»

Cristina T. Guimarey

Entrevista con la escritora argentina Claudia Piñeiro

Escritora casi por accidente, pues empezó a escribir para salir de un oficio y un empleo que no la satisfacían (véase la página 112), Claudia Piñeiro (Burzaco, Argentina, 1960) ha atrapado a millones de lectores en todo el mundo. En la entrevista es clara, cercana y empática.

Desde aquella primera obra erótica todavía inédita, El secreto de las rubias, ha escrito cuentos, novelas, guiones audiovisuales, teatro… ¿En qué género se siente más cómoda?

Escribiendo novelas. Ese es mi ámbito natural. Luego, si la novela es policial o no es una clasificación que me excede, porque no me pongo a escribirla pensando en géneros, sino en historias. La muerte y el suspenso son dos elementos que se repiten en todo lo que escribo y los dos son necesarios en el género policial, pero que los haya no encuentra la novela necesariamente dentro del género.

¿Huye de las etiquetas?
Sí, no me gustan las etiquetas en general. Ni para la vida ni para las personas ni para nada. Entiendo que la industria, la crítica o el periodismo busque esas etiquetas para explicar rápidamente de qué va o lo que uno puede esperar de una novela, pero como escritora o como lectora me cuesta encuadrar lo mío ahí y me cuesta encuadrar lo de muchos autores ahí. Por ejemplo, Philippe Claudel, que es un autor francés, tiene novelas que se dice que son policiales, pero son tan psicológicas que yo las leo de otra manera. Me parece que hay novelas a las cuales se les puede entrar por distintos planos y, si bien uno reconoce que tienen una línea policial, que hay un crimen, un enigma o una búsqueda de la verdad, también tiene otros planos y depende del lector por cuál entrar.

En esta era de sobreexposición audiovisual, ¿en qué lugar queda la literatura? ¿Es necesario hacer un esfuerzo extra como escritora para que la gente siga prefiriendo leer el libro en lugar de ver su adaptación para cine o televisión?
Me parece que son competencias que no llevan a ninguna parte. Uno no escribe de determinada manera u otra para que alguien elija leer esa historia en lugar de mirar una serie o una película. La literatura seguirá existiendo, más allá del auge de otros formatos. Y detrás del auge de esos formatos también hay una historia que alguien escribe, y será mejor cuanto mejor escrito esté el guion en el que se basa.

Buenos Aires sigue siendo la ciudad con más librerías por habitante del mundo, pero ¿verdaderamente se lee tanto? ¿Por qué esta realidad no se extiende a todo el territorio?
En Argentina, hoy es difícil comprar libros por la gran crisis económica. En Buenos Aires hay muchas librerías y también hay ferias muy concurridas, no solo la Feria del Libro, sino la feria de editoriales independientes, que es un éxito de ventas desde hace años. Y no estoy tan segura de que en el interior del país se lea menos. Es cierto que hay menos librerías, pero los libros llegan. El problema por el que hay menos librerías es porque, por la ley del libro, su precio tiene que ser igual en todo el país y el flete para que el libro llegue lo tiene que asumir el librero. En un país con extensiones tan grandes ese costo es alto. Debería el Estado pensar alguna manera de subvencionar ese costo para que el negocio del librero sea rentable y eso ayude a que haya más librerías.

¿Han perdido los escritores e intelectuales su rol como ‘influencers’?
Lo hemos perdido, pero tengo la sensación de que en los últimos tiempos se recuperó un poco. Al menos en el caso de escritoras mujeres lo veo con mucha evidencia. Probablemente porque hay un lugar donde militar, que es el movimiento de mujeres. En el movimiento de mujeres argentino hay muchas escritoras que tienen una voz que es escuchada.

Precisamente, para muchos argentinos usted es la voz de multitud de mujeres, especialmente desde que la cuestión del aborto entró con fuerza en la agenda pública. ¿Cómo se siente en este papel?
Yo estoy feliz y agradecida de que me haya tocado vivir los tiempos en que el movimiento de mujeres tiene tanta vitalidad. He aprendido muchísimo, he encontrado grandes compañeras de lucha, he peleado por derechos que considero vitales. Me gusta estar ahí, en las calles, con mis amigas. Y cuando me toca un lugar más expuesto tomo el desafío con responsabilidad, creo que vale la pena.

Usted habló recientemente de tener conciencia lingüística, de palabras robadas para construir realidades en temáticas como el aborto legal. ¿Por qué las palabras condicionan? ¿No son inocentes ellas por definición y el matiz lo dan sus circunstancias, quién lo dice o dónde?
A veces el uso es inconsciente y a veces es a propósito. En general, desde la política se hace un uso más consciente del lenguaje. Hay una manipulación, y el ciudadano que recibe eso muchas veces lo repite sin darse cuenta de lo que está diciendo. Me parece que los que trabajamos con las palabras somos los que tenemos que ayudar a desarmar eso. En la Argentina, por ejemplo, hay una palabra que se utiliza desde hace unos años que es la palabra ‘grieta’: los que están de un lado o del otro en la política; los que estaban a favor del kirchnerismo y los que estaban en contra. Esa fue la gran grieta de los últimos años. Y la palabra ‘grieta’ es una palabra que no permite el pasaje de un lado al otro, no permite comunicarse porque hay en el medio un tajo y vos estás de un lado o estás del otro. Si estás en el medio te caés. Entonces, esa palabra me parece que operó para dividir aún más, porque había temas en los cuales, a lo mejor, el que estaba de un lugar políticamente pensaba como el que estaba del otro; pero, al decir eso, automáticamente te decían: «Ah, te cambiaste del otro lado», como si uno no pudiera opinar igual sobre temas generales desde la izquierda o desde la derecha.

¿Esa ‘grieta’ ha logrado dividirles también en lo que a literatura se refiere? ¿Hay libros o autores impopulares pese a su calidad?
Hay gente que durante el debate del aborto me dijo: «No te voy a leer más porque estás a favor de la ley del aborto». Cada uno tiene derecho de leer a quien le parezca simpático y quien no. Yo también tengo algunos autores que me dan menos ganas de leerlos, pero si alguien me dice: «Mirá, esta novela es extraordinaria» y el personaje a mí no me gusta, pero la novela es extraordinaria, la voy a leer igual. De todos modos, sí, en general sucede que hay autores que están como muy asociados hacia un lugar y los que están en la otra posición política no tienen ganas de leerlos, pero no es que estén ni censurados ni prohibidos ni nada, es una cuestión de elección.

¿Se metería en política pura y dura?
No, jamás. Jamás, jamás, jamás. Si tengo que ir al Congreso a hablar con los diputados y senadores desde mi lugar de escritora y a defender una ley en la que creo, eso lo haría, pero trabajar para un partido político en política no.

Hay casos de obras o canciones clásicas que han vuelto a la actualidad porque su lenguaje ya no resulta apropiado. En España, el tema del grupo Mecano ‘Quédate en Madrid’ generó una polémica en una de las últimas ediciones del concurso ‘Operación Triunfo’ porque incluía el término ‘mariconez’ y los jóvenes que tenían que interpretarlo pidieron modificarlo por ser ofensivo, mientras su compositor, José María Cano, se negó. ¿Qué opinión le merecen este tipo de cambios?
Me parece lógico. A mí me pasa al leer cosas que incluso yo misma he escrito, que a lo mejor hoy usaría otras palabras, aunque las haya dicho un personaje. Es probable que yo, como narradora, no haya usado muchas palabras de ese tipo porque ya hay como una conciencia mucho mayor de la palabra desde hace años, pero a lo mejor algún personaje sí. Yo estoy escribiendo una serie para Netflix con Marcelo Piñeyro, que es el director, y los personajes putean (insultan). En Argentina una puteada muy común es «Sos un hijo de puta», pero los jóvenes ya no lo dicen más porque estás ofendiendo a la mujer que trabaja sexualmente. Entonces, se dice «hijo de yuta» —que ‘yuta’ es la policía— o «hijo de mierda» o «hijo de otra cosa». Pero, claro, en generaciones grandes no les suena eso; siguen diciendo «hijo de puta». Entonces, cada vez que un personaje tenía que putear y decir «hijo de puta» yo andaba haciendo rodeos para no ponerlo y Marcelo me decía, «Bueno, pongámoslo porque este (personaje) diría «hijo de puta», pero a mí me
costaba ponerlo porque hay una cuestión ideológica y yo ya no quiero más que mis personajes digan eso. Entonces empezás como a transar (aceptar, ceder) y, finalmente, a los malos, a los que eran los malos en la serie, a esos sí les dejé decir «hijo de puta».

Si tuviese la oportunidad, ¿deconstruiría o modificaría alguno de sus textos?
No, yo no modificaría ninguno porque son de esos tiempos. Por ejemplo, Tuya tiene un personaje que es una mujer absolutamente machista y yo lo dejaría absolutamente igual porque esa mujer, en ese momento, era así, y todavía hoy
hay mujeres así. Es como que, en la misma novela, las adolescentes hablaban por teléfono y hoy las adolescentes ya no hablan por teléfono, se mandan whatsapps. Si yo la tuviera que escribir hoy, cambiaría, pero no modificaría mi novela de hace 20 años porque hoy ya no se usa más el
teléfono.

Hoy, ¿qué es para usted la lengua española?
La lengua es como una semilla que va volando y va creciendo. Muchas de esas semillas vuelan de la mano de los latinoamericanos que están en todo el mundo desparramando el idioma, por eso el idioma español es uno de los más hablados en el planeta, pero esos latinoamericanos no hablan exactamente el español de la Real Academia Española, el puro de España. Entonces, me parece que si queremos hacer una cosa integral, si queremos hablar del lenguaje que hablamos todos, una de las cosas importantes sería que, en vez de llamarla española, empezáramos a llamarla iberoamericana, hispanoamericana, incluir de alguna manera estas otras palabras que ya están incluidas, pero que no se las nombra en el título. Y ese no nombrarlas tiene algo que ver, como siempre, con el poder y con lo económico, porque se maneja el poder desde los centros que definen cuál es el lenguaje en España y, lo que quisiéramos nosotros, desde la periferia, es estar incluidos en el nombre.

¿Avanzamos entonces un paso en esa disyuntiva entre lengua española y lengua castellana?
Me parece que sí. Yo, de todos modos, acá sigo diciendo muchas veces lengua castellana, porque soy de familia gallega y en España también están el gallego, el catalán, el vasco. Lo de española creo que no me gusta demasiado en general, porque también excluye un poco a las otras lenguas que se hablan en España.

¿En América sienten que España o los españoles nos olvidamos demasiado de ustedes? ¿Nos siguen sintiendo como conquistadores?
A lo que nos referimos cuando hablamos de eso siempre es dónde se juega el poder. Cuando nosotros nos quejamos de algunos manejos no nos estamos quejando de vos, de tu vecino, de tu mamá, que son como nosotros; al contrario, tenemos un cariño muy especial por los españoles, sino que lo que estamos es luchando por un espacio y que los que tienen poder para definir estas cosas lo tengan en cuenta.

Su discurso en el último Congreso de la Lengua, celebrado en Córdoba (Argentina), fue muy aclamado. En él dijo: «No soy académica, soy escritora». ¿Por qué consideró importante resaltarlo?
Vos vas al Congreso de la Lengua y la mayoría de la gente que está ahí son académicos. Y desde la academia, a veces, una forma de sentar autoridad es justamente decir que son académicos y, como son académicos, ellos saben cuál es el lenguaje, cómo hay que hablar, etc. Entonces, por las dudas, para que no me vengan a decir: «¡Ah, bueno, pero vos no sos académica!», ya te lo aclaro: «Yo no soy académica, soy escritora». Si esperaban de mí una ponencia académica, no era lo que yo iba a decir.

Cada vez se habla más del «buen uso del español» mientras el papel de la Real Academia Española parece más cuestionado, especialmente en Argentina. ¿A qué se debe? ¿Ha perdido autoridad la RAE para la ciudadanía y, de ser así, a qué lo atribuye?
Me parece que no es que pierda autoridad, sino que algunas personas quieren darle un sentido que no tiene. Por ejemplo, la gente que no quiere que se use determinada palabra o algo que está de moda acá, que es el lenguaje inclusivo. Eso la RAE no lo autoriza. Entonces parece que la culpa fuera de la RAE y la culpa no es de nadie, el lenguaje es movible. Si nosotros seguimos usándolo y se instala, algún día la RAE dirá: «Ah, bueno, sí, es lenguaje», como pasó con muchas palabras que antes la RAE no aceptaba. La RAE viene a posteriori del uso, la RAE viene a convalidar un uso. Me parece que, a veces, más que la RAE, son las personas autoritarias las que quieren definir la prohibición del uso de determinadas palabras o de determinada forma de hablar escudándose en la autoridad que supuestamente tendría la RAE para prohibir. Y la RAE, en realidad, no puede prohibir lo que se hable en la calle. No sé si la culpa es tanto de ella, sino de los que la usan para ejercer una prohibición.

¿A qué se debe que el lenguaje inclusivo haya calado especialmente en su país?
Hay antecedentes del uso del lenguaje inclusivo desde el año 70 en la Argentina. En este tiempo hay un movimiento social en la calle que, además, se apropió del lenguaje. Me parece que coincidió con el debate por la ley del aborto, con algunos debates que tenían que ver con el «Ni una menos» y, sobre todo, la lucha que se daba en los colegios y en la juventud, porque quien modifica el lenguaje es, muchas veces, la gente joven. Desde la gente joven se empieza a dar uso de nuevas palabras, nuevas formas de expresarse, y ellos son básicamente los que hablan en lenguaje inclusivo en la Argentina. Nosotros, a los más grandes, nos cuesta más, pero vos vas a un colegio en Buenos Aires y es muy común que escuches hablar en lenguaje inclusivo a los chicos porque ellos son los que estuvieron en esa lucha.

Treinta años después, ¿ha logrado reconciliarse con su profesión de contadora?
No, lo único que me pasa es que entiendo más de algunos temas que preferiría no entender. No sé, tampoco es que me tengo que reconciliar con una carrera. A mí no me molestó para nada estudiar, me dio un montón de herramientas para trabajar. Lo que sí, después no me sentía contenta dedicándole tantas horas a esa materia y le empecé a robar tiempo.

¿Hoy sigue siendo así? ¿Las letras, el lenguaje y el arte siguen siendo materias para esas horas robadas para la mayoría?
En mi época todo el mundo estudiaba abogacía, ingeniería, medicina, economía. Eran las carreras típicas. Buscábamos actividades más clásicas que suponíamos que nos iban a garantizar un bienestar que después no nos garantizaron. Eso aflojó desde ese lugar. Me parece que los chicos hoy pueden elegir más en función de lo que tienen ganas de hacer, lo que de verdad tienen ganas de hacer en los próximos años de su vida.

En alguna de sus entrevistas ha dicho que «la escritura es un acto político». ¿De qué manera hace política en sus escritos?
Yo creo que el acto político es el punto de vista; cómo uno mira el mundo, cómo los personajes de uno miran el mundo. Ese es el acto político, la elección de desde qué ventana mirar el mundo. Cada escritor sabrá qué es lo que tiene ganas de contar y qué es lo que tiene ganas de mirar. Después, lo que uno escribe es una ficción.

Sus abuelos maternos, de Ourense (Galicia), forman parte de esos millones de gallegos que emigraron a Argentina. Como conocedora de esta cultura y de su lengua, ¿qué representan para usted?
Las palabras gallegas son las palabras de mi infancia, porque si bien en mi casa se hablaba castellano, mis abuelos cada tanto usaban palabras gallegas y cantaban en gallego. Esas palabras a uno lo acompañan toda la vida, son como las canciones de cuna. Para mí, oír hablar gallego es volver a ese lugar.

En España, el uso del catalán, el gallego o el vasco frente al español genera tensiones en ciertos ámbitos. ¿Se entiende en Latinoamérica que la utilización de una lengua cooficial pueda generar malestar entre sus conciudadanos?
Por nuestra característica de rebeldes y demás, me imagino que los argentinos les diríamos que cada uno use la lengua que quiera usar. Esa cosa de tener que homogeneizar y que todos tenemos que hablar la misma lengua, me parece que, no sé, ¿por qué a alguien le puede molestar que alguien hable en gallego, en catalán o en vasco? Si nos entendemos, no veo por qué cada uno no puede usar la lengua que quiera. Pero vos fijate, molestan las lenguas por lo que detrás tiene que ver con la política, que es el independentismo. Si te garantizaran, si te firmaran que aunque usen la lengua nadie se va a independizar, no sé si ya les molestaría tanto que usen la lengua. Me parece que es lo que el uso de la lengua puede suponer.

¿Ocurre algo similar con las lenguas de sus pueblos originarios en Argentina?
Lo que sucede acá es que las comunidades de los pueblos originarios son chicas. No es que uno va a un lugar donde está esa lengua y toda la población de ese sector puede estar hablando, como en Galicia, que vos vas y escuchás a todo el mundo hablar gallego. Eso no sucede. Tenés que estar como en la comunidad para escuchar la palabra. No es exactamente lo mismo.

«Si tuviese que definir lo que hago, diría que escribo con muertos», dijo cuando le entregaron el Premio Pepe Carvalho en Barcelona. ¿De dónde viene esa fijación con la muerte en sus obras?
Como buena argentina de Buenos Aires, hace 30 años que me psicoanalizo y no sé de dónde me viene la obsesión con la muerte (se ríe). Pero bueno, sí, es uno de los grandes temas de la humanidad y algunos de nosotros sabemos que un día nos vamos a morir y eso nos perturba y nos molesta. Otros viven mucho más tranquilos sin que les afecte la finitud de la vida.

Argentina siempre ha tenido grandes autores de novela negra. ¿La actualidad local supera la ficción y ayuda a crear nuevas tramas de secuestros, asesinatos, conspiraciones, corrupción?
Cualquier autor que quiera hablar de Argentina, y Latinoamérica en general, termina hablando de esas cosas. Con un ojo un poco atento, para contar lo que pasa en la sociedad terminás contado una novela negra. Y pasa en la Argentina que nosotros tampoco tenemos una tradición de solo escritores de novela negra, porque vos fijate que Borges, que es nuestro autor más importante, o Piglia, los dos fueron grandes fanáticos de la novela negra. En otros países la novela negra se ve como un género menor y, para nosotros, nuestros grandes autores, aunque no se definieran como autores policiales, eran grandes admiradores del género policial. Tenemos una tradición donde el autor, sin ningún tipo de prejuicio, puede pasar del género policial al género más amplio de la novela, o cuento o lo que sea, con mucha facilidad.

Se confesaba recientemente ‘casi adicta’ a Twitter, ¿no le asusta la sobreexposición a las críticas?
Al principio me afectaban mucho. Después te vas haciendo como una caparazón, pero sobre todo el sistema te va protegiendo, porque cuando alguien te agrede de una forma muy violenta también tenés muchos seguidores que salen a defenderte. Y, suponete, cosas que me han pasado graves, sin que yo haga ninguna denuncia, muchos seguidores han denunciado esas cuentas y las han bloqueado en Twitter. Hay mucha gente que te agrede, hay mucha gente que tiene muchísima maldad y que te dice cosas horribles, pero hay mucha más gente que te cuida.

Quizás el hecho de que sea usted Claudia Piñeiro influye mucho en ese saldo a favor, pero ¿vale la pena?
Sí, evidentemente eso hace una diferencia, pero bueno, a cada uno le toca el lugar que le toca. A mí me parece que, por ejemplo, en mi país están pasando muchas cosas y sobre algunas de esas cosas hay que poner una palabra, porque no hacerlo también es decir algo.

¿Cuál es el secreto para que sus obras cautiven por igual a argentinos, asiáticos o árabes, pese a contar historias ambientadas en Buenos Aires?
Hay muchas capas para entrarle a una historia. Si vos le entrás solo por la capa policial, a lo mejor te quedás solo ahí, pero si vas a la parte de las relaciones familiares son bastante universales. Me pasó cuando fui a Egipto —porque habían traducido Las viudas de los jueves— que había muchas mujeres en la Feria del Libro vestidas como se visten las mujeres árabes, solo con los ojos a la vista o con la cabeza tapada, y yo pensaba: «Qué diferentes las mujeres que cuenta la novela de estas mujeres, ¿cómo lo habrán leído?». Y cuando empezaron a hacer preguntas me decían que se habían sentido totalmente identificadas con esas mujeres y pensé: «Bueno, quizás es un prejuicio nuestro y los grandes temas, los que nos aquejan a las personas en diferentes lugares, no son tan distintos. Sí, tienen cuestiones diferentes, pero, en la esencia, una mujer que vive en Egipto puede entender perfectamente ese drama que le está pasando a una mujer que vive en Argentina y sentirse identificada.

¿Qué queda hoy de la Claudia Piñeiro contadora, de la que escribió aquella primera novela erótica para dar un giro a su vida?
Soy bastante fiel a mí misma, queda mucho. Yo me reconozco mucho en esa persona. Creo que uno ha hecho una construcción y no reniego de ninguna de esas cosas, sino que son etapas y escalones que uno va pasando y, felizmente, si uno puede crecer, mejor.

Y por contra, ¿qué es lo que la experiencia o el paso del tiempo le han hecho cambiar?
Bueno, ahora si voy a un Congreso de Lengua canto. Parece tonto lo que te estoy diciendo, pero la verdad es que he tomado un coraje de exposición que yo no tenía. Años atrás no me hubiera atrevido y no me hubieran entendido.

¿Hubo un punto de inflexión para ese cambio?
Antes de la campaña del aborto, con respecto a algunos temas políticos, trataba de ser cuidadosa, de dar menos una posición contundente. Me pareció que en ese debate la posición tenía que ser contundente, aunque ese debate en mi literatura ya estaba, porque mi primer novela, Tuya, habla del aborto; Elena Sabe habla del aborto; el cuento Basura para las gallinas, que lo escribí hace 10 años, habla del aborto… Entonces, ese tema, que estaba en mi literatura, cuando en la sociedad se pone en debate a mí me tomó muy armada desde el pensamiento, porque yo venía pensando desde hace muchos años sobre ese asunto. Lo que tuve fue como la oportunidad de expresarlo públicamente, la oportunidad y quizás también la obligación cívica, porque cuando la campaña por el aborto seguro, legal y gratuito me pide que vaya a hablar a Diputados (Congreso), en medio de médicos, abogados, etc., yo podría haber dicho que no, pero la verdad es que era también una obligación cívica.

Tras ‘Quién no’ y esos guiones en los que trabaja, ¿nos sorprenderá con nueva novela en 2020 o se la guarda para otro año impar?
Esa novela todavía no la terminé. Voy a intentar terminarla para fin de este año y va a salir en año par, creo, si la crisis económica en Argentina lo permite. De todos modos, ya rompí la cábala cuando saqué el libro de cuentos el año pasado y a partir de ahora me atrevo a sacar en año par, y ¡que sea lo que Dios quiera!

¿Cómo les está impactando la crisis económica?
La Argentina está muy complicada. Hay libros que han sido presupuestados para salir ahora y que no se pueden imprimir porque los proveedores de papel no le venden el papel a las editoriales, porque el precio está en dólares y están especulando con que el dólar va a subir. Entonces, como no hay papel, no se pueden imprimir libros y muchos autores que tenían que publicar en estos meses van a pasar para el año que viene o no sabemos. Por eso que yo te diga que mi libro va a salir en año par es casi utópico, pero supongo que si lo termino y si hay papel y si el papel tiene un precio y si la situación está mejor, ojalá que el año que viene haya una novela.
Y para terminar, ¿qué consejo le daría a quienes afrontan el reto de escribir su primer libro?
Para mí, la base para poder escribir es leer. Uno tiene que haber leído mucho para entender el mecanismo, para saber cómo contar una historia. Y tiene que tener una pequeña dosis de talento, pero mucho de esfuerzo, porque escribir implica la soledad de la escritura y la apuesta a algo que no sabés si alguien lo va a leer. Tu deseo y tu voluntad de escribir tienen que ser muy fuertes. Hay que apostar a eso, al deseo y a la voluntad.

 

Su color es el verde y se atreve con todo

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Es una de las escritoras argentinas más traducidas. Sus novelas acumulan premios por todo el globo y son muchas las personas que la sienten como su altavoz en la defensa de la igualdad y los derechos de las mujeres. Claudia Piñeiro es clara, empática y concienzuda. Una crisis vocacional cuando trabajaba como contable en una multinacional la llevó a escribir su primera novela para un concurso y, casi 30 años después, ha logrado atrapar con sus personajes, siempre rodeados de muerte y suspense, a millones de lectores de todo el mundo. ¿Su secreto? Inspirarse en lo cotidiano, en lo que ve y vive cada día, y abordar temas universales con los que el público pueda sentirse identificado. Su color es el verde, el mismo de la campaña por el aborto legal en Argentina, cuyo característico pañuelo agita siempre que puede, y su postura es sólida en los temas más diversos. La autora de Las viudas de los jueves, Betibú y Un comunista en calzoncillos se atreve con todo, incluso a cantar en lengua «qom» durante el último Congreso Internacional de la Lengua Española.

 

Esta entrevista a Claudia Piñeiro es uno de los contenidos del número 5 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en kioscos y librerías.
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