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09 Jul 2019
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Comunicación

El peligro es tentarnos

Ana Cermeño

Las hay con cocodrilos, alienígenas y aviones; divertidas o alarmantes; elocuentes o confusas. Pero la primera señal que advirtió de precaución o peligro fue, acaso, no un pictograma sobre un fondo blanco o amarillo, sino la manzana del Paraíso

El peligro seduce. El simple deseo de superar cualquier barrera nos llena de una satisfacción mayor que la de descubrir qué se ocultaba detrás del obstáculo. Quizá sea esa la razón por la cual más ganas tenemos de asomarnos al abismo cuanto más nos advierten de que no deberíamos hacerlo. El placer de franquear cualquier riesgo proporciona una sensación adrenalínica.

Las personas educadas en el catolicismo aprenden pronto el peligro de caer en la tentación: una manzana expulsa del Paraíso a Adán y Eva. Lo tenían todo, su única obligación era no morder el fruto prohibido para que la humanidad viviese la gloria eterna. Pero no pudieron resistir el desafío y ahora todos pagamos el mayor castigo.

Los avisos de precaución o peligro regulados por la Dirección General de Tráfico española cumplen, en su forma, con los acuerdos internacionales pactados en Viena hace cuarenta años: un triángulo con marco rojo y el interior en blanco o, en el caso de Estados Unidos, amarillo, color utilizado también en casi todo el mundo para pedir precaución por obras en la calzada.

La alerta de peligro siempre sobresalta, salvo si se trata de símbolos que advierten del cruce de animales, generalmente amables y comunes en los cinco continentes, con las peculiaridades propias de la fauna de cada región: por las carreteras los conductores se encuentran con pictogramas de canguros (Australia), renos (Finlandia), pingüinos (Nueva Zelanda), dromedarios (Marruecos), panteras (Namibia) y hasta demonios de Tasmania. En España no extrañan los de vacas o caballos, pero también los hay más singulares, como el de gallinas (Cazalla de la Sierra, Sevilla), osos (Somiedo, Asturias) o el más pintoresco de todos, con leyenda incluida: «Precaución: paso de anfibios», en Pinoso, Valencia.

Las señales de precaución nos invaden. Inventamos peligros para obligarnos a vivir en tensión constante. Nos rodean demasiadas; o muy pocas, piensan otros. Se instalan, se supone, para nuestra seguridad, pero algunas solo consiguen ponernos en riesgo por exóticas, delirantes, jeroglíficas: reclaman tanto nuestra atención que nos acaban distrayendo de lo importante.

 

 

 

 

 

 

 

Este reportaje sobre el lenguaje visual de las señales de tráfico es uno de los contenidos del número 3 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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