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30 Jul 2021
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Literatura negra

El lenguaje de los delincuentes decimonónicos

Mar Abad

La forma de hablar de los truhanes, golfos y gente de mal vivir de hace más de un siglo, reflejada en la obra La mala vida en Madrid

Por dos palabras tan simples como mala vida erraban a finales del XIX malhechores, mendigos, golfos, criminales y perdidos de toda especie. Eran los exhombres, en la voz del poeta de los vagabundos, Máximo Gorki. Eran los que se desviaron de la moral, el arte y la ciencia, en boca de Constancio Bernaldo de Quirós. Era este hombre escritor, sociólogo y criminalista. Progresista hasta la médula, en 1901, publicó un «estudio psicosociológico» sobre las gentes de mal vivir y lo empezó zanjando un asunto: ya era hora de que estas personas dejaran de ser objeto de risa, insulto, escándalo e indignación. Había que hablar de ellos en otro tono: científico y compasivo a la vez.

La mala vida

Bernaldo de Quirós dedicó páginas y páginas de su obra, La mala vida en Madrid, a clasificar a estos individuos que habitaban los más bajos fondos de la ciudad: parásitos, delincuentes, habituales de la prostitución, pervertidos sexuales… Estudió los modos y modales de la truhanería andante y se detuvo en su forma de hablar.

Al principio hizo un alto y una aclaración. No debía confundirse al golfo y el malhechor con el andarríos. Por los adentros de este nombre danzaban los quinquilleros (los que vendían quincalla), los trajineros (los que transportaban objetos), los apañacuencos (los que arreglaban cacharros), los recoveros (los que revendían cosas), los santeros, los saludadores (curanderos mediante oraciones y exorcismos), los copleros y los narradores de milagros y de crímenes estupendos. Aquella gente se ganaba la vida como podía, pero no eran sus artes el engaño y el delito.

Muy distintas eran las gentes de mal vivir. Ellos pasaban el día aluspiando, estando al file, andando a la busca (atentos, al acecho, al quite, diríamos hoy). Fue Pío Baroja quien recogió esas expresiones de los pilluelos y decía que las repetían hasta hartarse.

Delincuentes de todo pelaje

Los golfos no buscaban trabajos, sino encargos. No querían amos ni aceptaban ser criados. Hacían de soguillas, pasando mercancía escondida en mercados y estaciones. Eran barateros y eso unas veces significaba que vendían y compraban mercancías baratas y otras que eran engañadores y tramposos. Se dedicaban al matute («introducir productos sin pagar impuestos»). Eran corredores de alhajas, prestamistas o jefes de la claque («grupo de personas que asisten a un espectáculo con el fin de aplaudir en momentos señalados»).

Dronista

Los delincuentes iban un paso más lejos. Eran más agresivos que los golfos. Pero allá que fue Bernaldo de Quirós a clasificarlos siguiendo su nombre popular. El delincuente común de las ciudades era el atracador y solía actuar en las calles oscuras y solitarias. «Es una variedad urbana de la especie ladronesca por salteamiento», explicó. Los que aprovechaban los despistes de un ciudadano cualquiera eran delincuentes al descuido o al tirón. Los bolsilleros robaban bolsos y los carteristas, carteras.

Los que abrían puertas de casas ajenas para entrar a robar eran topistas, si usaban el tope, y espadistas, si usaban la espada. Los que andaban subiendo y bajando por las alcantarillas para entrar en los edificios eran alcantarilleros. Aunque había una descripción mejor para estos malhechores. El sociólogo y escritor Manuel Gil Maestre los denominaba criminales científicos por las obras de ingeniería que tenían que hacer para escalar por las paredes.

Había entre los delincuentes un espécimen curioso: el guapo, el que se valía de su imperio, su fuerza y su osadía para conseguir lo que se proponía. Solían ser chulos de ciudad o mozos de pueblo inclinados hacia el matonismo. Era frecuente que un día, en un
arrebato, un mal disparo o una puñalada los acabara llevando a la cárcel y ahí, donde el hombre es más lobo para el hombre que en cualquier otro lugar, acabaran de encanallarse para siempre.

Carterista

El guapo producía un efecto imponente. «Tiene el rostro frío y desdeñoso, el hablar pausado y grave, los ademanes solemnes y reposados», describió Bernaldo de Quirós. «El guapo, en rigor, suele ser feo y acentúan su fealdad ciertos estigmas y gestos naturales o aprendidos de algún modelo de sugestiva fiereza». Tenían cortes en la cara, miradas estrábicas, guiños convulsivos o sonrisas atravesadas. Y si los llamaban guapos no era por belleza alguna, sino por ser valientes hasta la exageración, de esos que escupían por el colmillo.

Fuera de la ciudad estaban los dronistas asaltando caminos. A veces, en las montañas, dejados de la mano de Dios y del peine del peluquero, se convertían en dronistas greñudos. Los que robaban el ganado eran cuatreros y los que robaban gallinas y gallos, quinaores de gumas y cacarelos.

Modales despelujados

Poca escuela tenían estas legiones del hampa cuando eran niños. Pero sabían cuidar de su inteligencia, según Bernaldo de Quirós. Muchos vendían prensa por las calles y alguna que otra letra se le pegaba a la cabeza. Algo de cultura cogían. Eran los primeros en conocer las últimas noticias y eso les proporcionaba una cierta cultura ingeniosa y sorprendente.

Al llegar la juventud no les quedaba la menor candidez. «Sus modales son poco honestos. Sus juegos y sus bromas, brutales. Su lenguaje, coprolálico», escribió el criminólogo. «Blasfema sin impiedad y tiene la cabeza llena de todas las cosas sucias y malas que se encuentran en las mancebías y en las tabernas de la mala vida aun antes de comprenderlas».

Los delincuentes eran gente de apodos. Pronto perdían su nombre civil y todos los llamaban por un mote que describía su aspecto o su forma de ser. Lo que más les gustaba era un nombre de torero. ¡Ese porte, ese ahínco! El matador era el héroe de entonces y andar con un Lagartijo o un Guerrita como alias daba una bravura de Maestranza.

Muy frecuente era también el mote de rata. De lejos venía que al ladrón lo llamaran rata y ratero, y no tenía ni pizca de despectivo. Por eso ellos se quedaban tan pichis siendo «el Rata», «el Ratita», «el Rata Chica», «el Rata Posturas» o el «Rata Luis». Algunos, orgullosos, hasta se tatuaban un ratón en el antebrazo derecho.

Palabras crípticas

En muchas de sus palabras, todos trataban de esconder lo que querían decir y lo que querían hacer. Pero no todos tenían la misma jerga. Los mendigos y vagabundos hablaban el latín de los ciegos. Latín, porque para enterarse de algo de lo que decían había que ser un iniciado, y de los ciegos, porque la enfermedad más común de los pordioseros era la ceguera.

Los criminales hablaban el caló presidial. ¡Tan rico, tan rebosante de historia y con tanto cruce de culturas! Era un vocabulario
empapado de germanía (la jerga de ladrones y rufianes de los siglos XVI y XVII), palabras del caló de las cárceles y neologismos que acuñaban siempre que era menester.

Del caló, esa variedad del romaní que hablan los gitanos de España, Francia y Portugal, tomaron las voces más sonoras. Y ahí estuvieron, alrededor de los barrotes, hasta que un siglo después los jóvenes del punk y el underground las tomaron como propias. Lo que parecía un estallido de creatividad en la década de 1970 tenía mucho de actualización de viejas palabras. A esa jerga juvenil macarra la llamaron el cheli y acabó convirtiéndose en el lenguaje de la Movida. O mejor: en una rebelión léxica, como decía Francisco Umbral.

Entre las palabras de aquel caló presidial de finales del XIX estaba la basca (muchedumbre), la bimba (bulto que forma la cartera en el bolsillo), la polvorosa (camino), el butrón (faltriquera), el borrego (mantón), el cangrejo (cerrojo), la fusta (cadena del reloj), los gayumbos (calzoncillos), el peluco (reloj), el pringao (víctima de un delito), el trupo (cuerpo), la galla (moneda de cinco pesetas).

Los que hablaban aquel caló venían con prisas y no estaban pa tonterías. Recortaban toda voz que podían, como también hizo después el cheli. Para qué decir «delegado» si se puede decir delega. ¿Qué es eso de «escaparate» si con escápara nos entendemos?

Algunas voces llegaron intactas a la época de la Movida y otras se transformaron con el paso del tiempo. Ocurrió con echar un polvo («sustraer tan solo parte del dinero u objeto contenidos en un bolsillo o cajón»). Poco que ver con lo que esa expresión implica hoy… O mangar. ¡Qué palabra tan usada en los años setenta y ochenta del XX para decir robar! Pues nada que ver un siglo antes. Mangar era mendigar y el mangante era el mendigo.

Del caló vino gran parte de ese habla duro de pelotas de los delincuentes del XIX. Pero convivía con otros vocablos que parecían evocar la naturaleza. Algo más fantasioso y metafórico. Lo describió al dedillo otro criminólogo que estudió las caras del hampa desde los tatuajes al derecho penal: Rafael Salillas, en su libro El delincuente español, el lenguaje con dos vocabularios jergales.

Los malhechores, en vez de «irse», decían alarse. Alarse venía de «alar», y «alar» venía de «ala». Qué palabra tan gráfica, que tan bien hubiese servido de signo entonces y de emoji hoy. Decían vuelo en vez de «salto» y llamaban volador al ladrón que entra por una ventana o un lugar en las alturas. Soplar era «chivarse o descubrir a alguien». Viento era el «descubridor».

Al verbo «enterrar» lo sustituyeron por plantar (ahí dieron con un buen eufemismo) y para hablar de «esconder» usaban sepultar (tampoco estuvo mal). Flor era «engaño» (quién sabe por qué). Florido era «rico» (ahí está más clara la relación). Jardín era «feria o tienda» (también es fácil de entender). Martillar era andar y el camino, un martillo.

¡Cuánto de esto se ha olvidado! Aunque en las palabras que se pierden siempre hay un mundo por descubrir. No andan hoy estos malhechores por las calles tal y como eran entonces. Pero cuando pronunciamos sus palabras y sus dichos algo de ellos viene al presente. Ahí, latente, entre cada letra, hay una vida inmortal.

Este artículo de Mar Abad es uno de los contenidos del número 10 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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