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19 May 2021
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Entrevista

«El español no es una flor marchita, sino una planta carnívora»

Antonio Martín

Entrevista al lingüista Gaston Dorren

—¿Dos lenguas en una sola cabeza? ¡Nadie puede vivir así! ¡Por Dios, hombre, eso es imposible!
—Pues los holandeses hablan cuatro lenguas y fuman maría.
—Sí, pero eso es trampa.

Eddie Izzard, Vestida para matar

La cita que eligió Gaston Dorren para la primera página de su libro más conocido, Lingo, Guía de Europa para el turista lingüístico, es una aviso a navegantes. Los holandeses viven entre agua y tierra, y entre cuatro o cinco lenguas. Por sus calles discurren canales como fluyen palabras de varios idiomas confluyendo mansamente. Así, puedes recorrer el país en barco, tren, coche, ¡en bici! o a pie, como puedes vivirlo en inglés, alemán, francés, español… e incluso en neerlandés.

Cuando uno lee la trayectoria de cualquier amigo de los Países Bajos, siempre ve que cualquier actividad vital está transitada por múltiples idiomas. Para un chaval de los Países Bajos, su vida transcurre entre el neerlandés oficial, el esencial inglés (que hablan como si fuera su lengua materna), un francés que cada vez se mira más de reojo y el alemán, que sigue siendo un idioma de peso en Europa. Gaston Dorren hablaba además su limburgués natal, una lengua regional bastante diferente del neerlandés estándar, que se habla al sur de Holanda, cerca de Maastricht, en la provincia de Limburg. Pero su aprendizaje siguió: en la universidad aprendió español para trabajar en desarrollo internacional, así que recorrió Perú, Ecuador y España. Mejor aparquemos la bici y sentémonos a hablar con él un rato. La entrevista ha sido a distancia, pero gracias a su fluido español ha sido tan cercana como sentarse con él en el Van Zanten, su bar favorito de Amersfoort, para charlar delante de un par de Westmalle Tripel.

En este contexto en el que te has criado, ¿qué sentido tiene para ti la idea de «conflicto lingüístico»?
En mi juventud, vivía muy cerca de un conflicto lingüístico: el que había entre los belgas francófonos (los valones) y los de habla neerlandesa (los flamencos). Yo tenía un tío belga que odiaba a los valones, y a quince kilómetros de mi pueblo había una pequeña región belga llamada Voeren en neerlandés (se pronuncia aproximadamente Furen) o Fourons en francés, donde la gran minoría valona quería con mucha pasión reintegrarse a la provincia francófona de Lieja (Liège), mientras que la pequeña mayoría flamenca insistía en seguir siendo un exclave de su provincia actual, que es parte de Flandes. Lo que más recuerdo son las señales de tráfico, que eran bilingües, pero en las que generalmente los nombres en una u otra lengua habían sido borrados (con pintura blanca) por activistas. De niño, eso me hizo sentir incómodo; más tarde, me dio risa. Pero la verdad es que en Voeren —una zona muy rural e idílica— la situación era muy tensa, y hasta ha habido tiros.

La lucha lingüística de los flamencos, de la cual el episodio de Voeren es un capítulo un poco ridículo, ha sido intensa durante más de un siglo. ¿Y por qué? Básicamente, ha sido una reacción a la represión. Desde la independencia de Bélgica, en 1830, la minoría francófona, por desdén hacia la mayoría flamenca, estableció un estado monolingüe. Surgió un Movimiento Flamenco (primero cultural, después social y político), que poco a poco lograba más de sus objetivos. A fines del siglo XX, creo que se ha conseguido la igualdad entre las dos comunidades, pero a partir de ahí, muchos flamencos prefieren independizarse. Estoy seguro que esta historia te suena familiar, ¿no? España no es un caso único. Los mismos procesos se repiten una y otra vez.

Entonces, ¿qué te parece esa idea de que puede estar en peligro una lengua como el español si tiene amenazas contra ella en Cataluña o en EE. UU.?
La posición de las lenguas minoritarias que no tienen estatus oficial siempre es un poco débil: la posición del islandés, lengua oficial de un país, es más fuerte que la del occitano o el tártaro, que tienen más hablantes pero una posición subordinada a las lenguas nacionales en sus respectivos países, Francia y Rusia. ¿Pero el español? Es la tercera lengua del mundo, hablada en, qué sé yo, ¿veinte países? No es una lengua amenazada; amenaza a cientos de otras: sobre todo a idiomas indígenas en América Latina, pero en España, ciertas comunidades aún no se sienten muy cómodas tampoco. No me entiendas mal, no tengo nada en contra del español, al contrario: lo quiero, pero es un gigante poderoso, no es un ningún enfermo que languidece. ¡No es una flor hermosa que se marchite, sino una planta carnívora! El español de EE. UU. puede ser un caso diferente, pero al sur del río Grande y al sur de los Pirineos… no os preocupéis por el futuro del castellano.

En estas voces de alarma habrás escuchado también este tópico: ¿pueden los neologismos —sobre todo los anglicismos y galicismos— poner en peligro una lengua o solo su identidad?
Sabes, ¿no?, cuántas palabras árabes hay en castellano. Son miles. Además hay palabras germánicas, como ganso y esquina. Célticas, como cambio y camino. Vascas, como izquierda. Entre las palabras de origen latino, hay muchas que llegaron del griego, como escuela y caña, y del etrusco, como volcán y arena y pueblo. Hay palabras de origen quechua, como quinoa y poncho y la papa; taíno, como hamaca y maíz; del náhuatl, como chocolate y tomate. ¡Que alguien me diga que sí, todas esas palabras son parte del patrimonio, pero que no, rechacemos los anglicismos y los galicismos porque ponen en peligro la identidad! Es un absurdo.

Miremos al inglés. Es un idioma más mestizado todavía, y ese mismo mestizaje es una fuente de orgullo, como lo demuestra el título del libro Our magnificent bastard tongue, escrito por mi lingüista favorito, John McWhorter. Y el caso del inglés no es nada único. Dos ejemplos más: el sueco y el armenio son lenguas de naciones orgullosas, con una fuerte identidad propia, pero su léxico viene de todas partes. Y no olvidemos que a la gran mayoría de la gente no le interesa mucho de dónde vienen las palabras. Una vez que un niño ha aprendido una palabra, se la apropia, es suya: no importa el origen histórico. Sobre todo si la pronunciación y la ortografía son regulares y normales, porque una vez que se pronuncia y escribe según la fonología y ortografía del castellano, la palabra ha sido integrada, incorporada, al idioma.

En esa línea, ¿puede «estropearla» el lenguaje inclusivo, como declaró hace poco el director de la RAE?
Veo difícil que una lengua se «estropee», pero a los 55 años yo también he perdido bastante flexibilidad mental, así que entiendo muy bien las dudas del señor Muñoz Machado. El problema es la siguiente colisión. Por un lado, la mayoría de los idiomas indoeuropeos (los romances, los eslavos, el griego, el alemán, el hindi, etc.) tiene y mantiene una obsesión gramatical con el género. Es difícil hablar de una persona, incluso una persona ficticia, sin indicar si es mujer o varón. Por otro lado, muchos ya no queremos privilegiar, social y económica y políticamente a los hombres. Estos dos hechos crean un problema en las lenguas mencionadas: queremos expresarnos de forma neutra y justa, pero no tenemos palabras neutras, neutrales.

¿Qué hacer? ¿Cómo dejar de ser machistas si el idioma casi nos fuerza a serlo? No conozco mucho la discusión en español. Creo que será inevitable aplicar un poco de ingeniería lingüística. El resultado debe ser pronunciable (es la gran desventaja de formas propuestas como ciudadanxs y ciudadan@s), clara y eficaz (ni muy complejo ni muy verboso: es la desventaja de ciudadanos y ciudadanas). En cada idioma la solución será diferente, porque las gramáticas individuales ponen problemas individuales.

Una propuesta que he visto para el español y que me parece radical pero factible es la de crear una tercera forma: ciudadano y lector para un hombre, ciudadana y lectora para una mujer y ciudadane y lectore para una persona no determinada o que prefiere no identificarse como mujer ni hombre. Les polítiques pueden dirigirse a les ciudadanes (o a los ciudadanes), les escritores podemos dirigirnos a nuestres lectores.

Ya sé, ya sé, costará un poco acostumbrarse. Pero no olvidemos: a mucha gente le ha costado muchísimo acostumbrarse al hecho de que les ciudadanes con derecho de voto, les doctores médiques y les científiques ahora pueden ser mujeres: ¡ay, qué ocurrencia! Iniciar un cambio del idioma es tan solo otro pasito más. Y no digo que esto tenga que ser obligatorio. Creo que el señor Muñoz Machado y yo somos muy viejos para aprender esta innovación perfectamente. Pero estoy dispuesto a hacer el esfuerzo. Para los jóvenes será más fácil.

Y esta solución es tan solo una idea, puede haber otras mejores. ¿Pero estropear la lengua? Las lenguas son extremadamente resilientes. No se estropean. No tienen cómo, no saben cómo. Extinguirse sí, estropearse no.

Tú descubriste tu pasión por el lenguaje sin ser lingüista, lo que te ha llevado a explorarla libremente, más o menos como hizo Bill Bryson con la ciencia (véase o mejor léase Una breve historia de casi todo). Te ha dado un punto de vista apasionante y nada académico, lo que te ha convertido en uno de los mayores divulgadores del lenguaje: ¿qué te llevó por ese camino?
Gracias por el cumplido, me encantó Una breve historia de casi todo. En respuesta a la pregunta, creo que tres factores me han llevado por este camino.

Uno es el plurilingüismo de mi ambiente durante mi juventud: hablábamos limburgués en familia y holandés en la escuela; el alemán y el francés estaban a apenas veinticinco kilómetros; en la radio y la televisión oíamos un montón de inglés; nos tocó estudiar inglés, alemán y francés en el colegio, y latín también, y a mi papá, que era profesor de francés, le gustaba contar que el español era bastante parecido —de estudiante, él tomó un curso y todavía tenía un pequeño diccionario español-holandés, que me fascinaba—. Aprendí las palabras muchacho y muchacha cuando tenía, qué sé yo, 10, 12 años, y me resultaban divertidas. El español representaba lo exótico, en aquel entonces, y un amigo de mis padres, un tal Antonio Caraballo de Peñarroyo, hizo que lo exótico fuera también presente y simpático.

Otro factor es mi combinación personal de una mente muy analítica con unas manos tan torpes que soy incapaz de desmontar las cosas mecánicas —o mejor dicho, desmonto, pero no llego a juntar las partes después—. Mis intentos de bricolaje equivalían, y equivalen, a la destrucción. Por eso, tenía que dirigir mi mente analítica a cosas abstractas: a la ciencia. Pudo ser química o filosofía, pero no: véase factor número uno.

El tercer factor es el gusto a la conversación, la comunicación, y al humor. Fuimos una familia de muchas conversaciones y de muchas risas. Entre el 2002 y el 2009 he actuado como cantautor en el marco de programas de teatro, muchas veces humorísticos. Cuando escribo, quiero que el lector y la lectora, digamos cualquier lectore, tenga la idea de que una persona de carne y hueso —yo— le está hablando. El libro no debe ser un mero objeto con informaciones codificadas en letras negras sobre papel blanco, sino que prefiero que yo mismo esté ahí dentro. Así que las lenguas me rodeaban, mi cerebro anhelaba analizar y yo quería compartir cosas y bromear con la gente. Si lo cuento de esta manera, mis libros, mi autoría, suenan como puro destino, ¿no te parece? Claro que eso es cierto solo en retrospectiva. Después de producirse, los eventos parecen inevitables. En realidad, depende de tantos detalles. Un detalle a veces tan pequeño como el dedo del pie de Iker Casillas en la final de 2010. (En Holanda, es el dedo español más famoso.)

Dejemos el dedo de Casillas, no vayamos a hacernos daño. ¿Qué has descubierto de los idiomas y de la lingüística?
Muchas cosas, pero las principales son estas: en primer lugar, que los idiomas europeos, con algunas excepciones como el vasco, son bastante parecidos. En cambio, muchos idiomas de todos los otros continentes son recontracomplicados para nosotros, aunque no para los vecinos.

En segundo lugar, que el amor a la lengua materna es como el amor materno: sincero e instintivo, pero sin ninguna base objetiva. Si alguien dice que el español es una lengua «hermosa y precisa», le doy la razón, pero añado en mí mismo: «Como todas las demás». En tercer lugar, que todos tenemos opiniones firmes sobre cuestiones de lengua, que todos nos consideramos peritos; pero que la gran mayoría habla tonterías, clichés anticuados. Todos somos expertos, eso sí, en el uso de nuestra lengua materna; nuestros conocimientos inconscientes de cómo funciona, de qué es posible y correcto decir, y qué no, es impresionante. Pero analizarla y discutirla explícita y objetivamente, distanciadamente, eso es otra cosa. Y en cuestiones de lingüística social y otros campos de la ciencia, existe una fuerte tentación y tendencia a repetir disparates. Y por último, que lingüísticamente llegamos a ser conservadores a la edad de los 20 años. De niños, aprendemos el idioma. De adolescentes, nos gusta cambiarlo, distinguirnos de los adultos. Una vez que hemos formado nuestra lengua propia, nuestro idiolecto, rechazamos cualquier cambio, cualquiera variedad, y a los 40 años empezamos a quejarnos que la juventud ya no sabe cómo hablar, ni mucho menos cómo escribir. Lo exagero un poco, pero esa es la trayectoria típica. No soy la excepción: trato de aprovecharme de mis conocimientos lingüísticos para domar este reflejo conservador, que es tonto y estéril, pero cuesta bastante. Claro, cada uno tiene derecho a sus preferencias. Pero son personales, o generacionales. Las reglas del holandés que existen en mi cabeza son mías, y cuando yo muera, yacerán en paz conmigo, porque la próxima generación tendrá en sus cabezas reglas un poco diferentes. Lo mismo para el castellano, a pesar de los esfuerzos de la Academia Española. No todo lo que es real es realista.

Un turista lingüístico

Gaston Dorren

Nació en 1965 cerca de Maastricht, en el extremo sur de Holanda, en Limburg. Su vida transcurre pareja al aprendizaje de lenguas: de niño debía estudiar inglés, francés y alemán (además de neerlandés), un poco de latín y griego. En la universidad aprende español, que necesitaba para su investigación en Perú, donde pasa más de un año y de paso visita Ecuador y España. Aunque como periodista empieza escribiendo sobre desarrollo sostenible, no es hasta fines de los 90 cuando se vuelca en la lingüística. Escribe el libro Nieuwe tongen [Nuevas lenguas] sobre los idiomas de los mayores grupos de inmigrantes en Holanda y Flandes. En los 2000 salta a la canción: actúa como cantautor y participa en unos 175 conciertos. Pero el escenario no es su ambiente favorito: «Me falta tanto un alto grado de extraversión como un hambre del aplauso». En el 2009 retoma la lingüística con el libro Taaltoerisme [Turismo lingüístico], sobre las lenguas de Europa. Tras su éxito en Holanda, se edita también en inglés, en la editorial Profile, de Londres, que acabara convirtiéndose, ya en 2014, en su obra más conocida: Lingo, «con un éxito más allá de mis sueños más secretos» como reconoce el autor. A petición de la editorial, escribe otro libro sobre los veinte idiomas más hablados en el mundo: Babel, del que ya hay ediciones en quince idiomas, desde el español y el noruego hasta el coreano y el vietnamita. Ha escrito algunos más en holandés: Vakantie in eigen taal [Vacaciones en la propia lengua] y De Dutchionary [El Dutchionario], sobre las expresiones inglesas que contienen la palabra «Dutch» (holandés). Ahora sigue trabajando en nuevos proyectos en esta misma línea. En su vida privada, su esposa Marleen y él viven en la ciudad de Amersfoort, tras haber vivido unos cuantos años en Ámsterdam. Viaja en bicicleta dentro y cerca de la ciudad, y en tren si es más lejos —ha reducido sus viajes en avión— porque considera que el cambio climático es nuestra principal amenaza.

Turismo lingüístico

‘Lingo’
Editorial Turner
Páginas 388

Lingo

Un libro adictivo repleto de datos entreverados de anécdotas sobre una Europa de 50 países, pero con ¡más de 70 lenguas! Un libro en el que averiguarás por qué los españoles hablamos como metralletas, por qué el francés delata algún problema edípico mal resuelto o por qué la lengua de signos no es internacional. Descubrirás muchos términos útiles e intraducibles, y entenderás mejor este extraño conjunto de rarezas, hallazgos, tradiciones, manías y herencias que llamamos Europa. Uno de los mejores libros divulgativos para conocer las lenguas de nuestros vecinos y pasar un buen rato página a página.

 

 

 

‘Babel’
Editorial Turner
Páginas 424

Babel

De los 6500 idiomas que hay en el mundo, solo necesitamos 20 para conversar con las tres cuartas partes de su población. Estos son los idiomas de que trata Babel. Como si fuera una lista de éxitos, parte del puesto 20, con el vietnamita (con 85 millones de hablantes) hasta los primeros puestos, ocupados por el español, el mandarín y el inglés, con sus 1500 millones, pasando por el tamil, el javanés, el suajili y el bengalí, entre otros grandes éxitos. Gaston Dorren, armado de su humor, nos dará un paseo profundizando en sus orígenes; sus contiendas para imponerse; los vacíos y los aciertos de sus vocabularios, o su capacidad para mezclarse con otros idiomas. Todo un paseo por la historia, la geografía, la lingüística y la cultura de los idiomas más extendidos.

 

 

Esta entrevista es uno de los contenidos del número 10 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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