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04 Ene 2021
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Lenguaje visual

Colores en las letras

Ana Cermeño

Pintamos la vida del color de nuestras emociones, hábitos y cultura. Los colores actúan sobre los sentimientos, los estados de ánimo y hasta la razón. Hasta las obras literarias se pueden ubicar en distintas zonas de la escala cromática

Los colores nos pintan la vida desde que nacemos. El de la piel, cuando los ojos son aún incapaces de enfocar, marca ya nuestra forma de percibirlos. El lugar donde vivimos, el idioma que usamos, la cultura de nuestra comunidad, la naturaleza y el contexto diseñan el modo particular que tenemos de interiorizarlos. Porque no existe la universalidad cromática. Aunque juegos y cuentos ilustrados establezcan prototipos básicos más o menos estandarizados, los interpretamos a través de la experiencia individual: cada persona percibe los matices de manera diferente.

Platón, Aristóteles y Leonardo da Vinci consideran el color como una cualidad de los objetos cuya percepción se relaciona siempre con los elementos de la naturaleza. Para Isaac Newton se trata de caracteres de la luz, no de la materia, cuyo origen está en su capacidad de ser refractados. Lo demostró cuando dejó entrar un rayo de sol en un cuarto oscuro y observó, a través de un prisma, que el haz se desplegaba en una serie de siete colores. Así nació el círculo cromático, que artistas e investigadores posteriores han ido matizando, como el escritor Goethe, quien sentó las bases de la psicología del color al introducir el concepto de percepción subjetiva de la escala: la relación entre la interpretación de los colores y la personalidad de quien mira. Fue más allá Eva Heller al afirmar que los colores actúan sobre los sentimientos, los estados de ánimo y hasta la razón. Las tesis de Heller siguen siendo, hoy en día, una excelente herramienta para terapeutas, diseñadores gráficos o de moda, decoradores, artistas y publicitarios.

La psicología del color encaja como un puzle estos elementos para enseñarnos a ordenar los colores y su singular lenguaje. Pero de niños, ajenos aún a hipótesis o especulaciones, escogemos un lapicero u otro en función de nuestra experiencia: pintamos la vida del color de nuestras emociones, hábitos y cultura; creamos nuestra propia teoría del color.

El baúl del arco iris

¿Qué fue antes, nuestra manera de comprender los colores o el lenguaje para nombrarlos? El abanico de teorías léxicas y semánticas sobre el color es abrumador. Percibamos todos o no los colores de la misma manera, lo que diferencia esas conjeturas es su modo de conceptualizar.

– La hipótesis del relativismo lingüístico asegura que la percepción de los colores depende de nuestra comunidad de habla. En ruso y en italiano, por ejemplo, existen dos colores diferentes para lo que los españoles llamamos «azul». En navajo, hay un solo color para el rango que nosotros dividimos en dos: el azul y el verde. Y otras lenguas combinan en solo dos términos («claro» y «oscuro») hasta entre doce y catorce colores.
– La teoría del universalismo y evolucionismo defiende que el lenguaje y nuestro modo de comprender los colores nacen simultáneamente; de ahí que la conceptualización de los colores sea similar en la mayoría de las lenguas.
– La teoría del significado considera que damos un nombre específico a las sensaciones que nos produce percibir un determinado color.

Mientras los teóricos del color defienden sus posiciones sobre si el blanco y el negro son verdaderos colores y establecen distinciones entre colores primarios, secundarios y mezclas subordinadas, los lingüistas investigan cómo el número de nombres que se asignan para representar los colores varía en las diferentes lenguas. Pero, aunque algunos autores afirman que podemos distinguir hasta nueve millones de tonalidades, las lenguas las agrupan en categorías cromáticas mucho más simples basándose en rasgos comunes compartidos. En realidad, a la hora de nombrar colores utilizamos muy pocas palabras, que acabamos por matizar, echando mano de la naturaleza, en sintagmas como «amarillo limón», «verde esmeralda» o «azul celeste».

En 1969, el antropólogo Brent Berlin y el lingüista Paul Kay publicaron su investigación sobre la categorización en el campo del color: Basic Color Terms: Their Universality and Evolution. El vocabulario cromático en diversas lenguas de Berlin y Kay concluye que hay universales semánticos: los idiomas asocian de una forma similar los colores, independientemente de su cultura y entorno, en un número limitado de entre dos y once términos básicos: blanco, negro, rojo, verde, amarillo, azul, marrón, púrpura, rosa, naranja y gris. La de Berlin y Kay es una teoría evolucionista en siete etapas cronológicas comunes a todas las lenguas, independientemente de su mayor o menor desarrollo:

1.- Los idiomas menos evolucionados solo distinguen dos términos: blanco y negro. Es el caso de una de las lenguas papuanas, el dani, que agrupa los colores negro, verde y azul en la palabra mili; y en el vocablo mola, el blanco, el amarillo y el rojo.
2.- Si se diferencia un término más de color, siempre es el rojo. En este grupo Berlin y Kay incluyen la lengua de los Tiv, una etnia de Nigeria.
3.-En este estadio se distinguen el verde o el amarillo, pero nunca los dos al mismo tiempo, como ocurre en el hanunuo, de Filipinas.
4.- Las lenguas que alcanzan esta etapa, como el tzeltal, de Chiapas, usan cinco denominaciones para diferenciar los colores: añaden el «verde» o el «amarillo», que, según el caso, no habían aparecido en la fase anterior.
5.-El azul se nombra ya en este estadio, que alcanza, por ejemplo, una de las hablas oficiales de la India, el tamil.
6.- Aparece el término marrón, como ocurre en el malayalam, también indio.
7.- La etapa final —en la que, según el estudio, se situarían todos los idiomas
desarrollados— reconoce, sin sumarlos en un orden concreto, los cuatro últimos colores básicos para Berlin y Kay: púrpura, rosa, naranja y gris.

Desde la publicación de Basic Color Terms: Their Universality and Evolution han aparecido numerosos estudios sobre la categorización del color, basados tanto en hipótesis relativistas como evolucionistas. Investigaciones que indagan, desde enfoques lingüísticos, semánticos, semióticos o antropológicos, la asociación que establecemos entre el color en nuestra mente y el lenguaje.

Una lengua de colores

Hablamos con colores; están en refranes y expresiones que utilizamos habitualmente. En español, la etimología de cada uno de ellos es tan diversa como el arco iris.

BLANCO

El nombre nos llega, curiosamente, a través de los caballos. Los invasores germánicos se referían a los equinos de color claro con la palabra blank, que significaba brillante. El castellano la adoptó en el siglo XII, desterrando para este uso los vocablos latinos albus y candidus, formas comunes hasta entonces de referirse a este acromático y que todavía siguen vigentes: un álbum es, al fin y al cabo, una sucesión de páginas en blanco.

Estar sin blanca. Durante el reinado de Juan I de Castilla, en el siglo XIV, se acuñó una moneda de plata y cobre llamada «la blanca». Conforme la aleación con plata empleada fue cada vez menor, la moneda se devaluó; de ahí la expresión «no tener ni blanca», que se sigue usando en la actualidad para decir que alguien está sin un céntimo.

Pasar la noche en blanco. En la Edad Media, la noche antes de ser investidos caballeros, los aspirantes se ataviaban con túnicas blancas, símbolo de la pureza de sus intenciones. La espera por entrar en la orden caballeresca se les hacía tan larga como las horas nocturnas que pasaban sin pegar ojo.

Blanquear dinero. Hay varias teorías sobre el origen de este modismo, pero sin duda la historia de Al Capone encaja como un guante. El gánster creó una cadena de lavanderías que le permitía «lavar» el dinero ganado en sus negocios criminales para luego poder invertirlo en negocios legales, más «limpios».

NEGRO

Al Capone. Las lavanderías con las que ocultaba sus ingresos originaron la expresión ‘blanquear dinero’.

Quizá la palabra negro tenga su origen en la forma protoindoeuropea nekw-t, que significa noche, pero su evolución natural procede de la forma latina nigrum.

Tocarle a uno la negra. En Grecia y Roma, los cargos públicos se decidían al azar, lanzando al aire habas blancas y negras. Las blancas simbolizaban la suerte venturosa; y las negras, la suerte adversa. La expresión, lo mismo que «tener la negra», está, pues, relacionada con la mala suerte.

Merienda de negros. Hay numerosas locuciones cuya procedencia nos remonta al comercio de esclavos africanos y que, aunque intentamos erradicarlas por su sesgo racista, siguen muy arraigadas en la lengua. En este caso, la expresión procede de las celebraciones con música y bailes tradicionales de los esclavos, que acababan muchas veces en trifulca por el vino en abundancia con que se regaban.

Dinero negro. El negro se asocia con muchas actividades oscuras, ilícitas. En los negocios son habituales las expresiones «trabajar en negro», para referirse a la ausencia de contrato legal en una relación laboral, y «dinero negro», el que procede de actividades ilegales y no se declara al fisco.

ROJO

Hasta el siglo XV, el castellano, para referirse al color de la sangre, utilizaba mayoritariamente las palabras «bermejo» o «colorado», aún vigentes, pero con un uso menor. El protoindoeuropeo reudh evolucionó hasta el latín russus, de donde se llega al «rojo» español.

Tarjeta roja. Expresión de origen muy actual que nace ligada al fútbol. El sistema de amonestación balompédico se le ocurrió al árbitro británico Ken Aston delante de un semáforo: se le encendieron las luces amarilla y roja, colores de las cartulinas que, oficialmente desde el Mundial de México de 1970, sirven para advertir a un jugador o para expulsarlo definitivamente del partido por saltarse el reglamento. En la actualidad, también empleamos la locución para referirnos a algo que está fuera de la norma.

En números rojos. Desde antes del nacimiento de Cristo, los chinos utilizaron varillas de color rojo para representar los números positivos y varillas de color negro para los números negativos. Sin embargo, en las cuentas bancarias que hoy conocemos los «descubiertos» se imprimen en guarismos rojos: de ahí la popular expresión «números rojos» para referirnos a nuestras deudas financieras.

Farolillo rojo. Antiguamente, el vagón final de cada tren iba equipado con un pequeño farol de luz roja que servía para comprobar que no se había soltado ningún furgón del convoy y para indicar a transeúntes o viajeros cuál era el último coche. El Tour de Francia comenzó a llamar lanterne rouge al ciclista peor clasificado de todos los que acaban la carrera, y de ahí la expresión «farolillo rojo» se universalizó en el mundo del deporte para referirse al más rezagado de la competición.

VERDE

La palabra verde la heredamos directamente del latín viridis para referirnos a lo que está vivo, a lo que es vigoroso, como la verdura.

Poner verde a alguien. Esta expresión pudo originarse por dos vías diferentes. Cuando algo empieza a descomponerse, forma una capa de moho muchas veces de color verde. Y a los apaleados les salen moratones que, en poco tiempo, se vuelven verdosos. En el español actual, ponemos verde a alguien cuando hablamos mal de él, pero también decimos que está verde una persona inmadura para la vida, en general, o para una actividad cualquiera, en particular.

Venía el villano vestido de verde. Aunque prácticamente en desuso hoy, esta expresión la asociamos al engaño o para señalar alguna intención o amenaza oculta. La frase se le atribuye a Isabel I de Castilla, nada amiga del ajo en la comida. En una ocasión, cuentan, se lo sirvieron en un plato, camuflado entre el perejil, y la reina, al sentir en la boca el sabor acre, exclamó: «Venía el villano vestido de verde».

A buenas horas mangas verdes. Los Reyes Católicos fundaron un cuerpo de seguridad, la Santa Hermandad, para atender con la mayor rapidez cualquier emergencia. Al parecer, la fuerza armada, que vestía uniforme con mangas verdes, era más bien poco diligente y tenía fama de llegar tarde a prestar auxilio. De ahí el dicho, aún popular, «A buenas horas mangas verdes», que se suele utilizar cuando algo o alguien muy esperado se produce o se presenta cuando ya no sirve para nada.

AZUL

El príncipe azul. La expresión, que alude a la pareja ideal, podría tener su origen en una leyenda húngara.

La palabra llega al español del árabe lazawárd, nombre del mineral lapislázuli, de aquel color.

Sangre azul. Las teorías sobre el origen de esta expresión son tan disparatadas como nada científicas. Pero parece claro que el único color azul de la sangre de los nobles, reales y aristócratas es el de sus venas, que en tiempos resaltaría especialmente sobre una piel pálida que nunca curtían los trabajos físicos ni los rigores de sol al aire libre.

El príncipe azul. ¿Los príncipes son azules porque tienen la sangre de ese color? En realidad, la expresión alude a la pareja ideal, perfecta, al héroe de tantas fábulas que rescata a su dama en apuros. Su origen podría estar, según apunta el escritor y profesor de literatura Severino Calleja, en una leyenda húngara del siglo XIX titulada El príncipe azul de la lágrima.

La División Azul. Bautizada por el ministro secretario general de FET y de las JONS, José Luis Arrese, así se conoce a la División Española de Voluntarios, la unidad militar de infantería que el régimen franquista envió para apoyar a las fuerzas terrestres del ejército nazi en la invasión de la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Las camisas del uniforme de los legionarios eran azules, símbolo distintivo de los falangistas.

MORADO

Procede del latín mora, fruta del moral (morum), que encontramos en el castellano desde el siglo XV.

Ponerse morado. Un empacho provoca que no llegue suficiente oxígeno al cerebro y que el tono de la piel se torne violáceo. Por eso decimos que alguien se ha puesto morado para indicar que ha comido mucho, pero a diferencia de en sus orígenes, aviso de enfermedad, hoy ese hartazgo morado es placentero.

Pasarlas moradas. Si estamos en una situación complicada, las pasamos moradas. Como en Andalucía, en tiempos duros de hambruna, se decía «Pasarlas con las morás y las partías», en referencia a quienes poco más tenían para llevarse a la boca que esas dos clases de aceitunas.

Tener un morado. Aunque su uso hoy se refiere sobre todo a los efectos provocados por un consumo excesivo de drogas, la expresión seguramente tenga que ver, en sus orígenes, con el color que deja en los labios el vino tinto.

AMARILLO

The Yellow Kid, protagonista de una tira cómica en diarios de EE. UU. que dio lugar a la expresión ‘prensa amarilla’.

Del latín amarus (amargo) y amarellus (pálido), «amarillo» se incorporó al español en el siglo XI.

La prensa amarilla. El origen del modismo remite al periodismo sensacionalista, manipulador y falto de rigor de los diarios estadounidenses New York World y New York Journal, cabeceras que, a finales del siglo XIX, publicaban una exitosa tira cómica protagonizada por The Yellow Kid, un chaval que vestía una camiseta larga de color amarillo. La primera referencia al concepto de prensa amarilla se debe a Erwin Wardman, editor del más serio New York Press, quien en 1898 publicó un artículo en el que definía el estilo de sus dos competidores jugando con una de las acepciones del término inglés «yellow» (amarillo): «We called them Yellow because they are Yellow» («Los llamamos amarillos porque son unos cobardes»).

Ser amarillo. En países como Perú, Colombia, Cuba y Francia, son amarillos los traidores, los esquiroles (palabra procedente del catalán), los soplones: aquellos que aceptan las normas de la autoridad sin actitud combativa. En Francia porque, en 1900, un nuevo sindicato de mineros contrarios a la huelga forró de papel amarillo las ventanas de su sede para distinguirse del rojo de las asociaciones de trabajadores socialistas. En América Latina el origen no está tan claro, pero algunos argumentan que amarillas eran las viviendas de clase obrera colombiana que, hace años, el gobierno adjudicaba a sus simpatizantes.

Tener un amarillo. La intoxicación por consumo de cannabis provoca que la piel adquiera un color amarillento; de ahí esa expresión que tiene, por los mismos motivos, otras variantes: «la blanca» o «la pálida».

Colores que se contradicen

Un mismo color puede expresar sentimientos contradictorios, por eso interpretamos su significado dependiendo del contexto.

Asociamos el negro con lo inquietante, con lo malo, con el pesimismo; pero si hablamos del universo de la moda, es el color de la elegancia. Lo mismo ocurre con el amarillo, que vinculamos con el oro y la riqueza, aunque también con la traición o la enfermedad. El azul sugiere calma y armonía; o monotonía y aburrimiento. El rojo va siempre ligado al amor y a la pasión; o, pues roja es la sangre, a la guerra, a la muerte. El verde, hoy inseparable de la ecología, representa la inmadurez tanto como la esperanza.

La elección del color puede resultar convencional o arbitraria. Durante la Segunda República española, el verde fue distintivo de los adeptos a Alfonso XIII, quienes, para mostrar su simpatía a la monarquía, en tiempos adversos, escribían con tinta verde o lucían pajaritas, corbatas y lazos de ese color. En este caso la elección tiene motivos lingüísticos, más que políticos: VERDE es acrónimo de «¡Viva el Rey de España!».

Juegos o chistes infantiles aparte (parece claro el color del caballo blanco de Santiago Apóstol), el origen de los modismos otras veces no resulta tan evidente. La caja negra de los aviones, trenes, barcos y naves espaciales no es caja ni negra, sino un dispositivo generalmente esférico o cilíndrico y pintado de colores fluorescentes —naranja, rojo o amarillo— para facilitar su localización en caso de accidente. Aunque los primeros registradores de vuelo sí eran negros, hay diversas  explicaciones, que apelan a la mecánica y a la psicología, sobre por qué los seguimos llamando «caja negra»: porque funcionaban en sus inicios como una cámara y por eso su interior tenía que ser negro, para evitar la entrada de luz; porque, al ser grabadoras que utilizaban cinta magnética, debía estar dentro de una caja que se pintaba de negro para protegerla de la oxidación; porque registran información de sucesos sombríos y luctuosos.

¿O por qué prensa rosa, si es la del periodismo del corazón, tan rojo? En otros países, como Inglaterra o Francia, se andan con menos sutilezas y a las noticias sobre el famoseo las califican de chismes en su versión más amable. El sintagma «prensa rosa» se usa en Italia y en España (desde mediados del siglo pasado), seguramente por influencia de «novela rosa», donde todo se ve y vive «de color de rosa», o porque las principales consumidoras del género son mujeres y el rosa lleva mucho tiempo asociado a lo femenino en la cultura occidental.

El mar Rojo y el mar Negro no son de esos colores. Hay muchos factores, particulares en cada zona, que determinan el cromatismo del agua, siempre incolora: la función clorofílica del plancton autóctono, la contaminación, la arena del fondo, las algas o las rocas, o la luz reflejada. Entre todas las teorías de por porqué los llamamos mar Rojo y mar Negro, nos gusta la que afirma que, en algunos idiomas asiáticos, esos colores se corresponden en las brújulas con direcciones geográficas donde el rojo señalaría el sur; y el negro, el norte.

Un lugar, un significado

Fiesta de San Patricio, en Dublín. La felicidad en Irlanda se pinta de verde, su color nacional.

El color es un lenguaje de signos, una forma de comunicarnos, un diálogo. Pero un mismo color se carga de significados diferentes según la parte del planeta en la que nos encontremos y así debemos de entenderlos.

El vocabulario para designar el amarillo entre los habitantes del desierto es muy extenso, igual que para matizar los diferentes blancos entre los esquimales o el rojo entre los maorís. El nombre va mucho más allá de la simple acotación de un color: apunta a la necesidad de comunicar un estado de ánimo, una emoción o un sentimiento que los hablantes de una misma comunidad comprenden inmediatamente con un término concreto, diferente en otra sociedad. Los colores son una estupenda ventana para conocer las lenguas y culturas de todo el mundo.

El tinte de la alegría. La felicidad en Irlanda se pinta de verde, su color nacional; el de los tréboles y el de la festividad de San Patricio; símbolo de la buena suerte. La alegría y la salud son azules en Latinoamérica. En las culturas orientales y asiáticas, las novias se casan habitualmente de rojo porque creen que les traerá suerte y la felicidad. Esa connotación positiva también la tiene el rojo en los lugares fríos, como en Rusia, donde algo rojo es algo bueno o algo bello: la plaza Roja de Moscú (la Krásnaya plóshchad) no es la plaza del color asociado con el comunismo, sino la plaza hermosa. En países africanos, el amarillo, color del oro, va asociado al éxito y a la prosperidad, y sus tonalidades se reservan solo para las prendas y adornos de personas de alto rango. También en Tailandia, donde se asocia con el lunes, fecha de la suerte y en la que se rinde homenaje al rey; por eso no resulta extraño ver a tailandeses vestidos de amarillo el primer día de la semana. En Taiwán, pero también en la cultura de Occidente, la escala vira al naranja y sus derivados para representar la alegría y la diversión.

El tinte de la tristeza. En Grecia, el amarillo es el color de la tristeza. Y el de la mala suerte en el mundo del teatro, donde la leyenda lo relaciona con la muerte de Molière, supuestamente vestido de amarillo el día fatal, justo el del estreno de El enfermo imaginario. En realidad, ni el dramaturgo francés ni su protagonista Argán llevaban aquella jornada prenda amarilla alguna. De hecho, en Francia, el gafe escénico se asocia al verde; en Italia, al morado; y en Gran Bretaña, al azul. En cualquier caso, el amarillo sí se ha convertido en Occidente en el color de la tristeza, de la enfermedad, de la traición y de la mentira, mientras que las connotaciones positivas se las ha quedado el dorado de las joyas brillantes.

En nuestra cultura también el negro y el gris evocan la tristeza, al igual que el azul, vinculado con la depresión en su connotación más negativa. En Latinoamérica pintan lo triste de color púrpura; en la India, de morado. En la Antigua Roma era señal de desgracia tener los ojos azules, mientras que en el Antiguo Egipto se asociaba el rojo con lo malo y lo destructivo. Los árabes interpretan desolación y derrota en el naranja. La pena en Tailandia siempre viste de negro.

El tinte del amor. Percibimos los sentimientos más intensos con colores llamativos. En la mayor parte del planeta es habitual representar el amor y la pasión con la fuerza del rojo, igual que la lujuria y el sexo, que tienen por escenario «barrios rojos» en algunas ciudades europeas. Pero el romance también se asocia con el más dulce rosa, o con el naranja —para los japoneses, el color más positivo: el kagami mochi, pastel tradicional para desear un buen comienzo de año, lleva en su cima una naranja—, y con el violeta, símbolo asimismo del desamor, quizá porque el corazón, cuando deja de vibrar, malogra el encarnado y se torna violáceo.

El gris del plomo —del peso de un mundo que se nos cae encima— escenifica el mal de amores de forma muy visual. Los celos en el amor también se colorean: en Europa, Estados Unidos y China son verdes, con algunas excepciones como Francia, que los pinta de amarillo.

El tinte de la muerte. A través del luto, exteriorizamos nuestro dolor y pena por la muerte. Su color es una construcción religiosa y cultural que asumimos por herencia. Mientras que en los países occidentales esa pérdida, esa oscuridad, esa tristeza la representa el negro, en países como Japón, China y Corea lo hace el blanco, símbolo de la pureza del alma que se va, de la palidez de la muerte. En la India el duelo tiene la candidez del blanco y en ciertas comunidades el marrón de la tierra; en Sudáfrica, el rojo de la sangre que deja de fluir; en algunas culturas sudamericanas, el verde o el amarillo. En Siria, igual que en Irán y México, concentran en el azul celeste su deseo de que los seres queridos viajen hasta el cielo. En Brasil y Tailandia viven la muerte como una penitencia, expresada de color púrpura. En Egipto como en Etiopía el luto se viste de naranja o amarillo, y en Nueva Guinea, de gris.

Los pintores escriben con colores

Muchos de los grandes maestros de todos los tiempos se distinguen por los tonos que predominan en sus paletas y que acaban dando un sello personal a su obra

Además de por sus característicos trazos, los pintores también se distinguen por los colores que predominan en sus paletas, con los que definen la personalidad de sus obras. Sus pinceladas se van transformando dependiendo de etapas, estados de ánimo o según las sensaciones que se intentan plasmar en el lienzo. Pero hay artistas que, por la dominancia de una gama cromática en sus obras, permanecen vinculados a ese determinado color.

Pintores

Gustav Klimt es dorado. Desde su viaje a Rávena, fascinado por el color oro de los mosaicos, el dorado envolvió su pintura y se convirtió en elemento dominante de sus cuadros, junto con la sensualidad y la figura de la mujer.

Pablo Picasso es azul. La etapa más obsesiva del pintor tuvo como detonante el suicidio de un gran amigo. A través de la gama de azules, Picasso transmitió la melancolía, la tristeza y la desesperación que sentía.

Henri Matisse es rojo. En un viaje a África, los colores vibrantes y brillantes calaron en su forma de ambientar su obra. Comenzó a colorear indiscriminadamente con rojo, color que pasó a primar sobre el tema o la forma.

Vincent van Gogh es amarillo. Por decisión del artista o, según algunos, porque el pintor holandés padecía una perturbación visual, la xantopsia, que provoca que el ojo perciba los objetos en tonos amarillentos.

Claude Monet es violeta. «Es violeta, el aire fresco es violeta. Dentro de tres años todo el mundo pintará de violeta», llegó a afirmar. Y llevó esa creencia a sus cuadros, donde hasta las sombras y la atmósfera se perciben de ese color.

pintores

Henri de Toulouse-Lautrec es naranja. El naranja representa la fiesta, la alegría, la diversión; con el naranja quería llenar de luz y brillo sus cuadros. Y esos son los tonos que dominan en las faldas y en el color del pelo de sus bailarinas; en las paredes y en los ambientes de los clubes y cafés parisinos que inmortalizó.

Edvard Munch es verde. El verde subraya el gesto de horror de El grito. En su paleta, Munch extendió toda la gama de ese color no solo para teñir fondos y ropajes, sino para pintar la tristeza y la desolación.

Paul Klee es rosa. En su obra Rosal, el maestro del color de la Bauhaus imparte magisterios sobre la combinación y contraste del rosa. Cuando utiliza toda esa gama, el lenguaje de sus trazos tiene un sentido lúdico, más infantil e imaginativo.

Rembrandt es marrón. Los pigmentos terrosos predominan en la paleta del pintor barroco. Colores oscuros, marrones, con matices diferentes para iluminar y dar profundidad a los cuadros. La tinta es marrón en sus representativos dibujos a pluma o pincel.

Isabel Quintanilla es gris. Utiliza el lápiz, carboncillo y grafito difuminados para crear en sus cuadros tonos claroscuros de luz. En los dibujos, el grafito aporta ese lustre metálico y gris tan característico de su obra realista.

Los escritores también colorean palabras

Los colores tienen la habilidad de contar historias. La escritura es físicamente acromática, negro sobre blanco, pero en prosa y verso el color pinta más de lo que aparenta. La literatura exige colores para singularizar objetos o paisajes y provocar sensaciones. Los autores estimulan con ellos la imaginación del lector. ¿Tienen colores las obras literarias? Autores como Vargas Llosa, en La casa verde; Sthendal, en Rojo y negro; o Rubén Darío, en Azul, colorean explícitamente los títulos. Otras veces, el color está entre sus líneas, como el verde en Don Quijote de la Mancha: Miguel de Cervantes verdea toda su obra, según escribió el doctor Thebussem, seudónimo de Mariano Pardo de Figueroa, en su divertida epístola Cervantes y lo verde, de 1869.

La artista británica Jaz Parkinson indaga en cómo la mente humana puede transformar una palabra de texto en un color y va mucho más allá en el estudio del color de las obras literarias, concluyendo que cada una de ellas tiene su propio y único espectro cromático. En su proyecto Firmas de color, Parkinson propone singulares arco iris, plasmados en portadas exclusivas, para clásicos como Romeo y Julieta, El maravilloso mago de Oz, El gran Gastby, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas o El Principito. Para la creación de sus tablas de color se basa, además de en el lenguaje cromático empleado por cada autor, en el de las ilustraciones de las obras: para el clásico de Saint-Exupéry, por ejemplo, Parkinson se valió de la paleta de color de las acuarelas que acompañan al texto, completando así la ausencia de descripciones del protagonista.

Tan solo con la frase, o con las escasas palabras de un título, un grupo de diseñadores de Manchester, Dorothy, ha creado El color de los libros, una hermosa rueda de color, inspirada en el tradicional diseño del círculo cromático, que muestra el posible lomo de más de 300 libros ordenados por sus colores. Los títulos no siempre contienen la palabra que designa el color, pero siempre la sugieren. El color de los libros incluye desde clásicos como Belleza negra, de Anna Sewell; La Pimpinela Escarlata, de Emma Orczy; Ana la de las tejas verdes, de Lucy Maud Montgomery; El color púrpura, de Alice Walker; o el poema narrativo ‘El cuervo’, de Allan Poe, hasta obras de la literatura contemporánea que, como reconocen sus diseñadores, están entre sus lecturas favoritas, caso de El jilguero, de Donna Tartt; Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie; o La dalia negra, de James Ellroy.

El color de los libros separa los lomos de los libros adjudicando, por ejemplo, un rojo más vivo y brillante a El libro rojo, de Carl Gustav Jung, mientras que es más apagado el matiz de La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne. Y en el caso de los azules, establece diez variaciones en la gama, en la que caben El país del agua, de Graham Swift; Espejismos, de Alyson Noël; Un par de ojos azules, de Thomas Hardy; o El espía que llegó del frío, de John le Carré.

La literatura y las palabras, en fin, también pueden ser arte visual.

 

Este reportaje es uno de los contenidos del número 8 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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