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22 Jun 2024
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Los mejores en castellano, seleccionados, comentados y recitados por el editor y director de Archiletras.

Arsenio Escolar

Periodista, filólogo, escritor y editor. Fundé Archiletras en 2018 tras darle vueltas al proyecto durante 35 años.

Bécquer, en ocho rimas memorables

Si os hablo de un tal Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida, seguramente ni os suene. Si os cito a sus amigos Narciso Campillo, Augusto Ferrán y José Casado del Alisal, es probable que tampoco. Pero sin los poemas de aquel primero y sin la generosidad económica de estos tres últimos la poesía en español no hubiera entrado en la modernidad cuando entró y algunos de nuestros principales poetas del último siglo y medio no hubieran existido.

Ya lo habréis adivinado. Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida era el nombre real de Gustavo Adolfo Bécquer. 

Gustavo Adolfo nació en Sevilla, en 1836, y murió en Madrid muy joven, de tuberculosis, en 1870. Tenía solo 34 años. Fueron 34 años de vida enfermiza, azarosa, en parte nómada, con éxito literario sólo en la etapa final y por lo general una vida más llena de fracasos que de éxitos, de desamor que de amor, de amores contrariados que de amores felices.

El poeta luego llamado Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla en 1836. Tanto él como su padre y su hermano Valeriano, que eran pintores, tomaron el Bécquer de un antepasado lejano de origen holandés o alemán. 

Cuando Gustavo Adolfo murió era poco conocido. En vida, había publicado algunos de sus versos en periódicos de la época, pero la mayor parte de su obra estaba inédita. Se conoció gracias al impulso de algunos amigos -los escritores Narciso Campillo y Augusto Ferrán y el pintor José Casado del Alisal- que la recopilaron, la ordenaron y la publicaron para ayudar económicamente a la viuda y los huérfanos del poeta. Sin esa iniciativa de esos tres amigos, Bécquer sería hoy probablemente un poeta olvidado, y la historia reciente de nuestra literatura hubiera sido otra muy distinta. 

Muy distinta y probablemente más pobre. Durante su agonía, el poeta le pidió a su amigo Augusto Ferrán que quemase sus cartas y que intentara que se publicase su obra. Le dijo incluso esto Bécquer a Ferrán: «Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que de muerto seré más y mejor conocido que vivo».

Tenía razón, mucha razón. En Bécquer beben y se nutren desde Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez a Federico García Lorca y Rafael Alberti, en España, y desde Rubén Darío a Pablo Neruda, en América. Todos ellos reconocieron a Bécquer como uno de sus maestros.

De los tiempos de Bécquer, las décadas centrales del siglo XIX, sólo han quedado tres grandes nombres en nuestra poesía. El del propio Bécquer; el de Espronceda, que era bastante mayor, y el de Rosalía de Castro, que era algo más joven que el sevillano.

Tras la muerte de Becquer, los amigos, esos tres amigos que antes mencionábamos, abrieron una suscripción pública para recaudar fondos y editaron en 1871 una primera recopilación de poemas que titularon Rimas. Eran en total 76 los poemas que figuraban en aquella primera recopilación, posteriormente se agregaron algunas más. Los poemas no llevan título, sólo el número en romanos que sirve para identificarlos.

Algunas de esas rimas de Bécquer figuran por derecho propio en las mejores antologías de la poesía en español de todos los tiempos. Si yo fuera el antólogo, incluiría estas ocho que os voy a decir ahora. 

Empezamos por la rima I, que dice así:

Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de este himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.
Yo quisiera escribirlo, del hombre
domando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.
Pero en vano es luchar; que no hay cifra
capaz de encerrarle, y apenas ¡oh hermosa!
si teniendo en mis manos las tuyas
pudiera, al oído, cantártelo a solas.

Lirismo intimista, reflexión emocionada, ese aire triste del tardorromanticismo… Y en la forma, versos de diferentes métricas y, casi siempre, rimas asonantes en los pares. 

Rima asonante también en los pares nos encontramos en esta otra rima, la VII, la del arpa. Dice así:

Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga «Levántate y anda»!

Seguimos… La rima X es una de mis favoritas. ¡Ay, ese aire de misterio que no se resuelve hasta el último verso! Dice así:

Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en olas de armonías,
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran… ¿Qué sucede?
¿Dime?
¡Silencio! ¡Es el amor que pasa!

Las Rimas de Bécquer darían para un pódcast completo de unos cuantos episodios. La suya es una poesía tan concentrada, tan intensa, que conviene respirar entre un poema y el siguiente. Hay que espaciarlos. Mira la rima XXIII, de sólo cuatro versos octosílabos y tan memorable, 

Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso… yo no sé
qué te diera por un beso.

O la XXXVIII, también de cuatro versos, tres de ellos endecasílabos y el último un heptasílabo. Y también, como antes, como en la anterior, con rima asonante en los pares. Dice así:

Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
¿sabes tú adónde va?

Ahora, otro poema de Bécquer muy breve, también de cuatro versos, la rima XXI. Un bello poema de amor que es además casi una poética. Dice así: 

¿Qué es poesía?, dices, mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul,
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.

Vamos a ir acabando, Vamos a ir acabando este somero repaso por uno de los indiscutibles poetas mayores de todos los tiempos en español. Penúltimo poema de hoy, la Rima LII de Gustavo Adolfo Bécquer. Dice así: 

Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!

Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!

Llevadme por piedad a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!

Y para terminar, un canto a la fatalidad, al tiempo perdido y sobre todo a los amores perdidos. Es la Rima LIII de Gustavo Adolfo Bécquer, una de las más célebres, de las más intensas, de las más tristes. Dice así:

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres…
¡esas… no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.

Pero aquellas, cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día…
¡esas… no volverán!

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido…; desengáñate,
¡así… no te querrán!