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06 Jul 2024
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Los mejores en castellano, seleccionados, comentados y recitados por el editor y director de Archiletras.

Arsenio Escolar

Periodista, filólogo, escritor y editor. Fundé Archiletras en 2018 tras darle vueltas al proyecto durante 35 años.

Ángela Figuera no quiere que le tapen la boca 

Profesora. Bibliotecaria. Republicana, perdedora de la guerra civil, represaliada. Hoy os traigo a una poeta menos conocida, estudiada y leída de lo que merece. Se llama Ángela Figuera Aymerich. 

Ángela Figuera Aymerich nació en Bilbao en 1902, en una familia de clase media. Contra la voluntad de su padre, estudió Filosofía y Letras, primero en la Universidad de Valladolid y luego en la Complutense de Madrid. Logró por unas oposiciones convertirse en profesora de lengua y literatura de enseñanza media. Su primer destino fue Huelva. Fue también, entre otros oficios, bibliotecaria: en la Biblioteca Nacional y en los primeros bibliobuses que llevaban libros a los barrios más humildes de Madrid. 

Años después de aquellas oposiciones, el franquismo le quitó el título de profesora y la plaza. La represión le vino por sí misma y por su marido, Julio, un ingeniero y militante socialista que durante la guerra se había alistado en el ejército republicano.

La pareja perdió un primer hijo en 1935, en el parto. Murió al ser extraído con fórceps. El segundo, Juan Ramón, nació en Madrid el penúltimo día de diciembre del 36, justo cuando la ciudad sufría un intenso bombardeo de los sublevados. Ángela escribiría que su hijo había nacido “con salvas, como los reyes”. A esos días finales de su embarazo se refiere un poema que escribió mucho tiempo después. Se titula Bombardeo. Lo dirige y lo dedica a su marido. Y comienza así:

Yo no iba sola entonces. Iba llena
de ti y de mí. Colmada, verdecida,
me erguía como grávida montaña
de tierra fértil donde la simiente
se esponja y apresura para el brote.
Era mi carne, tensa y ahuecada,
nido cerrado que abrigaba el vuelo
de un ala sin plumón y con grillete:
casi cristal y casi sueño. Tierna.
Iba llena de gracia por los días
desde la anunciación hasta la rosa.
Pero ellos no podían, ciegos,
brutos, respetar el portento.
Rugieron. Embistieron encrespados.
Lanzaron sobre mí y mi contenido
un huracán de rayos y metralla.
Del más bello horizonte, del más puro
cielo de otoño vomitaron lluvia
de ciegos mecanismos destructores
que desataban sobre el cauce seco
del callejero asfalto sorprendido
los ríos de la sangre.
Que apedreaban con cascote y hierro
la carne desarmada,
la risa de los niños, los cabellos
de las muchachas, los henchidos senos
de las nodrizas, la rugosa frente
de los viejos cansados,
los anchos ojos de los colegiales
y el tórax trepidante de los mozos.
(…)

El poema, bello, intenso y durísimo, es mucho más largo. Enlaza de algún modo, o al menos así me lo parece a mí, con este otro, titulado Rebelión, que dice así:

Serán las madres las que digan: basta.
Esas mujeres que acarrean siglos
de laboreo dócil, de paciencia,
igual que vacas mansas y seguras
que tristemente alumbran y consienten
con un mugido largo y quejumbroso
el robo y sacrificio de su cría.

Serán las madres todas rehusando
ceder sus vientres al trabajo inútil
de concebir tan sólo hacia la fosa.
De dar fruto a la vida cuando saben
que no ha de madurar entre sus ramas.
No más parir abeles y caínes.
Ninguna querrá dar pasto sumiso
al odio que supura incoercible
desde los cuatro puntos cardinales.
(…)

Como Bombardeo, también Rebelión es un poema mucho más largo, bello e intenso. Ese endecasílabo, ese grito de madre al resto de las madres, “No más parir abeles y caínes”, es digno de figurar en las mejores antologías.

Perdedores de la guerra, represaliados, Ángela y su marido intentaron en los años cuarenta abrirse camino en Madrid. Fueron tiempos difíciles. Tanto que a finales de aquella década ella se retiró durante un tiempo con su hijo a Soria. 

En 1948 publica su primer poemario, Mujer de barro. Un año más tarde, otro libro de poemas, Soria pura, un homenaje a la ciudad donde había recuperado una cierta tranquilidad y a su admirado Antonio Machado, también soriano de adopción. A este último poemario pertenecen estos versos dirigidos al poeta sevillano:

Me fui con tu libro allí
y luego no hacía falta:
todos tus versos, Antonio,
el Duero me los cantaba.
Siempre los canta

La tranquilidad de Soria fue un paréntesis en la intensa vida de Ángela Figuera Aymerich.

Los expertos encuadran a nuestra creadora de hoy en la poesía desarraigada, esa corriente poética de carácter social, pesimista y angustiada de la posguerra de la que ya hablamos aquí cuando os traje a Rafael Morales

Junto a dos paisanos suyos, el donostiarra Gabriel Celaya y el también bilbaíno Blas de Otero, Ángela Figuera forma el llamado «triunvirato vasco» de esa poesía social y casi existencialista de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo.

Ángela publicó poesía durante cuarenta años. Fue elogiada por Juan Ramón Jiménez, por Pablo Neruda, por León Felipe, por Max Aub, por Carmen Conde. Fue más leída, conocida y elogiada fuera de España, por los poetas del exilio, que por sus contemporáneos que se habían quedado en España durante el franquismo. De hecho, la consagró un poemario, Belleza cruel, que hubiera sido difícil publicar en España y que se publicó en México, en 1958. A ese libro, para muchos el más completo de la autora, pertenece el poema El cielo. Es un largo poema en el que se dirige a sus colegas los poetas sin intención social, los que ella llama “estetas defensores / del pájaro y la rosa y el mundo está bien hecho”, los que cantan “al cielo en primavera / porque es azul y estalla la gracia y la poesía”… Un largo poema que es en realidad una declaración de intenciones, una poética, y que acaba diciendo así:

No puede verse el cielo desde el fondo del cáncer,
desde el fondo más hondo del infierno más negro,
desde el fondo de todos los que están en el fondo,
los que son tierra sucia que pisáis sin mirarla
cuando vais extasiados por las líricas nubes.

Vamos a ir acabando. Vamos a conocer un poco más a Ángela Figuera. Mira este otro poema. Se titula Símbolo, y dice así:

Llega una mano de oro luciendo un diamante
una mano de hierro gobernando unas riendas,
una mano de niebla donde canta una alondra:
yo las dejo pasar

Llega una mano roja empuñando una espada,
llega una mano pálida llevando una amatista,
llega una mano blanca que ofrece una azucena:
yo las dejo pasar.

Llega una mano sucia que sujeta un arado:
la tomo entre las mías y nos vamos a arar.

Tras muchos años en diversas ciudades, ganándose la vida con variados oficios y destinos poco estables, Ángela Figuera y su marido, recién jubilado, volvieron en 1971 a Madrid. Y en Madrid murió Ángela Figuera Aymerich, el 2 de abril de 1984, tras una larga enfermedad.

 Vamos a acabar casi en el principio. En su primer poemario, Mujer de barro, de 1948. A él pertenece este poema, titulado No quiero. Son los tiempos durísimos de la postguerra; durísimos especialmente para los perdedores. Tiempos de estrecheces y de carencias, y no solo materiales. Muy pocos desde dentro de España le dijeron en letra impresa al régimen franquista tantas verdades como Ángela Figuera en esta cincuentena de versos desnudos de todo artificio, sin rima alguna, sin medida o estrofa estable, pero de un gran aliento poético. No quiero dice así:

No quiero
que los besos se paguen
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa
ni se alquile el aliento.
No quiero
que el trigo se queme y el pan se escatime.

No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.

No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.

No quiero
que el labriego trabaje sin agua
que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas,
que en la mina no vean la aurora,
que en la escuela no ría el maestro.

No quiero
que las madres no tengan perfumes,
que las mozas no tengan amores,
que los padres no tengan tabaco,
que a los niños les pongan los Reyes
camisetas de punto y cuadernos.

No quiero
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas
que en los trajes se pongan señales.

No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro;
que jamás se disparen fusiles
que jamás se fabriquen fusiles.

No quiero
que me manden Fulano y Mengano,
que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos
que decreten lo que es poesía.

No quiero amar en secreto,
llorar en secreto
cantar en secreto.

No quiero
que me tapen la boca
cuando digo NO QUIERO…