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Daniel Díaz

21 Mar 2022
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Firmas

Vivir del cuento

Imagínate libre, cada día, todos los días. Imagina que tu único objetivo es la escritura. Escribir, escribir y escribir, sólo eso. Principalmente novelas. Y cuentos. Y el trabajo intramuros que conlleva: mapas de tramas, personajes, diálogos, conflictos, borradores, correcciones, etcétera. Imagina además que no tienes jefes. Ni horarios de obligado cumplimiento. Ni un lugar de trabajo lejos de casa y, por tanto, no hay despertadores a las siete menos cuarto, ni atascos, ni tiempos perdidos, ni tuppers con ensaladas de pasta en salas corporativas. Suena fantástico, ¿no crees? El sueño de todo aquel que odie los lunes. Ahora bien, conseguiste renunciar a lo malo, te quedaste con lo bueno, y en lo sucesivo deberás enfrentarte a tu propia mismidad. O dicho de otro modo: tendrás que marcarte objetivos y cumplir tus propios plazos. Porque no eres rico, dato importante. Sabes que aquello que produzcas ha de darte de comer. A ser posible cada día, todos los días.

Olvidaste algo: no eres una máquina. Tienes sentimientos y esto implica que, a lo largo del día, de los días, irás pasando por momentos buenos, momentos regulares y momentos realmente malos. En tu caso, aunque sueles llevarte razonablemente bien contigo mismo, a ratos no puedes evitar los nubarrones y te asaltan las dudas: ¿habrás tomado el camino adecuado? Tiempo atrás tenías un taxi, que era una fuente inagotable de historias. Salías a la calle y las tramas, los personajes, venían a ti. Hablabas con extraños y a menudo extraías de ellos relatos asombrosos; o en su defecto, torrentes de estímulos que a la postre te servían de motor para escribir. Te movías constantemente (de hecho, todos tus escritos eran fruto de la inercia). Tal era el vaivén que llegó a faltarte tiempo. No encontrabas horas para darte a la escritura. Y en parte por eso decidiste dar el paso, vender tu taxi y abandonar Madrid. Rompiste el cordón umbilical que te unía a la ciudad porque había nutrientes de sobra en tu lado del ombligo (ahora no puedes evitar imaginarte usando tu cordón como un bolígrafo y esa imagen te resulta fascinante y a la vez perturbadora). Cambiaste de casa, de ciudad. Montaste un despacho a escasos cinco pasos de tu cama y a diez minutos del mar. Y todo en apenas un mes, fue un cambio brusco. Tu cuerpo y tu mente viajaron a ritmos distintos y aún hoy continúan buscando acoplarse.

Ahora vives encerrado y, sin embargo, eres libre cada día, todos los días. Empleas tu tiempo en lo que siempre has deseado. Escribes más que nunca, lees más que nunca y has vuelto a ver pelis y series con regularidad. Llegaste a colgar un espejo retrovisor en tu escritorio para sentir lo mismo que en aquel taxi (la vida invertida siempre a tu espalda, soplándote el cogote). Y escribes en base a ideas que antes guardabas en la guantera. Ahora sabes qué significa airear un texto y dejarlo reposar en el cajón, macerando las palabras. También borras; aprendiste a borrar sin dolor en la conciencia. Aprendiste a tachar párrafos completos, no pasa nada. Aprendiste a mimar ciertas palabras (no todas merecen ser mimadas: en las palabras también hay jerarquías). Ahora manejas la tensión narrativa valiéndote de técnicas que antes empleabas sin saberlo, instintiva o intuitivamente. Aprendiste que, antes de empezar a escribir, conviene conocer qué voz encaja mejor. Y qué tiempo verbal encaja mejor. Y qué ritmo encaja mejor. Un ritmo que viene dado por la construcción de las frases; pero también por la morfología de las palabras. Que no es lo mismo decir «inmediatamente» que «ya», quieres decir. No es lo mismo ahogarte en una ciénaga en presente que en pretérito imperfecto. A menudo el narrador omnisciente puede valerse de trucos narrativos imposibles en una primera o segunda persona. Son detalles que, ahora sabes, conviene tener en cuenta antes de iniciar cualquier proyecto. Ganarás más tiempo si estructuras previamente que si escribes a lo loco tapando charcos con cartones.

Ahora sabes que hay días que abundan las ideas y, sin embargo, te ves incapaz de llevarlas al papel. Y a la inversa: días que escribes como al dictado del susurro de las musas pero falta contenido y queda pobre. Y días que todo se conjuga en una especie de equilibrio cósmico y conviene exprimirlos hasta el final. En cualquiera de los casos viene bien conocerte. Saber de antemano cuánto puedes dar de ti y hasta dónde eres capaz de llegar. Si el cursor de la pantalla parpadea demasiado, es mejor dejarlo un rato y bajarte a pasear o al bar de la esquina. Porque estar sentado ahí, enfrentándote al vacío, es horrible. No compensa el sufrimiento. O mejor: ocupa ese tiempo en labores de oficina. Corrige textos, maqueta, ordena tu escritorio y tu cabeza.

Los periodos improductivos son más duros si bien pretendes, como es el caso, monetizar lo que escribes. Has pensado mucho en esto y sólo puedes concluir que lo único importante es tu propia capacidad de abstracción. Sólo te salva estar obsesionado. Y tener bien presente qué técnicas se amoldarán mejor, tirar de oficio, y cuál es tu máximo nivel para no perder el tiempo. Que tus textos rezumen verdad, y para eso has de aprender a volar a un palmo exacto del suelo (con más altura podrías hacerte daño). Sabes bien que la clave del éxito no consiste solamente en tener ideas frescas y buena sintaxis. Hay ejemplos a raudales de escritores geniales que apenas venden poco o nada y, a la contra, autores malísimos copando los listados de bestsellers. El marketing funciona aunque no siempre, además de otros factores como el entorno y la suerte (cuya fórmula, por cierto, nunca nadie conseguirá descifrar). Conviene, eso siempre, fijarte en autores de éxito que a su vez sean buenos en su oficio. Y no copiar lo que hacen, sino tenerlos en cuenta: aprender de sus aciertos, de sus giros, de sus tramas, de su estilo. Es decir, si sólo piensas en el modo de vender lo que escribes, si piensas solamente en pagar tus facturas o en la Agencia Tributaria, habrás muerto antes de nacer, o peor: sacarás un subproducto impostado que sin duda acabará, en el mejor de los casos, nivelando la mesa coja del salón. Si quieres escribir, escribe, lee y vuelve a escribir. Escribe mucho y lo mejor que puedas. Escribe a bocanadas. Suéltalo todo a cada rato. Pero no cinceles en mármol palabras que no sientas como propias. Y si te cuesta estar seguro de tu rumbo, disimula. Finge lo contrario. Lima el manuscrito hasta no dejar ni rastro de esas dudas. O haz como yo y escribe en segunda persona.

 

Este artículo de Daniel Díaz es uno de los contenidos del número 13 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras.
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