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07 May 2019
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Reportajes

Lunfardo, la seña identitaria del español rioplatense

Cristina T. Guimarey

Un repertorio lingüístico popular que surgió en los arrabales y que fue asociado con la mala vida. Es fruto del ‘quilombo’ de lenguas que provocó el aluvión inmigratorio

Che, chabón, ¿te tomás el bondi?», le preguntaría hoy cualquier joven de Buenos Aires a otro para saber si comparten autobús. Si les ha costado entenderlo, no se preocupen, porque la mayor parte de las palabras que utiliza esta frase están escritas en lunfardo, un repertorio lingüístico popular que nació a orillas del Río de la Plata ante la necesidad de comunicarse que tenían los millones de migrantes que llegaron al puerto de Buenos Aires en los siglos XIX y XX, y que hoy es seña identitaria del español que se habla en Argentina.

Son aproximadamente 6.000 términos, según la Academia Porteña del Lunfardo, muchos de ellos en desuso, a los que recurre la gente
continuamente, pero su origen es mucho más complejo. Surgió en los arrabales de las ciudades rioplatenses —Buenos Aires, Montevideo, La Plata—  y se propagó rápidamente entre los hablantes. «En muy poco tiempo se generó una Torre de Babel horizontal» que tuvo como «laboratorio improvisado» los conventillos, esos humildes inquilinatos multiétnicos en los que convivían los migrantes recién llegados, explica a Archiletras el académico y experto en lunfardo Daniel Antoniotti. En un primer momento fue asociado equivocadamente con la «mala vida» e incluso fue catalogado por sus primeros investigadores, policías y abogados, como una jerga delictiva. El tiempo demostró que no era así, aunque hoy en día lunfardo siga siendo sinónimo de ‘ladrón’, por derivar del gentilicio italiano ‘lombardo’, conocidos por su fama nada popular de usureros. «¡Chorra!… Me robaste hasta el amor…», que cantaría Carlos Gardel.

Fue en 1953 cuando el lunfardo logra salir del ‘limbo idiomático’ en el que estaba gracias al escritor argentino José Gobello, quien con su libro Lunfardía revitalizó el interés de la gente por este código. De hecho, desde la Academia dan cuenta de la fascinación que suscita en investigadores de todo el mundo: alemanes, checos, polacos… Hispanistas interesados en las peculiaridades únicas del lunfardo. «Lo que más les llama la atención es que se arma este vocabulario en muy poquito tiempo, tal vez en quince o veinte años ya tienes un corpus lingüístico, paralelo a la lengua estándar, que se mete además en todos los niveles sociales», agrega Antoniotti. «Muchos turistas que llegan a la ciudad vienen con un castellano de libro y se pierden en la realidad ciudadana», cuenta la presidenta de la Academia Porteña del Lunfardo, Otilia da Veiga. Y tiene lógica que cualquier visitante se vea abrumado durante los primeros días al escuchar, repetidamente, hablar de ‘pibes’, en lugar de chicos, ‘laburo’ por trabajo, o ‘banquina’ por arcén. Palabras que la Real Academia Española incorpora muchas veces como argentinismos y que, sin duda, «hacen a la identidad de los porteños».

Lo exótico del lunfardo —si lo comparamos con otras jergas del mundo, como el slang del inglés o el caló del romaní ibérico— está en que aquí los vocablos no son creados por el hablante, según el académico Eduardo Bernal, sino fruto del «quilombo» (lío) de lenguas que provocó el aluvión inmigratorio. Y fueron la literatura, el periodismo y muy especialmente el sainete y el tango los que lo hicieron «trascender de una manera importante del bajo pueblo a extenderse por toda la ciudad”. Lo explicaba bien otro destacado compositor argentino, Edmundo Rivero, en su Milonga lunfarda: «En este hermoso país que es mi tierra, la Argentina; la mujer es una mina y el fueye es un bandoneón. El vigilante, un botón; la policía, la cana».

Lo cierto es que, hoy en día, la salud del lunfardo parece excelente, a juzgar por el uso constante que se da en la calle a este repertorio: ‘afanar’ (robar), ‘guita’ (dinero), ‘fiaca’ (pereza), ‘chamuyo’ (piropo), etc.

Se estima que cada año aparecen unas 70 palabras nuevas. Sin embargo, la postura de la Academia Argentina de Letras, responsable del estudio y asesoramiento en el uso del castellano en Argentina, es mucho más «restrictiva». Su anterior presidente, José Luis Moure, asegura a Archiletras que muchos de los términos surgidos en las últimas décadas «poco o nada tienen que ver» con el denominado lunfardo histórico, por lo que decidieron «delimitarlos» y agrupar en esa categoría solo al «remanente» de 58 vocablos, «que no han entrado en la lengua general con la cual hoy se confunden». «Cualquiera le diría en la calle que ‘mina’ o ‘laburar’ son palabras lunfardescas y, efectivamente, en su origen lo son, pero hoy han alcanzado un uso tan generalizado que no podría identificarse con los usos que les dieron originalmente», explica Moure, quien ante las posiciones todavía «demasiado disímiles» entre académicos invita a reflexionar: «Si se trata de una lengua popular es raro que uno no la entienda», y, para él, «eso es exactamente lo que ocurre» con el lunfardo histórico.

Entonces, ¿qué futuro le espera al lunfardo? Muchos coinciden en que, desde hace una década, este repertorio de voces encontró una nueva vía de difusión en la cumbia villera, un popular género musical argentino que aprovecha el ritmo de la cumbia para hablar de la vida cotidiana de los barrios más humildes, utilizando muchísimos términos del lunfardo e incluso modificando, otra vez, su significado.

 

Este reportaje sobre el lunfardo es uno de los contenidos del número 3 de la publicación trimestral impresa Archiletras / Revista de Lengua y Letras, disponible en quioscos y librerías
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